El misterio de por qué no podemos
recordar nada de cuando éramos bebés
Zaria Gorvett
Ni el momento más importante de
nuestra vida —el día en que nacemos— ni nuestros primeros pasos, nuestras
primeras palabras o el jardín de infancia; la mayoría de nosotros no recordamos
nada de los primeros años de vida, si tenemos recuerdos, estos
tienden a ser escasos y distantes entre sí.
Estos vacíos mentales han
frustrado a padres y desconcertado a psicólogos, neurocientíficos y lingüistas
durante décadas. Hasta obsesionaron al padre de la psicoterapia, Sigmund Freud
—autor de la expresión "amnesia infantil"— hace más de 100 años. Analizarlos plantea varios
interrogantes: ¿Nuestros primeros recuerdos son de algo que ocurrió o nos lo
inventamos? ¿Podemos recordar eventos antes de tener las palabras para
describirlos? ¿Es posible recuperar nuestros recuerdos perdidos?. Parte del rompecabezas tiene que
ver con el hecho de que los bebés son como esponjas a la hora de absorber nueva
información: crean 700 conexiones neuronales por segundo y tienen unas
habilidades para aprender nuevos idiomas que pueden matar de envidia al mejor
políglota.
La marcada curva del olvido
Las últimas investigaciones
indican que comenzamos a entrenar nuestras mentes dentro del útero. Pero, incluso de adultos,
perdemos información con el tiempo si no hacemos nada para retenerla. Una explicación es que la amnesia
infantil es resultado del proceso natural de olvidar las cosas, el cual
experimentamos a lo largo de nuestra vida.
En el siglo XIX, el psicólogo
alemán Hermann Ebbinghaus realizó una serie de experimentos para probar los límites
de la memoria humana. Nuestros cerebros desechan la
mitad de toda la información nueva en una hora. En 30 días, retenemos tan sólo
entre el 2% y el 3%". Inventó "sílabas sin
sentido" —palabras creadas con letras al azar— y se dedicó a intentar memorizar
miles de ellas. Su curva del olvido ilustra el
rápido declive de nuestra capacidad para recordar lo que aprendemos: nuestros
cerebros desechan la mitad de toda la información nueva en una hora. Lo que Ebbinghaus descubrió fue
que la manera en la que olvidamos es completamente predecible.
Más egocéntricos, más recuerdos
En la década de 1980, los
científicos descubrieron que recordamos menos cosas de las que cabría esperar
desde que nacemos hasta que cumplimos los 6 o 7 años. Esto no le ocurre a todo el
mundo.
Algunas personas pueden recordar
cosas de cuando tenían 2 años, pero otras no recuerdan nada de lo que les pasó
hasta que cumplieron 7 u 8 años. También hay diferencias según el
país; la formación de los primeros recuerdos puede variar, de promedio, hasta
dos años.
La psicóloga Qi Wang, de la
Universidad de Conrell, EE.UU., recopiló cientos de recuerdos de estudiantes
chinos y estadounidenses.Tal y como predijeron los
estereotipos nacionales, los recuerdos de los estadounidenses fueron más
largos, elaborados y visiblemente egocéntricos. Los de los
estudiantes chinos fueron más breves y concretos y en promedio, comenzaron
seis meses más tarde.
Este patrón está respaldado por
numerosos estudios: quienes tienen recuerdos más elaborados y egocéntricos
suelen recordarlos más fácilmente.
"Es la diferencia entre
pensar 'Siempre hay tigres en el zoológico' y 'Vi tigres en el zoológico y,
aunque tuve miedo, me divertí mucho'", dice Robyn Fivush, psicóloga en la
Universidad de Emory, EE.UU.
El primer recuerdo de Wang es
haciendo senderismo en China, junto a su madre y su hermana. Tenía unos seis
años pero hasta que se mudó a Estados Unidos, nadie le había preguntado por
eso.
"En las culturas orientales,
los recuerdos de la infancia no son importantes", dice Wang. "Si la sociedad te dice que
esos recuerdos son importantes para ti, te aferras a ellos", añade.
Por ejemplo, la cultura de los
maoríes neozelandeses hace mucho énfasis en el pasado. Y muchos pueden recordar
eventos que les ocurrieron cuando tenían poco más de 2 años.
El paciente H. M.
La cultura también puede
determinar la manera en la que hablamos sobre nuestros recuerdos.
"El lenguaje nos ayuda a
estructurar y organizar nuestros recuerdos. Eso es una narrativa. Al crear una
historia, la experiencia es más fácil de recordar por más tiempo", dice
Fivush.
Pero otros psicólogos se muestran
escépticos. No hay diferencia entre entre los niños que nacen sordos y crecen
sin lenguaje de signos en los registros de sus primeros recuerdos, por ejemplo.
Esto conduce a la teoría de que
si no tenemos recuerdos de nuestros primeros años de vida es porque nuestros
cerebros no habían desarrollado ese sistema.
Esa teoría se debe al hombre más
famoso en la historia de la neurociencia: el paciente H.M.
Luego de que una fallida
operación para curar su epilepsia dañara su hipocampo, H. M. fue incapaz de
recordar ningún suceso reciente.
"El hipocampo es el centro
de nuestra capacidad para aprender y recordar", explica Jeffrey Fagen,
quien estudia la memoria y el aprendizaje en St John's University, EE.UU.
Pero H. M. podía, sin embargo,
recordar otro tipo de información, al igual que los bebés.
"En los bebés y en los niños
el hipocampo está muy poco desarrollado", dice Fagen.
Entonces, ¿es el subdesarrollo
del hipocampo lo que hizo que perdieramos nuestros recuerdos a largo plazo, o
es que estos nunca se llegaron a formar?
"Los recuerdos están,
probablemente, almacenados en un lugar que ahora nos resulta inaccesible, pero
eso es muy difícil de demostrar empíricamente", sostiene Fagen.
Recuerdos "sembrados"
Elizabeth Loftus, psicóloga de la
Universidad de California, EE.UU., dice que "la gente puede visualizarlas
eventos que no ha vivido; así, se convierten en recuerdos".
Loftus lo vivió carne propia.
Su madre se ahogó en una piscina
cuando ella tenía 16 años. Un familiar le convenció de que ella había
descubierto su cuerpo flotando en el agua y lo "recordó" hasta que,
una semana más tarde, ese mismo familiar le explicó que en realidad no fue así,
que lo encontró otra persona.
Si la sociedad te dice que esos recuerdos
son importantes para ti, te aferras a ellos"
Pero a nadie le gusta que le
digan que sus recuerdos no son reales. Para convencer a los escépticos, Loftus
necesitaba pruebas.
Por eso eligió a un grupo de
voluntarios para un estudio y les "sembró" unos recuerdos ella misma.
Les contó una elaborada mentira
sobre un episodio traumático en un centro comercial, cuando se perdieron antes
de ser rescatados por una amable mujer y reunidos con su familia.
"Les contamos a los
participantes que nos lo habían dicho sus madres", explica la psicóloga.
Cerca de un tercio de las
víctimas cayó en la trampa y algunos, aparentemente, recordaban el suceso con
todo detalle.
A menudo confiamos más en
nuestros recuerdos imaginarios que en hechos reales.
Tal vez el mayor misterio no es
por qué no podemos recordar nuestra infancia, sino si realmente podemos confiar
en lo que recordamos.