sábado, 4 de abril de 2026

SUZANNE VALADON: COMO SE ENGENDRAN LOS GENIOS

 

Cómo se engendran los genios

Manuel Vicent






Fragmento de “Autorretrato con los pechos desnudos”, Suzanne Valadon, 1917.








Suzanne Valandon fue trapecista que dio el triple salto mortal: ser pintora, parir a una leyenda y pasar juntos los dos a la historia

Un padre desconocido había embarazado a una costurera de Limosín, la cual parió a una niña llamada Marie-Clémentine, y esta niña a los 14 años se fugó a París y andaba perdida como una perra sin collar por las calles de Montmartre robando fruta y botellas de leche en las paradas para sobrevivir. 

Un día fue abordada por el empresario de un circo. “Oye, niña, ¿no te gustaría ser acróbata? Si aceptas irás vestida de gasas color de rosa y lentejuelas de pie sobre un caballo blanco cabalgando al galope”. La idea le sedujo. Así la vio trabajar Toulouse-Lautrec en el circo Mollier. Fue el primero en dibujarla. Por el circo pasaban también los pintores Degas, Renoir, Puvis de Chavannes y otros artistas que pintaron sus senos de manzana desbridados sobre el corsé.

A la niña le gustaban las luces, los aplausos y los amigos de la bohemia con los que mataba la noche en la taberna frente a una cazalla. Sin estar preparada un día subió al mástil, empuñó las anillas y al realizar un salto mortal cayó en la pista del circo y quedó medio rota. No tardó en reponerse. A continuación, probó suerte ofreciéndose como modelo de artistas. Era guapa, tenía una bonita figura y fue aceptada por Puvis de Chavannes, un pintor simbolista, quien se convertiría en su celoso y enamorado protector.



Suzanne Valadon: “La trenza” de Pierre Auguste Renoir (1886)


El almuerzo de los remeros (1881) de Pierre-Auguste Renoir. Suzanne aparece doble:
 la mujer de la izquierda y la del centro



La lavandera. 1884- 88. Toulouse Lautrec


"La sombrilla". Renoir, 1881-86


Por su parte la joven aprendió a pintar, pero esa era su pasión secreta. Absorbía el oficio de otros pintores mientras posaba para ellos. Renoir la había pintado secándose el pelo y bailando con sombrero de flores; Toulouse-Lautrec la había dibujado sentada, la mano en el mentón frente a una botella y un vaso, la boca amarga, los ojos turbios; Degas la había inmortalizado atándose la zapatilla de ballet, pero de todos ellos, ¿quién la había embarazado?

Se daba por descontado que había sido Puvis de Chavannes, un viejo del que todo el mundo en Montmartre se burlaba, porque la niña cuando dio a luz solo tenía 16 años. El padre también pudo ser Renoir, un hombre sensual que pintaba mujeres muy carnales. O Toulouse-Lautrec, que de regreso de sus sesiones de modelo o de tomarse un pan rociado con vino tinto en la Posada del Clavo, donde tocaba el piano su amigo Erik Satie, la chica se encontraba en la puerta de casa un ramo de flores de Lautrec con una nota: “Vale para unos vasos de vitriolo”. Quien quiera que fuera el responsable, la historia se repetía.

Un señor desconocido había embarazado a su madre y a su vez esta hija parió, fruto de un amante desconocido, a un hijo que el mundo conocería con el nombre de Maurice Utrillo. Fue el 26 de diciembre de 1883. “Un mal regalo de Navidad que le hice a mi madre aquel día” —dijo el pintor borracho perdido 20 años después—. Un día Toulouse-Lautrec descubrió los óleos y dibujos que la chica realizaba de noche en secreto. Quedó fascinado por su fuerza expresiva, por su realismo. Los mostró a los amigos. “¿A ver si sabéis de quién son?”. Eran de aquella jovencita. Entonces Lautrec le quiso cambiar de nombre. Nunca podría ser una buena pintora llamándose Marie-Clémentine. Puesto que posaba desnuda para viejos, le propuso el nombre de Suzanne. Después de bautizarla con ajenjo en medio de una gran fiesta, en adelante se llamaría Suzanne Valadon. A ese sarao de beodos asistió un tipo silencioso que no se movió de un rincón. Llevaba una tela bajo el brazo y como nadie se dignó dirigirle la palabra, se esfumó sin despedirse. Era Vincent van Gogh.

Suzanne Valadon :Mujer recostada en un sofá (1917/18).



L'Acrobate, ou La Roue( 1916) Suzanne Valadon




'La habitación azul', 1923, Suzanne Valadon


Su hijo Maurice, todavía sin apellido, estaba al cuidado de la abuela y ya era un alcohólico violento a los doce años. “Los lobos no pueden parir corderos”, pensaba la madre. En ese tiempo Suzanne tenía como amante a un joven abogado, muy rico, que la forzaba a llevar una vida burguesa, pero no quiso hacerse cargo de aquella criatura tan problemática, que pintaba cuadros de las calles de Montmartre y los cambiaba por una botella de vino. 



Suzanne Valadon y su hijo Maurice Utrillo.

Fue un antiguo admirador, Miguel Utrillo y Morlius, un ingeniero, crítico de arte y promotor cultural catalán, quien se avino por compasión a darle su apellido al muchacho para ver si dejaba de beber y el 27 de febrero de 1891 en la alcaldía del Distrito Noveno de París firmó en el registro el reconocimiento de la paternidad, siendo testigos un empleado y un camarero que pasaba por allí. A partir de ese momento comenzó la leyenda de Maurice Utrillo, que sería la gloria y el tormento de su madre.


Suzanne Valadon. Autorretrato, 1883.


Cuando le preguntaban si recordaba los viejos tiempos con los pintores Lautrec, Renoir, Degas, Puvis de Chavannes, ella respondía: “Eran todos unos idiotas, pero es curioso, nunca dejo de pensar en ellos”. Suzanne Valadon murió de una hemorragia cerebral a los 72 años, el 7 de abril de 1938 en la ambulancia que la conducía a la clínica. 

Aquella niña trapecista había dado el triple salto mortal: ser una pintora famosa con precios millonarios, parir a un genio y pasar juntos los dos a la historia.




Maurice Utrillo, el pintor de Montmartre


































































































jueves, 2 de abril de 2026

VAN GOGH Y SU AMARILLO.

 


El amarillo de Van Gogh: algo más que un color

Isabel Ferrer




Campo de trigo con segador' (1889), de Van Gogh.





El museo del artista en Ámsterdam muestra cómo ese tono se convirtió en un medio para expresar emociones e ideas, desde la calidez a la rebelión

El color es luz reflejada, y entre todos, pocos como el amarillo para Vincent van Gogh, que exprimió sus posibilidades durante su estancia en Arlés, al sur de Francia (1888-1889). Allí pintó la serie de Los girasoles en cinco cuadros con las flores en un jarrón. Para el artista, que había abandonado la oscuridad de su primera etapa en Países Bajos, la complejidad de este tono le llevó a emocionarse y asociarlo al fulgor del sol. Qué significaba para él y para sus colegas, y cómo sirvió de símbolo de modernidad e independencia en la literatura y la moda de finales del siglo XIX y principios del XX, son las preguntas que trata de responder -hasta el 17 de mayo- la muestra titulada Amarillo. Más allá del color favorito de Van Gogh, en el museo dedicado al artista en Ámsterdam.



Los girasoles (1889), de Van Gogh.


Chagall, Kandinsky, Manet, Turner y Hilma af Klint son algunos de los más de 15 artistas y hasta 50 obras de arte reunidos por la pinacoteca. Para Af Klint significaba crecimiento interior. En Kandinsky es casi intrusivo. En el aparente desorden de las composiciones de Chagall, hay soles y lunas amarillos. Es conocida la pasión con que Van Gogh abordaba su arte, y es el tono elegido para las versiones de Los girasoles, entre 1888 y 1889, en parte para decorar la conocida como Casa Amarilla, el edificio donde alquiló un estudio en Arlés con la ilusión de crear un taller de artistas, que retrató en su pintura La casa amarilla (1888). Su amigo Paul Gauguin se mudó allí una temporada y calificó las flores, logradas “con el amarillo en tres tonos y nada más”, de “totalmente Vincent”, según la documentación del museo. A su hermano Theo, marchante de arte en París y su principal valedor, el artista neerlandés le escribió que estaba pintando “con amarillos duros o rotos, con el entusiasmo de un marsellés comiendo bullabesa”.
Ambos cuadros cuelgan en la muestra, pero es que cuarenta años antes de ese deslumbramiento, otro pintor, el británico William Turner, que abrió la puerta a la modernidad con sus efectos de niebla, vapores y luz difusa, ya había declarado que “el sol es Dios”. La Tate Britain, de Londres, ha cedido su pintura Yendo al baile (San Martino), de 1846, y según los críticos de la época, Turner embardunaba sus lienzos con aceite y vinagre, inmerso en una suerte de “fiebre amarilla”. Cuando Van Gogh se bañó en la luz de Arlés, le dijo a Theo que, a falta de una palabra mejor, solo podía llamarla amarilla. “Amarillos azufre pálido, limón pálido oro. ¡Qué hermoso es el amarillo”, dice, en otra de sus misivas.



'La habitación amarilla' (1911), de Marc Chagall.


En el siglo XIX, gracias a los nuevos pigmentos listos para usar en tubos manejables, captar al natural los tonos cambiantes de la luz del sol se convirtió en una necesidad vital. “Tanto Van Gogh como sus contemporáneos aprovecharon el amarillo de cadmio y el de cromo, nuevos en ese momento, para que sus cuadros resplandecieran”, explican en el museo. Hacia finales de siglo, el color pasó de simbolizar calidez y cielos abiertos a ser sinónimo de modernidad; lo atrevido y lo decadente. “La connotación se debe a la encuadernación amarilla de las ediciones en francés de autores como Émile Zola, o los hermanos Goncourt, de la corriente naturalista”, explica Ann Blokland, la conservadora de educación del museo.

A Van Gogh le gustaba mucho la literatura contemporánea francesa, que incluía temas como el alcoholismo y la prostitución, y en 1887 tituló una de sus telas Pilas de novelas francesas. “Las mujeres que las leían estaban consideradas modernas y peligrosas”, indica Edwin Becker, historiador del arte y conservador jefe de las exposiciones de la pinacoteca. A su lado, cuelga la tela Joven decadente, después del baile, un lienzo de 1889 del pintor modernista catalán Ramón Casas. La chica, desplomada casi sobre un sofá verde, tiene un libro de tapas amarillas en la mano derecha. “Una imagen que podía considerarse arriesgada”, añade.



Joven decadente, después del baile, Ramón Casas. 1889




'Atardecer (El baile)' (1878), de James Tissot.


La reputación ganada por las novelas francesas derivó en Londres en la publicación de una revista titulada El libro amarillo, con tapas de ese color y negras, “que era un reto a las normas burguesas de la época victoriana”, afirma Ann Blokland. Ella recuerda que en El retrato de Dorian Gray, del escritor Oscar Wilde, el protagonista lee un libro amarillo y se precipita hacia la corrupción. Y cuando Wilde fue acusado de indecencia por su homosexualidad, “se informó de que había sido detenido con un libro de ese color en la mano”.

Muy cerca de la vitrina que exhibe varios tomos amarillos de la época, hay un lienzo de 1878 del pintor y grabador francés James Tissot. Titulado Atardecer, y también conocido como El baile, presenta a una joven con un elaborado vestido y un gran abanico amarillos llegando a una fiesta. “Va de la mano de un señor mayor: ¿será su padre, su amante?”, se pregunta la conservadora. “Tal vez solo le abre las puertas de la alta sociedad”, sigue contando. Procedente de la colección del Museo de Orsay (París), lo único que está claro es que la muchacha se atreve con un color que llama la atención.



Instalación de Olafur Eliasson en la exposición 'Amarillo. Más que el color favorito de Van Gogh', 
en el Museo Van Gogh de Ámsterdam.

El museo de Ámsterdam ha sumado a la exposición dos momentos que invitan al visitante a participar directamente. Uno es una gama de aromas creados por los expertos olfativos de Robertet. Es una de las compañías dedicadas desde 1850 a crear fragancias en la localidad francesa de Grasse, conocida como la capital mundial del perfume. Inspiradas en los cuadros expuestos, se invita a elegir la preferida. La otra es una instalación del artista danés Olafur Eliasson. Él dice: “Veo el rojo y veo el azul, pero siento el amarillo”, y los tres colores surgen y se desvanecen en una sala llena de círculos sujetos a la pared. Paul Klee, el pintor alemán de origen suizo, afirmó que “el color es el lugar donde nuestro cerebro y el universo se encuentran”. Tal vez Van Gogh lo lograra.













































martes, 31 de marzo de 2026

DINAMARCA, INDENPENTISMO A LA VISTA

 

Dinamarca no teme sólo a las ambiciones de Trump sobre Groenlandia: el independentismo resurge en Islas Feroe

Carlos Torralba









Vista de unos edificios frente al puerto de Tórshavn, capital de Islas Feroe, en septiembre de 2022







El archipiélago que forma parte del Reino de Dinamarca mantiene los lazos comerciales con Rusia, una relación que levanta ampollas en Bruselas

Los carteles electorales se solapan estos días en las cuidadas y estrechas calles de Tórshavn, la capital de Islas Feroe. Sus habitantes encaran una doble cita con las urnas: el martes participarán en las legislativas danesas; el jueves, en unos comicios que despiertan un interés mucho mayor porque elegirán a los nuevos miembros de su propio Parlamento. Este remoto archipiélago atlántico, integrado en el Reino de Dinamarca, aunque mantiene polémicos acuerdos comerciales con Rusia, ha adquirido un peso creciente en el tablero geopolítico. Y, a diferencia de Groenlandia, que ante las amenazas de Donald Trump ha optado por estrechar sus lazos con Copenhague, en la clase política feroesa ha resurgido con fuerza el sentimiento independentista.

Las Feroe, 18 islas de origen volcánico en pleno Atlántico en las que viven más ovejas que personas, son, junto a Groenlandia, los últimos vestigios del antiguo imperio danés, que en su día controló Islandia y varias colonias en el Caribe, África y Asia,

 Durante décadas, los partidos del archipiélago se dividieron entre los que defendían la independencia y aquellos que apostaban por mantener, e incluso reforzar, la relación con Copenhague. Esa frontera política, sin embargo, se ha ido difuminando en los últimos años. El año pasado, cinco de las seis fuerzas con representación en el Logting (el Parlamento feroés) suscribieron un acuerdo para impulsar el proceso de autodeterminación. Al menos sobre el papel, pretenden hacerlo sin romper completamente con el Reino, aspirando a “una solución de tres Estados”, una suerte de Commonwealth nórdica en la que Dinamarca, Groenlandia y las Feroe se conviertan en socios igualitarios.





Johan Dahl, un veterano político de 66 años, es uno de los candidatos de Sambandsflokkurin (Partido de la Unión), la única formación que rechaza frontalmente el proceso secesionista. “Tenemos que ser realistas. Si las Feroe se convirtieran en un país independiente, siendo un territorio tan pequeño y en medio de la nada, estaríamos desprotegidos, más aún en los tiempos que corren, y no creo que resultara fácil mantener nuestra calidad de vida”, resume. “Nos conviene mucho más preservar la unión con Dinamarca y Groenlandia”.


Una economía boyante y cada vez menos dependiente de los subsidios daneses ha dado alas al independentismo. Situadas entre Escocia e Islandia, las Feroe son una potencia pesquera de primer orden: capturan cada año más toneladas que Francia y casi tantas como España. Su PIB per cápita supera al de Dinamarca, el paro ronda el 1% y el archipiélago presume de infraestructuras asombrosas, como los túneles submarinos que conectan algunas de sus islas principales e incluso la única rotonda del planeta construida bajo el mar.

En 1946, los feroeses votaron en referéndum a favor de la secesión por un margen ínfimo. Aunque el Parlamento local llegó a declarar la independencia, el rey Cristian X se negó a reconocerla, alegando que, si se incluían en el recuento los votos en blanco y nulos, el apoyo a romper con el reino no alcanzaba el 50%. Dos años después se aprobó la ley de autogobierno, que otorgó a las Feroe amplias competencias. Estas se ampliaron de nuevo en 2005, aunque la política monetaria, la justicia, la defensa, la seguridad y buena parte de las relaciones exteriores aún dependen de Copenhague.

Aisladas geográficamente y con un clima extremo —llueve unos 300 días al año y los vientos huracanados son habituales—, las Feroe conservan una identidad política y cultural propia. El archipiélago forma parte de la OTAN, pero no de la UE: cuando Dinamarca ingresó en 1973 en el club comunitario, decidió permanecer al margen para proteger sus intereses pesqueros. Sus habitantes, que descienden mayoritariamente de los vikingos que llegaron a las islas hace más de un milenio, mantienen vivas tradiciones ancestrales, como la polémica caza de ballenas y delfines que cada verano tiñe sus aguas de rojo. Al mismo tiempo, el archipiélago avanza en reformas de enorme calado: el pasado diciembre, el Parlamento feroés aprobó —con 17 votos a favor y 16 en contra— legalizar el aborto libre hasta las 12 semanas, poniendo fin a una de las legislaciones más restrictivas de Europa.


Matanza de ballenas piloto, en una playa de Tórshavn en mayo de 2019.



Las Feroe tienen una población de 55.000 habitantes, prácticamente idéntica a la de Groenlandia, aunque su superficie es 1.550 veces menor que la de la gigantesca isla ártica.

“El caso de Groenlandia no es equiparable al nuestro”, subraya Heini i Skorini, profesor en la Facultad de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad de Islas Feroe. “Los subsidios daneses equivalen al 60% del presupuesto groenlandés y en torno al 10% del feroés. Y aquí no existe el resentimiento hacia el antiguo poder colonial tan presente en Groenlandia: no hay periodos tan oscuros en nuestra historia como en la suya —esterilización forzada de mujeres indígenas, niños arrancados de sus familias…—”, desarrolla. “El independentismo feroés se sustenta en razones económicas y en el objetivo de alcanzar una voz propia en distintos organismos internacionales”, aclara.


Su compañero en la facultad, Tór Marni Weihe, experto en seguridad, destaca que el llamado “compromiso nacional” pactado por cinco de los seis partidos feroeses “se redactó de un modo ambiguo para no polarizar a la sociedad. Aunque algunos políticos aseguran en privado que el objetivo es la plena soberanía, ante los medios de comunicación insisten en que lo que buscan es una profunda reforma de la relación entre las tres naciones que forman el Reino. Pero incluso eso supone un cambio radical respecto a hace cinco años, cuando casi todas las formaciones rechazaban la independencia”.

En enero, estaba previsto que el Gobierno de Tórshavn reiniciara las negociaciones con el de Copenhague para ampliar aún más la autonomía del archipiélago. Sin embargo, los planes cambiaron cuando Trump intensificó sus amenazas de anexionar Groenlandia a Estados Unidos. Ante una situación tan delicada, el Ejecutivo feroés optó por posponer las conversaciones. “Algunos políticos defendieron lo contrario. Dijeron que, ya que el Ejecutivo danés estaba en una posición tan vulnerable, era el momento de ejercer más presión y lograr los objetivos, pero dudo mucho que Dinamarca hubiera hecho muchas concesiones. De hecho, creo que habrían contestado: ‘Mañana retiramos todas las subvenciones y dejamos de ocuparnos de vuestra seguridad y defensa. Suerte”, sostiene Heini i Skorini.

Acuerdos con Rusia

Las autoridades feroesas aparcaron las negociaciones con Dinamarca, pero al mismo tiempo prorrogaron un polémico acuerdo pesquero con Rusia para el intercambio de cuotas. El pacto, en vigor desde 1977 y renovado anualmente, permite a los pescadores feroeses capturar bacalao en el mar de Barents, y a los rusos, pescar bacaladilla cerca del archipiélago danés.

La relación entre Tórshavn y Moscú ha levantado ampollas en Bruselas en las últimas décadas. La UE prohibió en 2013 la importación de arenque y caballa procedentes de Islas Feroe, tras considerar que su pesca desmedida ponía en peligro la sostenibilidad de estas especies. Además, vetó a los barcos del archipiélago el acceso a los puertos comunitarios, incluso a los daneses. Al año siguiente, tras la anexión de la península ucrania de Crimea, el Gobierno feroés optó por no sumarse a las sanciones occidentales contra Rusia, y por lo tanto las islas —que quedaron excluidas de las contrasanciones de Moscú— pudieron mantener sus exportaciones de pescado al país euroasiático, que habían crecido exponencialmente durante los meses del boicot que le impuso Bruselas.


“Considero injustas las críticas por mantener las exportaciones pesqueras a Rusia”, apunta Weihe. “Dinamarca y Bélgica, entre otros países, todavía importan mucho acero ruso. Y eso implica financiar la maquinaria de guerra. Nosotros solo le vendemos pescado, y los alimentos no están incluidos en las sanciones occidentales”, argumenta. El experto también defiende mantener el acuerdo bilateral de pesca con Moscú: “Si no estuviera en vigor, los rusos simplemente pescarían en nuestras aguas tanto como quisieran. Y no seríamos capaces de impedirlo”.


Vista de la ciudad de Tórshavn y su puerto.


Atli Gregersen, cofundador de Hiddenfjord, una empresa que se dedica a la cría de salmones, sí decidió poner fin a las ventas a Rusia. “Durante años ingresamos mucho dinero con esas exportaciones, pero tras la invasión de Ucrania [en febrero de 2022], optamos libremente por cortarlas de raíz”. Al veto se sumaron las otras dos compañías feroesas que practican la salmonicultura. A diferencia del resto del sector pesquero, que rechaza integrarse en la UE para evitar que barcos franceses, españoles o portugueses faenen en sus aguas, estas tres empresas, que en total exportan más de 120.000 toneladas anuales, apuestan claramente por la adhesión a la Unión para tener acceso al mercado único.


El interés de Moscú en las Feroe no se limita a las importaciones de salmón y a las cuotas pesqueras acordadas bilateralmente. “Los rusos son conscientes de que las Feroe son potencialmente útiles para tratar de desestabilizar el Reino de Dinamarca”, destaca Weihe. Además, el archipiélago danés se ubica en la llamada brecha GIUK (la zona entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido), un corredor marítimo cuyo control y vigilancia resulta esencial para la OTAN, ya que es la vía por la que los submarinos rusos pueden cruzar del Ártico al Atlántico
.
“Antes de la invasión de Ucrania, entre cero y cinco buques de guerra surcaban las aguas feroesas cada año; ahora pueden llegar a ser hasta 20. Y ese es un indicador empírico que muestra el aumento del tráfico militar en la zona”, agrega su colega Skorini. “Hace cinco años habría sido un escenario de ciencia ficción ver un submarino estadounidense de propulsión nuclear emerger frente a Tórshavn. Ahora no diría que es algo común, pero lo ves de vez en cuando”.

Magni Arge, exdiputado en el Parlamento danés y una de las figuras más influyentes en el movimiento independentista feroés, confía en que la secesión es cuestión de tiempo. El político, de 66 años, concluyó recientemente una tesis doctoral sobre cómo interpreta Dinamarca el derecho a la autodeterminación de sus antiguas colonias. “La crisis de Groenlandia nos ofrece una oportunidad que no podemos desaprovechar. No tengo nada en contra de los daneses, ni siquiera considero prioritario romper con el Reino, pero sí necesitamos mayor libertad para actuar en el ámbito internacional. Y el único modo de obtenerla es convertirnos en un Estado independiente”.






































viernes, 27 de marzo de 2026

MATISSE, El GENIAL SOBREVIVIENTE


Matisse, 1941-1954: un éxito tras otro en una muestra de genialidad que enriquece la vida.

Eddy Frankel







«En otro nivel»… La Gerbe, de Henri Matisse, una de las 300 obras expuestas en el Grand Palais de París. 






Una colección épica de los últimos 13 años de trabajo del artista estalla con los colores deslumbrantes y los recortes puntiagudos que redefinieron el arte.

Olvídate de la alegría y la energía de la juventud: tus mejores días aún podrían estar por llegar. Los de Henri Matisse lo estuvieron, incluso cuando apenas sobrevivió a una cirugía a principios de sus setenta, mientras la guerra asolaba Francia. Sentado en su silla de ruedas, con la mano más temblorosa y débil que nunca, y con el cuerpo apenas capaz de reunir fuerzas para ponerse de pie y pintar, se reinventó a sí mismo y, en el proceso, transformó el arte moderno.



"Mujer con sombrero" fue expuesto en 1905




La danza (1910)



Gato de los peces rojos (1914)


La gavilla (1953)

La enorme exposición del Centro Pompidou y el Grand Palais sobre los últimos años de la vida de Matisse —desde su cirugía en 1941 hasta su muerte en 1954— es una celebración vertiginosa y alegre del color, la forma, la línea, la luz y mucho más color. Es magnífica, preciosa, absolutamente sobrecogedora. Era de esperar: se trata de Matisse, con todos los recursos de la vasta colección francesa de sus obras. Es una muestra repleta de éxitos.




Naturaleza muerta con berenjenas




Tulipanes y ostras sobre fondo negro. Henri Matisse, 1943



La exposición comienza de forma sutil, incluso claustrofóbica. En su estudio de Niza, Matisse pinta bodegones. Tulipanes rojos y ostras de carne lila, limones y mimosas, verdes, rojos y amarillos. La guerra se cernía sobre la Riviera. En 1944, la esposa y la hija del artista, que se habían unido secretamente a la resistencia, fueron arrestadas por la Gestapo. Aviones alemanes zumbaban sobrevolando la zona. Si bien estas pinturas pueden parecer ligeras y etéreas, no lo son. Son pequeñas y compactas, reelaboradas una y otra vez. Matisse pinta al mismo grupo de modelos, moviéndolos por la habitación, abriendo rendijas para que entre la luz, moviendo biombos para crear sombras. Es obsesivo, repetitivo e intencionadamente cinematográfico, como si estuviera creando docenas de fotogramas de la misma escena.



Refinados y sencillos… Dibujos de la serie Temas y variaciones de Matisse.
 Fotografía: Mohammed Badra/EPA


Pero esa repetición, y un amor redescubierto por el dibujo, despertaron algo en Henri. En su serie «Temas y variaciones», dibuja una y otra vez a la misma mujer reclinada, el mismo jarrón de flores y el mismo rostro, refinando cada vez la línea, simplificando la imagen y reduciéndolo todo a sus elementos esenciales. «He alcanzado una forma reducida a lo fundamental»


Esta es la primera revolución artística. La segunda consistió en abandonar por completo el pincel y los bolígrafos y tomar las tijeras. Este es el Matisse tardío que todos conocemos: composiciones radicales, formas irregulares y una audacia tecnicolor deslumbrante; y todo comienza aquí. En 1944, le pidieron que hiciera un libro sobre el color, y se excedió con creces. Las maquetas para ese libro están llenas de hojas arremolinadas, cuerpos zambulléndose, cielos azul ultramar, funerales en púrpura, elefantes blancos, su asombroso Ícaro negro cayendo sobre un remolino de estrellas amarillas. Llamó al libro Jazz, como si estuviera creando acordes con el color. Es un momento asombroso en el arte, bellamente presentado aquí, aunque la banda sonora de improvisación de jazz contemporáneo me hizo desear no tener oídos.


«Impresionante»… la colección incluye el Ícaro de Matisse. Fotografía: Mohammed Badra/EPA


Tras el bombardeo de Niza, Matisse se trasladó a Vence, en las colinas que rodean la ciudad. Cubrió las paredes de su dormitorio con recortes, de suelo a techo. Fue como si su mundo se abriera ante él al explorar todas las posibilidades de su nuevo enfoque. También retomó la pintura: más ligeras, etéreas y sencillas que antes, las formas de sus bodegones de interiores se reducen y refinan. Luego, elimina el color, y aun en blanco y negro, las obras resultan luminosas e impactantes.
Pero los recortes son de otro nivel. Tan increíblemente audaces y gráficos, tan directos y brillantes, tan decorativos. Casi se puede sentir la brisa cuando Matisse recrea el paisaje de Polinesia en collages de azul y blanco, oler las algas cuando une una enorme visión de frondas ondulantes.




Henri Matisse, boceto para la vidriera junto al altar de la Capilla del Rosario. Vence, Francia.




La Capilla del Rosario de Vence 



Al llegar los años 50, le pidieron a Matisse que diseñara una capilla en Vence, y se entregó por completo. Vestimentas sacerdotales en verde y amarillo, vidrieras cubiertas con motivos vegetales que simbolizan su renacimiento en la última etapa de su vida. Es un lugar religioso y espiritual, pero no particularmente piadoso. Sentado aquí, contemplando las maquetas y las relucientes vidrieras, no pienso en deidades. Es arte con el que me comunico.



Polinesia, la Mer (1946). Fotografía: Anne-Christine Poujoulat/AFP/Getty Images


Vi las obras de la capilla por primera vez cuando era niño, ya que crecí cerca. Son una de las principales razones por las que me interesé por la historia del arte. Verlas aquí es tan conmovedor que no quiero irme nunca. Son impactantes de una manera que solo el gran arte puede lograr.

Los famosos desnudos azules, que cosifican enormemente a la mujer, aparecen más tarde, reduciendo de alguna manera toda la historia de la pintura de desnudos a cuatro de las imágenes más simples que jamás verás, mostradas junto a un autorretrato final en gouache, que también es perfecto, obviamente.
Pero, para mí, esta enorme exposición alcanza su punto culminante con un único cuadro: un rostro pintado con tinta negra sobre papel amarillo. Cuenten las líneas: son siete. Lo mínimo indispensable para plasmar un rostro, para pintar una vida. A sus 80 años, enfermo y débil, lo tenía todo muy claro.


En el Grand Palais de París , del 24 de marzo al 26 de julio.