miércoles, 25 de marzo de 2015

ALDO SESSA: FOTÓGRAFO






Aldo Sessa, el hombre detrás de la cámara

 María Paula Zacharías









Aldo Sessa lleva más de 50 años detrás de una cámara registrando la historia, el país y su gente. En su estudio del pasaje Bollini, está repasando su enorme archivo para un libro antológico sobre su obra que editará un sello de Estados Unidos, donde también realizará una muestra. De regreso de una Nueva York nevada, sigue fotografiando a Buenos Aires. Ahora, parte de su obra integrará la colección Grandes Fotos - Grandes Fotógrafos.
En esta entrevista sin preguntas, habla sobre grandes temas de su obra.
Los retratos. -Estoy haciendo una edición de retratos y vamos por el 1100... De esas, por lo menos 100 fueron fotos inolvidables. Recuerdo una vivencia particular con cada persona. Algunas muy fugaces, otras que me han marcado en largos diálogos y también retraté gente con sensaciones ríspidas. Sentís una atracción y buscas el contacto porque sabés que es la forma de meterte en la otra persona. Llegás con la certeza de que buscás tal foto, como un cazador. Es un mecanismo visual y mental, que pasa por el corazón y el dedo.


Manuel Mujica Laínez.


Adolfo Bioy Casares
El tiempo. -El mío es un archivo gigantesco. Siempre enfrenté el día con la fascinación de que podía ser ese día. Siempre miré muy para adelante. Durante los primeros 25 años no tenés conciencia de que el tiempo pasa. Lo peor es centrarse en el pasado, es un error menor centrarse en el futuro, pero es muy fugaz el presente. Hay que vivir el momento pero en proyección. Luego, cuando envejecés y tenés una porción de tiempo tan grande para analizar qué has hecho, te encontrás con que tenés el tesoro personal de la búsqueda de una vida. Y te sentís muy enamorado de todo lo que hiciste, encontrás cosas que ni te acordabas de haberlas hecho... y la vida se vuelve fascinante. Es como si te pararas y vieras pasar la historia a tus pies. Volvés a la gran sesión, que es ver tu pasado al recorrer tu archivo. Ves cómo horadaste la piedra. Y la maravilla de la fotografía es que congelás para siempre un momento.






El país. -Yo busqué el alma del país y creo que entendí cuál es. Tengo un punto de vista de cuáles son los íconos visuales, que contienen las personas, los paisajes, la ciudad, personajes como el gaucho, el Teatro Colón, los artistas, los escritores, la arquitectura, los graffiti, La Boca, el tango. Me enamoré de los árboles, las flores. Aprendí mucho con Silvina Ocampo, Manucho, el arquitecto Peña, Güiraldes, Borges. Todo ese recorrido generó en mí un sentimiento enorme por este país, que es maravilloso. El punto débil es que la mayoría de los argentinos no lo conoce. Hay una visión muy unitaria de la argentinidad.

Buenos Aires: La Boca:1991

Rastra

Alpargata-espuelas
Ser fotógrafo. -Es quien sabe ver lo que no ve la mayoría. Entrena su mirada y actúa en conjunción con su sensibilidad. La mirada está por encima de la técnica. Es una especie de mago. Crea situaciones, maneja la luz y controla las imágenes con su percepción. Lo que ahora me pasa es que cuando hago una foto voy con la convicción de que la voy a poder hacer y que va a ser una gran foto. A veces no lo logro, y repito la ocasión. Ahora estoy volviendo a mis viejas cámaras, unas Roliflex del 53 y del 70. Siempre uso una Leica también y alguna digital que a veces cumple su función. Pero estoy centrado en seguir haciendo película, porque en el circuito internacional del arte el papel sigue teniendo un lugar privilegiado.



Colección. -No tengo afán de coleccionista, sino de rescatista. Cuando empecé a coleccionar cámaras y fotos rioplatenses antiguas, lo hice pensando que estaba haciendo algo por el país, porque esas cámaras se las iban a llevar los extranjeros. Me pareció una obligación moral comprarlas en la medida en que me fueran accesibles. Cumplimos la misión. No se venden. Algún día estarán disponibles para que las disfrute mucha gente.

Tres fotos argentinas (acompañarán la primera entrega de la colección). -El ritual del mate es una ronda de quince gauchos en Goya, Corrientes. Yo la estaba registrando desde arriba de un caballo, y vi la generosidad del cebador que circulaba de mano en mano. Bajé y ese rito fue la foto. La del tango fue parte de un libro que hice con Enrique Cadícamo a sus 96 años. Él la describió en una frase: una pareja en plena combustión, estrechada en el cálido abrazo que es cerrojo del amor. La del Obelisco es una más de muchas que hice de charcos, que son espejos, porque yo miro mucho las veredas, lo mismo que hacia arriba. Las plantas bajas están casi todas destruidas.



















Fuente: La Nación. Buenos Aires. Argentina



Actualización: Ver https://www.lanacion.com.ar/2113619-aldo-sessa-abre-su-mundo
Miss Musa











jueves, 19 de marzo de 2015

EL FIN



Últimas noticias del fin del mundo

Miguel Ángel Criado






El fin del mundo ha sido siempre patrimonio de la religión y, ocasionalmente, de Hollywood y sus películas de catástrofes. Sin embargo, la ciencia va acumulando datos y empieza a tomarse en serio los riesgos de que un fenómeno natural o provocado por los humanos pueda acabar con la civilización. Un reciente informe detalla los 12 grandes riesgos que podrían provocar el Apocalipsis anunciado en los textos sagrados o en las salas de cine.
"La mayoría de los guiones de Hollywood exigen heroicos esfuerzos para salvarnos y los grupos religiosos milenaristas le buscan un significado trascendente a estos desastres", dice el investigador del Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford (IFH) y coautor del informe, Stuart Armstrong. Sin embargo, para la ciencia, "estos riesgos son principalmente cuestiones que pueden reducirse a conceptos nada glamorosos, como la eficiencia energética, y la mayoría no tienen ningún significado o racionalidad detrás", añade.
El IFH y la Fundación Retos Globales, basada en Suecia, han recopilado todo lo que la ciencia sabe sobre estos posibles cataclismos con tan poco encanto. Una treintena de expertos repasaron centenares de libros y artículos científicos hasta obtener un listado con los eventos que podrían acabar con la civilización humana, incluso con la propia existencia de los humanos. El informe 12 riesgos para la civilización humana hace hasta una estimación de la probabilidad de que alguno suceda en los próximos 100 años.
Unos peligros, como el cambio climático o la guerra nuclear, llevan tiempo entre nosotros. Otros son tecnologías emergentes que podrían tener un lado oscuro, como la inteligencia artificial o la biología sintética. Y algunos siempre han estado ahí y en el pasado provocaron grandes extinciones sobre la Tierra, como el impacto de un gran asteroide o la erupción de un super volcán. Además, entre varios de ellos podrían existir conexiones que agravaran el resultado final, haciendo imposible la vida sobre el planeta, al menos tal y como se conoce.
Lo que enseguida llama la atención en la lista es que la mayoría de los enemigos de la civilización humana han nacido dentro de ella. Solo en dos eventos, el impacto de un gran asteroide o la erupción de un supervolcán, los humanos tienen poco que ver. Incluso en el caso de una pandemia global, hay un factor humano llamado globalización. En el pasado, epidemias como la peste negra o la gripe española no fueron apocalípticas porque el mundo no estaba tan conectado como hoy.
"En la actualidad, los riesgos tecnológicos, especialmente la biología sintética, la inteligencia artificial y la nanotecnología, parecen suponer una mayor amenaza que los riesgos naturales, con la posible excepción de las pandemias", dice Armstrong. "La guerra nuclear también es una gran amenaza y es un riesgo antropogénico aunque no sea estrictamente de origen tecnológico", añade este experto en inteligencia artificial y riesgos globales.
La lista de los 12 jinetes del Apocalipsis no ha sido elaborada siguiendo un orden jerárquico, según su mayor o menor probabilidad o intensidad. La encabeza el cambio climático al que los investigadores le añaden el adjetivo de extremo. Es el prototipo de riesgo antropogénico o endógeno. El progreso humano no ha sido mayor en la historia como desde la Revolución Industrial y las revoluciones científicas asociadas a ella. Creación de riqueza, elevación general del nivel de vida, mejora de las condiciones sanitarias...
Pero cuando la máquina de vapor de James Watt echó a rodar, en la atmósfera había unas 300 partes por millón de dióxido de carbono, el principal gas que está calentando el planeta. En el verano de 2013 se superó la cifra de 400, algo así no había pasado en los últimos 800.000 años. Los distintos escenarios dibujados por los expertos climáticos mantienen que una subida de las temperaturas de no más de 2º para final de siglo, permitiría a los humanos vivir casi como si nada hubiera cambiado. Pero, como recuerda este informe, hay escenarios más extremos, donde la temperatura media global podría subir hasta 6º. Una temperatura así provocaría una reacción en cadena: los países tropicales serían los más afectados, la sequía y la hambruna generarían caos social y emigraciones masivas a regiones más templadas, en las que también su industria agroalimentaria colapsaría... "Es improbable pero no imposible", dicen los autores del informe.
El estudio trabaja con situaciones que estadísticamente tienen pocas posibilidades, pero las tienen. "La probabilidad de que algún asteroide impacte sobre la Tierra es una certeza, la probabilidad de uno peligroso es mucho, pero mucho más baja", recuerda Armstrong. Aquí no hay azar, hay certidumbre. ¿Qué acabó con los dinosaurios si no un meteorito? La colisión de un gran asteroide de cinco kilómetros o más de diámetro sucede cada 20 millones de años, millón arriba o abajo. Con esas dimensiones, el impacto podría liberar la energía de 100.000 bombas atómicas. Solo el choque arrasaría un área equivalente a los Países Bajos.
Pero lo peor vendría después. A diferencia de las historietas contadas en películas como Deep Impact de 1998, el problema no es el impacto sino sus consecuencias posteriores. Ingentes cantidades de polvo se elevarían hasta las capas altas de la atmósfera, impidiendo el paso de los rayos del Sol. Sería un invierno de decenios que afectaría a toda la biosfera. En 2013, la NASA estimó que las probabilidades de que el Asteroide 2013 TV135, de unos 400 metros de envergadura, choque contra la Tierra en 2032 es de una entre 63.000. Una probabilidad similar a la de morir por la caída de un rayo y a nadie se le ocurre guarecerse bajo un árbol cuando truena.
La idea del invierno es muy recurrente entre las consecuencias de varios de estos eventos que los científicos llaman impactos de consecuencias infinitas. Es el caso del invierno nuclear o el volcánico. Los traps siberianos (formaciones de basalto del norte de Siberia) son el fruto de una de las mayores erupciones volcánicas de la historia geológica del planeta sucedida hace unos 250 millones de años. Miles de kilómetros cúbicos de material fue proyectado a la atmósfera, generando un larguísimo invierno volcánico que provocó la extinción masiva que marca la transición entre el periodo Pérmico y el Triásico. Según los registros geológicos, una erupción con capacidad apocalíptica se produce en un rango temporal mínimo de cada 30.000 años y máximo de 700.000 años, según el informe.
Las enormes magnitudes temporales explican en parte lo que los autores del estudio llaman invisibilidad del problema. Los humanos no se han enfrentado nunca al Apocalipsis y psicológicamente lo ignoran, entre otras cosas porque no habría nadie para contarlo. "La gente entrena su sentido común de cada día sobre la experiencia e interacción con el mundo. Como los grandes desastres son afortunadamente raros, no desarrollamos una experiencia sobre ellos. Por eso sus impresiones sobre estas amenazas se basan a menudo en lo que encuentran en la cultura popular, como las historias de Hollywood y las profecías religiosas", recuerda el investigador británico.
El lado oscuro de las tecnologías emergentes

Sin embargo, la ciencia no se puede quedar ahí. En los últimos años, además del IFH y la Fundación Retos Globales, se han puesto en marcha otras fundaciones e institutos dedicados a vigilar qué puede acabar con la civilización humana y cómo mitigar esos peligros. Es el caso del Fondo Skoll para las Amenazas Globales, el Centro para el Estudio de los Riesgos Existenciales de la Universidad de Cambridge o el Instituto Riesgos Catastróficos Globales (GCRI), de Estados Unidos. Ninguno de ellos tiene más de cuatro años.
En diciembre pasado, Stephen Hawking declaraba a la BBC que "el desarrollo de la inteligencia artificial plena podría significar el fin de la raza humana". Para el genial físico, "los seres humanos, limitados por la lenta evolución biológica, no podrían competir, y serían reemplazados". El momento en que la inteligencia artificial supere a la humana es lo que los robóticos llaman singularidad y algunos científicos, como el filorrobótico y asesor de Google, Ray Kurzweil, incluso le han puesto fecha: en algún momento de la década de los 30, las máquinas superarán a los humanos.
Hace unas semanas, una carta firmada por centenares de científicos y tecnólogos apostaba por un desarrollo responsable de la inteligencia artificial, donde, entre otras cosas, el avance en la ética de las máquinas vaya parejo con el tecnológico para que nunca sean una amenaza para sus creadores. Pero, aún no hay iniciativas similares para otros dos campos emergentes, como son la biología sintética y su promesa de crear organismos artificiales o la nanotecnología sobre los que el informe advierte. Y en los tres casos, no habrá que esperar miles de años para ver su lado oscuro.
El informe del Instituto para el Futuro de la Humanidad y la Fundación Retos Globales no lo explicita pero hay un decimotercer peligro que sobrevuela sobre los otros doce y es el de la ignorancia. Ya sea por la incapacidad para valorar económicamente un evento tan catastrófico, por su baja probabilidad a corto plazo o la psicología humana, tanto los políticos como buena parte de la comunidad científica no se toman muy en serio los riesgos. Y esa desidia es lo que, para los autores, explica buena parte de la imagen popular y acientífica del Apocalipsis.*





*Los 12 jinetes del Apocalipsis
El informe de la Fundación Retos Globales se centra en 12 grandes amenazas que podrían acabar con la civilización humana.
Riesgos actuales
1. Cambio climático extremo
2. Guerra nuclear
3. Catástrofes ecológicas
4. Pandemias mundiales
5. Colapso del sistema mundial.Riesgos exógenos
6. Impactos de grandes asteroides
7. Supervolcanes.Riesgos emergentes
8. Biología sintética
9.Nanotecnología
10. Inteligencia artificial
11. Riesgos inciertos. Riesgo de las políticas mundiales
12. Mala gobernanza mundial en el futuro







lunes, 16 de marzo de 2015

POEMA







Este miedo de ti, de mí... de todo...

Julia Prilutzky Farny 








Imagen: Andre Kohn 







Este miedo de ti, de mí... de todo, 
miedo de lo sabido y lo entrevisto, 
temor a lo esperado y lo imprevisto, 
congoja ante la nube y ante el lodo.
Déjame estar. Así. ¿No te incomodo?... 

Abajo ya es la noche, y hoy has visto 
cómo acerca el temor: aún me resisto 
pero me lleva a ti de extraño modo.
Déjate estar. No luches: está escrito.
Desde lejos nos llega, como un grito
o como un lerdo vértigo rugiente.


Me darás lo más dulce y más amargo: 
una breve alegría, un llanto largo... 
sé que voy al dolor. Inútilmente.














jueves, 12 de marzo de 2015

HIELO E HISTORIA



2.000 años de historia de Sudamérica escritos en el hielo

MIGUEL ÁNGEL CRIADO


El hielo se obtuvo del Nevado Illimani, un glaciar situado a 6438 metros de altura, que domina el altiplano boliviano. 


Buena parte de la historia de América del Sur está escrita en el hielo. El análisis de un glaciar milenario del altiplano boliviano muestra una correlación entre la presencia de plomo en el agua helada y el auge y caída de las civilizaciones preincaicas, del propio Imperio inca y la llegada de los españoles. Este material da pistas de la fiebre de la plata que afectó a todos esos pueblos.

Situado a casi 6.500 metros de altura, el Nevado Illimani, cercano a La Paz, domina todo el altiplano boliviano. A esa altura, recibe precipitaciones tanto de aguas procedentes del lejano Atlántico como del Pacífico. Aguas que, en su camino, capturan el polvo en suspensión de las zonas que atraviesan. En 1999, una expedición científica francosuiza extrajo dos tubos de casi 139 metros del hielo acumulado en el glaciar durante milenios. Cortado en segmentos de unos 70 centímetros, cada bloque es como una porción congelada del tiempo.
Un tubo de hielo de 138 metros extraído del glaciar Illimani (Bolivia) ha permitido estudiar el plomo liberado en la obtención de plata
 durante siglos.
Ahora, un equipo también helvético ha analizado la presencia de distintas partículas en uno de los tubos. Usando la técnica llamada de espectrometría de masas, pudieron medir con gran exactitud la presencia relativa de elementos químicos, detectando incluso las distintas variaciones (isótopos) de un mismo elemento. Su objetivo principal era el plomo. Este material altamente tóxico es un metal pesado que se encuentra en bajas cantidades en el aire en suspensión. Y si aparece en mayor proporción es que está la mano del hombre detrás.
"Las muestras de hielo son grandes archivos para estudiar la historia del clima, las emisiones de gases de efecto invernadero, incendios forestales, erupciones volcánicas y la emisión de un sinfín de contaminantes del aire", dice la investigadora del Instituto Paul Scherrer y coautora del estudio Anja Eichler. Con la técnica usada podían además diferenciar entre el plomo de origen natural presente en el polvo atmosférico y el antropogénico y, dentro de este, el provocado por la metalurgia de la plata o el procedente de la combustión de los motores a gasolina.
Partiendo de un nivel reducido y más o menos estable de plomo en el hielo de hace 2.000 años, los climatólogos se metieron a historiadores. Vieron que a lo largo de la historia, se han producido tres grandes picos de acumulación de este metal. Así, comprobaron como, alrededor del año 450, aparecían los primeros registros de origen antropogénico de plomo y la proporción se mantenía elevada durante unos 500 años, hasta el 950.
Durante ese lapso se produjo la aparición y auge de dos civilizaciones preincaicas. Por un lado, en el altiplano boliviano se desarrolló la civilización liderada por la ciudad de Tiahuanaco, a unos 100 kilómetros del glaciar Illimani. Más al este, en la parte occidental de lo que hoy es Perú, apareció la ciudad de Huari, a unos 700 kilómetros del Nevado. A pesar de la distancia, el paso de ambas civilizaciones por la historia quedó en el hielo.
Como los imperios posteriores, estos pueblos deseaban la plata. Extraída de las minas en forma de mineral combinado con otros metales, como el plomo o el cobre, los tiahuanaco lo fundían y dejaban oxidar en un proceso llamado copelación. La mayor parte del plomo se evaporaba, dejando la plata aislada. Es ese plomo el que aparece atrapado en el hielo.
Sin embargo, tal y como publican en la revista Science Advance, los niveles de este metal vuelven a reducirse a mediados del siglo X, fecha en el que tanto la cultura tiahuanaco como la huari empiezan a languidecer. Los historiadores han postulado varias teorías sobre la caída de estas civilizaciones preincaicas. Que si un enfrentamiento entre ellas, que si revueltas en el interior, una larga sequía... o una combinación de ambas.
"Hemos encontrado una polución por plomo antropogénico provocado por la metalurgia de la plata durante el periodo tiahuanaco. La caída de los niveles de plomo después de esa fecha tiene conexión con la fuerte subida de las concentraciones de polvo, de cerio por ejemplo. Estas concentraciones de polvo entre 1000 y 1400 son las mayores del registro de los últimos 2.000 años, lo que indica que fue una época muy seca", explica Eichler. Así que el hielo confirmaría la idea de que una sequía de siglos pudo influir en el destino de Tiahuanaco y Huari.
Incas, españoles y el Cerro Rico de Potosí
Hubo que esperar al Imperio Inca para que los niveles de plomo en el hielo de Illimani volvieran a subir. Los incas usaban un sistema de hornos (huayra) para fundir el mineral aprovechando el viento del altiplano para facilitar la fundición. Con la llegada de los españoles, las cosas no cambiaron en un principio. Ni siquiera cuando los conquistadores descubrieron el Cerro Rico de Potosí, la que sería la mayor mina de plata del mundo. Los europeos, además de usar a los americanos para explotar la mina, copiaron el sistema de huayras.
Sin embargo, a partir de 1570, los niveles de plomo en el hielo volvieron a descender hasta niveles casi naturales. ¿Qué pasó? Pues que los españoles empezaron a usar mercurio para separar la plata del resto de metales y este es un proceso en frío, por lo que la emisión de plomo a la atmósfera se redujo al mínimo. En el Potosí se llegaron a usar 45.000 toneladas de mercurio. Solo el aumento del precio de este material o la apertura de otras minas en la zona explicarían algunos picos puntuales de acumulación de plomo en los siguientes siglos.
Es a finales del siglo XIX cuando el hielo vuelve a llenarse de plomo. Los registros coinciden con el proceso industrializador que vive toda la zona andina. Pero, en Bolivia en particular, se inicia el auge de la extración de estaño, metal del que la nación boliviana sería el principal exportador y, aún hoy, uno de sus tres mayores productores. Como sucede con la plata, el estaño, obtenido de minerales como la casiterita, se presenta con otros metales, entre ellos el plomo.
Pero el mayor aumento de concentración de plomo en el Nevado Illimani, unas tres veces más que en épocas pasadas, se produce a partir de los años 60 del siglo pasado. Es la era de la explotación del cobre pero, sobre todo, la del automóvil y su gasolina con plomo. Es interesante comprobar como estos altos niveles fluctúan en función de la prohibición paulatina de este combustible en favor de gasolinas sin plomo en los distintos países.

Brasil fue el primer país de la zona en apostar por gasolinas limpias, con una transición que culminó en 1991. Y esto se nota en un progresivo descenso del plomo y otros materiales de combustión en el registro del hielo. Pero, como fue en 1999 cuando le arrancaron el trozo al glaciar, no hay datos de la última década, cuando Perú, Chile o Bolivia también dejaron de usar la gasolina sin plomo.





martes, 10 de marzo de 2015

IMAGEN: VERDADES Y MENTIRAS






Las verdades del Photoshop
José Luis Pardo







Montaje realizado por el fotógrafo Brian Walski, de 'Los Angeles Times'. Combinó con Photoshop
 las dos primeras imágenes, originales, en las que un soldado británico habla con civiles durante 
la guerra de Irak, para crear la tercera. Fue despedido.

En los inicios del pop art, los primeros artistas y críticos británicos que intentaban explicar el movimiento en el que se habían visto envueltos utilizaban un argumento que hoy nos resulta familiar: nosotros —venían a decir— somos nativos de una cultura nueva con respecto a la de nuestros antecesores, nos hemos alimentado visualmente de unas imágenes que, por primera vez en la historia, no son ni pretenden ser imágenes tomadas del natural, sino que han sido producidas industrialmente y con fines comerciales, las imágenes de la cultura de consumo de masas, del cine, la televisión y la publicidad, que se convirtieron en la década de 1960 en la atmósfera iconográfica dominante en las sociedades del capitalismo avanzado. 
Como escribió alguna vez Gilles Deleuze, la imagen fotográfica así producida a escala masiva no tenía la pretensión de competir con la pintura en la representación de la realidad, aspiraba a algo más: quería reinar sobre la vista, colonizarla enteramente. Y, sin duda alguna, lo ha conseguido, aunque este imperio se haya vuelto un poco ambiguo hoy, cuando se cumplen 25 años del nacimiento de Photoshop, el programa informático que puso el retoque fotográfico al alcance de cualquiera.
La fotografía conquistó históricamente su prestigio documental a fuerza de humildad: mientras que la pintura requería la mano magistral del sujeto y la interpretación del espíritu artístico, ella se conformaba con ser una simple reproducción mecánica de lo visible, y por ello se presentaba como una garantía de objetividad que permitía captar lo que pasaba inadvertido al ojo, y por eso tuvo enseguida aplicaciones técnicas y científicas. Pero también las tuvo propagandísticas y comerciales, y gracias a ellas hemos aprendido que ese supuesto prestigio debe ser matizado. Igual que nuestros antepasados creyeron en algún momento que la escritura era una prueba de fidelidad, hasta que comprendieron que todo lo escrito puede falsificarse, y que, según la definición de signo acuñada por Umberto Eco, la escritura puede ser utilizada para decir la verdad con igual facilidad que para mentir, nosotros hemos perdido la ingenuidad de confundir simplemente la fotografía con la realidad, y hemos comprobado la eficacia política y periodística que pueden tener, no ya los fotomontajes, sino incluso la simple decisión de un enfoque o la elección de un plano a la hora de interpretar una determinada realidad en el sentido elegido por el observador.
Cuando las imágenes se han vuelto digitales se ha subido un peldaño en su artificiosidad y, por tanto, en su manipulabilidad, especialmente cuando no se necesita ni siquiera imprimirlas para que surtan efecto, y la pantalla de cristal líquido les proporciona una homogeneidad que hace casi imperceptibles los retoques. Ya tenemos algunas generaciones que son nativas de la cultura digital, y que por tanto han crecido en una atmósfera tan fotorrealista como la de los jóvenes de 1960, pero con esta diferencia: la imagen fotográfica sigue imperando sobre la mirada, no representa una realidad natural, sino un mundo ya previamente convertido en imagen, en fotografía. Ahora las imágenes nacen ya manipuladas, no se entregan al público sin haberse sometido a un tratamiento previo que antes estaba sólo al alcance de los grandes laboratorios, de los jefes de Estado o de los estudios cinematográficos, y que hoy está a disposición casi de cualquiera.
Las imágenes ya no son solamente sospechosas de una posible manipulación. En la actualidad estamos seguros de que han sido manipuladas antes de distribuirse, puesto que su confección forma parte del proceso de su construcción tan legítimamente como el clic de la toma fotográfica, que ya no es más que una concesión mimética a los nostálgicos de lo analógico. Los defensores a ultranza de las nuevas tecnologías sugieren que con ello ha desaparecido la necesidad de fotógrafos profesionales (porque ahora todo el mundo es fotógrafo “profesional”, es decir, todo el mundo puede no solamente hacer fotos, sino retocarlas o montarlas a su gusto), que la fotografía ha perdido ya enteramente su condición documental y ha pasado a engrosar la categoría, en nuestro siglo tan abultada, del simulacro, es decir, de aquella imagen que no remite a ningún original externo, que es originariamente copia y manipulación en un sentido no peyorativo. De esta manera, además de ser fotógrafos profesionales, todos seríamos fotógrafos artísticos, mezcladores y productores de imágenes todas ellas originales, por lo que el propio concepto de lo original se habría venido abajo.
Pero también en esto hemos de depurar las ilusiones que despiertan en nosotros los avances tecnológicos. La ingenuidad de pensar que toda fotografía es un documento fiel del original que retrata no es mayor que la de pensar que toda fotografía es ella misma una obra de arte original del retratista, y la democracia estética no consiste exactamente en poner al alcance de todos los mortales el taller de Photoshop. La tecnología digital aumenta nuestra capacidad de engañarnos a nosotros mismos al aumentar nuestras posibilidades de manipular imágenes. Si esta misma idea tiene sentido ha de ser porque hay algo que manipular y, por tanto, algo que no es manipulación en sí mismo. Aunque seamos nativos de un mundo previamente convertido en fotografía por los medios de comunicación, si alguien tiene interés en manipular las noticias o en retocar las imágenes es porque esos medios tienen aún —por muy abollados que estén— un carácter persuasivo, y sólo pueden tenerlo si pensamos que comunican algo que no es simplemente una imagen prefabricada, que la imagen es imagen de algo y no más bien de nada. Ayer nos preocupaba que las imágenes pudieran engañarnos. Lo que hoy nos inquieta es que, pese a todo, también conservan la capacidad de decir, a veces, la verdad.



José Luis Pardo,filósofo, ganó el Premio Nacional de Ensayo con La regla del juego(Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2004). Es autor de Nunca fue tan hermosa la basura y Esto no es música: introducción al malestar en la cultura de masas.












miércoles, 4 de marzo de 2015

ENAMORARSE




Para enamorarte, haz esto

MANDY LEN CATRON



Imagen: Jack Vettriano

Hace más de 20 años, el psicólogo Arthur Aron consiguió que dos extraños se enamoraran en su laboratorio. El verano pasado apliqué esta técnica a mi vida, y por eso acabé de pie en un puente a medianoche, mirando a un hombre a los ojos durante exactamente cuatro minutos.Deja que me explique. Unas horas antes este hombre me dijo: “Sospecho que, dadas unas cuantas cosas en común, podríamos enamorarnos de cualquiera. Si es así, ¿cómo elegimos a alguien?”Era un conocido de la universidad con el que me cruzaba de vez en cuando  y que me había llevado a pensar “¿y si?”. Había echado un vistazo a su día a día en Instagram. Pero esta era la primera vez que nos habíamos visto a solas.


“En realidad, hay psicólogos que han intentado hacer que la gente se enamore”, dije, recordando el estudio del doctor Aron. “Es fascinante. Siempre he querido probarlo”.Supe por primera vez del estudio cuando estaba en mitad de una ruptura. Cada vez que pensaba en irme, mi corazón anulaba la decisión de mi cerebro. Me sentía atrapada. Así que como una buena académica, me volqué en la ciencia con la esperanza de que hubiera una forma más inteligente de amar.
Le expliqué el estudio a mi conocido de la universidad:  Un hombre y una mujer heterosexuales entran el laboratorio desde puertas diferentes. Se sientan cara a cara y contestan a una serie de preguntas cada vez más personales. Después se miran a los ojos durante cuatro minutos. El detalle más cautivador: seis meses después, dos de los participantes estaban casados. Invitaron a todo el laboratorio a la ceremonia.
“Probémoslo”, dijo.
Admito que nuestro experimento no se ajusta al estudio. Primero, estábamos en un bar, no en un laboratorio. Segundo, no éramos extraños. No sólo eso, sino que ahora me doy cuenta de que una persona ni sugiere ni está de acuerdo en probar un experimento diseñado para crear un amor romántico si esa persona no está abierta a que suceda.Busqué las preguntas del doctor Aron en Google; son 36. 
Pasamos las dos horas siguientes pasándonos el iPhone en la mesa, haciendo las preguntas de forma alternativa.
Comenzaron de forma inocua: “¿Te gustaría ser famoso? ¿De qué forma?”. Y “¿cuándo fue la última vez que cantaste a solas? ¿Y para alguien?"Pero rápidamente se volvieron más inquisitivas.
En respuesta a la provocadora “nombra tres cosas que tú y tú compañero tengáis aparentemente en común”, me miró y dijo: “Creo que los dos estamos interesados el uno en el otro”.
Sonreí y di un trago a mi cerveza mientras enumeró otras dos cosas que olvidé en seguida. Intercambiamos historias acerca de la última vez que lloramos y confesamos una pregunta que nos gustaría hacerle a un adivino. Explicamos nuestras relaciones con nuestras madres.
Las preguntas me recordaron al famoso experimento de la rana en el que el animal no nota cómo el agua se va calentando hasta que es demasiado tarde y está hirviendo. En nuestro caso y como el nivel de vulnerabilidad aumentaba gradualmente, no noté que habíamos entrado en terreno íntimo hasta que ya estábamos dentro, un proceso que típicamente puede llevar semanas o meses.
Me gustó aprender acerca de mí a través de mis respuestas, pero me gustó aún más aprender cosas de él. El bar, que estaba vacío cuando llegamos, se había llenado para cuando hicimos una pausa para ir al baño.
Me senté sola en la mesa, consciente del entorno por primera vez en una hora, y me pregunté si alguien había estado escuchando nuestra conversación. Si lo habían hecho, no me había dado cuenta. Y tampoco me fijé en que la multitud se fue desvaneciendo a medida que se hacía cada vez más tarde.
Todos tenemos una narrativa sobre nosotros mismos que ofrecemos a extraños y conocidos, pero las preguntas del doctor Aron hacen que sea imposible recurrir a ella. Se creó esa especie de intimidad acelerada que recuerdo del campamento de verano: quedarme despierta toda la noche con un amigo nuevo, intercambiando los detalles de nuestras cortas vidas. Con 13 años, lejos de casa por primera vez, parecía natural conocer a alguien tan deprisa. Pero la vida adulta nos ofrece estas circunstancias muy raramente.
Los momentos en los que me sentí más incómoda no fue cuando tuve que hacer confesiones acerca de mí, sino cuando tenía que aventurar opiniones sobre mi compañero. Por ejemplo: “Compartid alternativamente algo que consideréis una característica positiva de vuestro compañero; un total de cinco cosas” (pregunta 22), y “dile a tu compañero qué te gusta de él; sé muy honesto esta vez y di cosas que no dirías a alguien que acabas de conocer” (pregunta 28).
Gran parte de las investigaciones del doctor Aron se centran en cómo creamos cercanía interpersonal. En concreto, varios de sus estudios investigan las formas en las que incorporamos a los demás en nuestro sentido del yo. Es fácil ver cómo las preguntas animan lo que llama “autoexpansión”. Decir cosas como “me gusta tu voz, tus preferencias en cerveza, la forma en la que todos tus amigos parecen admirarte” hace que ciertas cualidades positivas de una persona sean explícitamente valiosas para la otra.
Es realmente sorprendente oír lo que alguien admira de ti. No sé por qué no nos dedicamos a decir cumplidos a todo el mundo todo el tiempo.
Acabamos a medianoche, y terminamos mucho más  que los 90 minutos del estudio original. Miré a mi alrededor, en el bar, y me dio la impresión de que acababa de despertar. “No ha estado tan mal -dije-. Definitivamente menos incómodo de lo que sería la parte de mirarnos a los ojos”.
Él dudó y preguntó: “¿Crees que deberíamos hacer eso también?”
“¿Aquí?”, miré el bar. Me parecía demasiado raro, demasiado público.
“Podríamos ir al puente”, dijo, girándose hacia la ventana.
La noche era cálida y yo estaba completamente despierta. Caminamos al punto más alto y después nos giramos para quedarnos cara a cara. Toqué torpemente mi móvil para poner el cronómetro.
“Vale”, dije, respirando profundamente.
“Vale”, dijo, sonriendo.
He esquiado pendientes empinadas y he estado colgada de una pared rocosa atada con un trozo corto de cuerda, pero mirar a los ojos de alguien durante cuatro silenciosos minutos ha sido una de las experiencias más emocionantes y aterradoras de mi vida. Pasé el primer par de minutos simplemente intentando respirar de forma adecuada. Hubo muchas sonrisas nerviosas hasta que, finalmente, nos sentimos cómodos.
Sé que se dice que los ojos son la ventana del alma, o lo que sea, pero el quid del momento no era sólo que yo estaba mirando a alguien, sino que estaba mirando a alguien que me estaba mirando a mí. Una vez acepté la terrorífica idea de la que me había dado cuenta y di tiempo para que se asentara, llegué a un sitio inesperado.
Me sentí valiente y en un estado de asombro. Parte de ese asombro fue por mi propia vulnerabilidad y parte vino por la extraña forma de fascinación que ocurre cuando decimos una palabra una y otra vez hasta que pierde su significado y se convierte en lo que realmente es: sonidos ensamblados.
Así ocurrió con el ojo, que no es una ventana a nada, sino más bien un conjunto de células muy útiles. El sentimiento asociado con el ojo se desvaneció y me vi impactada por su sorprendente realidad biológica: la naturaleza esférica del globo ocular, la visible musculatura del iris, y el cristal suave y húmedo de la córnea. Era extraño y exquisito.
Cuando la alarma sonó, estaba sorprendida… Y algo aliviada. Pero también sentí una especie de pérdida. Ya estaba comenzando a ver nuestra noche con las lentes irreales y poco fiables de la retrospección.
Muchos de nosotros pensamos en el amor como algo que nos ocurre. En inglés “we fall in love”, caemos en el amor. “We get crushed”, nos aplasta.
Pero algo que me gusta de este estudio es cómo asume que el amor es una acción. Tiene en cuenta que aquello que importa a mi compañero también me importa a mí porque tenemos al menos tres cosas en común, porque mantenemos relaciones estrechas con nuestras madres y porque dejó que le mirara.
Me pregunté qué saldría de aquella interacción. Al menos, pensé que me daría material para una buena historia. Pero ahora me doy cuenta de que la historia no es sobre nosotros; es sobre qué significa tomarse la molestia de conocer a alguien, que a su vez y en realidad es una historia sobre qué significa que nos conozcan.
Es cierto que no puedes escoger quién te ama, aunque he pasado años con la esperanza contraria, y tampoco puedes crear sentimientos románticos basados sólo en lo que te conviene. La ciencia nos dice que la biología importa; nuestras feromonas y hormonas hacen mucho trabajo entre bambalinas.Pero a pesar de todo esto, he comenzado a pensar que el amor es más flexible de lo que creemos que es. El estudio de Arthur Aron me ha enseñado que es posible -sencillo, incluso- generar confianza e intimidad, que son los sentimientos que el amor necesita para prosperar.
Probablemente te estás preguntando si él y yo nos enamoramos. Bien, lo hicimos. Aunque es difícil darle todo el mérito al estudio (podría haber ocurrido de todas formas), las preguntas nos ofrecieron un camino hacia una relación que sentimos como voluntario y deliberado. Pasamos semanas en el espacio íntimo que creamos esa noche, esperando a ver en qué podía convertirse.
El amor no nos ocurrió. Estamos enamorados porque tomamos la decisión de estarlo.






Si quieres leer (y probar) las 36 preguntas que se mencionan en el artículo, aquí están.



Es  posible que este cuestionario diseñado para abrirnos gradualmente funcione. Por si alguien quiere probarlo (bajo su responsabilidad), lo reproducimos a continuación. El estudio original requiere que se trate de alguien completamente desconocido. Se recomienda emplear 45 minutos: un cuarto de hora para cada set de preguntas, aunque tanto Mandy Len Catron como estos dos voluntarios del Guardian necesitaron más tiempo. Los participantes han de leer en voz alta una pregunta cada uno, aunque ambos han de responderlas todas.Una vez terminado el cuestionario, los sujetos debían alejarse y responder a las preguntas de los investigadores. En el estudio original no se menciona la necesidad de mirarse a los ojos al terminar durante cuatro minutos, pero no es desaconsejable: a Mandy Len Catron le funcionó.
Set I

1. Si pudieras elegir a cualquier persona en el mundo, ¿a quién invitarías a cenar?
2. ¿Te gustaría ser famoso? ¿De qué forma?
3. Antes de hacer una llamada telefónica, ¿ensayas lo que vas a decir? ¿Por qué?
4. Para ti, ¿cómo sería un día perfecto?
5. ¿Cuándo fue la última vez que cantaste a solas? ¿Y para otra persona?
6. Si pudieras vivir hasta los 90 años y tener el cuerpo o la mente de alguien de 30 durante los últimos 60 años de tu vida, ¿cuál de las dos opciones elegirías?
7. ¿Tienes una corazonada secreta acerca de cómo vas a morir?
8. Di tres cosas que creas tener en común con tu interlocutor.
9. ¿Por qué aspecto de tu vida te sientes más agradecido?
10. Si pudieras cambiar algo en cómo te educaron, ¿qué sería?
11. Tómate cuatro minutos para contar a tu compañero la historia de tu vida con todo el detalle posible.
12. Si mañana te pudieras levantar disfrutando de una habilidad o cualidad nueva, ¿cuál sería?

Set II

13. Si una bola de cristal te pudiera decir la verdad sobre ti mismo, tu vida, el futuro, o cualquier otra cosa, ¿qué le preguntarías?
14. ¿Hay algo que hayas deseado hacer desde hace mucho tiempo? ¿Por qué no lo has hecho todavía?
15. ¿Cuál es el mayor logro que has conseguido en tu vida?
16. ¿Qué es lo que más valoras en un amigo?
17. ¿Cuál es tu recuerdo más valioso?
18. ¿Cuál es tu recuerdo más doloroso?
19. Si supieras que en un año vas a morir de manera repentina, ¿cambiarías algo en tu manera de vivir? ¿Por qué?
20. ¿Qué significa la amistad para ti?
21. ¿Qué importancia tiene el amor y el afecto en tu vida?
22. Compartid de forma alterna cinco características que consideréis positivas de vuestro compañero.
23. ¿Tu familia es cercana y cariñosa? ¿Crees que tu infancia fue más feliz que la de los demás?
24. ¿Cómo te sientes respecto a tu relación con tu madre?

Set III

25. Di tres frases usando el pronombre “nosotros”. Por ejemplo, “nosotros estamos en esta habitación sintiendo…”.
26. Completa esta frase: “Ojalá tuviera alguien con quien compartir…”.
27. Si te fueras a convertir en un amigo íntimo de tu compañero, comparte con él o con ella algo que sería importante que supiera.
28. Dile a tu compañero qué es lo que más te ha gustado de él o ella. Sé muy honesto y dile cosas que no dirías a alguien a quien acabas de conocer.
29. Comparte con tu interlocutor un momento embarazoso de tu vida.
30. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste delante de alguien? ¿Y a solas?
31. Cuéntale a tu interlocutor algo que ya te guste de él.
32. ¿Hay algo que te parezca demasiado serio como para hacer broma al respecto?
33. Si fueras a morir esta noche sin posibilidad de hablar con nadie, ¿qué lamentarías no haber dicho a alguien? ¿Por qué no se lo has dicho hasta ahora?
34. Tu casa se incendia con todas tus posesiones dentro. Después de salvar a tus seres queridos y a tus mascotas, tienes tiempo para hacer una ultima incursión y salvar un solo objeto. ¿Cuál escogerías? ¿Por qué?
35. De todas las personas que forman tu familia, ¿qué muerte te parecería más dolorosa? ¿Por qué?
36. Comparte un problema personal y pídele a tu interlocutor que te cuente cómo habría actuado él o ella para solucionarlo. Pregúntale también cómo cree que te sientes respecto al problema que has contado.