jueves, 18 de abril de 2013

24 DE MARZO



El accidente y sus delirios

Alejandro Schleh









Iba y venía del lejano sueño, sumida la conciencia, paseaba por los vericuetos de mi mente. Nunca pude convencer a nadie en casa del sentido de conciente inconsciencia en que me hallaba por momentos. Debe haber sido por lo deplorable de mi imagen y por las locas advertencias que los médicos habían aventurado sobre mi futuro.


No sabía si era un sueño en sordina. Si aquella lejana sirena venía por mí o por quién; si alejado yo de mí mismo era espectador o protagonista. Algo había pasado. Sería acaso una nueva etapa de mi vida la paz que me invadía. Una reencarnación. Las marcas con que la vida había señalado mi alma desfilaron por mi mente en una fila interminable; me fue vedado el subconsciente. Nada sabía con certeza y claramente, nada me preocupaba; y algo quizá grave había sucedido con mi cuerpo, yo era sólo mi alma con las marcas indoloras. Sólo, todo paz. Un alma desalmada a la que nada ni nadie importaban. Sabía que tenía hijos, mujer, madre, hermanos; eran datos, nada más. Un lejano conocimiento archivado en alguna parte dando vueltas por otra. Una ausencia del tiempo y el espacio aquel liviano paraíso.
Estoy seguro que existen distintos estados o grados de inconsciencia, así como de comas. Los médicos dicen coma cuatro, coma tres, y los van numerando hacia arriba o hacia abajo. Quizá sea lo mismo. Inconciencia uno, inconciencia dos, y así. Y de ser de ese modo, ella itineró por aquellos números cardinales, errática y libremente. Pude registrar algunos momentos importantes. Cómo cuando tirado aún sobre el asfalto encorsetaron mi cuello con otro de plástico. Sabía qué cosa estaban haciendo. Cómo cuando me hicieron mover la mano izquierda y luego la derecha. “Mueva el pie derecho, mueva el izquierdo”, dijeron. Sabía que me estaban probando. Sabía qué cosa estaba sucediendo cuando al unísono algunas personas contaron “Uno, dos, tres!” y de un solo movimiento me pasaron a la camilla. Recuerdo haber visto a gente mirándome, un público numeroso, un flash. El zarandeo de cuando me transportaron escasos metros. Recuerdo también las luces  en el techo de la ambulancia cuando me introdujeron en ella:  la camilla que se deslizaba sobre ruedas; mi cabeza iba hacia atrás mientras que las lucecillas lo hacían adelante. Las recuerdo tenues, nada encandilantes. Recuerdo algún momento del viaje. La fuerza centrífuga en las curvas y la inercia en las frenadas.
En el hospital hubo momentos de los cuales nada recuerdo; otros cortos, sin embargo, de tiempo y espacio para el divertimento. Aquellos en los que desde la inconsciencia alcanzaba la conciencia y quedaron indelebles en el recuerdo. Como cuando relaté a los médicos que querían hacerme hablar -quizá para mantenerme despierto- cómo había conseguido toda la munición que tenía guardada en casa. Todo un absoluto invento; fue un delirio, pero absolutamente intencionado, así, la mente disparada es increíble en ése y en cualquier estado.
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Vi desfilar entre sueños algunos de mis hijos; se pararon a mi lado y hablamos algo que no recuerdo. Cuando estuve bien me dijeron que los había estado echando y pidiendo que me dejaran tranquilo, que quería estar solo, que estaba de lo más antipático. De mi hijo mayor, recuerdo, que se le cayeron unas lágrimas escasas cuando me vio. Me enteré luego que había cargado cierta tensión hasta ese momento pues tuvo que ejercer algún dominio de la situación ante el imprevisto; mi mujer estaba demasiado nerviosa, parece que al verme tirado sobre la cama de fierros cromados en que  estaba depositado se aflojó un poco.
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Volaba entregado a sueños fantásticos o por el más profundo de los vacíos cuando dos enfermeras levantaron la sábana y me bañaron con una gran esponja, un enorme prisma rectangular casi cúbico que alcancé a distinguir de color gris; creo lo mojaban cada tanto en unas palanganas. Lo hicieron con gran profesionalismo; sentía la espuma por todas partes y la sensación de ser tratado y movido como un niño. Mi estado no me permitió tener asco pero sí pensar que seguramente con la misma esponja bañarían a todo el mundo y difícilmente la limpiasen o cambiasen con cada paciente como la higiene impone. No era mi problema en aquel momento y hoy espero haber estado equivocado en aquella apreciación.
Descubrí unas ventosas con cablecitos adheridas al pecho –creo eran monitoreo de corazón y pulsaciones- y un tubito con una aguja en el extremo que estaba clavada en la muñeca o alguna parte del brazo que llevaba suero, nada más. No tenía sondas ni mangueras de ningún tipo en los orificios.
Imaginaba prejuiciosamente que no eran estrictos con la esponja. Sí lo eran con las visitas; veía que antes de acercárseme debían lavarse las manos en un lavatorio que se veía a trasluz detrás de un biombo del otro lado del cual, creo, había pacientes del otro sexo, lo que me hace pensar que descuentan que cuando uno esta en terapia intensiva la libido tiende a cero. Modestamente me permito disentir en este aspecto pues la cercanía de aquellas mujeres de las cuales estaba separado sólo por un biombo de fina tela o plástico, aunque quizá agonizantes, me produjo en algún momento, una agradable sensación de promiscuidad. 


De todas maneras no se me pasó por la cabeza mudarme de cama lo que demuestra que acaso los médicos y los arquitectos que diseñaron aquella pequeña sala de terapia intensiva tuviesen algo de razón al pensarla unisex. Sí. Tuvieron razón. Nunca me hubiera metido en la cama con esas viejas moribundas; así que no entiendo lo de la agradable sensación de promiscuidad como tampoco entiendo por qué habrían de ser viejas moribundas de pelos escasos y teñidos de rubio o castaño y con raíces blancas de cuatro centímetros de largo y prótesis dentales guardadas en cajitas, y no jóvenes esbeltas atletas sufrientes de algún percance deportivo.




De El Golpe ( Fragmentos) 


6 comentarios:

  1. Es verdad eso que dice el autor. Yo también pasé por esa experiencia de estar conciente -por momentos escasos- de mi estado de coma o inconsciencia. M.Britos

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    1. Hola Marta, que alegría encontrarte nuevamente. No imaginaba que pasaras por esa experiencia. Cuando tengas ganas y puedas contame. Cariños !

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  2. Lo raro en esos momentos es el abandono. Cómo uno se entrega, abandona su cuerpo a lo que sea; que hagan lo que quieran. Uno está consciente de como lo trasladan,lo suben, lo bajan o lo olvidan. Y el sueño, siempre el sueño a cada rato te vence y a veces, ese sueño se nos viene acompañado de los sueños, los otros, próximos o no al desvarío. No se está tan mal; y eso es raro. Gracias Miss Musa. A.S.

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    1. Que interesante lo que contas Alejandro...de todas maneras no quisiera vivir lo que estás contando, no al menos como consecuencia de esa experiencia traumática. Acaso Sí, como efecto de otra más agradable.

      Gracias una vez más por permitirme compartir con mis lectores tus valiosos textos.
      ( Derechos de autor reservados)

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  3. esos comentarios sobre desvarios, sueños,visiones surrealistas y otras yerbas, en estado de inconsciencia, aparecen en muchos cuentos de éste, del siglo pasado y anteriores. Idas y venidas al otro mundo. En nuestro pais, Victor Sueyro es especialista: le dedica libros a eso. ANÓNIMO VENECIANO

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  4. Hola ANÓNIMO VENECIANO...también has regresado ! No he leído los libros de Sueiro, pero si he oído de ellos. Lo que no sé si sabés es que de su Ultimo Viaje, lamentablemente, no ha regresado.

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