lunes, 23 de mayo de 2016

POEMA




Canción de amor de la joven loca

Sylvia Plath









 Cierro los ojos y el mundo muere;
Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Soñé que me hechizabas en la cama
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Imaginé que volverías como dijiste,
Pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente).

Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente)










MAD GIRL'S LOVE SONG
Sylvia Plath

I shut my eyes and all the world drops dead;
I lift my lids and all is born again.
(I think I made you up inside my head.)
The stars go waltzing out in blue and red,
And arbitrary blackness gallops in:
I shut my eyes and all the world drops dead.
I dreamed that you bewitched me into bed
And sung me moon-struck, kissed me quite insane.
(I think I made you up inside my head.)
God topples from the sky, hell's fires fade:
Exit seraphim and Satan's men:
I shut my eyes and all the world drops dead.
I fancied you'd return the way you said,
But I grow old and I forget your name.
(I think I made you up inside my head.)
I should have loved a thunderbird instead;
At least when spring comes they roar back again.
I shut my eyes and all the world drops dead.
(I think I made you up inside my head.)














viernes, 20 de mayo de 2016

FRIDA



Frida Kahlo traída al presente


Angeles Lucas








Retratos de Frida Kahlo traída al presente, a territorios que nunca pisó, también de vuelta a su pasado pero ataviada con nuevas vestimentas. Otras miradas a la artista mexicana propone el pintor Fausto Velázquez (La Algaba, Sevilla, 1950) en la exposición Frida Kahlo, la vida como obra de arte, inaugurada en el Ayuntamiento de Sevilla, y que irá de gira por el resto de Andalucía, México, Nueva York, París, Basilea, Tokio y Madrid. 



Frida Kahlo ilustrada con un mantón de Manila diseñado por Victorio y Lucchino.

Suaves manojos de flores de fondo, motivos naturales y animales, tejidos, texturas, pendientes y anillos de corales, y un mantón de Manila ideado por los diseñadores andaluces Victorio y Lucchino completan esta serie de 50 retratos, de entre los que se exponen 22 en la sala Apeadero del Ayuntamiento de Sevilla hasta el 26 de junio.
“En mis cuadros he querido reinterpretar con color sus fotografías en blanco y negro, con elementos aborígenes mexicanos, zarcillos, collares y otros de Andalucía como los corales o el mantón de Manila. La historia siempre la escriben los vencedores, por eso muchos mexicanos odiaban a España, pero fue un país que mantuvo todas las etnias de allí, no como ocurrió en Norteamérica, que aniquilaron a los indios”, reflexiona Velázquez como relectura de la historia.
Ha tardado tres años en completar la obra denominada por el periodista José Antonio Chacón como una pintura "suFrida". "Fausto Velázquez ha recreado ese rostro y ha escudriñado esa máscara bajo la que se esconde el dolor, el drama, el desgarro que acompañó a la poliédrica figura de la artista de Culiacán, cuya personalidad siempre fue más allá de lo mucho que representa en la cultura y el arte mexicano desde mediados del pasado siglo", escribe Chacón en el catálogo de la muestra, que incluye la historia de uno de los cuadros con una deriva distinta.
Cuenta Velázquez que la actriz Madeleine Stowe pudo observar uno de los retratos durante su estancia en Sevilla mientras grababa un anuncio en la ciudad, y encantada con la obra, decidió regalarle uno de los retratos de Frida al actor Sean Penn por su cumpleaños. “Él es un gran amante del arte y mi obra forma parte de su colección”, asegura Velázquez.



Imagen incluida en la muestra 'Frida Kahlo: la vida como obra de arte'.

Fue otro estadounidense, un productor de arte, el que sugirió a Velázquez la idea de hacer un monográfico sobre Frida, que ya estaba incluida en una serie de 60 retratos en la que trabajaba el autor sobre personajes relevantes para él. “Estaba pintando una muestra de retratos llamada La pluma o la espada, en la que reflejaba a personas que habían influido en mi vida, contaba con cuadros de Hitler, Mussolini, Lorca o Cernuda, y entre ellos estaba Frida”, dice el autor.

La valiente mujer vuelve con sus colores a ser revisada por la mirada del siglo XXI bajo la paleta del autor algabeño. “Frida es un icono mundial. Tiene una biografía intensa, fue una mujer luchadora con una salud débil que hizo frente al machismo de los años 20 y 30 y mantuvo siempre una capacidad inmensa de amar”.














jueves, 19 de mayo de 2016

OLD FASHIONED ?



Los famosos están volviendo a usar los viejos teléfonos con tapa

Nick Clayton 








La actriz Scarlett Johansson es una de quienes ha sido vista con un teléfono de tapa.





En el metro, entre los viajeros que se desplazan por el corazón de la ciudad de Nueva York, Danny Groner llama la atención. Es una de las únicas personas en su vagón que no está mirando la pantalla de su celular. Y está orgulloso de no pertenecer a los más de dos tercios de estadounidenses que poseen un teléfono inteligente.   

Al igual que los magnates de los negocios Warren Buffett y Stephen Schwarzman, la única conexión móvil de Groner con el mundo es un viejo teléfono plegable o con tapa que usa sólo para llamadas y mensajes de texto. Groner no es viejo,  los 32 años es el tipo de clientela a la que apuntan los fabricantes de teléfonos móviles.  No sólo es joven, es gerente de la agencia de fotos Shutterstock, valorada en US$1.200 millones, una de las grandes historias de éxito de Silicon Valley. Su oficina está en la sede de la compañía que ocupa dos plantas del edificio Empire State en Manhattan. Es la oficina típica de una startup, con hasta columpios, sala de juegos y un estudio de yoga.  Rodeado de tecnología, Groner deja muy claro por qué se beneficia al rechazar un teléfono inteligente. "Me preocupa que pueda 'quemarme'", dijo. "Me paso 13 o 14 horas al día frente a una pantalla. Eso es suficiente. No tienen que ser 17 horas". A pesar de su entusiasmo por los móviles retro, admite que no todos pueden deshacerse de los teléfonos inteligentes: "Si todo el mundo fuera como yo, no se terminaría ningún trabajo", dice, a pesar de que considera que evitar un teléfono inteligente lo hace un mejor trabajador.

Adicción a la vieja escuela

La profesora de psicología Holly Parker, de la Universidad de Harvard, cree que el uso de los teléfonos plegables podría ayudar a la gente a definir la línea entre el trabajo y el hogar. "La gente no tiene por qué elegir entre trabajar también en casa o no hacerlo" dice, sugiriendo que las empresas se benefician de una mayor productividad si permiten que los empleados tengan tiempo para recuperarse del trabajo. "El aumento en el uso de los teléfonos plegables es una reacción a la sensación de que uno está subordinado a los teléfonos inteligentes. La adopción de un teléfono plegable es una declaración audaz de que uno tiene el control", opina el abogado y especialista en ética de la tecnología David Ryan Polgar. Sin embargo, cree que hay mejores maneras de mostrar que uno ha logrado el control sobre la tecnología. Simplemente no tengas tu teléfono inteligente cerca todo el tiempo. "Tanto una persona conocedora de la tecnología que usa un teléfono plegable como una persona que elige conscientemente no tener un teléfono inteligente proyectan poder y libertad", considera. "Es símbolo de estatus".

¿Cambio de legislación?

Por supuesto, es fácil aspirar a ese tipo de disciplina, pero bastante difícil de lograr. Algunos incluso piensan que puede ser necesario cambiar las leyes para que le sea más fácil a la gente use de otra manera sus teléfonos inteligentes (y tener una vida). Francia es el primer país que ha considerado consagrar el "derecho a desconectar" en una legislación.  Esa iniciativa no proviene de los sindicatos, sino de Bruno Mettling, subdirector de la empresa multinacional de telecomunicaciones francesa Orange, que en septiembre pasado presentó un informe sobre el trabajo digital al Ministro de Trabajo de Francia.


La editora de la revista Vogue Anna Wintour tiene varios teléfonos, pero prefiere los de tapa.

En una entrevista con la cadena de radio Europa 1, Mettling dijo que aunque no existe ninguna obligación legal de que un empleado permanezca conectado, ello no reconoce la realidad de las relaciones entre empleados y gerentes. Incluso con protección legal, puede ser casi imposible para la mayoría de la gente resistir la tentación de mirar la pantalla para hacer una última revisión del correo electrónico y los mensajes antes de intentar dormir. Eso es lo que llevó a Ellyn Shook, directora de recursos humanos de la firma global de consultoría Accenture, a decidirse por la tecnología más antigua. Después de fracasar en su intento de prohibirse utilizar su iPhone en la cama, a principios del verano pasado se compró un teléfono plegable. No iba a ser un reemplazo permanente para su teléfono inteligente, sino un sustituto cuando necesitara desconectarse del trabajo.  Funcionó. Como resultado de su paso atrás en el tiempo al utilizar una tecnología más antigua fue capaz de pasar fines de semana en la playa sin revisar su teléfono, según cuenta. En cuanto a Groner, asegura que no se pasará a un teléfono inteligente.
"La gente me dice que podría dejarlo en el bolsillo y no lo encenderlo. Pero no me fío de mí mismo", confiesa. "Si lo tuviera, terminaría tan adicto como el resto".







La historia original en inglés en BBC Capital






miércoles, 18 de mayo de 2016

ARTE



Basquiat, Cattelan y Frida Kahlo baten récords en Nueva York






Basquiat: Autorretrato del artista






Las subastas de arte de primavera de Nueva York salvaron los muebles al lograr mover el volumen de dinero que se había estimado, unos 1.000 millones de dólares (menos de la mitad que en mayo de 2015) y decretaron un momento dulce para la obra del neoyorquino Jean-Michel Basquiat, el italiano Maurizio Cattelan, el francés Auguste Rodin o la mexicana Frida Kahlo, cuyas piezas batieron los récords de precios pagados por el trabajo de esos artistas.
La semana sirvió para confirmar una tendencia: que el mercado no vive la espuma de los últimos años; para reafirmar un dato: que Christie’s le lleva la delantera a Sotheby’s en estas subastas; y para presentar en sociedad a un millonario: el japonés Yusaku Maezawa, que pujó hasta los 57 millones de dólares (50,4 millones de euros), cuando se había valorado en unos 40, para hacerse con el enorme cuadro Sin título de Basquiat. En dos días, gastó unos 100 millones de dólares (unos 88,4 millones de euros) en arte.

Basquiat, triunfó como mito de la llamada contracultura en los 80, fascinó a Andy Warhol y murió a los 27 años por una sobredosis de heroína. El cuadro del récord, vendido en Christie’s, es una pieza enorme de 1982 realizada en Módena que contiene un autorretrato del artista, como un demonio, que entonces tenía 22 años. La casa de la plaza Rockefeller también subastó Él, la controvertida escultura en cera del Hitler de Maurizio Cattelan, por 17 millones de dólares (15 millones de euros) y albergó el récord de Frida Kahlo, de 8 millones de dólares, por Dos desnudos en el bosque (La tierra misma).


Él, la controvertida escultura en cera del Hitler de Maurizio Cattelan



Frida Kahlo: Dos desnudos en el bosque




Auguste Rodin. L' Eternal Printemps



En Sotheby’s se subastó la escultura de Auguste Rodin más cara hasta la fecha, L’Eternal Printemps, de 20,4 millones de dólares (unos 18 millones de euros), cuando no se le habían calculado unos 10 millones de euros. La casa también realizó ventas notables, como el Sin título (New York City), de Cy Twombly, por 36,6 millones de dólares a precio de martillo o el doble autorretrato de Francis Bacon por 35 millones.
Pero las ventas de esta semana no solo han quedado lejos de las de hace un año sino que tampoco han dado lugar a los campanadas de noviembre, cuando Nu Couché(Desnudo acostado) de Amedeo Modigliani se vendió en Chirstie’s por 170,4 millones de dólares (unos 158 millones de euros). Los pagó el magnate chino Liu Yiqian, un tipo de origen humilde que dejó la escuela a los 14 años para ponerse a trabajar y conseguir una licencia de taxi.

El dinero asiático está moviendo el mercado del arte. Según los datos de Deloitte, los compradores asiáticos supusieron ya el 30% de todas las ventas de Christie’s en el año 2015. El frenazo del gigante del gigante de la región, China, añade más incertidumbre a un 2016 a media asta en el negocio del arte.


















lunes, 16 de mayo de 2016

POEMA





VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA

Daniel Ripoll*












Si quedara ciego,
Con sólo acariciarte,
Te reconocería.
Hay proporciones de belleza,
Que son forma y no cultura,
Y vibran como aromas
De lo claro y esencial.


Comprender tu laberíntico secreto
Me ha llevado tiempo,
Tuve que educar el tacto
Y entrenar las manos.
Pero hoy ya soy capaz 
De recorrer a tientas tus senderos,
Los bosques y los tibios manantiales
Que indican y sugieren
El punto exacto
Que lleva al centro de la Tierra.











A Journey to the Center of the Earth

If I suddenly went blind,
With only fondling,
I could recognize you.
There are proportions of beauty,
Just shapes not culture,
That vibrate
of the clean and essential.

To understand your laberynthic secret
 Has taken me time,
I had to train muy touch.
 And teach my hands.
But now, even blindfolded,
I can go along all your paths
The woods and warm streams
That lead up to and suggest
 the right point

That takes to the accurate Center of the Earth.



















Todos los derechos reservados.














viernes, 13 de mayo de 2016

TOPOS.






Las sombras de la conciencia

Rosa Montero







Lech Valesa en 1980



El descubrimiento de nuevos documentos que parecen demostrar que Lech Walesa* fue un informante de la policía secreta comunista y que, aún peor, espiaba a sus propios compañeros de los astilleros es una de esas noticias lastimosas que te dejan un sabor a cenizas en la boca. Y no porque suponga para mí algo inesperado ni el derrumbe de un mito: nunca me cayó bien Walesa y además lo de su pasado de informante era algo que se rumoreaba desde hacía años. No, lo desolador no es que este tipo de cosas sean sorprendentes, sino que, lamentablemente, no lo son. Lo triste es que ocurren demasiadas veces y forman parte de la compleja mezquindad del ser humano.

El asunto de Walesa me ha recordado otro destape ilustre, el de la escritora de Alemania del Este Christa Wolf, autora de magníficas novelas. Partidaria del régimen en su juventud, se fue haciendo más y más crítica con los años, aunque sin abandonar el marxismo. Durante mucho tiempo, antes y después de la caída del Muro, fue un referente ético en la sociedad alemana. Hasta que en 1993 se empezaron a abrir los archivos de la Stasi, la aterradora policía secreta de la RDA, y se descubrió que Wolf había trabajado para ellos como informante de 1959 a 1961. El hallazgo cayó como una bomba; al contrario de lo que sucede con Walesa, de Wolf nunca se había rumoreado nada. No parece que su carrera como chivata fuera un éxito; en los papeles, la propia Stasi tilda a Christa Wolf de informante “reticente”. Además se diría que el resto de la vida de la escritora fue tan verdadero como parecía; sí se fue distanciando del régimen, sí fue haciéndose más y más crítica, sí sufrió cierta represión por ello. 

Quien no tenga algún error en su vida, que tire la primera piedra. Pero, claro, lo malo, lo indecente, es atribuirse un lugar de pureza ideológica teniendo todo eso callado a las espaldas. Tras la caída del Muro, Wolf perdió una oportunidad de oro para intentar explicar lo inexplicable, a saber, cómo gente buena e inteligente es corrompida o chantajeada o seducida por un sistema político aberrante para llegar a prestarse a una mezquindad de ese tipo. Quizá Wolf, pese a ser tan crítica y aguda en sus libros, no hubiera llegado como persona a condenar del todo el régimen totalitario en el que había vivido, lo cual ya me parece bastante execrable. Ya se sabe que las novelas suelen ser mejores que los escritores, sobre todo si son autores de talento.
Ya se sabe que las novelas suelen ser mejores que los escritores, sobre todo si son autores de talento
Se diría que el caso de Walesa es peor. Su colaboración sería más tardía, más extensa, más grave. Él ha vuelto a negarlo todo, pero sus explicaciones resultan confusas: reconoce vagamente un “error”, haber firmado un papel a la policía, en fin, un relato poco convincente. Ahora bien, sin duda fue un personaje esencial en el proceso de democratización de su país. Qué extraños, qué paradójicos, qué confusos somos los seres humanos. Y qué malignos, qué trituradores de las voluntades son los sistemas totalitarios, que son, me parece, el perfecto caldo de cultivo para este tipo de dobleces. Una de las películas que más me han gustado de todas las que he visto es La vida de los otros (2006), de Florian Donnersmarck, en donde se hace justamente lo que Wolf no hizo: explicar cómo un sistema policial tiránico como el de Alemania Oriental envilece y destruye a las personas, cómo les arrebata su dignidad y les convierte en chivatos. Cómo, aparentando ser críticos con el régimen, y quizá sintiéndolo de verdad en su corazón, terminan delatando a su propia gente y convirtiéndose en la sombra enferma de lo que son.
¿Y por qué llega alguien a traicionarse a sí mismo de ese modo? Debe de haber infinidad de respuestas, tantas como sombras tiene la conciencia. Por miedo, por ejemplo; son regímenes despóticos que pueden hacerte la vida imposible. Pero probablemente sea más eficaz tentar a los sujetos; ofrecerles dinero (al parecer hay recibos de pagos firmados por Walesa) y, sobre todo, algún tipo de poder. Es decir, concederles premios, una carrera mejor, ascensos; pero también el poder de viajar y salir al extranjero, o incluso el de ser un poco disidente sin acabar en la cárcel. Y, en el caso de los artistas, el poder de cultivar su creatividad más libremente.  Ah, qué tentador para un buen escritor, para un buen pintor, para un cineasta, para todos aquellos creadores que, conscientes de su talento, saben que no van a poder desarrollarlo a causa de la censura del régimen salvo si colaboran con él a escondidas. Y así es, en fin, como se convierte uno en un miserable: con la excusa de la propia obra o de decir abiertamente críticas que no le perdonarían a ningún otro. Perverso, ¿no? 

Todavía saldrán más casos de este tipo a la luz, estoy segura. La contradicción humana es infinita.







*Figura clave de la Guerra Fría,  el Nobel de la Paz negó las informaciones sobre que habría sido informante de la policía secreta polaca en los 80.











miércoles, 11 de mayo de 2016

A DOS MANOS




Floripondios en la Luna










"Es inconcebible que la luna exista, casi tanto como que exista yo. Que haya un universo es por cierto misterioso, pero que yo esté caminando esta noche de primavera en la penumbra apacible de los árboles lo es todavía más. Así como ver la esfera azul desde la luna permitía poseer un punto de vista suplementario pero no volvía las cosas más claras, haber estado en la luna no me reveló nada nuevo sobre ella y a decir verdad, me gusta más verla desde aquí, redonda, brillante, amarilla. Allá arriba, la proximidad no mejoraba mi conocimiento, sino que la volvía todavía más extraña y lejana. Desde acá sigue siendo un enigma, pero un enigma familiar como el de mis pies, de los que no podría asegurar si existen o no, o como el enigma de que haya plantas por ejemplo, de que haya una planta a la que le dicen ligustro y que, cuando florece, despida ese olor, y que cuando se la huele, es el universo entero lo que se huele, la flor presente del ligustro, las flores ya marchitas desde tiempos inmemoriales, y las infinitas por venir, pero también las constelaciones más lejanas, activas o extintas desde millones de años atrás, todo, el instante y la eternidad. Y sobre todo que, gracias a ese olor, por alguna insondable asociación, mi vida entera se haga presente también, múltiple y colorida, en lo que me han enseñado a llamar mi memoria, ahora en que al pasar junto a un cerco, en la oscuridad tibia, fugaz, lo siento."


Juan José Saer

‘LIGUSTROS EN FLOR’ (Fragmento)

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Algo tengo con el ligustro que me encorseta. A fuerza de mirarlo y sufrirlo, rodeándome, cada vez que levanto la vista del suelo lo sorprendo, como quien no quiere la cosa, robando mi horizonte. Ese es el problema del ligustro. Nos viene disfrazado de planta, adornado a veces con las florecillas de Saer. Pero es el límite que nos hemos impuesto, como los animales que mean marcando un territorio. Tan pequeños somos! Nosotros lo plantamos, lo regamos, lo acicalamos. Quizá para tener algo nuestro y quedarnos sin el resto  
En realidad no creo demasiado en las palabras de Saer. Me cuesta creer que haya estado en la Luna alguna vez. Salvando las distancias, hay quienes creen que Armstrong tampoco estuvo caminando por allí y todo fue una escenografía montada para quienes miraban por TV. Será posible que nos hayan engañado tanto y a tantos? Quizá los rusos siempre supieron la verdad y callaron lo de Saer de la misma manera que lo de Armstrong, solo con el objeto de pasar por ingenuos delante de la CIA. Y desde aquella Luna vi la Gran Muralla, me sugirió un ligustro, pero allí lo que tenía era todo. Ni un adentro ni un afuera. Solo el infinito silencioso y aburrido, extrañando quizás un floripondio.

No había floripondios en la Luna.

A. S.


Está bien que no crea lo de Saer, no haga como yo que lo veo escrito y lo pienso verdadero...  En fin salvando las distancias se dice eso de Armstrong y  no sé qué importancia tiene,  si nunca supimos quien mató a Kennedy. 
Lo que yo creo es que sí, probablemente Saer fue y tuvo floripondios a mano.

Poeta: usted culpa al ligustro del encorsetamiento. Es real que encorseta, estoy segura, aunque cuando lo leí esta vez,  dudé.  Sin embargo, lo ha magnificado me parece. Hay plantas más voraces y opresoras que el ligustro, esas invasivas de ramas atrapantes, envolventes, como los aromos o ciertas variedades de ellos, no la acacia farnesiana, otras.
El ligustro es modesto, está porque lo plantamos, no nació espontáneo. A lo mejor no nos dimos cuenta que con su modestia y modosito modo nos estaba robando el horizonte. Pobre ligustro, el no tiene la culpa, es producto de nuestra obsesión por los límites.

Claro que no hay floripondios en la Luna, es un recurso literario...¿Para que los querría allá?  ¿No los tiene acaso vivos en su cabeza?

 Miss Musa






































martes, 10 de mayo de 2016

ALLÁ ARRIBA




Ligustros en Flor

Juan José  Saer














Observé largamente mis pies esta noche, y me parecieron más misteriosos que el universo entero. Con ellos, hace algunos años, anduve caminando durante dos horas y cincuenta y cuatro minutos por el suelo polvoriento de la luna. Fue mi segunda misión por esos lados, aunque la primera consistió solamente en un vuelo de circunvalación; unas pocas revoluciones en la órbita lunar, y hasta más ver: de vuelta a casa.

En la segunda expedición, donde Brown y yo alunizamos realmente (Andy Wood nos esperaba girando en órbita en el módulo principal de la nave), el paseo duró un poco más, pero un desperfecto en las cámaras de televisión, semejante al que se produjo cuando la expedición Apolo 12, rebajó el alcance del acontecimiento, y nos ocurrió a nosotros lo mismo que al alunizaje de esa expedición, que por no existir en imagen, se desvaneció también en la realidad y cayó en el más completo olvido. De la expedición Challenger 3, que tuve el honor de dirigir, la indiferencia del público y un olvido casi inmediato fueron el único resultado desalentador, lo que en mi fuero íntimo consideré altamente satisfactorio, porque ya desde antes de haber dado mi paseo por la luna, había decidido que al volver me retiraría para siempre de mi oficio de astronauta. Y hoy por hoy nada me impide considerar como mío el curioso pensamiento de un discutido filósofo austríaco: "¿Puedo siquiera considerar seriamente la mera hipótesis de haber estado alguna vez en la luna?".
El tedio, que desde luego considero más temible que los supuestos peligros desconocidos que acechan al explorador del espacio, fue la causa principal de mi retiro anticipado al que, después de nuestro fiasco, habría que agregar mi negativa a persistir en el ridículo, ya que no podría dársele otro nombre al hecho de que nuestra expedición, concebida con fines de propaganda, a causa de unas cámaras defectuosas, pasó prácticamente desapercibida para el público mundial. Cuando mis superiores me informaron de que nuestra misión principal, a la que debíamos subordinar imperativamente todas las otras, consistía en clavar en la superficie de la luna y en directo para varios miles de millones de espectadores la bandera de nuestro país, supe de inmediato que acababa de confirmarse la sospecha que venía persiguiéndome desde tiempo atrás: todos los miembros del programa espacial, desde el director general hasta la señora de la limpieza, estaban locos.

Brown debía pensar lo mismo, pero aunque nos estimábamos y confiábamos uno en el otro, me hubiese resultado difícil desmantelar su prudencia que, aparte de la rebelión, es en nuestro país la única arma de que disponen para sobrevivir los miembros de su raza. Probablemente también él, aunque no lo dijese, estaba cansado de ser, de los proyectiles que se lanzan en esas insensatas experiencias de balística que llaman programa espacial, la munición que va adentro. Mientras lo observaba puntear con su palita el suelo ajeno de la luna, como la tierra en que sus antepasados vienen haciéndolo desde hace siglos, no podía dejar de preguntarme en qué momento iba a tirar la pala lo más lejos posible dando fin con ese acto significativo a su carrera de astronauta.
Como lo demuestro en mi estudio inédito Interés comercial y militar de la conquista del espacio 95 por ciento; interés científico 4,95 por ciento; interés filosófico 0,05 por ciento, de esos tres aspectos es evidente que es el científico el que puede reivindicar para sí mismo con justicia el colmo del ridículo. El filosófico es inexistente, y el financiero y político-militar, por rastrero que sea, parece corresponder mejor al verdadero nivel moral de la humanidad: y no tengo escrúpulos en escribir lo que antecede, aunque sé que los que creen conocerme a fondo, piensan de mí que, desde que volví de la luna, como si habiendo contemplado a los hombres desde tan arriba hubiese descubierto su tamaño verdadero, he caído en la misantropía.
Para nada: lo que pasa es que allá arriba —adverbio que por otra parte únicamente para nuestra situación singular tiene algún sentido— las sospechas se vuelven, de una vez por todas, evidencia. Cualquiera sabe que el universo es un fenómeno casual que, aunque desde nuestro punto de vista parezca estable, en lo absoluto no es más que un torbellino incandescente y efímero, de modo que allá arriba no es en ese sentido que la evidencia se presenta. Caminando por la semipenumbra polvorienta y estéril, si algo aprendí no fue sobre la luna sino sobre mí mismo. Supe que si el conocimiento tiene un límite, es porque los hombres, adonde quiera que vayamos, llevamos con nosotros ese límite. Es más: nosotros somos ese límite. Y si vamos a Marte o a la luna, las dos o tres cosas más que sabremos sobre Marte o la luna, no cambiarán en nada, pero en nada, la extensión de nuestra ignorancia. No cabe duda de que sabemos un poco más de nosotros mismos cuando, dejando nuestro pueblo natal, vamos a una gran ciudad, y después a otro continente, donde los hombres son un poco diferentes de nosotros, por sus rasgos exteriores, su religión, sus costumbres, pero ese poco más que sabemos no modifica para nada la cantidad de nuestro saber, en relación con lo que ignoramos, y esto no es una reflexión moral sino un simple cómputo. De modo que el provecho científico de nuestras expediciones es más bien escaso. Que quede claro: como todas las otras, la conquista del espacio es principalmente obra de comerciantes y guerreros, y sus aspectos científicos son puramente logísticos y pragmáticos. Si hubiese hombres en la luna, como los había en África y en América, los reduciríamos a la esclavitud o acabaríamos con ellos. Si los hombres fuesen mejores, tal vez hubiese valido la pena ir a la luna.
Mis valencias turísticas son limitadas. Ver la tierra desde la luna y pasearme por ese suelo polvoriento, oyendo el chasquido de mis zapatos gruesos contra las esférulas y los pedruzcos de piroxena, olivina y feldespato, chirriar la materia vitrificada y muerta bajo las suelas, no me produjo mayor entusiasmo que mis visitas (un poco obligadas por los hábitos de la época, como mi carrera de astronauta lo fue en cierto sentido por un padre militar) a las cataratas del Iguazú o al desierto de Gobi. No digo que no me haya producido ninguno sino que el que experimenté fue de lo más módico. Tal vez la única maravilla auténtica de mi paseo haya sido que las huellas de mis zapatos quedarán impresas en ese polvo pardo durante millones de años, pero también eso tiene su lado negro, porque en las noches de insomnio, o en las mañanas indecisas y turbias en las que mi situación parece sin salida, la forma estriada y ancha de esas huellas, obcecada y autónoma, insiste en venir a estamparse, nítida y excluyente, durante horas e incluso durante días, en la zona clara de mi mente.

El fragmento de mundo que hollábamos, Brown y yo, igual que la tierra paciente que nuestra especie había desfigurado con sus pasos, dejaba intacto el infinito. (Sé que los llamados hombres de ciencia consideran que el universo es finito, pero si eso es cierto, lo es en una escala diferente a aquella en que se sitúan los que han formulado la hipótesis.) Saber algo sobre la luna: tal era nuestra ilusión, ya que confundíamos experiencia y conocimiento. Encerrados en las cápsulas de nuestros trajes espaciales, deambulábamos en la penumbra grisácea, indiferentes a la esfera azul que flotaba, fantasmal, a lo lejos, en el firmamento negro, mientras esperábamos que el módulo principal de la nave, con Andy Wood adentro, después de dar el número previsto de revoluciones en la órbita lunar, pasara a recogernos para llevarnos de vuelta a la tierra.
Presentía a Brown encapsulado en su piel negra, igual que yo en la mía, y tuve la impresión, mientras dábamos nuestros pasos torpes y lentos, punteando aquí y allá con nuestras palitas especiales, unos cilindros metálicos que clavábamos en el suelo y retirábamos llenos de materia lunar, que estábamos aislados uno del otro por una serie de envoltorios y de cápsulas que nos volvían mutuamente desconocidos y remotos. ¿Para qué ir tan lejos a develar misterios si lo más cercano —yo mismo por ejemplo— es igualmente enigmático? La yema de los dedos y la luna son igualmente misteriosos, pero los cinco sentidos son más inexplicables que la totalidad de la materia ígnea, pétrea o gaseosa, de modo que excavar la luna, sondear el sol o visitar Saturno, como han dado en llamar caprichosamente a esos objetos sin nombre apropiado y sin razón de ser, no resolverá nada.
Tales son mis pensamientos tenues cuando me paseo por las calles, tan polvorientas como las de la luna, pero en las que mis huellas se desvanecen, fugitivas, casi en el mismo momento en que las imprimo, de mi pueblo natal. La vejez y lo que sigue me ha dado cita para uno de estos días en alguna de sus esquinas desiertas. Es inconcebible que la luna exista, casi tanto como que exista yo. Que haya un universo es por cierto misterioso, pero que yo esté caminando esta noche de primavera en la penumbra apacible de los árboles lo es todavía más. Así como ver la esfera azul desde la luna permitía poseer un punto de vista suplementario pero no volvía las cosas más claras, haber estado en la luna no me reveló nada nuevo sobre ella y, a decir verdad, me gusta más verla desde aquí, redonda, brillante y amarilla. Allá arriba, la proximidad no mejoraba mi conocimiento, sino que la volvía todavía más extraña y lejana. Desde acá sigue siendo un enigma, pero un enigma familiar como el de mis pies, de los que no podría asegurar si existen o no, o como el enigma de que haya plantas por ejemplo, de que haya una planta a la que le dicen ligustro y que, cuando florece, despida ese olor, y que cuando se la huele, es el universo entero lo que se huele, la flor presente del ligustro, las flores ya marchitas desde tiempos inmemoriales, y las infinitas por venir, pero también las constelaciones más lejanas, activas o extintas desde millones de años atrás, todo, el instante y la eternidad. Y sobre todo que, gracias a ese olor, por alguna insondable asociación, mi vida entera se haga presente también, múltiple y colorida, en lo que me han enseñado a llamar mi memoria, ahora en que al pasar junto a un cerco, en la oscuridad tibia, fugaz, lo siento.



( Fragmento)