lunes, 22 de enero de 2018

POEMA




Confesión mecanografiada

Nerea Delgado














Nuevo Documento de Word, nº87.
Octogésimo séptimo intento de fingir que me das igual,
que te he olvidado,
que me importa una mierda no ser la reina de tu baile.

No soy nada convincente.
Mi perro no me cree,
es que no me creo ni yo.

Te atropellaría
ahora mismo
con un vagón lleno de pasajeros
y les encendería el típico letrerito de aplausos
de los programas de humor malo
para que vitorearan tu pérdida.

Llevo los brazos en cruz
para no perder el equilibrio
pero siempre acabas apareciendo tú
cambiando el sol por un vinilo de mi cantante favorito,
entonces miro hacia arriba y me tropiezo.

No sé dónde caigo
pero estoy segura de que muy lejos de ti.
Lejos de los bares
lejos de las chaquetas vaqueras
lejos de los pañuelos que me protegen la garganta.
Demasiado cerca de las canciones de blues.

Soy carne de melodía triste de armónica
en la celda más oscura de la cárcel.

Escondo con vergüenza mi traje de abandonada
pero tengo que aprender a lucirlo.
Tengo que volver a caminar haciendo ruido,
ya sea por los tacones
o por los espejos rotos que llevo dentro.

Me he disparado en la lengua
y en vez de sangre han salido cartas.
Todo mi cuerpo está lleno de folios escritos que nunca te envié,
fechados y firmados
donde me confieso suicidamente tuya.

Ahora ya lo sabes.












viernes, 19 de enero de 2018

AUTORRETRATO



Fotógrafo

Harry Callahan

















"No puedo decir qué es lo que hace a una fotografía. No puedo decirlo. Es misterioso. Abres el obturador y dejas el mundo entrar."






















jueves, 18 de enero de 2018

EL PAPA DUAL




Dios no es argentino


Martín Caparrós *









El papa Francisco en una reunión en el Vaticano el 19 de diciembre de 2017 
Credit
                                                                                                  Pool photo por Max Rossi




Son expertos en cielos. Así que habría que ver si, para el dogma cristiano, el cielo de un país es ese país. Si así fuera, el papa Jorge Bergoglio ha vuelto por fin al suyo; lo hizo, si acaso, de una forma etérea, fugitiva: lo sobrevoló en su avión papal en viaje hacia Chile y Perú. Si no, si el cielo no cuenta, en unos días cumplirá sus cinco años como papa sin ir a la Argentina. En ese lapso viajó a todos los países sudamericanos menos Uruguay, Venezuela, las Guyanas y el suyo.

Hace casi cinco años, cuando la noticia de su elección sorprendió al mundo, publiqué aquí mismo una columna que decía que me preocupaba que Habemus papam se hubiera vuelto una frase argentina: tenemos un papa. “Para una sociedad que empezó a jugar al tenis porque Guillermo Vilas ganó Roland Garros, que empezó a mirar básquet cuando Manu Ginobili irrumpió en la NBA, que siempre dudó del verdadero valor de Borges porque nunca le dieron un Nobel y que ahora se entusiasma con las monarquías porque una argentina reina en Holanda, el hecho de que ‘uno de nosotros’ se vaya a sentar en el trono de Pedro puede tener un gran efecto multiplicador sobre el peso del catolicismo en nuestras vidas: temo que nos volvamos más papistas que el papa”. Tuve razón y estaba equivocado.

Es difícil medirlo, pero parece claro que el nivel de religiosidad pampeana no ha cambiado mucho en este lustro. La Argentina es un país bastante pagano; fue, por ejemplo, uno de los primeros del mundo en aceptar los matrimonios igualitarios, en abierta pelea con el dogma de la Iglesia encabezada entonces por el cardenal Bergoglio, que llegó a escribir que esa ley era una “movida del demonio” y que combatirla era “una guerra de Dios”.
Lo que sí cambió fue el peso de la institución y su cabeza: si la Iglesia católica siempre tuvo una influencia desproporcionada en la vida pública argentina, ahora Bergoglio se ha transformado en su polo decisivo. Todas sus corrientes lo buscan para que las legitime y ha habido incluso episodios picarescos de políticos que, so pretexto de visita pía, tratan de robarle una foto para usarla en sus campañas. También por eso no ha vuelto a su país: allí cada uno de sus movimientos se lee con tanta atención, con tantas vueltas, con tantos sentidos, que su visita sería un parto.

Sus alianzas, además, son confusas. Cuando era arzobispo de Buenos Aires estaba tan peleado con el gobierno kirchnerista que Cristina Fernández sacó de su jurisdicción ciertos actos religiosos oficiales para no tener que compartirlos con él; cuando lo paparon se reconciliaron y, desde entonces, se han visto varias veces. En cambio no trató bien al presidente Macri en su visita y no parece tener diálogo con él. Ahora, curiosamente, las clases medias antiperonistas que lo apoyaban —porque son la clientela natural de su iglesia y porque se peleaba con el kirchnerismo— le critican esas políticas. Bergoglio está sufriendo los límites del populismo: por más que lo intentes, es difícil quedar bien con Dios y con el diablo.
Se aprovecha, además, de que son muchos los que quieren creer: los que le escuchan lo que querrían escuchar. Lo muestra su frase más citada: cuando supuestamente dijo que quién era él para juzgar a los homosexuales. Nadie le contestó que es el jefe de una organización que siempre los consideró pervertidos enfermos y los condenó a las llamas del infierno. Pero, además, la cita era incompleta, amañada. Ese día, en su conferencia de prensa, Bergoglio puso sus condiciones para ser tolerante: “Si una persona que es gay busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”. Según su doctrina, “buscar a Dios y tener buena voluntad” supone que dicho homosexual renuncie a sus “impulsos diabólicos”: hacer de su condición un enemigo. Es comprensible que un papa peronista intente adaptar lo que dice a lo que cree que otros querrían escuchar; lo curioso es que tantos intenten adaptar lo que él dice a lo que ellos querrían.
Pero lo sigue intentando. Sus primeros años fueron extraordinarios: con su sonrisa tímida y sus palabras precisas y sus gestos de humildad consiguió recuperar el prestigio de una organización que lo tenía por los suelos, convertir lo que se veía como un nido de pedófilos y especuladores en una institución cuya opinión debe ser escuchada en los foros del mundo. Su puesta en escena fue impecable: “Hace gestos que no son casuales, no es espontáneo, es extremadamente calculador. Una de sus imágenes típicas es cuando sube al avión llevando una maleta negra. La maleta la toma al pie de la escalera y la entrega en la puerta del avión. La tiene solo para subir la escalera. Es un papa de una habilidad extraordinaria para manejar el funcionamiento de los medios”, dijo hace poco a La Tercera Sandro Magister, vaticanista del semanario L’Espresso.

Son muchos, así, los que no escuchan lo que no querrían. Como, por ejemplo, tras el atentado contra Charlie Hebdo, cuando se dejó llevar y dijo lo que siempre dijeron sus antecesores: que “en la libertad de expresión hay límites” y que “mucha gente habla mal de otras religiones, se burla y provoca y entonces podría ocurrir lo mismo que le pasaría al doctor Gasbarri si llega a decir algo contra mi madre”. Bergoglio lo había explicado justo antes: “Si él, un gran amigo, dice una mala palabra sobre mi madre, puede esperar un puñetazo”. La paz también tiene sus límites, venía a decir el jefe de una organización que legitimó cientos de guerras.

Hablar, aprovechar la desmemoria; Bergoglio es un señor que entiende la razón demagógica, el arte de decir sin hacer. Y nadie se lo dice. Gracias a esa complicidad, por activa y por pasiva, Jorge Bergoglio puede seguir cumpliendo con su misión, la que el peronismo comparte con el gatopardismo: cambiar apariencias para que nada cambie. Bergoglio ya lleva cinco años manejando la Iglesia de Roma en el mundo y los ejemplos podrían multiplicarse; tomemos, para seguir el aire de los tiempos, la cuestión de las mujeres.
Imagínense al director general de un gran banco anunciando que va a hacer un anuncio decisivo. Llegado el momento, dice, con esa sencillez que siempre lo caracterizó, que en esta empresa, donde hasta ahora solo trabajaban hombres, han entendido que las mujeres existen y van a permitirles empezar a trabajar: podrán atender los teléfonos, limpiar los baños, con el tiempo, ser secretarias de algún jefe.
Algo así dijo Bergoglio hace dos años: que le interesaría estudiar si las mujeres, que no tienen acceso a ningún puesto de responsabilidad en su organización, pueden llegar a ser diaconisas —el puesto más bajo de su jerarquía— y muchos lo celebraron como una muestra de su progresismo. Aunque aclaró, ese mismo día, que su Iglesia siempre ha dicho que las mujeres no pueden ser sacerdotes y que “esa puerta está cerrada”. Hablemos de discriminaciones. Por mucho menos cualquier organización o empresa o grupo sería duramente sancionado por nuestras leyes y nuestras opiniones, pero la Iglesia de Roma tiene bula para ser la institución más discriminatoria y reaccionaria sin que se lo reprochen. Todo gracias a un papa peronista, que no quiere o no se atreve a volver a su país. Dios, después, de todo, quizá no sea argentino.









The New York Times

*Martín Caparrós es un periodista y novelista argentino. Sus libros más recientes son "El hambre" y "Echeverría". Vive en España, es colaborador regular de The New York Times en Español y fue reconocido con el premio María Moors Cabot de periodismo 2017.














martes, 16 de enero de 2018

HUMAN OFF/ ON



Andy Stalman: "HumanOffOn "

Irene Hernández Velasco *







Andy Stalman




Internet y las redes sociales ya han cambiado nuestra vida. Pero ¿nos están cambiando también como seres humanos? ¿Nos están haciendo personas diferentes a las que éramos? Ese es el gran y peliagudo asunto que Andy Stalman, un argentino que lleva varios años viviendo en España, aborda en "HumanOffOn", un libro que ya va por su tercera edición y en el que este experto en branding mundialmente reconocido afirma que el mundo online y el mundo offline ya no son dos mundos, sino uno solo. Pero, ante la creciente digitalización, Stalman defiende que es ahora más necesario que nunca recuperar la esencia de lo humano.
"Dentro de 50 años, todo estará automatizado menos una cosa: las emociones humanas", sostiene.













BBC Mundo conversó con él:

Internet tiene ya 30 años. Las nuevas tecnologías, ¿realmente nos están cambiando como seres humanos?

Sí, claramente. Estos 30 años han hecho que dejemos de vivir una era de cambio para empezar a vivir un cambio de era.  Y esta nueva era, la era digital, está viendo el nacimiento de un nuevo hombre. Su desafío es aprender a vivir entre dos mundos que ya son solo uno: el online y el offline.

Pero el mundo online está devorando al mundo offline, ¿no le parece?

Eso es más una percepción que una realidad. Si analizamos hoy por hoy las interacciones sociales, las analógicas superan ampliamente a las digitales. Las ventas analógicas al por menor representan un 95% frente a un 5% de las digitales… Tenemos que aprender a vivir entre dos mundos que ya son solo uno: el online y el offline.  Pero es cierto que lo digital va a tener y ya está teniendo un crecimiento exponencial tremendo, aunque es más lo que se habla que lo que los números indican. Hablamos sin parar de digitalización y la mitad del mundo no tiene conexión a internet. De 7.500 millones de personas con que aproximadamente cuenta ahora la Tierra, cerca del 49% no tiene acceso a internet. Es verdad que estamos cada vez más digitalizados, pero lo online no solo no se ha comido a lo offline, sino que tenemos que conseguir que ambos mundos convivan de la manera más armónica y equilibrada posible.

Internet, como usted destaca en su libro, ha producido cambios antropológicos, psicológicos y sociológicos en los seres humanos. Una de las cosas que se le achaca a la web es haber trasladado la emocionalidad al mundo digital. Mucha gente parece que siente más, que se conmueve más, ante lo virtual que ante lo real.

Ha habido y hay distintas corrientes de pensamiento. Nicholas Carr, por ejemplo, decía que internet nos hacía tontos. Eric Schmidt, ex presidente de Alphabet, sostenía que en realidad internet nos hacía inteligentes. Creo que internet no nos hace ni inteligentes ni tontos. Internet lo que hace es amplificar lo que ya somos como sociedad. Y, en ese sentido, el tsunami informativo en el que estamos inmersos ha provocado que seamos un poco más insensibles de lo normal. La cantidad de información que recibimos sobre muertes, sobre desplazamientos, sobre refugiados, sobre catástrofes naturales, sobre conflictos o sobre hambrunas es tan brutal que uno se hace en parte insensible por supervivencia.  El problema es que la insensibilidad también hace que la gente no reaccione para tratar de aportar, aunque sea, un pequeño granito de arena a soluciones pequeñas para problemas globales.

Pero entre los que contemplan el futuro cada vez más digitalizado con pesimismo y entre quienes lo aguardan con optimismo, ¿usted en qué lado se coloca?

Es cierto que hay una parte importante de la sociedad que vive en un mundo "empantallado", una sociedad "smartphoncéntrica", digitalizada, robotizada… Pero también hay un grupo importante, en el que me incluyo, que ve el futuro con esperanza, con ilusión, un futuro en el que el progreso va a traer más bien que mal. Tenemos que aprender a lidiar con ese progreso, un progreso que ya ha aumentado las expectativas de vida, que ha dado voz a los que no tenían voz, que ha dado acceso a la información a quien no la tenía, que ha democratizado ámbitos impensables. La historia muestra que la sociedad no sólo se adapta, sino que busca beneficiarse de los cambios y avances.

Usted termina sus conferencias pidiendo a su público algo tan insólito como intrínsecamente humano: que cada uno abrace durante seis segundos a ocho personas de su alrededor. ¿Por qué?

Abrazarse durante al menos seis segundos hace que se segregue oxitocina, una hormona que predispone a la confianza y a la generosidad entre las personas y que se conoce por ese motivo como hormona del amor u hormona de la humanidad. Y ya hay estudios que afirman que el que te den un "like" en Facebook genera la misma cantidad de oxitocina que un abrazo.

¿Quiere decir que una interacción virtual puede tan satisfactoria como una física y real?

Hay estudios para todo. Pero, como ya le digo, algunos muestran que estar una cierta cantidad de tiempo en redes sociales e interaccionar a través de ellas puede representar la misma segregación de oxitocina que la equivalente a ocho abrazos de seis segundos cada uno. Lo cierto es que, sea un abrazo online o un abrazo offline, esta segregación de oxitocina de hasta tres veces por encima de lo normal establece lazos profundos de generosidad y confianza y demuestra hasta qué punto la realidad virtual y la material logran conectarse y convivir en un mismo mundo.

Como usted mismo decía, hay estudios para todos los gustos. El que recientemente han realizado Holly Sakya, de la Universidad de California, y Nicholas Christakis, de Yale, afirma, por ejemplo, que cuanto más tiempo pasa la gente en Facebook peor se siente con su propia vida…

Yo creo que cuando se está en redes sociales hay un matiz importante: el tiempo. Hay que controlar el tiempo que se les dedica, lo que no siempre es fácil. De hecho, hay estudios que muestran cómo para algunas personas los "like" son como chutes de cocaína, como fumar marihuana.

¿Estamos hiperconectados porque nos sentimos hipersolos?

Esa es la pregunta que yo mismo me hice hace ya siete años. Me pregunté si la necesidad de estar permanentemente mostrando, compartiendo y buscando es una manera de buscar reconocimiento, de buscar afecto. Mi opinión es que, hoy por hoy, las redes sociales rebosan de soledad. 




Cuando alguien está realmente viviendo un momento lindo, emocionante, agradable y humano, no tiene la necesidad de publicarlo a los cuatro vientos. En todo caso, es algo que se puede hacer después, pero no durante. Cuando vas a un concierto o a un partido de fútbol, te das cuenta de que hay mucha gente que lo ve a través de una pantalla.
Muchas veces se antepone la necesidad de compartir a la necesidad de vivir el momento. Con mi libro pretendo lanzar una llamada de atención, sacudir un poco las conciencias, quitarnos la anestesia y plantearnos qué estamos haciendo con las tecnologías. Porque la tecnología es neutra, somos nosotros los que la damos un uso u otro. Y debemos plantearnos nuestra relación con ella.

Otra característica de las redes sociales es que en ellas apenas existe la desgracia o el sufrimiento, dos características intrínsecamente humanas. En ellas todo es positividad, todo el mundo aparentemente es feliz, se lo pasa de maravilla…

Coincido con usted. Creo que eso se debe a la proyección que cada uno quiere hacer de su imagen. Es como si cada uno pudiera reinventarse a partir de lo que proyecta en las redes sociales. Las redes sociales son un amplificador de lo que nosotros ya somos como sociedad. Pero, aparte de ese mundo feliz que muchos quieren proyectar en la redes, no olvidemos que allí también hay un mundo de odio, de descalificación, de insultos, de agresión.
El nivel de tolerancia hoy en día está por debajo de cero, no hay más que ver los comentarios a los artículos que se publican en las redes. Es difícil en esos comentarios ver argumentos sólidos y elaborados, casi siempre es la descalificación del que piensa diferente. Pero creo que las redes sociales no son más que un amplificador de lo que nosotros ya somos como sociedad. Las redes sociales no nos han hecho superficiales, mentirosos y agresivos: ya lo éramos.

Dice que la internet es neutra. Sin embargo, no sé si por casualidad o intencionadamente, todo el desarrollo tecnológico que estamos viendo cada vez deja más fuera las interacciones humanas.

Cuando digo que Internet es neutra me refiero a que ni nos hace más inteligentes ni nos hace más tontos. Internet es una herramienta más, quizás la más poderosa creada jamás por el ser humano, y cada uno debe saber utilizarla.  Bien empleada, puede ayudarnos a cambiar cosas de manera profunda. La ideología no está en Internet, está en las personas. Y las ideologías en el mundo de hoy se han agotado.  Lo que el mundo ahora pide a gritos no son ideologías, sino ideas, creatividad, innovación, evolución, una transformación a mejor para lograr un mundo inclusivo, humano, equitativo y social, pero que permita la libre competencia y la libertad de ideas.

Muchos dirigentes de Silicon Valley llevan a sus hijos a colegios analógicos en los que no se permite el uso de ordenadores, tabletas o cualquier otro dispositivo electrónico. ¿No querrá eso decir algo?

Sí, es verdad que muchos directivos -y sobre todo ex directivos- de Silicon Valley mantienen a sus hijos alejados de las redes sociales y de internet. Algunos son más apocalípticos, otros menos.  Hay, por ejemplo, un ex ingeniero de Facebook que trabajó allí muchos años y que dice que todo es una mentira, que el algoritmo es un desastre, que todo es una manipulación. Efectivamente, llama la atención que muchos de los que han creado estos inmensos monstruos digitales ahora traten de ir en sentido inverso.
Mi planteamiento, y el de mi libro, es que no se puede mantener a un chico del siglo XXI completamente alejado de la tecnología, porque eso significa que no va a poder trabajar, no va a poder mantener ciertas relaciones… El progreso es imparable. Lo que hay que buscar es un punto de equilibrio y de responsabilidad entre el mundo on y el mundo off.




* Especial para BBC Mundo

























SIEMPRE LEONARDO





Un ecologista en el siglo XV

Borja Hermoso















Como el agua en un cesto”: el líquido inasible y escapista que se va —y eso incluye estigmas de sequía—, el todo fluye de Heráclito porque ningún río es el mismo… y la furia creadora de Leonardo da Vinci (Vinci, Italia, 1452 - Amboise, Francia, 1519), aquel pintor de madonnas, maravillas y medias sonrisas, urbanista, arquitecto, astrofísico, escultor, filósofo, anatomista, geómetra, utopista aéreo… también aquel escritor caótico que tomaba notas de derecha a izquierda, y también un obsesivo navegante del agua en todas sus expresiones: hasta 7.000 folios dejó escritos o dibujados sobre el líquido elemento el padre de La Gioconda. Un mundo de letra y garabato incrustado en códices renacentistas, una obsesión sin corpus estable que ahora renace en forma de libro, El libro del agua (Abada Editores), gracias a la perseverancia de Juan Barja y Patxi Lanceros.


















Tan solo existen dos precedentes de la obra que ahora llega a las librerías. El primero de ellos se remonta ni más ni menos que a 1643 y es obra de Luigi Maria Arconati, quien en Del moto e misura dell’acqua trató de unificar los escritos de Leonardo sobre la cuestión. Puede decirse que aquel libro nació como consecuencia del éxito editorial —si es que de este concepto puede hablarse refiriéndose a los siglos XVI y XVII— del célebre Trattato della pittura que compendia todo el saber artístico del genio. La otra referencia es un poco más reciente, de 2012 exactamente, y se titula Das Wasserbuch (El libro del agua). El libro fue publicado por la editora alemana Schirmer und Mosel.

En multitud de manuscritos de Da Vinci pueden encontrarse referencias al agua en todas sus variantes, pero dos son las obras que los expertos consideran como gérmenes del libro que siempre quiso escribir y nunca escribió: el Códice Leicester, de 1508 y hoy propiedad de Bill Gates; y el Códice F, de 1504 y que se conserva en el Instituto de Francia. “Sabemos que siempre existió en Leonardo la intención clara de hacer ese libro, pero nunca consiguió hacerlo. Nosotros no hemos querido cerrarlo, sino dejarlo abierto, que se le vean las tripas, reuniendo los textos que él escribió sobre el tema del agua y que están dispersos en diversos códices”, explica Fernando Guerrero, responsable de la editorial Abada.
Patxi Lanceros y Juan Barja han invertido cerca de dos años de trabajo en este ambicioso proyecto editorial. Gran parte de ese tiempo lo han pasado estudiando y traduciendo los códices de Da Vinci desperdigados por todo el mundo, desde el castillo de Windsor hasta la Biblioteca Nacional de España, pasando por la Biblioteca Vaticana, la colección Gates, el Instituto de Francia y el Museo Británico, entre otros.

Una obra inexistente

Este es un libro que no ha existido nunca, aunque el propio Leonardo Da Vinci hablaba de ‘il mio libro del acqua’, con lo cual lo que hemos hecho ha sido construirlo. Da Vinci se pasó toda su vida tomando notas, de derecha a izquierda y de forma muy desordenada, un papel por aquí, otro por allá, y esos fragmentos están repartidos por todo el mundo”, explica Juan Barja. En su opinión, las tesis metamórficas que Da Vinci expone aquí son comparables a las expuestas 200 años después.
Y tiene una cierta idea ecológica del fin del mundo, su carácter premonitorio es asombroso”. Leonardo se hace eco aquí de una vieja tesis medieval: la del hombre como microcosmos y el mundo como macrocosmos. “Pero él le da la vuelta al concepto, y así sostiene que el flujo del agua son las venas del mundo y que el mundo, en contra de lo que dice Aristóteles, no será eterno sino que terminará, y que lo hará por el agotamiento del agua”, matiza Barja.
En ese sentido resulta especialmente premonitorio uno de los textos, recogido en el Códice Arundel del Museo Británico (1504-1516), y que los responsables de esta edición han utilizado a modo de epílogo bajo el título Final: en seco. En él escribe un Leonardo da Vinci disfrazado de activista ecologista avant la lettre: “Y los ríos perderán sus aguas, y la fructuosa tierra no podrá impulsar desde sí ningún renuevo, y no crecerá sobre los campos la inclinada belleza de la espiga; y así morirán los animales, no pudiendo nutrirse con el fresco herbazal de los prados; (…) y los hombres, tras múltiples intentos, de igual manera perderán la vida, falleciendo por fin la especie humana. Y la tierra fértil, rica en frutos, quedará convertida en un desierto…”.

Los flujos de la vida

Pero no solo de ecologismo retroactivo hay chispazos en las 260 páginas de este libro. Si Da Vinci estudió, dibujó y escribió sobre anatomía, mecánica, dinámica, geometría, arquitectura, urbanismo, botánica, filosofía, naturaleza, física y mil y un campos más, este libro constituye un compendio —a veces un punto de partida— de otras tantas disciplinas. Juan Barja sostiene que los escritos de Da Vinci sobre el agua sirven como clave interpretativa de la teoría del tiempo, la teoría de la memoria, la de la conciencia, la del cambio y la de los movimientos de masas.
Imposible encontrar prueba alguna al respecto, pero cabe reflexionar acerca de los hipotéticos paralelismos, concomitancias, analogías y metáforas establecidos por Da Vinci a la hora de utilizar la imagen de los flujos del agua como espejo de otros flujos de la vida real: ¿políticos? ¿económicos? ¿culturales?
Desde luego, yo creo que él tenía muy clara la potencia de la metáfora”, admite Patxi Lanceros, profesor de Filosofía Política y de Teoría de la Cultura en la Universidad de Deusto y coeditor del libro. “La gran metáfora del flujo, del gran río, del movimiento, la marejada, las oleadas, todas esas imágenes que te sirven para abarcar lo inabarcable… ahora por ejemplo hablamos de oleadas de la migración, o de la marejada de la globalización… y Da Vinci, para hablar del movimiento empleaba, claro, la metáfora del agua, que es el más móvil de todos los elementos”.


El libro del agua recoge prácticamente todo lo que el maestro del Renacimiento escribió en torno al tema o, al menos, todo aquello que hoy es susceptible de ser rastreado. El volumen se estructura en seis capítulos. En el primero, Leonardo da Vinci da cuenta “del libro por venir” y propone un índice de materias a tratar.
En el segundo recorre y analiza las metamorfosis y procesos que unen y separan elementos (agua, aire, tierra, fuego) y figuras (punto, línea, volumen). El tercero es cuestión de dinámica, una de las ciencias a las que más atención prestó el genio. El cuarto capítulo versa sobre las distintas formas que puede presentar el agua, desde la gota ínfima hasta el infinito mar. El quinto presenta los proyectos —realizables o irrealizables— que en torno al agua tenía Da Vinci en la cabeza. Y el sexto, titulado Del diluvio y otras inundaciones, reúne diferentes consideraciones físicas, teológicas, literarias o pictóricas del autor sobre la cuestión.
Da Vinci pone en duda la versión bíblica y se interroga sobre si el Diluvio fue universal o no, incluso “si aconteció o no en toda la tierra, y no parece que así haya sido”.
No menos interesante es la parte gráfica. El volumen reúne hasta 79 reproducciones de otras tantas obras del artista: molinos de agua, cauces de ríos, costas, canales, tormentas, diluvios, riadas, remolinos, corrientes, aparatos de hidrotecnia, proyectos para rompeolas y otras obsesiones acuáticas… todo ello ejecutado en tintas y sanguinas, acuarelas, lápiz negro y pluma, siempre sobre papel.












lunes, 15 de enero de 2018

POEMA





No voy a contestar esa llamada


Miriam Reyes

















No voy a contestar esa llamada
trae una voz de uñas rayando la pizarra
y un repertorio de rostros de la náusea
que conozco de sobra.
Corté los hilos limpié las huellas
detuve todo flujo que pudiera extenderse
del uno hacia el otro.
Barrí tu cuerpo de huesos y carne
fuera de mi cabeza.
Todo lo tibio también todo a la calle.
Y tú sigues repicando
incansable entre los tubos
vacíos de mis arterias.