miércoles, 10 de mayo de 2017

LES LUTHIERS


Les Luthiers, Premio Princesa de Asturias 2017










El Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades ha recaído este miércoles en  Les Luthiers. El jurado ha escogido a los humoristas entre 28 candidaturas, entre las que también se encontraban la del biólogo especialista en evolución Francisco José Ayala o los directores del Washington Post Martin Baron, y del New York Times, Arthur Ochs Sulzberger jr.

Les Luthiers, que se autodefinen como "humoristas que utilizan como vehículo la música, el buen gusto y la inteligencia", ya han cumplido medio siglo sobre las tablas. En sus espectáculos, se suceden las escenas cómicas en las que interpretan canciones acompañados por instrumentos que ellos mismos han fabricado con objetos cotidianos como un violín de lata o una lira hecha con una tapa de un inodoro.
En agosto de 2015 se enfrentaron a un duro golpe, el fallecimiento de Daniel Rabinovich, miembro de la agrupación desde su fundación, al que prometieron que no pararían. Entre sus obras más aplaudidas se encuentran piezas como Manuel Darío, La Comisión, El Bolero de los Celos, La Bella y Graciosa Moza Marchose a lavar la ropa, Solo necesitamos, La hija de Escipión, Encuentro en el Restaurante, entre otras; extraídas de los espectáculos Bromato de armonio, Viegésimo aniversario, Unen Canto con Humor o Por Humor al arte.
Entre los aspirantes al galardón también se encontraban el dibujante español José María Pérez Peridis, la periodista inglesa de la CNN Cristiane Amampour, el filósofo mexicano Miguel León-Portilla o el cineasta Martin Scorsese, además del Teatro Real de Madrid y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una de las mayores del mundo. El año pasado año, el premio recayó sobre el fotoperiodista estadounidense James Nachtwey, un maestro de la fotografía de guerra.
Cada Premio Princesa de Asturias está dotado con la reproducción de una escultura de Joan Miró —símbolo del galardón—, 50.000 euros, un diploma y una insignia que tradicionalmente entrega el rey Felipe en una gala que se celebra en octubre en el Teatro Campoamor de Oviedo. Según los Estatutos de la Fundación, este reconocimiento está destinado a aquellos "cuya labor contribuya, de manera extraordinaria y a nivel internacional, al progreso y bienestar social a través del cultivo y perfeccionamiento de las ciencias y disciplinas del conjunto de actividades humanísticas y en lo relacionado con los medios de comunicación social".
Entre otros, han logrado el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades el filósofo sevillano Emilio Lledó; Joaquín Salvador Lavado, conocido popularmente como Quino y por ser el creador del personaje de Mafalda; la fotógrafa estadounidense Annie Leibovitz; el creador japonés de videojuegos Shigeru Miyamoto; la comunidad científica The Royal Society; Google; las revistas Nature y Science; la National Geographic Society, o la Agencia EFE.

Les Luthiers, Candonga de los Colectiveros, 


Les Luthiers - Grandes Hitos


martes, 9 de mayo de 2017

BORGES- SATOY





El matemático británico Marcus du Sautoy y
 los enigmas en la obra Jorge Luis Borges












"El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales…".

En el cuento "La Biblioteca de Babel", el escritor argentino Jorge Luis Borges imagina un bibliotecario que investiga la forma de su biblioteca, el universo en que transcurre su existencia. ¿Es infinita? ¿Es finita, pero ilimitada? ¿Es esto posible?  Los planteamientos de Borges son tan profundos y creativos que exploran algunas de las grandes cuestiones matemáticas, según Marcus du Satoy, profesor de matemáticas de la Universidad de Oxford, y uno de los escritores y columnistas sobre esta disciplina más populares en Reino Unido.
Du Sautoy se declara fascinado por la obra de Borges, hasta tal punto que se inspiró en La Biblioteca de Babel para escribir una obra teatral en la que él mismo es uno de los protagonistas. En una serie realizada para la BBC, Du Sautoy dedicó a Borges un programa en el que lo denomina "un matemático secreto".  Pero, ¿cuáles son los secretos matemáticos de la obra de Borges?

"La primera vez que supe de Borges fue en una conversación con una amiga que hacía un doctorado en literatura en la Universidad de Oxford" dice Du Sautoy : "Yo trataba de explicarle mi trabajo clasificando formas simétricas, algo que ella no entendía. Hasta que un día me dijo, ah, es como el cuento en que Borges habla de una enciclopedia".
El matemático británico comenzó a leer más y más cuentos y poemas de Borges.  "Me dije a mi mismo, aquí hay un autor que realmente aprecia ideas como finito, infinito, formas, espacio, el poder de la paradoja". Borges habla también de números finitos de objetos que permiten combinaciones infinitas.  "Me apasioné desde ese momento por la forma en que los cuentos de Borges exploran en forma narrativa ideas matemáticas".  Du Sautoy habló incluso con biógrafos de Borges para saber si el escritor tenía conocimientos matemáticos.  "Había libros de ciencia en su biblioteca, particularmente del matemático francés Henri Poincaré. Pero él decidió explorar formas no a través de ecuaciones, sino en forma narrativa".

Finito, pero ilimitado

Du Sautoy ha encontrado conceptos matemáticos en muchos cuentos de Borges, como "El Aleph". Pero asegura que su cuento favorito es "La Biblioteca de Babel". "Al igual que el bibliotecario, los científicos estamos dentro de nuestra biblioteca que llamamos Universo y usamos por ejemplo telescopios o herramientas de nuestra mente para investigar la forma de ese Universo", afirmó Du Sautoy.  Los griegos pensaban en la antigüedad que el Universo era una esfera celestial rotativa con estrellas fijas."En el siglo XX comprendimos que el Universo puede ser finito, pero al mismo tiempo ilimitado".

¿Como una rosquilla?

Borges dice al final del cuento: "Yo me atrevo a insinuar la solución del antiguo problema: la Biblioteca es ilimitada y periódica".El escritor explica en el texto que si salimos de un lado de la biblioteca reaparecemos por el otro. Para que esto sea posible es necesaria una forma geométrica denominada "toroo toroide" (torus, en inglés), la forma de objetos conocidos como un dónut o una rosquilla.
Para comenzar a comprender la forma de la Biblioteca de Babel podemos pensar, sólo como aproximación inicial, en un toroide o toro, la forma que tiene una rosquilla. Para quien camina dentro de ella el espacio es finito, pero al mismo tiempo el recorrido es ilimitado.  Si alguien se encuentra dentro de esa rosquilla y comienza a explorarla percibirá el Universo como finito, pero al mismo tiempo el recorrido no tiene fin.  Sin embargo, la imagen de la rosquilla sirve sólo como una aproximación inicial al mundo de Borges, ya que la biblioteca tiene muchos pisos.  El escritor describe cómo "al mirar hacia arriba vemos pisos que ascienden y al mirar hacia abajo pisos que descienden",en galerías que se unen por pozos centrales.  Para Du Sautoy, "sólo podemos imaginar estas formas en un espacio de cuatro dimensiones". Du Sautoy cree que los estudiantes de matemáticas y ciencias deberían leer los cuentos del escritor argentino.
El matemático británico explica su conclusión de la siguiente manera:

"Si consideramos sólo un piso de la biblioteca y caminamos hacia el este, entonces reaparecemos en el punto inicial por el oeste". "Así que estos dos lados de la biblioteca pueden unirse para crear la forma de un cilindro". "Pero si vamos hacia el norte regresamos por el sur. Por lo tanto, los extremos del cilindro también pueden unirse para crear una forma de toroide o rosquilla". "Y hay una tercera dirección en la que podemos encaminarnos, hacia arriba y hacia abajo. Unir estos extremos de la biblioteca requiere una cuarta dimensión. La forma resultante de la Biblioteca de Babel es, por eso, un toroide en cuatro dimensiones", sostiene Du Sautoy.  "Esto es lo que es extraordinario para mí. En un cuento corto Borges ha logrado crear una forma que no podemos ver físicamente".

Obra de teatro

Du Sautoy cree que Borges es un gran ejemplo de la fusión entre el arte y la ciencia, y más estudiantes de matemáticas deberían conocer su obra.  "Una de las tragedias de nuestro sistema educativo es que compartimentamos las materias y los estudiantes van a clases de matemáticas, luego historia, luego literatura o música". Du Sautoy se inspiró en el cuento "La Biblioteca de Babel" para escribir una obra de teatro en la que él mismo es uno de los protagonistas. La obra se titula "X e Y" y en ella ambos personajes exploran la forma del universo en que viven. "Yo soy X, quien piensa que el universo es infinito. Y el otro personaje, Y, cree que es finito", dijo Du Sautoy.
"Leyendo a Borges pueden entender que hay mucha más interconexión entre estas materias de la que imaginan".  Du Sautoy mismo se propuso unir la ciencia con el arte. "La Biblioteca de Babel" fue la inspiración de una obra de teatro escrita y protagonizada por el matemático, que ha sido presentada en numerosos escenarios, incluyendo el Museo de Ciencias de Londres.  La obra se llama "X e Y".  "La idea es que el escenario es un poco como un espacio en la Biblioteca de Babel." "Hay dos personajes, yo soy X, quien piensa que el universo es infinito. Y el otro personaje, Y, cree que es finito. La obra es sobre la batalla entre estas ideas para comprender la forma del espacio en que viven".

"Me preparo a morir"

"Mi sepultura será el aire insondable", escribió Borges en La Biblioteca de Babel. "Una vez más se ve la tirantez entre lo infinito y lo finito que caracteriza la vida humana", señaló Du Sautoy.
En un pasaje conmovedor de "La Biblioteca de Babel" Borges escribe: "Ahora que mis ojos no pueden casi descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací"."Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda, mi sepultura será el aire insondable...".
Para Marcus Du Sautoy, en esas palabras "se ve una vez más la tensión entre lo infinito y lo finito", que es parte de la esencia de la vida humana.  "Tenemos un tiempo finito en este universo pero nuestros átomos continúan. Y el infinito es algo que jamás podremos conocer porque somos finitos", dijo el matemático británico.”Es algo que exploro en un libro que se traducirá este año al español, 'Lo que no podemos saber'".

"Y en ese libro cito a Borges". 









lunes, 8 de mayo de 2017

BIBLIOTECA ...




La Biblioteca de Babel

Jorge Luis Borges










El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.










domingo, 7 de mayo de 2017

FRASES




Feminismo en camiseta

Elvira Lindo




La modelo Camille Hurel, con la camiseta con la frase de Chimamanda Ngozi Adichiet" 
en un desfile de Dior en París en enero



Cualquier frase, por bella que sea, entrecomillada y colgada en un muro de Facebook siempre va a acabar pareciendo escrita por Paulo Coelho. Eso es así. Tanto da que le añadas abajo la autoría y resulta que la dijo o la escribió Pepe Mujica, Saramago, Sampedro o el mismo Einstein. Se trata de una transmutación de la autoría intelectual a la que todavía los científicos no han dado respuesta, pero aquí estoy yo para constatar que dicho fenómeno se produce. Sí, queridos lectores, son muchos años leyendo frases entrecomilladas porque a la vista está que hay gente que tiene una enorme fe en las frases y hay personas buenas que respondiendo a esa necesidad social han creado páginas en donde nos sirven sentencias entrecomilladas con letras en cursiva y la foto de quienes las pronunciaron, pongamos, de un Martin Luther King. Nos dan así el trabajo hecho y podemos colgar en nuestros muros el pensamiento del día y sentirnos un poco mejor. Aunque tampoco el doctor King se libra: entresacas una frase de su mítico discurso del 63 y también parecerá de Coelho. Es fundamental que las frases no tengan más de 140 caracteres porque si reproducimos un párrafo el lector agudo puede advertir matices y el lector perezoso, ay, se puede cansar.

Las frases entrecomilladas provocan tremendos malentendidos. Entrecomilla una frase de un artículo y puede que cambies el sentido de lo escrito; titula una entrevista con una frase del personaje y puedes hacerle quedar como un gilipollas. Servidora se compró una camiseta en el Museo de los Derechos Civiles de Memphis con el siguiente lema: Well-Behaved Women Seldom Make History(Las mujeres que se portan bien raramente hacen historia). Me la ponía pensando que se refería a que la lucha por la emancipación femenina había requerido de mujeres poco dóciles, desobedientes. Pues no. Un día se me ocurrió buscar a la autora de la frase y vi que era Laurel Thatcher Ulrich, ganadora del premio Pulitzer de historia en 1976 con un libro que llevaba dicho título. Muchas personas repararon en la frase pero no leyeron el libro, así que la historiadora fue la primera sorprendida al ver que su título se convertía en un slogan tan reproducido en camisetas y tazas de café que es hoy una frase hecha a la que se ha otorgado un sentido (el que yo le di) equivocado. En realidad, Thatcher se refería en su ensayo a que pocas de las mujeres que han hecho cosas notables han pasado a la historia. Era una legítima reivindicación de las olvidadas, pero inevitablemente pierde la picardía que la mayoría de las mujeres captábamos.
Hay una frase que a punto está de convertirse en lema, We Should Be Feminist (Todos deberíamos ser feministas), la elocuente conferencia de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, publicada a modo de manifiesto y que en cinco años se puede catalogar como una referencia del pensamiento feminista. Adichie estará al tanto de que su célebre título adorna hoy la pechera de una camiseta de Dior porque supongo que una marca de moda no se puede apropiar del título de un libro sin el permiso de la autora, así que mi deseo es que se esté llevando algún porcentaje en concepto de derechos de autor de los 550 euros que cuesta la camisetilla, aunque no deja de resultar chocante que un título que contiene tanta historia de postergación, humillación y desigualdad se vea transformado en algo banal, como un estampado, como el mero adorno de la temporada primavera-verano; para colmo, con semejante precio, aunque veo que también existe la versión low cost por 14 euros. Puede que haya quien compre la prenda barata no ya por el significado de la frase sino porque Dior lo ha convertido en guay.

La moda arrasa con todo. Hemos pasado de cuando la palabra “feminismo” provocaba mal rollo en los medios, en los titulares, en las frases entrecomilladas, a este momento actual en que las llamadas revistas femeninas hacen uso de ella como reclamo, a su caprichosa manera y haciéndola compatible con el horóscopo y otras irracionales secciones. En estos momentos en que los medios explotan la ola feminista exhibiéndola en titulares anecdóticos observamos como conviven una frase que dijo Rosa Parks, Clara Campoamor o Simone Veil con declaraciones absurdas de activistas de quinta fila: una chavala que se deja el vello y exhibe sus piernas peludas en Instagram, un actor jovencito que rompe una lanza por la igualdad llevando tacones (¿Y James Brown?) o modelos que se hacen fotos sin pintar para sentirse como cualquier mujer. Gracias, gracias a todas. El caso es que percibo como algo incompatible una frase que anima a la humanidad, sin distinción de sexos, a ser feminista y una prenda de lujo. Las frases sacadas de contexto pierden con frecuencia su sentido inicial. La de Adichie estaba ligada a un manifiesto, no a un escaparate de una firma inaccesible para la mayoría de las mujeres. Pero tal vez debamos someterla a esa prueba de fuego que nos muestra que cualquier frase se puede corromper: colguémosla en Facebook y observémosla. ¿Adichie o… Paulo Coelho?



Diario El País. España










jueves, 4 de mayo de 2017

WILLIAM KENTRIDGE




Premio Princesa de Asturias de las Artes : William Kentridge





 William Kentridge






El polifacético artista sudafricano William Kentridge (Johannesburgo, 1955), conocido sobre todo por sus dibujos, pinturas, grabados, collages, esculturas y fotografías, pero también por sus incursiones en el teatro, la ópera y la música, ha sido distinguido hoy, jueves, en Oviedo, con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2017. La candidatura de este artista comprometido social y políticamente se ha impuesto entre las 42 procedentes de 19 países que optaban al galardón, el primero de los ocho que anualmente concede la Fundación Princesa de Asturias.





El premio, dotado con una escultura de Joan Miró y 50.000 euros, se concede, según los estatutos de la fundación,a aquellos "cuya labor contribuya, de manera extraordinaria y a nivel internacional, al progreso y bienestar social a través del cultivo y perfeccionamiento de la cinematografía, el teatro, la danza, la música, la fotografía, la pintura, la escultura, la arquitectura y otras manifestaciones artísticas". Al premio optaban 42 candidaturas, procedentes de Alemania, Angola, Argentina, Australia, Brasil, Cuba, Estados Unidos, Francia, Hungría, Irak, Italia, Líbano, Mauritania, Noruega, Polonia, Portugal, Reino Unido, Sudáfrica y España.










A Drawing Lesson


Harvard University Press





William Kentridge suele decir que durante el régimen del apartheid sudafricano "quedó reducido a ser un artista", mientras esperaba que la sociedad cambiara antes de decidir qué hacer con su vida. Cuando llegó la revolución, las cartas ya estaban echadas y su destino sería la creación en todas sus facetas: artista, actor, cineasta, dramaturgo, marionetista, y director de teatro y ópera. El artista más famoso de Sudáfrica estudió política, historia de África, y arte en la Universidad de Witwatersrand y la Johannesburg Art Foundation. También se formó en teatro y mimo en la École Jacques Lecoq de París con la esperanza de convertirse en intérprete. En los años 70 y 80 actuó y dirigió teatro, televisión y cine antes de vincularse a la producción visual. En la década de los 90, Kentridge ya gozaba de reputación internacional y sus obras dibujos y películas se exhibían en lugares como la Documenta de Kassel, la Tate Modern de Londres, el MoMA de Nueva York, la Albertina de Viena y la Bienal de Venecia.

"Creador meticuloso y profundo, ha utilizado el dibujo, siguiendo la mejor tradición, como principal instrumento de expresión artísitca, a través no solo de las obras sobre papel, el collage, el grabado y la escultura, sino también del videoarte, las películas animadas, las instalaciones y la escenografía, tanto en teatro como en la ópera", señala el acta del jurado, que también califica al galardonado como "un artista profundamente comprometido con la realidad".












miércoles, 3 de mayo de 2017

SACHERI




"La noche de la usina "*

Luis Pablo Beauregard












Fue una llamada que rompió el silencio del alba del cinco de abril de 2016. El teléfono de la casa de Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967) sonó minutos después de las seis de la mañana. “Atendió mi mujer que se sorprendió mucho de que llamara una bella voz de mujer con acento español preguntando por mí”. El escritor atendía mientras su esposa lo miraba en silencio con un gesto que exigía explicaciones. Tuvo que pedir a Carme Riera, presidenta del jurado del XIX Premio Alfaguara de novela, que llamara después. “Se quedó cortadísima. Debió haber pensado: ‘este estúpido ganó y me pide que lo llame luego’”. Sacheri conoció esa mañana lo que es dar una inesperada buena noticia. Una vez informado de que La noche de la usina había triunfado sobre más de 700 manuscritos—y que de paso se embolsaba 175.000 dólares por la distinción— abrazó a su mujer y avisó a sus hijos.

Sacheri había ocultado a su mujer que concursaba por el ansiado galardón literario que se le había negado en tres ocasiones. “Es algo que nos generaba mucha ilusión y no quería generarle una nueva decepción”. El reconocimiento de Alfaguara ha dado un nuevo impulso a un autor que se hizo internacional con La pregunta de sus ojos, que convirtió en guion de lo que resultó una oscarizada película en manos de Juan José Campanella (El secreto de sus ojos, 2009).

Como en aquella novela, Sacheri retoma el desagravio como motor de una ficción. “El arte tiene mucho de reparación”, dice el argentino. El libro relata el plan de ocho amigos que viven en O’Connor, un pueblo ficticio de la provincia de Buenos Aires, para recuperar un dinero que perdieron después de una estafa en la Argentina de finales de 2001, cuando un mandato presidencial impuso el corralito restringiendo los retiros bancarios a 250 pesos diarios (15 dólares hoy). “¿Qué es un acto estético si no una búsqueda fugaz, efímera, ingenua y absolutamente momentánea de enderezar el mundo?”, se pregunta el autor al reflexionar sobre la capacidad del arte de modificar la realidad.
A Sacheri le molesta que los personajes de su último libro sean descritos como "perdedores". Entre ellos está Perlassi, que vivió en su juventud momentos de gloria jugando al fútbol pero que ahora atiende una gasolinera en O’Connor. “No siento que sean perdedores. Han sido atrozmente derrotados. El perdedor no tiene nada y el derrotado tiene posibilidades”.
La noche de la usina habla de ese sistema que inflige la derrota. Un modelo económico y político que Argentina explotó en los años de Carlos Menem (1989-1999). “Pienso en esos grandes sueños de grandeza que el país se permitió y que se han derrumbado una y otra vez”, afirma. Los años del corralito crearon, en su opinión, una terrible herencia. “Dejaron una enorme desconfianza y la imposibilidad de pensar en el largo plazo”. Los sueños de la clase media se hicieron añicos a principio de este siglo.
Sacheri cree que aquellos años cimentaron una división de la sociedad. “Me alarma mucho la candidez fanática de la adhesión a un modelo político”, afirma. Esta, subraya, no es exclusiva de lo que dejó el Menemismo, sino que sirve también para los años de los años de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Y quizá en unos años, dice Sacheri, al Macrismo. “Siempre hay gente cándidamente enamorada como si hubieran solucionado todos los problemas. Confío más en los desconfiados, necesitamos más dosis de escepticismo”.



Juan Cruz entrevista a Eduardo Sacheri





* A propósito de 'La noche de la usina' : recomiendo su lectura en especial  a los argentinos que vivieron aquellos días ...y a los que no y ni siquiera pueden imaginarlos. Excelente, brillante retrato de una Argentina lamentablemente siempre presente...M.M.













martes, 2 de mayo de 2017

VERDADES Y MENTIRAS




Pero, ¿no era que el periodismo estaba muerto?*

Ariel Torres











Facebook, Google y Twitter están jaqueados por las noticias falsas; raro, en las Redacciones resolvimos ese problema hace siglos. Y sin computadoras


Las redes sociales pueden emplearse para difundir toda clase de mentiras. Con la misma ciega pertinacia con que resuelven una celda de Excel, las máquinas y los bots se dedicarán a replicar un embuste hasta que una porción significativa de la sociedad empiece a darle crédito.
Lamentablemente para Facebook, Google y otras compañías que rigen los destinos de Internet, las máquinas se van a ver en figurillas para diferenciar las noticias falsas de las verdaderas. Es interesante. Pueden replicar los engaños sin cansarse, pero son incapaces de detectar una campaña sucia. O que una campaña que parece sucia no lo es. (¿No es campaña o no es sucia?)
Por supuesto, Watson, la super computadora diseñada por IBM para participar en el juego de preguntas y respuestas Jeopardy, sabrá si una afirmación geográfica, química, matemática, física, biológica, botánica o astronómica es acertada o no. Pero pongámosla frente a un dilema ético. A una polémica histórica. Entonces no sabrá qué hacer. El problema de las noticias falsas es que no distorsionan verdades enciclopédicas. Manchan o ensalzan la imagen de un candidato (o de un individuo) con dichos que la pobre máquina, simplemente, no puede ir a verificar. Tendría que llamarlo por teléfono y preguntarle; y luego tratar de determinar si la respuesta que recibió es verdadera.
No sería imposible incorporar a una supercomputadora todos los signos físicos y lingüísticos que delatan al mentiroso. Pero saber que te mienten no prueba nada. Supongamos que la supuesta víctima miente al decir que lo que se dice en las redes sociales es falso. ¿Acaso eso significa que realmente hizo lo que dice la campaña sucia? No, ni cerca. Bienvenidos al mundo de los periodistas, los detectives y los fiscales. Incluso los médicos, cuando diagnostican, se enfrentan a encrucijadas de esta naturaleza.
Luego de más de una década de repetir esa sonsera monumental de que el periodismo ha muerto -desatino que empieza por confundir canal con contenido-, los colosos de Internet quizá empiecen a darse cuenta de que hay dilemas que la fuerza bruta de los cerebros electrónicos y la astucia de los sistemas expertos no puede resolver. Porque el problema con el que se enfrentan de ninguna manera es la mentira. El problema es la verdad.

La posta y la pos-verdad

Observemos la mentira un poco más de cerca. A ningún ideólogo se le ocurriría inventar el término "pos-mentira". Porque después de la mentira no podría haber nada más. La mentira sirve a un fin, y lo hace hasta que alguien descubre que se trata de un engaño. La verdad no sirve a ningún fin, ése es el primero y más característico de sus rasgos. Por eso tampoco tiene sentido llamar "relato" a la enumeración de verdades comprobables. Eso se llama realidad, y ya.
La verdad, que no busca ningún fin, posee sin embargo una función social clave; relacional, si se quiere. Si alguien miente su edad es para que los otros no sepan que ya traspasó, digamos, los 50. En cambio, si dice su edad verdadera, no gana nada; pero gracias a esta revelación comprobable, lo siguiente que diga será también tomado por cierto. La función de la verdad tiene nombres diversos, como "confianza" y "credibilidad". De forma menos abstracta, significa que es imposible organizar nada (una pareja, una empresa, una sociedad, una civilización) sobre la base de la mentira.
Soy consciente, desde luego, de que el exaltado discutirá todo con tal de justificar su mentira, su relato. Incluso descartará el concepto galileano de la comprobación experimental e inventará este desvarío delirante de la pos-verdad. Esa es la razón por la que evito polemizar con fanáticos. Parafraseando a José Ingenieros, sus prejuicios son como los clavos, cuanto más se los golpea, más se adentran. En un panorama de muy largo aliento, por otro lado, la verdad es también un acuerdo entre partes. El tiempo fue una dimensión absoluta hasta que don Albert demostró que no era exactamente así. Quizás dentro de 300 años veamos la Teoría de la Relatividad como una explicación ingenua o, por lo menos, incompleta del universo. Pero eso no tiene nada que ver con mentir la edad. O con lanzar el rumor de que el gobierno va a subir el IVA al 25 por ciento.

Paradojas

Más inconvenientes con la verdad. Es cierto, toda mentira sirve a un fin. Pero eso no significa que la verdad sea inútil. Puedo demostrar mi verdadera edad para refutar a los que me atribuyen más años, por ejemplo. Otro conflicto para la máquina: la mentira intenta parecerse a la verdad tanto como sea posible. Tal empeño pone la mentira en disfrazarse de verdad que en ocasiones hace falta un polígrafo. No siempre son infalibles. Viceversa, hay verdades tan increíbles que pueden parecer mentiras. Lo sufrió don Albert, ya que estamos.
Para los filósofos la verdad ha sido un tema de estudio durante milenios. Pero para periodistas, detectives, fiscales y médicos es el asunto central de su labor cotidiana. No hay demasiado tiempo para filosofar a la hora de cierre o si el paciente empeora. La pregunta acuciante es: ¿qué diferencia la mentira de la verdad? Que la verdad puede probarse, mientras que la mentira no. He ahí el dilema de poner a una computadora a tratar de verificar si una noticia es falsa. Equivale a poner el caballo delante del carro, porque sólo puede probarse lo que es cierto. Si no hay pruebas, es posible que sea mentira, pero no podemos afirmarlo.
Nuestro trabajo, ese que con tanta ligereza los idólatras de la tecnología han relativizado, no consiste en verificar mentiras, sino en verificar verdades. La razón es cristalina: una mentira no puede verificarse. En el mejor de los casos, y eso ocurre a menudo (pero no siempre, así que no puede postularse una ley universal), verificamos una verdad que refuta alguna mentira. Por ejemplo, el acta de nacimiento del sujeto, que certifica que tiene más de 50 años. Una escritura. Un contrato. Una factura trucha. El Boletín Oficial.
Detectar noticias falsas, como pretenden Google y Facebook (más sobre esto enseguida), es buscar pruebas que no existen. Está muy bien, hagámoslo, ¿pero durante cuánto tiempo pondremos a la máquina a buscar esas pruebas? ¿Quince minutos de una supercomputadora (son cientos de miles de años de trabajo humano)? ¿Una hora? Da lo mismo, porque todo lo que la máquina podría concluir es que no ha encontrado pruebas de que esa noticia es verdadera, pero eso tampoco significa que sea falsa.

Bullshimeter

Nos ocurre todo el tiempo en una Redacción. Nos llega un rumor. Pongamos, que el papa Francisco respaldó a Donald Trump. ¿Qué es lo primero que hacemos, en ese caso? ¿Llamamos a nuestro corresponsal en el Vaticano? Bueno, sí, posiblemente, porque es de rigor. Pero mucho antes de eso se activa nuestro instinto o, como lo suelo llamarlo puertas adentro, el bullshimeter. Mucho antes de llamar al corresponsal se pone en marcha una destreza que hemos cultivado durante décadas, el escepticismo sistemático. Este escepticismo sistemático va en contra de la forma en que funciona la consciencia. Puesto que sería imposible probar que todo a nuestro alrededor no es falso, la mente humana acepta lo que oye y lo que ve como algo cierto. De forma predeterminada, cree. Lo opuesto sería inviable. Es fácil imaginarlo. Conocés a una chica en una fiesta y le preguntás su nombre.

-Josefina -te responde. Y vos, entrecerrando los ojos con suspicacia, replicás:
-Probalo.

No podemos funcionar dudando de todo todo el tiempo. Por lo tanto, creemos. Que es exactamente lo que no debe hacer un periodista o un detective. Lleva muchos años habituarse a que la primera reacción frente a una noticia, un rumor, un dato sea: "¿Será cierto?" No sólo porque somos humanos, sino porque si el titular es muy atractivo queremos que sea verdad. Nuestros primeros errores en el oficio suelen tener que ver con que todavía no hemos desarrollado este olfato para los embustes. Nos los llamamos así, pero bueno.
¿Puede programarse este instinto? Uno querría pensar que no, que es uno de esos rasgos humanos que las máquinas nunca podrán emular. Pero es más complicado, en mi opinión. Ese olfato se podría simular, tal vez mediante técnicas de aprendizaje automático profundo. La inteligencia artificial podría darse cuenta de que Larry Page no va a poder convencer a los accionistas de Google de invertir la descomunal cantidad de dinero que se necesitaría para colonizar Marte y que las ideas del papa Francisco no están precisamente alineadas con las de Trump. Pero la cuestión no es esa. La duda sistemática funciona razonablemente bien en las mentes humanas, que están diseñadas para creer. ¿Pero podemos construir una mente sintética que, de forma predeterminada, confíe, pero que ante ciertos estímulos dude? ¿Cómo definiríamos esos estímulos? ¿Cuáles serían los disparadores? ¿O deberíamos mejor diseñarla para que no crea en nada? En tal caso, ¿cómo reaccionaría ante los axiomas?
Un paréntesis: que la máquina no crea en nada plantea otro problema sin solución. Comprobarlo todo requeriría un consumo de energía prácticamente infinito. Así, a la larga, uno vuelve a un viejo postulado: la verdad es siempre más económica.

Verdad, verosimilitud e ideología

¿Cómo le explicamos la verosimilitud a una computadora? Hay verdades inverosímiles y mentiras de lo más aceptables, que es una de las bases para fabricar esos rumores que se viralizan explosivamente. Incluso el discurso cotidiano es fecundo en disparates. Por ejemplo, decimos que el sol se pone. La verdad es que la que se mueve es la Tierra. Pero tu novio te miraría bastante raro si frente a un hermoso crepúsculo observaras: "Increíble este fenómeno de rotación terrestre". Muy Amy Farrah Fowler.
Y algo más, para nada menor: por obvias razones, las noticias falsas están impregnadas de ideología. ¿Cómo le hacemos entender esto a una máquina? ¿Le hacemos leer a Kant, a Hegel, a Foucault o a Baudrillard? Con Baudrillard por ahí la inteligencia artificial se va a poner un toque nerviosa, ¿no? O quizá considere su filosofía una verdad revelada. ¿Verdad revelada dije? Chan.
Estas pocas líneas, como pueden imaginarse, apenas rozan la superficie del antiguo y enredado problema de la verdad. Quizá por eso Facebook, astutamente, ha optado por educar a sus miembros en la sutil destreza de detectar noticias falsas. Una suerte de curso acelerado de periodismo.
En todo caso, el abanico social de Internet en su conjunto tiene un bonito problema con las noticias falsas. La intención es, como siempre, usar inteligencia artificial para detectarlas. Con entera sinceridad, les deseo suerte.






* La Nacion. Abril 22 de 2017