martes, 7 de noviembre de 2017

STREET ART



Más allá de Banksy: artistas urbanos para conocer

Texto:Brenda Chávez






 JonOne en su estudio.





Banksy es el grafitero más conocido del mundo, pese a su anonimato. Pero más allá de él, o de Obey (Frank Sheard Fairey, fundador de la firma de ropa OBEY) hay otros 'street artists' cuya obra es global: Blu con una trayectoria de 20 años y tan misterioso como Banksy (con quien ha colaborado); Invader artista anónimo francés, nacido en 1969, que realiza mosaicos de píxeles; Revok, que ha expuesto en 2016 en la sede de Los Ángeles de la prestigiosa galería de arte contemporáneo White Cube; o el veterano Kenny Scharf, amigo de Wharhol, Keith Haring o Basquiat que hace desde collage a instalaciones, pasando por cuadros, murales, escultura o productos.




Uno de los murales de Blu 



Mural de Blu sobre la esclavitud laboral


Y también los hay mediáticos como Kaws, que encandila a raperos como Pharrel Williams, o Meres One, alma mater del mítico espacio de grafiti 5Pointz en Queens, Nueva York; así como James Goldcrown, que siempre repite sus motivos de corazones. O el francés JR, conocido por trasladar fotocopias y fotografías a las fachadas urbanas. Pero fuera de estos “lugares comunes”, existen más artistas urbanos míticos con cuya impronta podríamos toparnos de paseo por las calles planetarias, o fisgando en las redes sociales.

JONONE: Este experimentado neoyorkino quiso dedicarse al 'street art' porque A-One (fallecido grafitero de la vieja escuela) le relataba historias sobre Basquiat. Fue de los primeros en mudarse a París, allí se le consideró un referente en los años 90. Sus dibujos beben del expresionismo abstracto, se declara un adicto a la pintura, y ahora se ha refugiado en el ritmo que le impone el óleo.


JonOne


PEZ: Es un barcelonés de fama global que trabaja desde 1999. Aparece en el film de Bansky Exit Throught the Gift Shop y toma su nombre del elemento más significativo de sus murales: un pez sonriente que le hizo célebre en su ciudad. Ha participado en multitud de concursos y exposiciones en galerías, festivales, ferias internacionales o subastas, tanto en España, como en Europa, Latinoamérica, Asia o EE.UU. También pinta demonios, ángeles, jirafas, aliens, etc... y esa sonrisa distintiva pervive en todos ellos contagiando sus buenas vibraciones al espectador. Posee también una marca de aerosoles, mochilas, prendas, peluches, carcasas de móviles...




Pez en Londres


JUSTIN BETTMAN: Fotógrafo especialista en retratos que renueva el arte urbano instalando en las calles de Londres, París o Nueva York decorados de habitaciones, con actores incluidos. Al terminar deja esos sets para que los viandantes puedan hacerse sus propias fotos y subirlas bajo el hashtag #SetintheStreet.





 Justin Bettman


SLINKACHU: Este británico inició su proyecto europeo de instalación urbana Little People, en 2006, disponiendo decorados en miniatura donde coloca estratégicamente pequeños personajes para sorprender y hacer reflexionar sobre la magia del entorno metropolitano próximo, a menudo menospreciado. Los culmina con títulos humorísticos que reflejan la soledad, la melancolía y lo abrumador que resulta vivir en las grandes ciudades.



Slinkachu 


PETER DAVERINGTON: Este australiano vive en la Gran Manzana y grafitea desde los once años. Se distingue de sus colegas por las referencias a la historia del arte y por su estilo rococó que le ha llevado a exponer en su país, en Asia, o Europa, en más de una decena de muestras individuales y otras tantas colectivas.



Peter Daverington



STIK: Es británico, comenzó a grafitear en Hackney (East London) en 2001, y sus murales esquemáticos transmiten su conciencia social. Además, crea proyectos monumentales en todo el mundo y suele colaborar en trabajos que autofinancia para hospitales, causas filantrópicas o entes que ayudan a las personas sin hogar.


Intervención en un edificio del británico Stik

VHILS: Es un artista y poeta visual portugués de nombre Alexandre Farto (1987). Creció en Seixal, un suburbio hipertrofiado por el desarrollismo arquitectónico de los años 80 y 90. Desde el 2000 se dedica a la pintura, a las plantillas, a la pirotecnia, al modelado 3D, o a los mosaicos. En 2007 encontró la técnica y estilo por los que le reclaman globalmente: excavar la superficie de las paredes y los suelos (símbolos de la cultural material) para desarrollar retratos hiperrealistas que invitan a reflexionar sobre las emociones humanas, la identidad, las sociedades urbanas, sus ambientes saturados, la lucha por las aspiraciones individuales, o la erosión de la singularidad cultural frente a la globalización.


VHILS

RONE: Nació Melbourne de madre española, también se dedica al retrato de grandes dimensiones, en su caso sólo de chicas. El hilo conductor de su obra es la decadencia y la belleza fugaz, sus murales se deterioran con el paso del tiempo motivando a cavilar sobre ello. Comenzó su andadura en las escena del street art de su ciudad natal como parte del colectivo Everfresh, de ahí pasó a marcar las paredes de ciudades como Nueva York, París, Tokio, Londres o Santo Domingo, ha expuesto en galerías de arte y ha colaborado con Jean Paul Gaultier.

LEVALET: Se llama Charles Leval, es francés y nació en 1988, en Espinal. Se crió en Guadalupe donde entró en contacto con la cultura urbana y completó sus estudios en artes visuales en Estrasburgo. Hace cinco años comenzó a hacer grafitis de personajes en tinta cuya disposición establece diálogos ópticos y semánticos lúdicos (humorísticos o absurdos) con los espacios urbanos donde los inserta. En ellos se percibe la influencia del teatro, del diseño o de la instalación.


 'Exode', de Levalet, en París en 2015.


LOGAN HICKS: Estudió arte contemporáneo en Maryland en los años 90, y tras pasar por California, e inspirarse en el movimiento Brow Low, echó raíces en Nueva York. Ha plasmado en grandes muros de Estambul, París o EEUU sus diseños realistas sobre la identidad o la contemplación del mundo. Su estilo es oscuro, arquitectónico, metafórico, poético y onírico. Traslada sus fotografías a plantillas, donde superpone hasta 15 capas, y las finaliza con un meticuloso trabajo de color con aerosoles.


Logan Hicks


HOXXOH: Su nombre real es Douglas Hoekzema. Este 'street artist' de Miami entiende el concepto del tiempo como una energía ante la que maravillarse. Sus obras representan lo que sucede cuando se fluye en él sin controlarlo. Su obra más llamativa ha sido el Nathional Historic Preservation Trust, en el estadio Marítimo de Miami, donde pintó del suelo a las sillas.


Hoxxoh


KENOR: Este colaborador de Pez despliega su trabajo caleidoscópico en murales, cuadros, esculturas, vídeos o performances. Hasta el año 2000 estaba más próximo al grafiti tradicional centrado en la tipografía, los logos y la experimentación textual, pero ahora se nutre de lo performativo, del movimiento, de la música o la danza. Sus diseños crean mundos paralelos, sueños, esperanzas, ilusiones, preguntas, alternativas o salidas para transformar, revitalizar o resucitar los suburbios y las zonas degradadas de las urbes rompiendo su color gris con galerías callejeras con las que deleitar al viandante.


El proyecto 'Genesis', del artista Kenor, en el Museo de Ámsterdam


SIXE PAREDES: Es Sergio Hidalgo Paredes, otro español que empezó a grafitear en los 80, y que en los 90 se puso a investigar con la pintura, la escultura y la instalación creando su propio taller. En 2008 fue uno de los seis artistas que pintaron la fachada de la Tate Modern como parte de la exposición Street art. Su reconocible estilo de intenso colorido, simbologías complejas y criptografía numérica, posee referentes de la tradición artística catalana de Antoni Tàpies o Joan Miró, del arte urbano, de la arquitectura barcelonesa, de culturas primigenias peruanas, del arte pop, del precolombino o del étnico de Mesoamérica.

Ellas también: 

En un ambiente como éste, dominado por hombres, el talento de un buen puñado de mujeres se destaca, como el de las americanas Maya Hayuk y Tatyana Fazlalizadeh con su temática social, racial y feminista; o el de la española Btoy que fusiona su pasión por la fotografía, con el grafiti y los retratos de mujeres ilustres. También estas otras artistas urbanas dan mucho que hablar:

LADY PINK: Esta ecuatoriana es de las grafiteras más conocidas del mundo. Comenzó su carrera en Nueva York, en 1979, dejando su huella a golpe de spray en muchos trenes de la metrópolis. Fue una de las protagonistas de Wild Style, la primera película sobre el movimiento hip-hop, y ha logrado que sus lienzos estén en las colecciones del MET, del Whitney Museum, del Brooklyn Museum o del Groningen Museum en Holanda. Además, comparte su experiencia con los jóvenes a través de proyectos didácticos.

'Pink Guetto', una muestra del arte de Lady Pink.

OLEC: A esta creadora urbana polaca le han llovido muchos premios y la reclaman para trabajar en museos, galerías y en las calles de todo el planeta. Quiso alejarse de la estrecha mentalidad de Silesia haciendo crochet y lo emplea como metáfora de las interconexiones entre el cuerpo y la mente. Con él teje pequeños objetos, lienzos o instalaciones coloristas que exploran temáticas como el feminismo, la sexualidad, la política, la cultura o la industrial. Sus referencias provienen de películas que ve mientras tricotea, o de artistas y escritores a los que venera. Su obra transita los límites entre la artesanía, la moda y el arte público. También denuncia situaciones como la de los refugiados (colaborando con algunos para coser piezas como Pink House) o recaudando fondos para apoyar causas benéficas infantiles o animalistas.

Olec


KASHINK: Esta grafitera feminista desafía desde los 17 años la lucha de géneros, y no sólo con su obra. A diario se dibuja un bigote, que al principio usaba para caracterizarse en actos públicos, y que ahora luce siempre como quien se pinta el rabillo del ojo. Su activismo queda reflejado en sus murales a gran escala entre el pop art y las referencias tradicionales indígenas. Con ellos incita a pensar sobre la diversidad, ya sea en París donde reside,en Marruecos, o en EE.UU. Ha colaborado con Amnistía Internacional en el proyecto Mi cuerpo, mis derechos, acerca de los roles de género y los derechos reproductivos. Y aunque casi todos sus grafitis son encargos, algunos al margen de la ley (como pintar camiones), le han generado problemas con la Policía.




Kashink


SWOON: Se llama Caledonia Curry, es americana y nació en 1977. Trabaja el retrato en collage, el grabado, la performance y la instalación. Su mentor fue Jeffrey Deitch, galerista, comisario y exdirector del MOCA (Museo de Arte Contemporáneo de Los Angeles) donde ha expuesto. También lo ha hecho en los museos de Brooklyn, Boston, Sao Paolo o en la Tate Gallery. Colaboró con la arquitecta Zaha Hadid en el de Cincinnati, aunque le interesan sobre todo las construcciones comunitarias que ha llevado a Haití, Nueva Orleans, o Pensilvania. En 2015 creó la fundación Heliotrope 501 que desarrolla estos proyectos para crisis sociales urgentes. También se dedica a las terapias de salud mental a través del arte.




Swoon:detalle


Duos urbanos callejeros

Y como no, en este amplio universo del Street art también algunas parejas artísticas que están llamando la atención con sus trabajos:

ELLA & PITR: Este dúo francés hace murales gigantes que les han granjeado admiración internacional al plasmar sus conmovedores personajes en los tejados de los edificios o para ser apreciados desde una vista cenital. Se nutren del comic, de los libros infantiles, y en vez de intelectualizar, persiguen provocar diversión con ellos.

 Ella y Pitr



FAILE: Desde Brooklyn, Patrick McNeil y Patrick Miller toman su nombre del anagrama de su primer proyecto A life (1999). Sus grafitis e instalaciones multimedia callejeras (donde últimamente persiguen la participación del público) critican el consumismo y desdibujan las fronteras entre la alta y la baja cultura con su estética pop, y a través de la apropiación de imágenes encontradas, elementos religiosos o documentales. Han hecho exposiciones en EE.UU, Europa o Israel y tampoco se les resiste el collage, la pintura o el grabado.


Faile


MINT & SERF=MIRF: Son dos artistas visuales –Mikhail Sokovikov (Mint) y Jason Wall (Serf)– que se conocieron en 1997 en las calles de la gran manzana. 'Los Angeles Times' dijo de ellos que recuperan la estética sucia y feísta del street art ochentero. Eso sí, la saben rentabilizar marketinianamente de formas impensables entonces, ya sea vendiendo objetos de consumo; con 'pop-up stores' abiertas pocas horas en edificios abandonados para celebrities (que en alguna ocasión la policía ha tenido que desalojar) o customizando con aerosoles bolsos Birkin para Hermés (2013).


Mirf














lunes, 6 de noviembre de 2017

POEMA




Huellas

Orietta Lozano






















Y el que era invisible a los ojos
también entró al círculo y dijo
que ninguno se lave las manos
que nadie arroje la primera piedra.
Somos la jauría en mitad del desierto
buscando para la sed el agua imposible
y para el hambre la carne desolada.
Aquí comienza y se cierra nuestra desesperación,
la que solemos mirar lánguidamente
en las arterias de los días.
Que alguien revele la palabra primera
cada cual clama su decreto
y el otro no escucha la réplica ni el eco.
Tengamos un ojo de más
pues es tan peligroso
estar demasiado atento a uno mismo
como demasiado atento al otro….
La herida se hace clarividente, advenediza
el peso es también la ligereza
y detrás de la máscara,
otra máscara más.
Nuestros pliegues se contraen
nuestras alas se aligeran
nuestras garras se adhieren a la nada
nuestros nervios, esplendidez y vacío
una nueva raza de astillas, de ruinas y de polvo,
el círculo apenas se forma
en la orilla umbría de los bosques.
Mutas, colmenas,
rastros de luz,
centelleo infinito del reflejo
que nos salva del derrumbe.
Silenciar la palabra
y su enferma confusión.
Condúceme hijo,
Guíame, padre,
aclárame la sombra
que se desflora en el vacío,
en el ojo que contempla el caos.
Verbo y barro, fuego y agua
han entrado en el vacío
que se configura
en la sigilosa huella que camina
por los siglos de los siglos.















jueves, 2 de noviembre de 2017

SILICON VALLEY



Silicon Valley no es tu amigo


 Noam Cohen*














A fines del septiembre, Mark Zuckerberg publicó un breve mensaje en Facebook al finalizar Yom Kippur. En él, les pedía a sus amigos que lo perdonaran no solo por sus errores personales, sino también por los profesionales, sobre todo por “las maneras en que mi trabajo se utilizó para dividir a las personas en vez de unirnos”. Estaba siguiendo la tradición judía del Día del Perdón, que consiste en reflexionar sobre el año anterior, y juró que se “esforzaría por ser mejor”.

Esa declaración tan autocrítica y sombría no es habitual en Zuckerberg, que generalmente es muy alegre y alguna vez exhortó a sus empleados de Facebook a “moverse rápido y romper cosas”. En el pasado, ¿por qué motivo Zuckerberg, o cualquiera de sus contemporáneos, podría haber sentido la necesidad de arrepentirse por lo que habían hecho en la oficina? ¿Por hacer sitios web increíblemente geniales que conectan en forma directa a miles de millones de personas con sus amigos y con un almacén global de conocimiento?
Sin embargo, últimamente, los pecados de la disrupción encabezada por Silicon Valley se han vuelto imposibles de ignorar.

Facebook ha lidiado con una ráfaga de revelaciones en torno a los intermediarios rusos que utilizaron su plataforma para influir en la elección presidencial de 2016 atizando la furia racista. Google tuvo un papel similar al transmitir mensajes incendiarios dirigidos a un tipo específico de usuarios durante la elección presidencial en Estados Unidos y, este verano, pareció ser el villano cuando un importante grupo liberal de expertos, New America, rompió vínculos con un prominente académico que critica el poder de los monopolios digitales.
Algunos dentro de la organización cuestionaron si lo habían despedido para aplacar a Google y a su director ejecutivo, Eric Schmidt, ambos donantes del grupo desde hace tiempo, aunque el presidente ejecutivo de New America y un representante de Google negaron esa conexión.
Mientras tanto, Amazon, con su compra de la cadena de supermercados Whole Foods y la construcción de tiendas convencionales, va tras la impresionante estrategia lucrativa de extender su monopolio en línea a uno que también tenga presencia física.

Estos cambios amenazantes han sido muy desconcertantes para el público y se oponen a todo lo que Silicon Valley había expresado de sí mismo. Google, por ejemplo, dice que su propósito es “organizar la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”, una misión que podría describir tanto a tu biblioteca local como a una empresa en la lista Fortune 500.
De manera similar, el objetivo de Facebook es “darle a la gente el poder de generar comunidades y unir más al mundo”. Incluso Amazon vio más allá de sí misma para convertirse, en palabras de su fundador, Jeff Bezos, en “la empresa más obsesionada con el cliente que jamás haya existido en la Tierra”.

Casi desde su nacimiento, internet produjo ansiedad pública —tu computadora estaba conectada a una red más allá de tu entendimiento que podía enviar gusanos, virus y rastreadores hasta donde te encontrabas—, pero de cualquier manera decidimos darles a estos innovadores el beneficio de la duda.
Estaban de nuestro lado en el tema de hacer más segura y útil la red, por lo tanto fue fácil interpretar cada error como un accidente desafortunado en el camino hacia la utopía digital en vez de como una trampa con el objetivo de asegurar la dominación del mundo.

Ahora que Google, Facebook y Amazon se han convertido en dominadores mundiales, hay dos preguntas pertinentes: ¿la gente podrá llegar a ver a Silicon Valley como la bola de demolición que es? ¿Aún tenemos las herramientas regulatorias y la cohesión social necesaria para limitar a los monopolistas antes de que destruyan la base de nuestra sociedad?
Según se dice, estos programadores convertidos en emprendedores creían en sus palabras nobles y al principio se mostraban indiferentes a enriquecerse con sus ideas. En un artículo de 1998 escrito por Sergey Brin y Larry Page, entonces egresados de la carrera de ciencias de la computación en Stanford, enfatizaron los beneficios sociales de su nuevo motor de búsqueda, Google, que estaría abierto al escrutinio de otros investigadores y no estaría impulsado por publicidad. La gente necesitaba que le aseguraran que las búsquedas no estaban corrompidas, que nadie había puesto el dedo en la balanza por razones comerciales.
Para ilustrar lo que decían, Brin y Page presumieron de la pureza de los resultados que su motor de búsqueda arrojaba para las palabras “teléfono celular”: casi al principio aparecía un estudio en el que se explicaba el peligro de conducir mientras se habla por teléfono. El prototipo de Google todavía estaba libre de publicidad pero, ¿qué decir de los otros buscadores, que sí la tenían? Brin y Page plantearon sus dudas: “Creemos que los motores de búsqueda financiados mediante publicidad estarán inherentemente sesgados hacia sus anunciantes y se alejarán de las necesidades de los consumidores”.
Había una necesidad crucial de un “motor competitivo de búsqueda que fuera transparente e inmerso en el mundo académico”, y Google estaba destinado a ser esa herramienta de internet, esa torre de marfil. Por lo menos hasta que Brin y Page fueron arrastrados por el emprendimiento generalizado de Stanford: una reunión con un profesor los llevó a una reunión con un inversionista, que les dio un cheque de 100.000 dólares antes de que Google siquiera fuera una empresa.
En 1999, Google anunció una inversión de 25 millones de dólares en capital de riesgo mientras insistían en que nada había cambiado. Cuando los reporteros le preguntaron a Brin cómo tenían planeado que Google generara dinero, respondió: “Nuestra meta es maximizar la experiencia del motor de búsquedas, no maximizar los ingresos que se obtienen a través de él”.

Mark Zuckerberg adoptó una postura similar durante los primeros días de Facebook. Una red social era demasiado importante para ensuciarla con el comercio, le dijo a The Harvard Crimson en 2004.
“Es decir, sí, podemos hacer mucho dinero, pero esa no es la meta”, dijo acerca de su red social, que en ese entonces todavía se llamaba thefacebook.com. “Cualquiera que venga de Harvard puede conseguir un empleo y ganar mucho dinero. No todos en Harvard pueden tener una red social. Valoro eso más como un recurso que como cualquier cantidad de dinero”. Zuckerberg insistió en que no se rendiría ante los cazadores de ganancias; Facebook seguiría siendo fiel a su misión de conectar al mundo.
Siete años después, Zuckerberg también había sucumbido ante el capital de riesgo de Silicon Valley, pero parecía haberse arrepentido. “Si estuviera comenzando en este momento”, le dijo a un entrevistador en 2011, “solo me habría quedado en Boston, creo”. Y añadió: “Hay aspectos de la cultura de aquí que aún me parecen enfocados al corto plazo de una manera que me molesta. Ya sabes, es la gente que quiere comenzar empresas solo por hacerlo, sin saber lo que quieren para poder, no sé, hacer un cambio”.

A la larga, los fundadores de Google y Facebook enfrentaron un día de rendición de cuentas. Los inversionistas no estaban ahí por caridad y exigían una respuesta. Al final, Brin y Page acordaron, bajo presión, desplegar publicidad junto con los resultados de búsqueda y terminaron por permitir que entrara un director ejecutivo externo: Schmidt. Zuckerberg acordó incluir los anuncios dentro del canal de publicaciones de Facebook y transfirió a uno de sus programadores favoritos al negocio de la publicidad móvil. Le dijo: “¿No sería divertido construir un negocio multimillonario en seis meses?”.

Resulta que había fortunas multimillonarias que podían generarse explotando la relación opaca entre los usuarios y las empresas tecnológicas. Todos sabíamos que nada era gratis, una idea memorablemente encapsulada en 2010 por alguien que hizo un comentario en el sitio web MetaFilter: “Si no lo estás pagando, no eres el cliente: eres el producto que se vende”. Pero, en realidad, ¿cómo podemos darnos cuenta? Gran parte de lo que sucede entre los usuarios y Silicon Valley está fuera de la vista: algoritmos escritos y controlados por magos que son capaces de extraerle valor a tu identidad de maneras en las que tú jamás podrías hacerlo por ti mismo.

Una vez que Brin, Page y Zuckerberg cambiaron de parecer respecto de ir tras las ganancias, advirtieron algo extraño: a los usuarios no parecía importarles. “¿Quieren saber cuál es la pregunta más común al respecto?”, dijo Brin en 2002 cuando le preguntaron sobre las reacciones por la adopción de la publicidad por parte de Google. “Nos dicen: ‘¿Qué anuncios?’. La gente no hace búsquedas que le muestren anuncios o no los nota. La tercera posibilidad es que los usuarios sí realizan búsquedas que generan anuncios y sí se percatan de ellos, pero los olvidan. Creo que este es el caso más probable”.

Siempre se supo que las interacciones entre las personas y sus computadoras iban a ser confusas y que sería fácil que los programadores explotaran esa confusión. John McCarthy, el pionero de la computación que educó a los primeros hackers del Instituto Tecnológico de Massachusetts y después encabezó el laboratorio de inteligencia artificial de Stanford, se preocupaba por el hecho de que los programadores no entendieran sus responsabilidades.
“Las computadoras terminarán presentando la psicología que es conveniente para sus diseñadores (y serán bastardas fascistas si esos diseñadores no lo piensan dos veces)”, escribió en 1983. “Los diseñadores de programas tienen una tendencia a pensar que los usuarios son idiotas y necesitan ser controlados. Más bien deberían pensar que su programa es un sirviente que debe poder ser controlado por su amo, el usuario”

En Computer Power and Human Reason, su épica obra contra la inteligencia artificial publicada a mediados de la década de 1970, Weizenbaum describió la escena que se podía ver en los laboratorios informáticos. “Inteligentes jóvenes de apariencia desgarbada, a menudo con ojos hundidos y brillantes, se pueden ver sentados frente a consolas de computadoras, con los brazos tensos y esperando el momento de atacar con sus dedos los botones y teclas en los que su atención parece estar tan concentrada como la de un apostador en los dados que giran”, escribió. “Existen, por lo menos cuando están tan absortos, solo a través de las computadoras y solo para ellas. Son buenos para nada informáticos, programadores compulsivos”.
Le preocupaba que fueran jóvenes estudiantes sin perspectiva de la vida, y también que esas almas atormentadas pudieran ser nuestros nuevos líderes. Aunque era difícil de ignorar, ni Weizenbaum ni McCarthy mencionaron que esa generación ascendente consistía casi en su totalidad de hombres blancos con una fuerte preferencia por gente igual a ellos.
En una palabra, eran incorregibles, acostumbrados al control total de lo que aparecía en sus pantallas. “Ningún dramaturgo, director de escena ni emperador, sin importar cuán poderoso haya sido”, escribió Weizenbaum, “jamás ha tenido una autoridad tan absoluta para controlar un escenario o un campo de batalla, y para disponer de tropas o actores tan devotos”.

Bienvenido a Silicon Valley, 2017.

Como lo temía Weizenbaum, los actuales líderes de la tecnología han descubierto que la gente confía en las computadoras y se les ha hecho agua la boca solo de pensar en las posibilidades. Los ejemplos de la manipulación de Silicon Valley son demasiados para enlistarlos: notificaciones automáticas, aumento de precios, amigos recomendados, películas sugeridas, las personas que compraron este producto también compraron este otro. Muy al inicio, Facebook se dio cuenta de que había un índice mínimo necesario para hacer que la gente permaneciera conectada.
“Nos topamos con un número mágico: necesitabas encontrar a diez amigos”, recordó Zuckerberg en 2011. “Y una vez que tenías diez amigos, tenías suficiente contenido en tu canal de noticias como para que hubiera cosas durante un buen intervalo de tiempo y valiera la pena regresar al sitio”. Facebook diseñó su sitio para recibir nuevos usuarios, así que todo se trataba de encontrar amigos a quienes agregar.

La regla de los diez amigos es un ejemplo de la manipulación de las empresas tecnológicas, el efecto de la red. La gente utilizará tu servicio —por malo que sea— si otros usuarios usan tu servicio. Este era un razonamiento tautológico que, de cualquier modo, resultó ser cierto: si todos están en Facebook, entonces todos están en Facebook. Tienes que hacer lo que sea necesario para mantener conectada a la gente y, si surgen rivales, debes aplastarlos o, si se rehúsan a desaparecer, adquirirlos.
El crecimiento se convierte en la motivación dominante: algo atesorado por el propio beneficio, no por lo que aporta al mundo. Facebook y Google pueden apuntar a una mayor utilidad que viene con ser el depósito central de la información de todas las personas, pero semejante dominio del mercado tiene desventajas evidentes, y no solo la falta de competencia. Como lo hemos visto, la extrema concentración de riqueza y poder es una amenaza a la democracia cada vez que permite que algunas personas y empresas no rindan cuentas.
Además de su poder, las empresas tecnológicas tienen una herramienta con la que otras industrias poderosas no cuentan: los sentimientos generalmente benignos de la gente. Oponerse a Silicon Valley puede lucir como oponerse al progreso, aunque el progreso se haya definido como monopolios en línea; propaganda que afecta elecciones; vehículos autónomos y camionetas que amenazan con acabar con los empleos de millones de personas; una vida laboral uberizada, en la que cada uno de nosotros debe defenderse solo en un mercado despiadado.
Como se está volviendo evidente, estas empresas no se merecen el beneficio de la duda. Necesitamos mayores regulaciones, aunque eso impida la introducción de nuevos servicios. Si no podemos detener sus propuestas —si no podemos decir que los vehículos autónomos quizá no son una meta encomiable, solo por dar un ejemplo—, ¿estamos entonces en control de nuestra sociedad? Debemos desintegrar estos monopolios en línea porque si unas cuantas personas toman todas las decisiones respecto a cómo nos comunicamos, compramos, nos enteramos de las noticias, repito, ¿somos nosotros quienes controlamos nuestra sociedad?


Por pura curiosidad, el otro día busqué “celulares” en Google. Antes de encontrar un artículo siquiera ligeramente crítico acerca de los celulares, pasé por una serie de anuncios de celulares y listas de teléfonos en venta, guías para comprar celulares y mapas con direcciones de tiendas que los venden, unos 20 resultados en total. En alguna parte, un par de ex egresados idealistas deben estar diciendo: “ ¿Ven? ¡Se los dije!”.





*Noam Cohen es autor de “The Know-It-Alls: The Rise of Silicon Valley as a Political Powerhouse and Social Wrecking Ball”, libro del que se adaptó este ensayo.


The New York Times













miércoles, 1 de noviembre de 2017

FACEBOOK




Las ‘fake news’ rusas en Facebook 










El contenido ruso en Facebook que pudo influir en las elecciones estadounidenses de 2016 mediante noticias falsas —conocidas como fake news por su nombre en inglés— llegó a 126 millones de usuarios, según publica este lunes el diario The Washington Post. Los trolls del Kremlin publicaron unas 80.000 entradas en esta red social entre 2015 y 2017 que fueron vistas en un primer momento por 29 millones de estadounidenses. Facebook, sin embargo, calcula que entre las veces que la información fue compartida la cifra pudo haber alcanzado a un máximo de 126 millones de usuarios.


Esta cantidad es muy superior a la que en un principio se calculaba, en torno a 10 millones de norteamericanos. Esta primera estimación solo se basaba en los alrededor de 3.000 posts anunciados y pagados por la trama rusa en la compañía fundada por Mark Zuckerberg. Sin embargo, las entradas gratuitas en Facebook publicadas por el aparato del Kremlin ampliaron sobremanera el radio de difusión.
Facebook emitió el pasado 2 de octubre un comunicado explicando la situación, que se ha convertido en un verdadero quebradero de cabeza para la compañía, tanto que ha actualizado dos veces la versión inicial de 3.000 anuncios difundidos desde 470 cuentas.

En el marco de la investigación de la trama rusa, que busca esclarecer si hubo coordinación entre el equipo electoral de Donald Trump y el Kremlin para influir en las últimas elecciones presidenciales de EE UU, Google ha reconocido este lunes por primera vez que sus plataformas también se vieron comprometidas, revelando que los trolls cargaron más de 1.000 vídeos en YouTube en 18 canales diferentes. Este martes está previsto que el asesor general de Facebook, Colin Stretch, informe a la investigación de la trama rusa de la estimación que hace su compañía, es decir, que unos 126 millones de norteamericanos fueron víctimas de las fake news.

La población estadounidense afectada por las noticias falsas representa un 40% del total, unos 310 millones de personas. La cifra ha saltado a la luz el mismo día que ha sido señalado Paul Manafort, quien fuera uno de los hombres fuertes del presidente, Donald Trump. Manafor, exdirector de campaña se entregó al FBI junto a un socio suyo, Rick Gates, para responder por una docena de delitos que incluyen la conspiración contra Estados Unidos (por ocultar sus actividades y sus ingresos) y el lavado de dinero. Los cargos no se refieren a la campaña electoral, sino que se centran en la asesoría a un político ucraniano afín a Putin. En cambio, la confesión de otro asesor de Trump, George Papadopoulos, sí abona las sospechas de connivencia: admitió contactos con una persona cercana al Kremlin que le prometía trapos sucios sobre Hillary Clinton y se declaró culpable de haber mentido al respecto.
El próximo miércoles será el día que las tecnológicas se las vean con Washington. Además de Facebook, que ese mismo día dará resultados del trimeste, Google y Twitter testificarán para dar más detalles.
Google ha dado de baja, sin concretar el tipo de contenido que le hizo tomar la medida, esas 18 cuentas conectadas con la trama. Publicaron 1.108 vídeos en YouTube que se vieron más de 309.000 veces entre junio de 2015 y noviembre de 2016. El buscador tan solo ha reconocido que no respetaba los términos de uso de la plataforma.