lunes, 9 de febrero de 2015

POEMA






La Patria
Julia Prilutzky Farny









Se nace en cualquier parte. Es el misterio,
- es el primer misterio inapelable -
pero se ama una tierra como propia
y se quiere volver a sus entrañas.
Allí donde partir es imposible,
donde permanecer es necesario,
donde el barro es más fuerte que el deseo
de seguir caminando,
donde las manos caen bruscamente
y estar arrodillado es el descanso,
donde se mira el cielo con soberbia
desesperada y áspera,
donde nunca se está del todo solo,
donde cualquier umbral es la morada.

Donde se quiere arar. Y dar un hijo.
Y se quiere morir, está la patria.













sábado, 7 de febrero de 2015

ARTE





Un 'gauguin' de 300 millones de dólares. ¿La obra de arte más cara de la historia?

  









Ahí está, sobre estas líneas. Tal vez sea la obra de arte más cara de la historia. Lo revela The New York TimesNafea Faa Ipoipo (¿Cuándo te casarás?), una bella pintura del periodo tahitiano de Paul Gauguin, ha sido vendida a un comprador anónimo catarí en una transacción privada por 300 millones de dólares.
La tela, fechada en 1892, formaba parte de la colección de Rudolf Staechelin, 62 años, un antiguo ejecutivo de Sotheby’s, hoy retirado, que vive en Basilea (Suiza). 
Su familia, a través de un consorcio, posee una veintena (Picasso, Van Gogh, Pisarro) de obras maestras de arte impresionista y postimpresionista. Durante varios días se ha estado especulando acerca de la identidad del comprador. Preguntado por el tema, el propio Staechelin no ha querido ser muy explícito sobre sí finalmente el destino ha sido Catar, el rico emirato petrolero. “Ni lo niego, ni lo confirmo”, ha dicho. También ha rechazado aclarar el precio.  Pero es bien conocido el apetito del emirato, a través de la Autoridad de los Museos de Catar, por el arte. 
En 2011 pagó 250 millones de dólares por una de las dos versiones que existen de Los jugadores de cartas de otro Paul, en este caso Cézanne. Aunque también ha estado atesorando piezas de Warhol, Mark Rothko o Damien Hirst.

Detalle de 'Nafea Faa Ipoipo', un óleo sobre lienzo de Paul Gauguin vendido por 300 millones de dólares.
El cuadro colgaba desde hace casi 50 años en préstamo en el Kunstmuseum de Basilea y las razones de la venta, más allá de un cierto desacuerdo de la familia con la institución suiza, las explica con sinceridad Rudolf Staechelin. “Hemos vendido la pintura principalmente porque teníamos una buena oferta. El mercado está muy alto y quién sabe qué sucederá en diez años. Siempre he tratado de retener la mayor cantidad de obras que he podido. Un 90% de nuestros activos son pinturas que cuelgan gratis en los museos”.
La familia Staechelin nunca ha convivido con su colección pues la ha considerado demasiado valiosa para estar en el salón de una casa particular y durante años ha ido prestando las piezas.
Antes de que llegue a las manos de su nuevo propietario, algo que sucederá en enero de 2016, Nafea Faa Ipoipo llegará a España. Se verá en el Museo Reina Sofía. El Kunstmuseum de Basilea cierra por obras de remodelación gran parte del año y algunos de sus tesoros, como el millonario gauguin, salen de viaje. Una buena oportunidad para despedirse de la pintura.


Con Arte y Sonante. El País. España








jueves, 5 de febrero de 2015

COMO SENTIMOS




Cinco hechos sobre la complicada relación entre cerebro y sentimientos






Love Story | Jack Vettriano, 1951




Giovanni Frazzeto ha escrito un libro sobre neurociencia en el que no sólo habla de estudios y resonancias magnéticas, sino también de Caravaggio, de sus abuelos sicilianos, de una madrugada durante la que escribió un soneto y de sus experiencias en páginas de citas online.
En Cómo sentimos (Anagrama, 2014), este biólogo molecular que trabaja en el Instituto para Estudios Avanzados en Londres y en Berlín ofrece una panorámica con lo que la ciencia sabe sobre los sentimientos y las emociones, y también todo lo que aún desconoce y para lo que necesita la ayuda del arte, de la filosofía y de nuestra experiencia cotidiana. El libro ha sido traducido a varios idiomas, entre ellos, recientemente el español.
1. Los sentimientos son algo más que química
Frazzetto no cree que los sentimientos se puedan reducir a mera química: “Tenemos que distinguir entre emociones y sentimientos -explica en una entrevista concedida a Verne-. Las emociones son lo que entendemos como reacciones químicas y los sentimientos, nuestra comprensión de estas emociones”. Aunque usamos el cerebro para comprenderlas e interpretarlas, “esta distinción es importante”. Corremos el riesgo de ser demasiado deterministas, afirma: “No podemos describirlo todo basándonos en la química del cerebro”. Y cita como ejemplo el duelo: como explica en su libro, según la última edición del Manual de diagnóstico y estadístico de las enfermedades mentales, publicado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, una persona en proceso de duelo cuyos síntomas duren más de dos semanas es candidata a recibir un diagnóstico de enfermedad mental. Sin embargo, “el duelo es un sentimiento universal, el precio que pagamos por amar a alguien, y cada uno de nosotros lo experimenta de manera diferente -nos explica-. Si la psiquiatría comienza a considerar el duelo como una enfermedad mental a partir de una duración determinada, lo que está haciendo es intentar establecer un duelo con talla única para todos. Y no lo es: no se debería intentar estandarizar los sentimientos de esta forma”.
2. Cada uno de nosotros siente de manera diferente
Frazzetto explica que lo más difícil de estudiar las emociones en el laboratorio es “entender las diferencias. Los estudios nos ayudan a saber qué es universal, pero es más difícil entender nuestras diferencias personales, tanto por genética como por experiencia. Tú cerebro es diferente al mío por cómo reacciona a la vida. Entender estas divergencias es un reto fascinante y no hay que dejarse llevar por la tendencia a convertirlo todo en estándar”.
3. Desconocemos mucho de la relación entre cerebro y sentimientos
Esta pretensión de uniformar lo que sentimos viene del optimismo provocado por el éxito de herramientas como las imágenes por resonancia magnética del cerebro. Pero en opinión de Frazzetto, estas imágenes “sólo son un mapa. Vemos dónde ocurren las cosas, pero el cerebro es más complejo. No podemos asociar una región del cerebro a una emoción concreta, ya que de este modo olvidamos que todo el cerebro está conectado e implicado en estos procesos”.Y añade, recuperando una comparación incluida en su libro, que ver una resonancia magnética es como estar en el London Eye, la famosa noria de Londres, y contemplar la ciudad de noche: “Las luces nos indican en qué barrios hay más actividad, pero en realidad no sabemos qué pasa dentro de esos edificios iluminados”. ¿Y algún día podremos llegar a saber qué está ocurriendo dentro? “No lo veré en vida. No es una mala idea, pero no es posible en la actualidad”. En el libro recuerda un premio  Nobel de neurociencia, concedido por haber hecho una resonancia magnética a un salmón muerto al que mostraron imágenes de individuos en situaciones emocionales concretas, para luego preguntarle al salmón qué sentimientos creía que esas personas experimentaban. El estudio, que puede parecer ridículo, era una crítica a la enorme cantidad de falsos positivos que se pueden obtener con esta técnica si no se aplican los procedimientos adecuados.
4. Hay que aprender a sentir: tanto lo bueno como lo malo
El peligro de tratar el duelo como una enfermedad es creer que sólo deberíamos sentir las emociones positivas: “Pero si no nos acostumbramos a sentirlo todo, incluso lo que nos resulta desagradable, e intentamos suprimir estos sentimientos, por ejemplo, con alcohol o drogas, perdemos también la capacidad de experimentar las emociones positivas”. Y añade un factor importante: “No podemos olvidar que todos los sentimientos, incluyendo la tristeza y la ira, tienen una función evolutiva”. Por ejemplo, en el libro explica que si no sintiéramos culpa, “estaríamos continuamente cometiendo errores. No habría incentivo para cambiar o mejorar nuestra conducta”. Esto no quiere decir que no podamos, hasta cierto punto, gestionar los sentimientos: “Siempre podemos aprender a llevar una vida emocional mejor y más plena. Lo importante es ser más consciente de lo que sentimos y centrarnos en estos sentimientos. Por ejemplo, si aspiramos a ser felices, tenemos que estar plenamente presentes en cada momento de nuestra vida y cultivar lo que nos hace felices, porque la felicidad es la acumulación de múltiples momentos de alegría”.
5. La relación entre Internet y los sentimientos es complicada

Frazzetto no es tan optimista respecto a Internet y las redes sociales, por mucho que nos ayuden a ponernos en contacto con centenares de historias y de experiencias personales cada día. No es tecnófobo (tiene cuenta en Facebook y en Twitter), pero considera que “las redes sociales son más virtuales que reales. Sí que hay historias, pero a mí me preocupa más la cantidad. En Facebook puedes ver muchas de esas historias en muy poco tiempo y eso hace que sea todo muy confuso”.
Opina que “Internet siempre será diferente en este sentido por la falta de contacto humano: no miramos a los ojos a la gente. Estamos ‘desaprendiendo’, olvidando cómo sentir y cómo relacionarnos con otras personas”. En el libro comenta este punto especialmente en el capítulo dedicado al amor y en referencia a las páginas de citas online, sobre todo en las que intentan aplicar la neurociencia a las relaciones, con tests que, por ejemplo, incluyen medir el índice y el anular para conocer los niveles de testosterona recibidos durante el embarazo.

Pero estos métodos olvidan la complejidad de un sentimiento (y de una experiencia) como el amor y no tienen en cuenta que aún desconocemos mucho acerca tanto de estos sentimientos como del cerebro, por no hablar de la importancia de tomar riesgos y de vivir, como ya se ha apuntado, experiencias plenas. “Estamos olvidando cómo seducir -nos cuenta-. Ya no vamos a un bar a conocer a alguien, sólo comprobamos si está online”.




Verne. El País.España







miércoles, 4 de febrero de 2015

DARWIN & FAMILY



Darwin tenía razón: la endogamia perjudicó a su estirpe

Javier Salas




Montaje de una imagen de Charles Darwin y su primogénito William con otra de su mujer Emma abrazando a Leonard.

Charles Darwin llegó a tener diez hijos con su mujer, Emma Wedgwood, entre 1839 y 1856 y, como es natural, temía por la salud de su prole. Pero sus miedos iban más allá de las preocupaciones habituales de un padre, ya que partían de un cierto sentimiento de culpa: un pecado original propio que podía provocar que sus hijos fueran enfermizos o, cuando menos, más débiles de lo normal. Charles y Emma eran primos hermanos. El más relevante de los Darwin sabía que la consanguinidad deteriora a las siguientes generaciones, ya sean plantas o animales. Ahora sabemos que sus temores estaban justificados: su estirpe sufrió muertes prematuras y falta de fertilidad por culpa de la endogamia.
El problema no surge únicamente del lecho de Charles y Emma. Los Darwin y los Wedgwood se emparejaron entre ellos durante muchas generaciones, lo que provocaba que el naturalista y su esposa tuvieran muchos otros parentescos además de ser primos hermanos. Otros tres hermanos de Emma se casaron con sus primos y la hermana de Charles, Caroline, también se enlazó con un primo Wedgwood. El cuñado de Charles, Harry Wedgwood, se casó con Jessie Wedgwood, que era su prima hermana por partida doble: sus padres eran hermanos y sus madres eran hermanas. 
Esta endogamia desbocada de los Darwin-Wedgwood los convierte en una dinastía perfecta para que los genetistas estudien las consecuencias de la consanguinidad, como ya hicieran con la familia real de los Habsburgo. La primera y más evidente es que los niños nacidos de estos matrimonios tenían menos opciones de llegar a la pubertad, como mostró un estudio publicado en 2010 que generó un ruido importante en la prensa británica. Tres de los diez hijos de Darwin murieron durante la infancia, en dos casos por enfermedades que hoy sabemos que generan menos resistencia en los menores fruto de la endogamia. Ahora, los mismos investigadores acaban de analizar en otro estudio cómo estas relaciones de consanguinidad mermaron la fertilidad de esta dinastía.
"Actualmente hay una cierta unanimidad en que la consanguinidad afecta a la fertilidad y a la esterilidad en los humanos, el problema es que aún no se ha podido concretar el modo. En la dinastía de Darwin hemos encontrado que la culpa de que las parejas consanguíneas tengan menos hijos que las parejas no consanguíneas no es de la propia pareja, sino de los varones consanguíneos", explica Francisco Ceballos, genetista de la Universidad de Santiago de Compostela. El resultado de sus análisis muestra que los varones Darwin-Wedgwood fruto de la endogamia tuvieron 1,2 hijos por mujer frente a los 2,1 que tuvieron los no consanguíneos, tras descartar otros factores demográficos o socioeconómicos.
De los hijos de Charles Darwin, tres no pasaron de los 10 años y otros tres fueron incapaces de tener descendencia. En concreto, William y Leonard (retratados en la imagen) se casaron dos veces pero no tuvieron prole y su hermana Henrietta tampoco, a pesar de disfrutar de un matrimonio estable. Siguiendo un análisis estadístico, Ceballos y sus colegas han encontrado que las parejas consanguíneas de esta dinastía tienen un intervalo reproductor más corto tras examinar las edades, la duración de los matrimonios y otros aspectos. "La calidad del esperma es peor y cuanto mayores son los varones menos posibilidades tienen de ser fértiles", asegura Ceballos.
Tanto preocupaba la consanguinidad al naturalista que fue el primer estudioso de sus consecuencias. Darwin publicó varios trabajos sobre el efecto nocivo de la endogamia en 57 plantas distintas: la descendencia era más pequeña, florecía más tarde, tenía menos peso y producía menos semillas que aquellas plantas que no eran fruto de la consanguinidad. Hasta tal punto le inquietaban los resultados que se sirvió de sus contactos políticos para conseguir que el Parlamento incluyera en el censo británico una pregunta específica para el estudio del matrimonio consanguíneo. Trasladó sus miedos incluso a su hijo George, que estudió detenidamente la materia para llegar a la conclusión de que los efectos negativos no eran importantes en familias criadas con buenas condiciones de vida, como la suya.
Nada hacía pensar que los Darwin-Wedgwood arrastraban esta desventaja genética, ya que estaba plagada de cerebros eminentes, con diez miembros de la Royal Society en la familia, y así opinan por lo general los darwinólogos. Sin embargo, estos nuevos estudios señalan que tanto enlace entre primos tuvo sus consecuencias en la salud de la familia. Como concluyen los autores de este examen, "las pruebas sugieren que los temores de Darwin sobre la salud de sus hijos como resultado de su matrimonio con su prima hermana Emma Wedgwood no eran ni exagerados ni injustificados".




Fuente: El País, España

























































martes, 3 de febrero de 2015

POEMA




Mejores amigos


   Erica Jong






Los hicimos
con la imagen de nuestros miedos
para llorar en las puertas, en las despedidas-
aún las más breves.
A rogar por comida en la mesa
y para mirarnos con esos ojos
enormes dolorosos,
y para quedarse a nuestro lado
cuando nuestros hijos nos huyen,
y para dormir en nuestras camas
en las noches más oscuras,
y temblar cuando truena
como nosotros en nuestros
miedos infantiles.
Los hemos hecho de ojos tristes,
amorosos, leales, miedosos
de la vida sin nosotros.
Hemos cultivado su dependencia
y pena.
Los mantenemos como recordatorios de nuestro miedo.
Los amamos
como los anfitriones sin reconocimiento
de nuestro propio terror
de la tumba-y del abandono.
Sostén mi pata
que me estoy muriendo.
Duerme sobre mi ataúd,
espérame,
con ojos tristes
en medio del camino
que hace curva más allá de la pared del cementerio.
Te oigo ladrar,
yo escucho tu aullido luctuoso-
oh, que todos los perros que yo he amado
lleven mi ataúd,
aúllen al cielo sin luna,
y se acuesten conmigo durmiendo
cuando me haya muerto.












lunes, 2 de febrero de 2015

POEMA



 Alcestis en el circuito poético

Erica Jong















La mejor esclava no necesita que le peguen.
Se pega a sí misma.
Y no con un látigo de cuero,
ni con un palo o con ramas,ni con un mazo

o una porra, sino con el delicado látigo
de su propia lengua 
y los sutiles golpes 
de su mente.
¿Quién puede odiar su mitad tanto 
como ella se odia a si misma? 
¿Y quién puede igualar la finura 
de su propio maltrato?
Para esto se requieren
años de entrenamiento.
Veinte años
de sutil autoindulgencia,
de perdonarse a una misma;
hasta la sometida
se considera una reina
y sin embargo mendiga, 
las dos cosas al tiempo. 
Debe dudar de sí misma 
en todo excepto el amor.

Debe elegir apasionada
y malamente.
Debe sentirse como un perro perdido
sin su amo.
Debe referir todas las cuestiones morales
a su espejo.
Debe enamorarse de un cosaco
o un poeta.
Nunca debe salir de casa
a menos que lleve una capa de pintura.
Debe llevar zapatos estrechos
para que recuerde su esclavitud.
Nunca debe olvidar
que está enraizada al suelo.
Aunque aprenda deprisa
y sea supuestamente lista,
su duda natural con respecto a sí misma
la hace tan débil
que cuenta brillantemente
con una docena de talentos
y así embellece
pero no cambia
nuestra vida.

Si es artista
y se acerca a lo genial,
el propio hecho de su don
le produciría tal dolor
que se llevaría su propia vida
antes que lo mejor de nosotras.
Y después de que muera, lloraremos
y la haremos santa.










viernes, 30 de enero de 2015

SUIZOS



La vida subterránea de Suiza







Irena pulsa el botón del ascensor. Bajamos. Piso menos dos. Ahí está el acceso al garaje de la comunidad, los cuartos de máquinas y el refugio atómico del edificio. Al salir al pasillo aparece, a pocos metros, una puerta abierta de hormigón equipada con manivelas metálicas de cierre e información sobre cómo actuar ante un evento nuclear. Todo muy ordenado y limpio. Dentro del búnker, tras cruzar una segunda puerta igual que la anterior, una luz uniforme de fluorescentes alumbra un estrecho pasillo flanqueado por portones de madera que guardan los habitáculos reservados para los vecinos del edificio, los retretes secos y la bomba de aire. En un lateral, otra puerta más pequeña, también de hormigón, cubre una ventana, diseñada como salida de emergencia, y junto a la entrada hay un recibidor donde se acumulan muebles arrinconados. Para Irena, vecina del edificio, en la práctica no es más que un trastero perfectamente mantenido.
El inmueble, ubicado en una zona céntrica de Ginebra, es un ejemplo de lo que se encuentra bajo el suelo de Suiza, una suerte de queso gruyer de refugios atómicos. En el país helvético, la seguridad y la planificación vienen de serie. Aquí se ha inventado desde la navaja multiusos con sacacorchos hasta la prohibición de circular en bicicleta sin seguro de accidentes. En algunas localidades no se permite usar la cisterna pasadas las diez de la noche. Y cada construcción nueva, sea privada o pública, está obligada a tener bajo su suelo un búnker, mantenido en perfecto estado de revista ante un posible ataque. Hoy existen más de 300.000 refugios en casas, hospitales y colegios, más otro medio millar de carácter comunitario, con capacidad total para albergar al 114% de la población. Si el planeta sufriese una catástrofe nuclear, sobrevivirían ciertos insectos, los Gobiernos de algunos países y el total de la población de Suiza. Hoy día, si un ciudadano local levanta una casa, puede evitar el coste de construir una de estas estructuras de hormigón gracias a que la ley original fue modificada años después. Pero comencemos por el principio.

En los años cincuenta, después de la II Guerra Mundial, se aprobó una norma que garantizaba que cualquier ciudadano suizo tenía derecho a estar protegido en caso de ataque. No fue hasta 1963, en plena Guerra Fría, que se estableció mediante una ley federal la exigencia del refugio atómico. Eran los meses posteriores a la crisis de los misiles en Cuba. La paranoia alcanzaba a todos los rincones del planeta. Ese mismo año se definió la creación de un organismo que gestionara la red de refugios comunitarios. Nacía así la Zivilschutz, el organismo suizo de protección civil.



Muchos años después, en una zona residencial al sur de Ginebra vive hoy Carmen. Española, casada con un suizo nacido en España, muestra su trastero nuclear en el subsuelo de su vivienda, junto al cuarto de planchar. De los flejes de la puerta de hormigón cuelga una percha con ropa. Dentro hay un pequeño botellero para vino, un pájaro disecado colocado de cualquier forma y multitud de cajas y cachivaches que pueblan un espacio demasiado reducido para las cuatro personas que previsiblemente debería albergar. Es lo que hay debajo de la mayor parte de las construcciones helvéticas: embalajes de robots de cocina, latas de comida y pilas de libros que ya nadie leerá. Pero también hay aparcamientos, salas de bricolaje o de entrenamiento. Se alquilan como locales de ensayo e incluso hay hoteles que se publicitan como de cero estrellas. Bajo una montaña de los Alpes, una empresa de seguridad informática vende confianza mostrando en su página web un enorme búnker donde albergan los que según la compañía son los servidores más seguros del mundo. Un Fort Knox suizo. Estos espacios de una frialdad diáfana también se utilizan como alacena. El Gobierno aconseja almacenar agua, combustible y comida para sobrevivir varios meses, y sugiere incluir, además de alimentos enlatados, chocolate, salchichas y queso (aunque siempre acorde a los gustos de cada familia). Se aconseja también un protocolo de gestión de los suministros, de forma que este stock se vaya consumiendo en la vida cotidiana al tiempo que se repone. Periódicamente, un inspector visita las residencias privadas para comprobar su estado. Una visita que, afortunadamente, se avisa con tiempo. “Cada dos años nos toca sacar todas las cajas, comprobar la bomba de aire y preparar las provisiones”, explica Carmen. Y cada primavera, un simulacro. Después de comunicarlo en los medios, retumban por todo el territorio las bocinas de alarma que advierten de un peligro nuclear. Resuenan por los valles como trompetas de muerte, pero nadie reacciona alarmado. Saben que no es real y, hasta el momento, sirve solo para acostumbrar el oído a reconocerlo. Una vez fuera de la casa, bajo el frío sol del mediodía y quizá pensando en su habitación protectora que no tiene más de ocho metros cuadrados, Carmen dice: “Si explotase una de esas bombas, prefiero salir y morir fuera”.
Durante más de 15 años, los partidos suizos de izquierda habían intentado abolir una ley nacida bajo el signo de la paranoia nuclear. Casi alcanzan el éxito. El 9 de marzo de 2011, la Cámara baja aprobó una moción para suprimir la norma, pero dos días más tarde, un terremoto y un tsunami arrasaron la central nuclear de Fukushima I, en Japón. La paranoia se reactivaba y la moción de izquierdas naufragaba en el conservador país helvético. Al año siguiente se ratificó dicha ley en referéndum y quedó establecida una manera de no aplicarla. La forma de evitar tener que construir el búnker en el propio domicilio es aportar 1.500 francos (1.247 euros) de tasa al Gobierno local y asegurarse una plaza para cada miembro de la familia en el refugio comunitario más cercano. Así se reduce el gasto del Gobierno (que subvenciona gran parte del coste) y se llena una bolsa para mantener dichos refugios comunes.
En la vivienda de otra ciudadana suiza, casada con un psiquiatra, vecinos de un barrio residencial, el sótano guarda una puerta de hormigón cerrada a cal y canto. En el centro de la puerta y un poco elevado, un teclado numérico de seguridad convierte el búnker en una cámara acorazada. “Hace unos meses nos fuimos de viaje unos días”, dice la anfitriona. “Mis vecinos también se marcharon y la urbanización se quedó vacía. Entraron ladrones y robaron a sus anchas en todas las casas”. Con el paso de los años, y la paulatina relajación de un país que no ha tenido una guerra en siglos, han nacido empresas especializadas en mutar estas estancias hacia otros usos. “Este es un barrio seguro, pero nos hablaron de una compañía que convertía tu refugio en una cámara de seguridad y decidimos hacerlo”, apostilla la dueña de la vivienda desvalijada.

En una avenida principal de Ginebra, dos policías levantan del suelo a un mendigo. El hombre no parece entender el idioma y los agentes se muestran respetuosos, pero firmes. Charlan y desaparecen los tres camino del coche patrulla. Un indigente es una anomalía en esta ciudad. Nada habitual. No está permitido dormir en la calle. Tampoco existen estadísticas oficiales sobre personas sin techo, aunque la cifra es muy baja y en su totalidad son inmigrantes a los que cada vez les es más difícil cruzar las fronteras, a pesar de que la economía del país helvético depende en gran medida de trabajadores foráneos. Una paradoja que representa el 23,5% de la población en un próspero marco económico con solo un 3% de paro. A principios de 2014, Suiza decidió, en contra de la opinión de sus vecinos europeos, limitar el acceso de inmigrantes estableciendo cuotas, que a finales de año aún estaban por definir.
En este marco proteccionista, los servicios sociales de la capital han encontrado un sorprendente uso social a dos refugios nucleares comunitarios: el de Richemont y el de Des Vollandes, utilizados desde 2000 para dar cobijo a inmigrantes sin techo. En estas instalaciones, la temperatura y la humedad están controladas, se ofrece cena y desayuno y las puertas de hormigón protegen, en dormitorios sin ventanas, del frío invierno suizo durante un máximo de 30 noches, prorrogables en caso de extrema necesidad.
Durante el día, desde fuera, estas instalaciones parecen entradas a un aparcamiento público. Un cartel con el escudo de los servicios de protección civil informa de su naturaleza. Abren solo durante la noche, a partir de las 19.15 y hasta las 21.00. Cuando llegan, a los inmigrantes sin techo se les ofrece una cena, mantas, sábanas, espuma y maquinilla de afeitar. Aparentemente no hay broncas. El alcohol y las drogas están prohibidos. Cuando se abren las puertas, el personal de seguridad gestiona el acceso mediante una lista y un carné que los visitantes consiguen previamente registrándose en las oficinas de los servicios sociales. Seguramente adonde llevaron a aquel mendigo los dos agentes de policía que lo identificaron en plena calle. Estos refugios están segregados por sexos. El de Richemont es para mujeres, niños y personas en estado de especial precariedad; el de Des Vollandes, para hombres. En general se trata de gente que llegó buscando una oportunidad laboral. Prudentes, vienen casi siempre de algún país del Este o subsahariano, con una maleta que dejan en la consigna hasta el día siguiente. Son sus pocas y preciosas posesiones.
“La mayor parte de estos inmigrantes son discretos, no quieren ser reconocidos”, afirma Stéphane Fahrion, que lleva cuatro años colaborando con los servicios sociales. “Tienen una familia en su país, en Italia o España, que piensa que han encontrado trabajo en Suiza. Tienen mucho miedo de que puedan leer en alguna parte que duermen en la calle”.
Aquí abajo se admiten perros de compañía y un DVD ameniza la velada. Hay una pequeña biblioteca y poca cobertura, así que la mayoría sale a fumar o se queda cerca de la puerta para mandar mensajes de móvil. A las once de la noche se apagan las luces. A las 6.30 se encienden. Desde las siete de la mañana, desayuno. A las 8.15, todos en la calle. El final de una noche sin ventanas. El principio de un mes buscando la gran oportunidad suiza.
Pero ¿qué ocurriría con los inmigrantes de estos refugios en caso de ataque nuclear? Para Philipp Schroft, jefe de los servicios sociales de Ginebra, la respuesta es clara: “La población tendría que compartir el búnker y los recursos con todos estos inmigrantes”.





Fuente: El País Semanal. Diario El País. España







martes, 27 de enero de 2015

HAMBRE




Los que alimentan el hambre

MARTÍN CAPARRÓS



Un granjero sembrando arroz en Ngoc Nu village, al sur Hanoi (Vietnam).


La transformación de la comida en un medio de especulación financiera ya lleva más de veinte años. Pero nadie pareció notarlo demasiado hasta 2008. Ese año, la gran banca sufrió lo que muchos llamaron "la tormenta perfecta": una crisis que afectó al mismo tiempo a las acciones, las hipotecas, el comercio internacional. Todo se caía: el dinero estaba a la intemperie, no encontraba refugio. Tras unos días de desconcierto muchos de esos capitales se guarecieron en la cueva que les pareció más amigable: la Bolsa de Chicago y sus materias primas. En 2003, las inversiones en commodities [materias primas] alimentarias importaban unos 13.000 millones de dólares; en 2008 llegaron a 317.000 millones. Y los precios, por supuesto, se dispararon.
Analistas nada sospechosos de izquierdismo calculaban que esa cantidad de dinero era quince veces mayor que el tamaño del mercado agrícola mundial: especulación pura y dura. El Gobierno norteamericano desviaba cientos de miles de millones de dólares hacia los bancos "para salvar el sistema financiero" y buena parte de ese dinero no encontraba mejor inversión que la comida de los otros.  Ahora en la Bolsa de Chicago se negocia cada año una cantidad de trigo igual a cincuenta veces la producción mundial de trigo.
 Digo: aquí, cada grano de maíz que hay en el mundo se compra y se vende —ni se compra ni se vende, se simula cincuenta veces—. Dicho de otro modo: la especulación con el trigo mueve cincuenta veces más dinero que la producción de trigo.

La Bolsa de Chicago donde se ubica el mercado de futuros, en diciembre de 2013. 

El gran invento de estos mercados es que el que quiere vender algo no precisa tenerlo: se venden promesas, compromisos, vaguedades escritas en la pantalla de una computadora. Y los que saben hacerlo ganan, en ese ejercicio de ficción, fortunas. Y los que no saben contratan programadores de computación. Más de la mitad del dinero de las Bolsas del mundo rico está en manos del HFT (High Frecuency Trading), la forma más extrema de especulación algorítmica o automatizada. Son muchos nombres para algo muy complicado y muy simple: supercomputadoras que realizan millones de operaciones que duran segundos o milisegundos; compran, venden, compran, venden, compran, venden sin parar aprovechando diferencias de cotización ínfimas que, en semejantes cantidades, se transforman en montañas de dinero. Son máquinas que operan mucho más rápido que cualquier persona, autónomas de cualquier persona. Me impresiona que los dueños de la plata pongan tanta plata en las manos —llamémosles manos— de unas máquinas que podrían despistarse y cuyo despiste podría costarles auténticas fortunas: que tengan tal confianza en la técnica o, quizá, tal avidez.
Los HFT son la especulación más pura: máquinas que sólo sirven para ganar plata con más plata. Son operaciones que nadie hace sobre contratos que no están hechos para ser cumplidos acerca de mercaderías que nunca nadie verá. La ficción más rentable.
La máquina giraba a mil por hora. Aquel día, 6 de abril de 2008, una tonelada de trigo había llegado a costar 440 dólares. Era increíble; sólo cinco años antes costaba tres veces menos: alrededor de 125. Los cereales, que se habían mantenido en valores nominales constantes —que habían, por lo tanto, bajado sus precios— durante más de dos décadas, empezaron a trepar durante el año 2006, pero en los primeros meses de 2007 su ascenso se había vuelto incontenible: en mayo, el trigo pasó los 200 dólares por tonelada, en agosto los 300, los 400 en enero; lo mismo sucedía con los demás granos.Y, como dicen los negociantes, el mercado alimentario tiene una "baja elasticidad". Es su forma de decir que, pase lo que pase con la oferta, la demanda no puede cambiar tanto: que, si los precios suben mucho, se puede postergar la compra de un coche o de una zapatilla, pero muy poca gente acepta de buena gana postergar la compra de su almuerzo.
El aumento no tenía, por supuesto, una causa exclusiva. Una de ellas fue el aumento extraordinario del precio del petróleo, que en esos días de abril bordeaba los 130 dólares por barril, el doble que 12 meses antes. El petróleo es tan importante para la producción agropecuaria que un ensayista político inglés, John N. Gray, dijo hace poco que "la agricultura intensiva es extraer comida del petróleo". Se refería, entre otras cosas, a ese cálculo tan cacareado que dice que producir una caloría de comida cuesta siete calorías de combustibles fósiles.
El precio del petróleo influye en el precio de los alimentos de varias maneras. Los alimentos incluyen en su costo una parte significativa de combustible: en su producción —por las máquinas rurales y porque la mayoría de los abonos y pesticidas contienen alguna forma de petróleo—, en su transporte, en su almacenamiento, en su distribución. Pero, además, el aumento del precio del petróleo le dio más entidad todavía a los famosos agrocombustibles.
Empezaron llamándolos biocombustibles; últimamente, grupos críticos insisten en que el prefijo "bio" les presta una pátina de honorabilidad ecológica que no merecen —y postulan que los llamemos agrocombustibles—. Parece que lo agro no está tan cotizado como lo bio en la conciencia cool. Pero hay gente que paga mucha plata para conseguirles buena prensa: en el año 2000 el mundo produjo 17.000 millones de litros de etanol; en 2013, cinco veces más: 85.000 millones. Y nueve de cada diez litros se consumieron en Estados Unidos y Brasil. (...)Y es otra forma de usar los alimentos para no alimentar.
Y un negocio de primera para muchos.
El agrocombustible es la penúltima respuesta a la superproducción de granos que complica desde hace décadas a la agricultura norteamericana. En el último medio siglo las técnicas agrarias mejoraron como nunca, los subsidios a los granjeros aumentaron muchísimo, y sus explotaciones consiguieron rendimientos inéditos: no sabían qué hacer con tanto maíz, con tanto trigo. En la segunda mitad del siglo XX Estados Unidos se enfrentó a un problema con pocos antecedentes en la historia de la humanidad: la superproducción de alimentos. Parece un chiste que ése fuera el problema del mayor productor de comida de un mundo donde falta comida.
Entre otros efectos, la superproducción mantuvo muy bajos los precios de la comida durante un largo periodo. Uno de los primeros usos de ese excedente fue político: la exportación, bajo capa de ayuda, de grandes cantidades de grano. Ya hablaremos del programa Food for Peace. (...)
Después vendrían otros usos: jarabes de maíz —gran endulzador de la industria alimentaria—, detergentes, textiles y, últimamente, el agrocombustible.
El etanol norteamericano está hecho de maíz. Estados Unidos produce el 35 por ciento del maíz del mundo, más de 350 millones de toneladas al año. Una ley federal, la Renewable Fuel Standard, dice que el 40 por ciento de ese grano debe ser usado para llenar los tanques de los coches. Es casi un sexto del consumo mundial de uno de los alimentos más consumidos del mundo. Con los 170 kilos de maíz que se necesitan para llenar un tanque de etanol-85, un chico zambio o mexicano o bengalí puede sobrevivir un año entero. Un tanque, un chico, un año. Y se llenan, cada año, casi 900 millones de tanques. El agrocombustible que usan los coches estadounidenses alcanzaría para que todos los hambrientos del mundo recibieran medio kilo de maíz por día.
El Gobierno americano no sólo obliga a usar el maíz para empujar coches; también entrega a quienes lo hacen miles de millones de dólares en subsidios. (...) El aumento de la demanda de maíz producida por el etanol es responsable de un porcentaje importante —que nadie puede definir con precisión— del aumento del precio de los alimentos.
Un ejemplo: muchos granjeros del Medio Oeste americano dejaron de cultivar el maíz blanco que vendían, entre otros, a México – para pasarse al amarillo que se usa para hacer etanol. Entonces los precios de la harina se duplicaron o incluso triplicaron en México y miles de personas salieron a la calle. Lo llamaron la revuelta de las tortillas. 
En Guatemala no salieron. En Guatemala la mitad de los chicos están malnutridos. Hace veinte años Guatemala producía casi todo el maíz que consumía. Pero en los noventas empezaron a llegar los excedentes americanos, baratísimos por los subsidios que recibían en su país, y los campesinos locales no pudieron competir con esos precios. En una década la producción local había disminuido una tercera parte.
En esos días, muchos campesinos tuvieron que vender sus tierras a empresas que ahora plantan palmeras para hacer aceite y etanol, caña para azúcar y etanol. Y los que pudieron seguir cultivando las suyas encontraron más y más dificultades: amenazas armadas para que las vendan, propietarios que prefieren dejar de alquilarles las suyas para trabajar con las grandes compañías, grandes plantaciones que se llevan el agua o la envenenan con sus químicos.El problema se agudizó en los años siguientes: los americanos empezaron a usar su maíz para hacer etanol y los precios subieron, y subieron más con los grandes aumentos que precedieron a la crisis de 2008. Ahora, en las tortillerías guatemaltecas, un quetzal – unos 15 centavos de dólar– compra cuatro tortillas; hace cinco años compraba ocho. Y los huevos triplicaron su precio porque los pollos también comen maíz.
Son ejemplos.
Pero no creo que nadie lo haga para perjudicar a nadie. Quiero decir: no es que las autoridades y los lobbies y los productores agrícolas americanos quieran hambrear a los chicos guatemaltecos. Sólo quieren mejorar sus ventas y sus precios, depender menos del petróleo, cuidar el medio ambiente – y eso produce ciertos efectos secundarios: sucede, qué se le va a hacer.
Shit happens



El Hambre, de Martín Caparrós Editorial Planeta, 624 páginas. 









Por qué hice este libro
Marín Caparrós





Lo hice porque, en algún momento, creí que no podía no hacerlo. Pero escribir El Hambre fue, probablemente, el trabajo más difícil que encaré en mi vida. De la Bolsa de Chicago a las fábricas de Bangladesh, de los hospitales de Níger a los basurales de Buenos Aires, de la guerra civil de Sur Sudán a las explotaciones chinas en Madagascar, del moritorio de la Madre Teresa de Calcuta a los morideros suburbanos de Mumbai, me pasé años recorriendo la geografía del hambre para contar y analizar la mayor vergüenza de nuestra civilización: que cientos de millones de personas no coman lo suficiente en un planeta que produce alimento de sobra para todos.