martes, 12 de marzo de 2013

POEMA






Y Dios Me Hizo Mujer 


Gioconda Belli











     Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.








lunes, 11 de marzo de 2013

MADURO, PERO VERDE


Maduro vio a Cristina y cambió para siempre*

  M. Reymundo Roberts 



Qué fuerte ha sido todo lo de Chávez. Pero los estadistas tienen esa capacidad de dar vuelta la página, de asumir que la vida sigue, que los desafíos no esperan. Cristina lo tuvo claro desde el primer momento: Nicolás Maduro iba a necesitar de ella. Los Castro habían sido muy buenos -verdaderos maestros- en administrar la enfermedad, la transición y la muerte. Ahora se necesitaba alguien que guiara a ese buen señor en el monumental trabajo de conducir el país. Un país que cruje y llora, no sólo por lo que acaba de perder.Cristina lo tuvo claro y viajó de inmediato, con una delegación cuyo número podemos estimar después de ver lo despejadas que estuvieron estos días las calles de Buenos Aires. Maduro la recibió con los brazos abiertos y el grabador encendido. Quería registrar cada uno de los consejos de la amiga reina llegada del Sur. Gracias a esa preocupación hoy puedo reproducir aquí el diálogo histórico entre ambos. Un diálogo riquísimo, aunque desigual: de un lado, la pesadumbre de un hombre casi paralizado ante la monstruosa tarea que le ha caído encima; del otro, la serenidad y experiencia de una mujer para quien la política ya no tiene secretos.
- Cristina -dijo él-, me imagino tu primer consejo: seguir al pie de la letra el ideario de nuestro comandante Hugo.
-Bueno, no siempre hay que aferrarse a nuestros antecesores, aunque hayan sido grandes hombres. Hacé la tuya. Néstor, por ejemplo, vivía obsesionado con la inflación y las reservas del Banco Central.
-¿Y tú?
-Para mí la inflación no existe, y en poco tiempo las reservas tampoco.
-Fíjate que yo estoy en lo contrario: cada día quiero parecerme más a Hugo.
-¿Pero te da el cuero? Yo desde el primer día me afirmé en lo mío: el relato. Hablo, hablo y hablo. Y trato de silenciar a todos. A los medios, a los jueces, al que se me anime.
-¿También a la oposición?
-No, la oposición no se me anima.
-Me gusta eso de ir haciendo mi camino. Además, entre nosotros, Hugo me ha dejado una herencia terrible. Por ejemplo, la inseguridad. El año pasado murieron 20.000 personas. ¿Qué puedo hacer?
-Dejar de hablar del tema. La inseguridad no existe, chau, fue. No te sumes al coro del lamento. Yo sólo doy good news. Hace un tiempo tuve que hacer un ajuste y lo llamé sintonía fina, que tiene una agradable sonoridad musical. Los acosté a todos, pero con una canción de cuna. Lo mismo con la inseguridad: mandé decir que se hablara de sensación. Un éxito. Ahora entran a una casa y la desvalijan y a los dueños sólo les queda la sensación de que ya no tienen nada. Nicolás: gobernar es ser creativo.
-Impresionante, Cristina. Dime, ¿cómo has hecho para resolver la falta de dólares? Aquí estamos viviendo el mismo drama.
-Bueno, convertí mis dólares a pesos y eso solucionó gran parte del problema. Después, mano dura, cepo, cerrar importaciones. Recetas clásicas. Néstor me enseñó a tener gran respeto por el dólar. Vieras qué bien lo aprendió mi hijo Máximo.
-Pero he leído que por el cepo se vino abajo la construcción y que está paralizado el mercado inmobiliario.
-Es cierto, pero puse el tema en manos de La Cámpora y ya ha logrado reactivar Puerto Madero. Después irá a otros barrios.
-Supe que tienes problemas con la Justicia. Aquí Hugo hizo un gran trabajo.
-Yo heredé un verdadero desastre: una Corte que se las da de independiente. Pero me estoy poniendo firme: el otro día anuncié en el Congreso una gran reforma judicial. Y para que vieran que iba en serio lo senté a mi lado a Boudou.
-Oí que vas a democratizar la Justicia.
-Sí, democracia total. Se hace lo que digo yo, que soy la más votada.
-También estamos más adelantados que ustedes es en la relación con Irán.
-Es verdad, pero al ritmo que estamos yendo los alcanzaremos pronto. Ellos necesitan quedar libres de culpa y cargo por la AMIA y nosotros necesitamos energía y un país grande que nos atienda el teléfono.
-¿Te reunirás aquí con Ahmadinejad?
-No, no se la voy a hacer tan fácil. Ellos tendrán mucho petróleo y la bomba atómica, pero yo soy Cristina.
-Lo que llama la atención es cómo estamos hermanados en todo. Incluso en los problemas: los dos somos campeones de la inseguridad y la inflación, a los dos nos faltan dólares, los inversores huyen, se nos desborda el gasto público, nos llueven las denuncias de corrupción y somos excesivamente dependientes del petróleo, nosotros, y de la soja, ustedes. ¿Por qué será?
-My friend, qué nuevito sos. El principal parecido no es ninguna de esas minucias. Tampoco que expropiamos sin pagar, habernos cargado a los medios, ser despreciados por los yanquis o estar arrepentidos de haber usado de valijero a un tipo tan desprolijo como Antonini Wilson. Lo que nos une definitivamente es que nuestros pueblos nos aman. Nuestra gente nos vota. Hugo sacó el 55% y yo, el 54. Todo lo demás no importa.
Maduro, apabullado por lo que acababa de oír, apenas tuvo tiempo de agradecerle la generosidad de la visita y la sabiduría de los consejos. Ella partió raudamente, como escapando de algo o de alguien y dejando un aura de monarca inconmovible. Incluso se fue antes del funeral, acostumbrada a ser esperada más que a esperar. Ni Venezuela ni Maduro se merecen más, dijo.



* La Nación. Sábado 9 de Marzo de 2013

sábado, 9 de marzo de 2013

BOSQUE ALEGRE IV




Conociendo los vecinos.

Parte II

Alejandro Schleh






                                        Nuestro Rancho de Monte*








Los Eccleston


Los Eccleston eran gente más o menos conocida del partido de San Isidro. Llegaban a Monte los viernes por la tarde, o los sábados al promediar la mañana, en un Falcon verde con cubiertas pantaneras de auxilio en el portaequipajes del techo. Pasaban dos o tres fines de semana al mes. Eran dueños de unas dos hectáreas que estaban ya totalmente organizadas para cuando nosotros nos instalamos en el bosque. Una casa rústica de unos sesenta metros cuadrados de dos o tres dormitorios y living comedor con gran chimenea,  un contenedor de los del puerto como casa de huéspedes, un horno a leña, una enramada a manera de quincho con parrilla, una pequeña pileta, y una casa de troncos de un metro por un metro construida sobre una plataforma al mejor estilo Robinson Crusoe en las alturas de un árbol, estaban repartidos en una de las hectáreas. En la otra, debidamente alambrada, dos caballos de su propiedad pastaban en la medialuz entre los eucaliptus altos y de finos troncos buscando trébol, yuyos diversos, florcitas silvestres violetas o amarillas que crecían como los hongos, al amparo de las luces o las sombras según su conveniencia.
Las dos hectáreas de la familia estaban a mitad de camino entre la casa del escultor y nuestro campamento que más tarde pasó a rancho, o cabaña, según se prefiera describir aquello que construimos.
Ni bien nos conocieron, luego de algunas charlas de aproximación y entendimiento, nos encargaron por favor que les “miráramos” durante la semana los caballos que eran mansos y de andar, totalmente blanco uno -presa codiciada por lo tanto- un rosado medio alazán el otro. No era mucho lo que podíamos hacer nosotros a trescientos o cuatrocientos metros. Demasiado duraron.
El viejo Eccleston era levemente tartamudo. En realidad se le atrancaba en la punta de la lengua alguna que otra palabra de manera elegante y este defecto agregaba cierta distinción a la que naturalmente tenía. Oficial retirado de algún arma, era alto, flaco, de cara alargada, piel curtida por el sol, pelo lacio y gris tirando a blanco. Tenía una hija que en ese momento, calculo, no tendría más de veinticinco años pero que conservaba muchas actitudes adolescentes.  Pasaba galopando o al trote delante de nosotros calzada con sus extrañas botas blancas de goma; llamaba enormemente nuestra atención. Saludos y risas, nada más que eso. Seguro sabía que nos quedábamos mirándola. Siempre al trote o galopito, nunca al paso, muy pocas las oportunidades de charlar. Era realmente atractiva esta amazona y, creo recordar, joven madre soltera. Fue para su pequeño hijo, o para algún otro nieto que Eccleston había construido la cabaña de Robinson Crusoe.

Corría el último tramo de mil novecientos setenta y cuatro y para esa época yo estaba peleado con mi novia, ella en Campana con sus dibujos, yo en Bosque Alegre, recomenzaba con mis pinturas. Sólo o con Juan, no la estaba pasando del todo bien aunque por momentos me olvidaba de ella por completo. Atribuía a mi depresión el que se me hubieran retraído un poco las encías que se fueron componiendo solas con el pasar de las semanas. Ver pasar a la hija de Eccleston eran segundos de mágica distracción, reconciliarse con la vida, aspirar el aire puro cargado con los perfumes de las flores silvestres y apreciar todo el encanto de aquel lugar y del sol, y el de la blonda amazona, la que daba y robaba al mismo tiempo, valor a casi todas las cosas.
A veces recibíamos la visita de su hermano, menor que nosotros, y se apeaba del caballo con una carabina. Conversábamos de armas o cualquier cosa sentados sobre tacos de troncos. 
Con uno de los caballos de esta familia un día pasó lo imprevisto. El blanco se soltó de alguna manera de su encierro, fue atropellado en la ruta por un camión y murió al rato. Con el otro, el de menor alzada, lo esperado, desapareció misteriosamente. En Bosque Alegre todo era robable. Así como se levantaban y crecían las paredes en cualquier parte, así nomás comenzaban a decrecer en altura de una manera que parecía espontánea.
No había ni marginales, ni gente que diera miedo ni nada parecido, un lugar tranquilo, silencioso y seguro, pero era natural que si no se hacía acto de presencia las cosas fuesen disolviéndose hasta convertirse en rastros o simplemente en nada. Tierra, cascotes y polvo. 









Gargiulo

Frente a nuestro lote, el de los Eccleston, el del escultor, un campo de doscientas hectáreas -mellizo del arborizado y loteado por la Forestal, nuestro Bosque Alegre- llamaba la atención por la calidad y cantidad de caballos de pelajes variados, estilizados y movedizos que lo habitaba. Pastaban pacíficamente todo el día en alguno de los pocos potreros en que había sido dividido aquel predio. De tanto en tanto, nos deleitaban cuando a toda carrera un puñado de ellos iba de una punta a la otra de uno de los lotes. Se veían felices y contagiaban a uno con su entusiasmo atropellador. Claro, ellos no habían sufrido el Rodrigazo de junio de 1975, ni tenían problemas con la inflación. En mi caso: había vendido en la casa de remates Roldan una pintura de Gastón Jarry por monedas. Solo compré dos pares de botas y dos carabinas con ese dinero, poco, y perdido un cuadro de firma reconocida. Aquellos briosos caballos nada sabían de la historia del país ni de desencuentros; hasta ese momento tenían buenas pasturas en primavera, verano, y fardos en el invierno.
Su única obligación, era cada tanto, presentarse en festivales de doma y jineteada, en homenajes al gaucho y a la patria. Formaban parte de la hasta ese momento, para nosotros desconocida, famosa caballada de Gargiulo.
Un Citroen 3 cv color pistacho, impecable por su estado, de un hijo o yerno de Gargiulo, era la cara visible de los propietarios del campo. Se lo veía entrar y salir varias veces al día. No sé qué tanta cosa tendría que hacer entrando y saliendo a cada rato. Se ve que el campo lo aburría.

fotografía del autor















jueves, 7 de marzo de 2013

MARILYN





En una mujer,  todas.






                                                                             












                                                       


                                                 







                                                   


                                              
 Marilyn Monroe 

 Icono sexual de los años 60 que, sin embargo, seis décadas después se mantiene vigente:  "no era sólo una mujer objeto, sino que además del glamour y lujo incluye también una infancia desgarrada, el drama y la soledad"  

          


'Marilyn era una persona sensible,incomprendidamucho más perceptiva de lo que se supone en general. Teníamos una aventura amorosa y nos veíamos de forma intermitente hasta el día en que murió en 1962. No me pareció que estuviera deprimida (…). Estoy seguro de que no se suicidóSiempre he creído que fue asesinada.'
Marlon Brando, actor estadounidense.





                                

martes, 5 de marzo de 2013

EL MURO




Berlín,  contra la caída del Muro




Manifestantes paralizan el derribo, ya comenzado, de un tramo del Muro de Berlín e intentan recolocar una réplica
 exacta de la parte demolida en el hueco abierto por los obreros. / SEAN GALLU

Parece un error, pero en 2013 los berlineses no quieren que caiga el Muro. O por lo menos, lo que queda de él. La East Side Gallery, la parte emblemática del Muro de Berlín y todo un símbolo de libertad, se ha vuelto a convertir estos días en el centro de la movilización ciudadana. Las manifestaciones y peticiones online que se han sucedido durante todo el fin de semana han paralizado, momentáneamente, las obras que se disponían a desmantelar una sección de unos 25 metros para construir, según la versión oficial, un puente peatonal sobre el río Spree. Pero los manifestantes argumentan que lo que hay detrás son los intereses privados de un grupo inmobiliario para edificar apartamentos de lujo.
El pasado viernes los manifestantes lograron paralizar el derribo, ya comenzado, y al grito de "¡Tapad el agujero!", llamaron a recolocar una réplica exacta de la parte demolida (elaborada con espuma de poliestireno) en el hueco abierto por los obreros. El deseo de preservación de este tramo de 1.300 metros, el segundo punto más visitado de la ciudad, desencadenó la protesta.
Más de un centenar de artistas procedentes de una veintena de países, algunos de ellos presentes en la protesta del pasado viernes, crearon obras sobre este fragmentodel lado oriental del muro en 1989, a lo largo de los 1.300 metros que separan el puente Oberbaumbrücke de la estación de Ostbahnhof. Sus trabajos eran la máxima expresión de euforia ante un futuro que abría sus puertas con la caída del Muro.
El artista iraní Kani Alavi estuvo allí. También ha estado presente en la manifestación del pasado domingo y en los momentos más relevantes de los 23 años de historia de la East Side Gallery. En este tiempo esta galería de arte al aire libre se ha enfrentado a otras amenazas a las que también ha sobrevivido.
El tráfico de la zona, las duras condiciones climatológicas y el vandalismo deterioraron las obras tras diez años expuestas a la intemperie. Por eso, a finales de los 90, Alavi y otros autores de las pinturas originales crearon la asociación Künstlerinitiative East Side Gallery. Se encargaron de una primera restauración del lugar, financiándose exclusivamente con donaciones y el patrocinio privado.
Con la llegada de las celebraciones por el 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín se realizó una segunda y más completa restauración, entre 2008 y 2009. De nuevo Kani Alavi se puso al frente de las labores de recuperación del lugar. Se invirtieron 2,5 millones de euros de fondos públicos para volver a dar vida a piezas tan conocidas como El Beso fraternal -entre el soviético Leonid Brezhnev y el alemán Eric Honecker- o la bandera de Vaterland.
El uso de una materiales más resistentes y la participación de 90 de los 118 artistas fundadores de la East Side Gallery, los que aceptaron la oferta de volver al lugar, pretendían proteger este icono político y artístico de la capital. Se contaba con un presupuesto de 3.000 euros para cada uno de los autores, con los que costear su viaje y alojamiento. A pesar de las buenas intenciones, la propuesta derivó en polémicacuando algunos de los creadores que no participaron en ella demandaron en 2011 a la ciudad por violar la propiedad intelectual de sus obras. Y es que algunas de las piezas que no contaron con la presencia de su autor original quedaron tapadas por una superficie blanca o fueron pintadas de nuevo por otros artistas.
Toda este esfuerzo e inversión económica han estado a punto de resultar inútiles este fin de semana. "No podemos decepcionar a los miles de visitantes del lugar. Tampoco entendemos que el beneficio de intereses privados destruya el monumento y viole los derechos de autor de los artistas implicados en este proyecto", asegura la Künstlerinitiative East Side Gallery, frente a un nuevo ejemplo de la imparable transformación urbanística de la capital alemana.











lunes, 4 de marzo de 2013

¿ SERÁ JUSTICIA ?


  El día en que pusimos a parir a la Justicia

              Por Carlos M. Reymundo Roberts 

           


Esta semana no pudo ser más gloriosa. Firmamos el acuerdo que nos estaba reclamando Irán, nos fumamos a la oposición metiéndoles dos diputruchos a la luz del día, la Presidenta puso a parir a la Justicia con sus anuncios de ayer y nos plantamos bien a lo macho, bien argentinos, frente a la Corte de Nueva York que nos quiere obligar a pagarles a los buitres.
 A ver si me entienden: esta semana demostramos que nuestro universo es el del Irán de Ahmadinejad -¡basta de Occidente!-, que en el Congreso hacemos lo que queremos, que no vamos a parar hasta ver a la Corte arrodillada y que los jueces norteamericanos nos merecen tanto respeto que les mandamos. ¡a Boudou! ¿No es genial lo de la señora? La mejor manera de despreciar a ese tribunal era meterle en la audiencia de Nueva York a un tipo investigado acá por la Justicia y que ya se limpió al procurador general, a un juez y a un fiscal. Y que no sigan molestando porque la próxima vez les mandamos a Oyarbide.
Estamos viviendo un momento increíble de gracia. Cuando algunos de los nuestros no terminaban de digerir el pacto con un régimen como el iraní, el informe del martes del Departamento de Estado, que trata al Gobierno poco menos que de mentiroso y apropiador de empresas, nos vino como anillo al dedo. Ahora es más fácil entender por qué nos asociamos con Teherán: muchachos, ¡en Washington no nos dejan entrar ni al museo de cera!
A todo el mundo le consta los esfuerzos sobrehumanos que hizo durante años la señora para ser recibida por Obama, y cómo él la ignoró olímpicamente. Me cuesta entender la falta de visión geopolítica de este tipo. Cinco minutitos en la Casa Blanca, una foto con Michelle, una visita guiada por el Salón Oval y no habría pacto con Irán ni les hubiésemos tomado el pelo a los jueces de Nueva York ni estaríamos tratando de hacer negocios inverosímiles con países que no aparecen en Google.
Pero sigamos con el repaso de la semana. El jueves se supo que la construcción cayó casi 6% en enero, la mayor baja en 30 meses. Eso demuestra que va quedando poco por hacer, que todo el mundo tiene su vivienda, que no hacen falta caminos ni escuelas ni hospitales. ¿Los diputados brasileños se bajan el sueldo y acá se lo aumentan? Claro indicio de que allá no tienen un mango. ¿El dólar blue siguió subiendo? Muy bueno: a la hora de ahorrar los argentinos no están haciendo cuestión por el color de los billetes. Si van al mercado azul a comprar verdes carísimos sin ponerse rojos de furia es porque quieren blanquear su liquidez y demostrar cuán equivocados están los que ven todo negro.
Por supuesto, la apoteosis llegó con los cambios en la Justicia que presentó ayer la Presidenta. Es una lástima que se la viera tan crispada: parecía estar declarando una guerra más que anunciando un plan democratizador. Pero son detalles. Básicamente me pasa lo mismo que a Boudou: tiendo a aplaudir todo. Que podamos elegir en votación popular a los miembros del Consejo de la Magistratura es extraordinario. Era un viejo reclamo de la calle. Con cuanta persona hablaba me decía que no iba a ser feliz hasta que no pudiera votar para el Consejo. Ahora podremos hacerlo y será muy sencillo, porque la gente está perfectamente al tanto de quiénes son los mejores académicos, abogados y jueces. Además, algo me dice que en esa elección nos va a ir muy bien. Con candidatos perfil Hebe de Bonafini o Luis D'Elía ganamos por afano.
Las otras reformas también son maravillosas. Las nuevas cámaras de Casación que vamos a integrar nos permitirán, por fin, controlar a los fueros que hoy todavía tienen esa absurda pretensión de independencia. Me gustó, además, que haya retado a los jueces por demorar las causas. Es como una enfermedad espantosa que incluso ha contagiado a la pobre Presidenta, que está frenando hace cinco años la conformación de un tribunal penal que ella mismo promovió (destinado a investigar la corrupción) y que tiene pendiente, también desde hace años, la designación de cientos de jueces. Vamos a una Justicia exprés, algo totalmente posible: a Oyarbide le llevó apenas unos meses comprobar que los Kirchner no se habían enriquecido ilícitamente.
La señora anunció la limitación de las cautelares. ¿Huele a Clarín? Sí, y qué. Desde cuándo no se puede legislar pensando en el interés de un gobierno. Cautelar suena a cautela, y ya se sabe que a los tibios los vomitará Cristina.
De todos modos, no vayamos a la letra chica de los cambios, sino a su espíritu. Creo ver el mismo ánimo democratizador que impulsó las amenazas o la persecución contra jueces díscolos, o la cooptación de tantos otros, con afán reculturizador. El mismo ánimo que nos hizo vaciar cámaras enteras por no entender nuestras necesidades. El mismo ánimo que hizo posible los juicios populares de Hebe contra periodistas y medios en la Plaza de Mayo y sus amenazas de invadir Tribunales para echar a los jueces de la Corte por "corruptos, asesinos y cómplices de la dictadura".
Ése es el verdadero espíritu de las reformas anunciadas. Por eso, propongo sacar del Palacio de Tribunales a la vieja dama de ojos vendados y erigir en su lugar un monumento a la Presidenta, con su mirada punzante, el bastón de mando y un micrófono. La Justicia será nuestra, o no será.

Diario LA NACIONSábado 02 de marzo de 2013

lunes, 25 de febrero de 2013

BOSQUE ALEGRE III






Conociendo los vecinos.

Alejandro Schleh




El nacionalista







Había que trepar cuatro o cinco escalones para llegar a la parte superior del cubo construido con bloques de cemento sobre el que se apoyaba el puente levadizo de un metro de ancho que servía de acceso a su casa a cuya puerta se llegaba luego de caminar los dos metros que tenía de largo. Un sistema de roldanas y cadenas para levantarlo o bajarlo, confería al conjunto un aire medieval. Luego de observar por unos cuantos segundos aquel despliegue de ingeniería, tiramos de la soguita que hizo sonar una campana en el interior de la propiedad. Apareció sonriente un señor de mediana estatura, tez blanca y curtida, que nos saludó amablemente. Nos presentamos. Habíamos ido a avisarle alguna cosa que no recuerdo, sin ninguna importancia; era el pretexto para conocer al extraño personaje.
Lamentablemente no nos recibió en su casa como esperábamos, nos hizo desandar los pasos que dimos a lo largo del puente levadizo de dos metros y luego descender las escaleras para poder charlar sin correr el peligro de caer desde las alturas pues no había barandas por ninguna parte. Ya con los pies sobre tierra firme -tierra ni colorada ni negra tan común en esa zona de la cuenca del Salado- comenzamos aquella charla cuyo eje no recuerdo. Juan, nuestro personaje y yo, parados casi al pie de la escalera, a unos cinco metros del mástil donde flameaba en lo alto una bandera argentina azul y blanca más limpia que las de los cuarteles, comisarías, colegios o palacios municipales, éramos un mitin en el medio del playón de piso natural. Sin yuyo ni arbusto ni árbol que interrumpiese su continuidad, al frente de su casa a manera de gran atrio, un reducido grupo de tres. Más allá de su perímetro sí, la profundidad y humedad, las luces y las sombras, la frondosidad del bosque de eucaliptos, circundándolo en rededor, más fantástico que marcial.

Ver desde nuestro lugar de reunión las dos torres que remataban los extremos de la casa, las paredes de rústicos revoques salpicré que dejaban entrever las juntas de los ladrillotes de cemento cual si fuesen piedra al milímetro trabajada ex profeso, todo su almenado saturando los contornos superiores de paredes perimetrales, torres y torrecitas, el puente levadizo y sus cadenas, lo hacían por momentos sentir a uno -más allá de la utilería de los recursos constructivos- inmerso en algún cuento de hadas vestidas de tules; hadas de largos bonetes cónicos terminados en gazas tornasoles colgantes al viento y varitas mágicas. Imaginar los maravillosos habitantes de un bosque del medioevo, jabalíes, caza con halcones, historias de caballería. Tenía algo ese bosque. Me recordó al misterioso y huidizo conejo blanco de rojos ojos que un día escapó de mi vista, luego de observarme por segundos, brincando entre los húmedos y viejos troncos horizontales caídos, zarpullidos por los hongos de colores caprichosos, pardos y naranjas. A los dos ciervos que al advertir mi presencia huyeron dando brincos y saltando un alambrado escaparon del bosque y se perdieron en el campo abierto. Adónde habrían ido; algún coto de caza tal vez.
 El hombre patrio estaba vestido, de abajo para arriba, con unos fuertísimos zapatos negros de punta muy redonda, alta y grotesca, que me recordaban aquellos que usan los técnicos que deben manipular cables de alta tensión, jeans tiro alto sujetados con un ancho cinturón de suela con hebilla plana de bronce -plana como su trasero-, una camisa con charreteras color caqui arremangada diez centímetros por arriba de los codos. En la cabeza, por fin, una boina negra llena de distintivos metálicos esmaltados.
Aquella fue la única vez que nos entrevistamos con, en definitiva, este personaje estrafalario. Tenía delante de su casa un galpón al que nos hizo pasar donde había varias mesas de trabajo, cajones, herramientas y máquinas indescriptibles, y algún que otro torno. Era tornero de profesión. Pese a la excentricidad que lo rodeaba en lo que a arquitectura se refiere, y a su atuendo, era el único de los vecinos llegados desde Buenos Aires que se instalo en Bosque Alegre con los pies bien puestos sobre la tierra en lo que a negocios se refiere. Era proveedor de Pratti- Vazquez Iglesias, la fabrica de bujías PVI, que por aquellos años equipó a todos los Ford Falcon cero kilómetro antes de que fueran reemplazadas por las Motorcraft, que no sé, si no eran fabricadas también en la fábrica aquella. Así es que este nacionalista llamativo, castrense autodidacta, de caderas un poco anchas para un masculino, cuyo nombre alguna vez supe sólo por un rato, se las rebuscaba fabricando partes para bujías rodeado de un paisaje mágico.



El escultor






A unos seiscientos metros de nuestro campamento, alejándose de la ruta siguiendo un camino que tenía una tupida arboleda de eucaliptus por un lado, el sur, y luego un alambre y un potrero llano por el otro, el norte, se llegaba a la casa del escultor. Juan Carlos esculpía la madera y hacía trabajos en cemento muchos de los cuales yacían a la intemperie desparramados por el jardín. Recuerdo una variedad de plantas exóticas delante de su casa; algunas de ellas tropicales, otras propias de la Puna de Atacama. En rededor de ellas, pequeñas pircas realizadas con trozos de granito que no sé de dónde había sacado ni cómo se las había arreglado para llevarlas hasta allí, hacían las veces de corralito para los ejemplares. Dos ombúes de más de un metro cada uno, simétricamente implantados a mitad de camino entre la tranquera y la casa, flanqueaban el camino de acceso.
Estaba juntado con Marta, una mujer baja de metro y medio de estatura, de pómulos salientes y nariz importante casi grotesca, que se destacaban del resto de su cara por su rojo intenso. De labios grandes y carnosos, siempre contenta, cuidaba sus plantas y gallinas.
Vivían en Bosque Alegre de manera permanente, pero Juan Carlos, por su trabajo como decorador, debía viajar a Buenos Aires cada tanto y ella quedaba entonces sola por unos días.
A poco de conocernos empezaron las invitaciones a tomar mate, luego a comer. Él nos confió su tendencia trotskista-posadista -cosa que nunca supe a ciencia cierta qué era- y eso fue suficiente para inaugurar una serie de veladas hasta altas horas de la noche en donde discutíamos acerca del peronismo, el marxismo, el problema del foquismo, nacionalismos y varios ismos más. Corrían los licores fuertes que él coleccionaba, los cigarrillos y allí, sumergidos literalmente en ese monte húmedo impregnado por una neblina fría y penetrante, al abrigo del microclima de su casa, iluminados por un farol sol de noche y al calor de una salamandra, se nos pasaban las horas conversando, abordando temas profundos que hacían al futuro del país y del mundo. Cuando llegábamos a la conclusión de que las soluciones a los problemas de la humanidad que tratábamos, difícilmente traspusieran el perímetro de aquellas paredes, nos entregábamos entonces a los placeres del canto acompañados por una guitarra.  
Si hacía falta  más leña, Marta, con gran clase clavaba de un solo golpe el hacha hasta lo profundo de la veta, previamente parado de punta sobre el piso de tierra el tronco, y cortaba del todo el leño al medio de manera longitudinal, con el segundo o el tercer hachazo. En pocos minutos una pila de astillas de diversos tamaños esperaba ser quemada. Manejaba diestramente una herramienta cuyo mango era tan largo casi como su estatura. 
Las inquietudes del escultor no terminaban en la política y en la decoración; además se las ingeniaba como albañil y constructor y contaba con su fiel mujer como ayudante que era casi tan fuerte como él. Vivían en la casa que ellos mismos habían construido. Una casa con paredes de bloques de cemento a la vista sin revocar, con troncos de unos quince centímetros de diámetro a manera de viga que las atravesaban y sobresalían mas allá de su superficie, me recordaba aquellas que suelen verse en las películas en algunos pueblos de México. Era la suma de tres volúmenes elementales. Dos cubos unidos por las caras menores de un prisma rectangular cuyos largos eran las tres cuartas partes de los lados de los cuadrados de los cubos, de manera tal, que entre cubo y cubo, quedaba formada una galería que habían techado con chapas verdes translúcidas y estaba cerrada por una baranda de troncos del lugar. Una osamenta con cuernos la decoraba.

Buscaban una suerte de autosuficiencia en lo que a alimentos se refiere. Así es que tenían algunas aves de corral, dos o tres cerdos, colmenas, y trabajaban la tierra haciendo huerta. Además aplicaban los conocimientos sacados de un libro que nos mostraron, “Hidroponía”, y en unas bateas de agua tenían una pequeña quinta hidropónica. Para mí, ese sistema de explotación era absolutamente nuevo y me explicaron que había comenzado a implementarse en Alemania en la época de la segunda guerra para paliar la falta de alimentos; que había sido inventada por ellos. Siempre los alemanes. Que la cohetería, que las conquistas espaciales iniciadas por los norteamericanos y los rusos que se robaron los planos y se llevaron a los sabios. Que dieron la base para que sus hijos los ingleses inventaran el radar luego del bombardeo mágico y nocturno a la Londres fundada por los romanos. Que los aceites y combustibles sintéticos. Que los planos para el Pulky y los famosos Mig de los rusos que hoy tienen los mejores y más veloces cazas. Así que además de eso, los alemanes, la hidroponía que terminaron usando los japoneses y los judíos de Israel en galpones y en edificios de pisos donde plantan los tomates. Justo sus aliados y justo sus perseguidos. Y también la usaron Juan Carlos y Marta en el Bosque Alegre de Monte. Eran, sobre todo ella, extraordinariamente cariñosos, y nos querían y mimaban más que nosotros a ellos; nos hacían comidas especiales. Cantaban juntos. El tenía muy buena voz y a veces ella callaba para oírlo enamorada. Cantaba entonces canciones románticas tipo boleros o cosas así. Las más de las veces con guitarra, otras a capella.

Fotografías del autor


( Continuará)








viernes, 22 de febrero de 2013

MUJERES !!....Y LITERATURA




 Pioneras de la aventura literaria

Sor Juana Inés de la Cruz.

Teresa de Ávila también tenía fe en la franqueza. En el arranque del libro Camino de perfección, que escribió para sus monjas, las carmelitas a las que había descalzado y embridado por la senda de la austeridad (a Angela Merkel le gustaría: una mujer del sur con espíritu del norte), confiesa su profundo cansancio: “Pocas cosas que me ha mandado la obediencia se me han hecho tan dificultosas como escribir ahora cosas de oración”.
La religiosa tenía la cabeza colonizada por un ruido tormentoso desde hacía tres meses y sentía “flaqueza”. Aquella confesión dirigida a sus monjas puede leerla cualquiera que acuda a la exposición El despertar de la escritura femenina en lengua castellana, que la Biblioteca Nacional (BNE) dedica a las aventureras de la pluma en siglos poco propicios para las incursiones literarias si no nacías hombre. 
Las cosas han cambiado. Aunque no demasiado rápido. La propia institución que acoge a las autoras fue un prolongado coto vedado a las mujeres. “La Biblioteca tiene una tradición muy machista. Felipe V solo dejaba entrar a varones y hasta 1837 no se abrió a las visitas femeninas y limitada a los sábados”, contó ayer a modo de contricción histórica la directora de la BNE, Glòria Pérez-Salmerón. Para remachar la exclusión femenina aportó un último dato: hasta 1990 (casi tres siglos después de su fundación) no hubo una directora, Alicia Girón, y no por falta de candidatas (hay tantas bibliotecarias que le dicen “la cuerpa” de archivos y bibliotecas).
Algún remordimiento se disipará con la muestra. Unos 40 libros, pertenecientes a la propia institución y seleccionados por la comisaria, la poetisa Clara Janés, demuestran que las adversidades no son infranqueables. Ir a la contra siempre fue posible. Cristobalina Fernández de Alarcón despertaba a menudo las iras de Quevedo y Góngora, cuyas soberbias estaban a la altura de sus talentos, porque se imponía en todos los certámenes poéticos a los que concurría. A Lope le encantaba. A Lope le gustaban las mujeres. En sentido concreto, y en sentido general. En un discurso en Madrid mostró su alegría “de ver que una mujer pudiese tanto / que haya dado en la iglesia militante / descalza una carrera de gigante”, en referencia a Teresa de Jesús. En sus obras, recuerda Janés, homenajea a numerosas autoras coetáneas.
Su propia hija tiene un protagonismo destacado en la exposición: Sor Marcela de San Félix tomó los hábitos en el convento de las trinitarias, a un paso de la casa familiar. “Se cuenta que Lope iba a visitarla cada día”, explica la comisaria. La monja fue de las pocas autoras que eligió el teatro como vehículo de expresión (tenía a su favor la genética y el ambiente) y representaba sus obras (de tema religioso) intramuros.

La poesía fue el género predilecto de la mayoría, pero tocaron a casi todas las puertas. El ensayo, la novela y la ciencia. De María de Zayas y Sotomayor se sabe poco aunque escribió mucho. Sus Novelas amorosas y ejemplares, que fueron editadas y traducidas en 14 ocasiones entre los siglos XVII y XVIII, se conocen como “el Decameron español”. En una ocasión afirmó: “Las almas ni son hombres ni mujeres”. Se insinuó que era varón, pero Clara Janés rechaza esa hipótesis: “Se escondía muy bien, probablemente porque era una mujer noble y se sentía en peligro si se conocía su identidad”.

Fue una feminista cuando aún no había feminismo sino osadas que iban contra la norma. La más insigne fue Sor Juana Inés de la Cruz, mexicana que nació en el XVII y pensaba como en el XX. Seguramente superdotada: aprendió a leer y escribir con tres años siguiendo a escondidas las lecciones de su hermana mayor y se zampó todos los libros de la biblioteca de su abuelo.
Fantaseó con ir a la universidad disfrazada de hombre hasta que su familia puso tierra entre ella y su sueño y la introdujo en la corte de la virreina, la marquesa de Mancera. Tenía talento, inteligencia, belleza y alergia al matrimonio. Le recomendaron el único camino alternativo: entrar en un convento. Las Jerónimas le dieron libertad: conservó sus instrumentos científicos, sus libros, sus ropas y sus criadas. Reivindicó para las mujeres el derecho a la educación. Avivó tanto el debate intelectual que tras la escritura de la Carta Atenagórica fue perseguida y castigada por los responsables eclesiásticos, que la sometieron a juicio y le obligaron a renunciar a todo lo que había sido (“soy la peor de todas”, diría). La Inquisición hizo de las suyas con todas ellas, empezando por Teresa de Jesús y siguiendo por sus discípulas, Ana de Jesús y Ana de San Bartolomé, que se refugiaron en Bélgica.
Incluso para alguien como Clara Janés, que lleva años explorando en la historia de las escritoras, la BNE escondía sorpresas como la sevillana Sor María de la Antigua, que dejó más de 1.300 cuadernos escritos. Es la única religiosa que aparece dibujada junto a la disciplina —el instrumento de cáñamo usado para azotarse— en la colección de ilustraciones que se incluye en la exposición.
Entre las seglares, Janés destaca la historia de Olivia Sabuco, la descubridora del líquido raquídeo a la que su propio padre trató de robar el logro (finalmente lo lograron unos británicos).
¿Solo escribían las religiosas?, le preguntaron a Clara Janés durante la presentación. No, dijo, pero los conventos fueron los únicos refugios que encontraron aquellas mentes inquietas nacidas en un ambiente opresor y los lugares que a la postre preservarían el material de sus escritoras.


Diario ' El País' España