lunes, 20 de enero de 2014

POEMA







La forma



María Elena Walsh













Dios sigue haciendo piedras y animales 
con las antiguas formas de la vida.
Sigue poniendo pájaros iguales 
sobre la misma tierra repetida.

Pero para la voz recién nacida 
todas las cosas son originales,
y al cantar las descubre sorprendida, 
desde su cárcel, desde sus umbrales.

Si estoy en medio de la noche y siento 
que otra vez vuelven con la primavera
la renovada antigüedad del viento 

y la luna que vi por vez primera,
muero, pero renazco al otro día, 
húmeda de reciente alfarería.

























jueves, 16 de enero de 2014

IMÁGENES


Gwen Keraval, desde la libertad y la imaginación







                                                                             Cartel para l'Affiche moderne

Para el artista francés Gwen Keraval, ilustrar es la disciplina artística “con más libertad”, ya que permite “crear historias y universos sin limitaciones”. Así lo demuestra a través de sus dibujos, portadas de libros y diseños de juguetes para niños, llenos de imaginación, color y movimiento. “Me gusta mucho dibujar universos coloristas y que transmiten alegría”, dice el autor. Y es en el campo de la ilustración infantil donde asegura sentirse “completamente” libre para aplicar toda su creatividad.




Su inclinación por el mundo de los niños le viene de su propia infancia. Keraval está unido al mundo de la ilustración “desde que he podido sostener un lápiz”. Él mismo cuenta que el mejor amigo de su padre era un joven bibliotecario, “así que pasé mucho tiempo rodeado de preciosos libros. Además, el resto del tiempo lo pasaba haciendo cosas de madera, construcciones Lego y dibujos, y ya nunca me detuve”. Durante su adolescencia continuó participando en concursos donde el premio era conocer a escritores y artistas y ya en la escuela de arte conoció más de cerca el mundo de la ilustración, una disciplina que le resultó “interesante y libre”. Su primer libro ilustrado fue El hombre de hojalata, de 1998, y después le han seguido muchos más. Keraval ofrece su particular visión del universo infantil también en juguetes, juegos, puzzles e incluso en decoración infantil para la marca Djeco.








                         Ilustración para la serie Noel a través del mundo para la revista municipal de St Priest, Francia





Pero Keraval va más allá de las ilustraciones para niños. Ha realizado numerosos carteles publicitarios y ha desarrollado la imagen para campañas de bancos y organizaciones económicas. Además, ha ilustrado las páginas y reportajes de revistas de distintas temáticas, como Terra Eco o Management. En todos ellos retrata y muestra temas complejos como pueden ser la economía, la crisis o o las finanzas de un país con ternura y personajes amables. Por muy espinosos y arduos que sean los paisajes (fábricas, procesos industriales, flujo económico, etc.) nunca aparecerán de forma hostil ante el espectador.





Una de las características que hace de sus ilustraciones un trabajo único, es el aire vintage que lo acompaña. En parte, por los colores que utiliza, pero también por cómo realiza los propios dibujos, como es el caso de los edificios. Su gusto precoz por el dibujo y la ilustración le ha llevado a adquirir influencias de muchos autores y del ambiente de los comics de los años 70: “Los libros que leía de pequeño, en los años 70, como Alain Grée y Miroslav Sasek, eran mis preferidos. Más tarde también descubrí a Mary Blair, Jim Flora, y muchos otros. Me gusta mucho la atmósfera desusada de los libros y de los dibujos animados de esta época, y la libertad de tono que tenían. Después, es verdad que hay una cierta nostalgia hacia la dulzura de vivir en esa época”. 



Su ritmo de trabajo no cesa. En estos momentos, está trabajando en un nuevo juego de salón, en las ilustraciones de dos libros para niños y en ilustraciones para prensa. “Los proyectos no faltan, ¡y me gusta mucho experimentar nuevas cosas todo el tiempo!”. Keraval afirma que le quedan todavía “toneladas de libros” que le gustaría hacer y admite que le gustaría probar también el escribir él mismo los textos. “Debe ser todavía más bonito hacer las dos cosas”, asegura. Para el artista, poder trabajar y vivir como ilustrador es algo “muy gratificante, ya que se puede vivir de la imaginación y el arte” de cada uno, “trabajando donde y como se quiera. ¡Adoro la libertad de este oficio!”.

            Ilustración para una campaña digital de las oficinas de justicia de París/Ile-de-France en materia inmobiliaria












De Ilustrados.  Un espacio creado y coordinado por Vanesa León, editora especializada en ilustración y artes visuales














miércoles, 15 de enero de 2014

ARGENTINOS






Receta para fabricar un argentino medio*






Imagen: Mordillo





Tomar por orden una mujer india de caderas anchas

dos caballeros españoles

tres gauchos muy mestizos, un viajero inglés

un ovejero vasco

y una pizca de esclavo negro


Dejar a fuego lento durante tres siglos



Antes de servir agregar,  tres campesinos italianos (del sur)

un judío polaco  ( o alemán o ruso)

un tendero gallego, tres cuartos de mercachifle libanés

y también una prostituta francesa entera


Dejar reposar sólo cincuenta años

   Luego,  servir amoldado y engominado


















De 'Argentine', Pierre Kalfon, ed. Hachette.(1970)



*Esta receta tiene algunos años,  se actualiza con el agregado de una taza abundante  de un buen caldo latinoamericano.



Miss Musa












martes, 14 de enero de 2014

WAKONDA




Wakonda

Alejandro Schleh















Era una quinta de casi dos hectáreas a cuya casa se llegaba recorriendo un camino serpenteante flanqueado por pinos nuevos de mediana altura; había sido comprada por mi tío Eduardo al padre de su mujer.
La vivienda, un chalet de dos plantas, estaba ubicada en el centro de un cuadrado de algo más de una hectárea y tenía tres, cuatro, o cinco eucaliptus inmensos a un costado.
Una pileta con venecita, algunos arbustos y un solitario ciruelo, eran la parte de atrás de la casa: donde se vivía y pasaban las horas en familia. Al fondo, a la derecha de la pileta, un garaje para tres autos, casa para caseros, un pequeño departamentito para huéspedes, baño y vestuarios para visitas.
Y hacia el frente de la casa y a la ruta, un gran parque, el de los pinos que flanqueaban el camino de entrada y el de los eucaliptos en el deslinde a lo largo del alambre. Sólo se llenaba de gente en las grandes ocasiones de Navidad o fin de año en que la quinta se superpoblaba.
Otra media hectárea completaba la propiedad y estaba separada de la parte principal por una ligustrina. Con árboles frutales variados y una casita con techo de chapa color terracota a dos aguas, pintada de amarillo claro que imagino sería prefabricada, eran la parte “salvaje” de la quinta.
En ella pasé Navidades memorables rodeado de parientes y amigos de la familia. Había fuegos artificiales y regalos de todos para todos. Los chicos corríamos, los grandes reían, y don Nicasio, el casero, asaba carnes y toda clase de chorizos y morcillas, y chinchulines que nunca probé.

Un hombre algo mayor, cuya cara me impresionaba, recitaba poemas en esas reuniones alegres. Era el abuelo de mis primos, el dueño original de Wakonda, ex embajador de Nicaragua en Inglaterra.
Se respiraba cultura y arte en esa casa. Algún que otro gran jarrón chino con dragones verdes esmeralda, negros y amarillos y dorados, parado sobre pedestales de madera negra tallada. Alguna pintura al óleo. Un biombo trabajado en arabescos. Asuntos latinoamericanos como molas colgados en alguna pared. Un amplio mural a la entrada del chalet, de colores pasteles hecho por una de sus hijas, mi tía, que lo recibía a uno al ingresar a la vivienda. Recuerdo alfombras persas de mediano tamaño sobre el piso brillante color beige, siempre impecable, demasiado luminoso para ser de baldosas comunes. No sé cuál sería el material, parecían cerámicos actuales.  
El viejo recitaba los versos de su autoría que tocaban temas generales; algunos estaban dedicados a su mujer o a sus hijas. Hace unos pocos años encontré una antología en una librería de Avenida de Mayo que se titulaba Wakonda: no pude dejar de comprarla. Allí estaban algunos de los poemas que había oído de chico y no recordaba… allí están en mi biblioteca; los guardo con cariño al lado de los de su padre quien bautizó al hijo con su pseudónimo personal: Rubén Darío.*


En el principio de mi adolescencia, luego de algunos pocos años de ausentismo, volví a Wakonda en compañía de Eduardo Frieiro, amigo del barrio y vecino de enfrente. Fuimos más de una vez aquel verano a pasar unos días, una semana de vacaciones.
Subte, tren hasta Castelar y colectivo por último. En el camino  recorrido, pasábamos sobre el viejo pequeño puente de hierro remachado sobre el rio Reconquista, el de la Virgencita de Lujan. Por el costado de Peñaflor, la gran quinta de la familia Pulenta dueña de la bodega que llevaba ese nombre, por el frente de la quinta San José de Zaponara. Era una zona agreste de propiedades separadas unas de las otras por descampados cubiertos de malezas y árboles raleados solitarios o agrupados en pequeños racimos. Prefiero ahorrar palabras y no explayarme en lo que esa zona es hoy. Quedarme con el recuerdo de aquel tiempo en que el verano y la orilla del Río Reconquista recibían los bañistas, y el club Regatas de Bella Vista, recostado sobre una de sus márgenes, merecía llevar ese nombre. 

En Wakonda nos esperaban mis primos con sus skipys transparentes; chiquitos de tres, seis, ocho años.  Ito, Álvaro y Rita.
Eduardo y yo teníamos trece y doce años respectivamente, y ya fumábamos Jockey Club etiqueta colorada, recién salidos a la venta, y tirábamos con un rifle de aire comprimido que llevábamos desarmado. Mis tíos viajaban diariamente a Bs As para trabajar; eran cariñosos y nos despedían con un beso. Sólos desde la mañana hasta la noche en que el matrimonio regresaba de Bs As,  sólos con mis pequeños primos, Nicasio y Dominga los caseros allá lejos en la otra edificación, y con Delia y Nelly, las empleadas domésticas.


Las empleadas


Luego de hacer las camas, barrer la casa o limpiar los baños, cerca del mediodía, sin perder de vista a mis primos,  se instalaban en la cocina a la hora de ocuparse de la comida. Eran buenas chicas,  resignadas soportaban nuestro asedio permanente.
Eduardo y yo irrumpíamos en la cocina un rato antes del almuerzo para “ayudarlas” en los quehaceres. Mientras trabajaban las teníamos abrazadas de la cintura, apoyábamos nuestros cuerpos en sus espaldas. Eran divertidas, se miraban cada tanto entre ellas y reían. Altas, nos pasaban en edad, tamaño y experiencia. Depositábamos nuestras cabezas en sus nucas por momentos, les dábamos algún beso en el cuello en otros. Nuestras manos recorrían sus cuerpos. Era gracioso que los dos hiciéramos prácticamente lo mismo con cualquiera de ellas de manera indistinta. Éramos intercambiables.
Después de almorzar mis primos eran mandados a dormir la siesta y terminábamos los cuatro rodando sobre las alfombras del living luchando, pellizcándonos, haciéndonos cosquillas. De vez en cuando, una de ellas, estiraba el elástico de nuestro traje de baño y miraba curiosa por debajo. Era el momento en que un movimiento certero de nuestra parte dejaba algún pecho al descubierto. Ellas también estaban en traje de baño y les deslizábamos los breteles por los hombros en un santiamén. Todo era excitación y risas pero nada más pasó en aquellos días además de eso. Ellas ponían música: “Como Te Extraño Mi Amor” de Leo Dan.
Visto a la distancia, ellas debieron haber tenido entre diecinueve y veintiún años. No creo que chicas que sobrepasaran esa edad hubieran soportado divertidas nuestras acometidas. Todo esto fue el verano inmediato anterior a nuestro ingreso a primer año. Frieiro al Carlos Pellegrini y yo al Buenos Aires.


Muchos, muchísimos años más tarde, cuando la empresa de los bolsos y carteras florecía de la mano de Hendy, y luchábamos por terminar con las deudas de la fábrica del papel higiénico para poder cerrarla definitivamente, volví a pasar por Wakonda
Fue en alguno de aquellos viajes a las costureras que paré en uno de sus costados, fuera de la ruta, sobre una calle lateral. A esa calle daba una pequeña puerta por la que se accedía al jardín de los caseros. Desde allí,  entre las ramas de un escuálido ligustro, pude ver la casa principal, las copas de los grandes eucaliptus, la casa con techo a dos aguas tipo prefabricada donde yo dormía con mi amigo, y la pileta a la que Delia o Nelly solo entraban a bañar a mi prima menor si era el caso. Apenas se mojaban. Creo que no se zambullían del todo en nuestra presencia por una cuestión de respeto hacia mis tíos ausentes y veían en nosotros a sus representantes.
Recién ahora me viene a la memoria que algunas veces, don Nicasio, el casero, que intuía que algo extraño pasaba entre nosotros y las mucamas, se llegaba hasta el chalet con alguna excusa. No sé si para poner orden- que lo conseguía solo mientras estaba presente- o por simple curiosidad.
El asunto es que mirando ese viejo paisaje conocido, vinieron a mí, y desfilaron uno a uno, ese y muchos otros recuerdos rescatados de algún lugar de la conciencia, tal como ahora  pasa mientras escribo

Es un regreso inmeditado; poco a poco van saliendo, no ya de entre las ramas de un ligustro, sino de entre las teclas de una maquina cibernética cuyo sonido azuza mi memoria. Como el sonido del motor de mi Citroen 3CV,  cada vez que me acercaba por allí.



* UN REFUGIO EN LA CASA DE RUBÉN DARÍO  (Carta aclaratoria enviada a Clarín en agosto  de 2006, nunca publicada)

El 16 de Julio de 2006 año aparece en “Clarín” un artículo titulado “Un refugio en la casa de Rubén Darío”. En el mismo se dice que el “Programa de Prevención contra el Abuso, Abandono y Maltrato de las Personas con Discapacidad” funciona en la que, años atrás, fuera una quinta perteneciente a Rubén Darío y dónde, además, habría vivido. Me lleva a decir lo que sigue.
Félix García Sarmiento fue el verdadero nombre del famoso escritor y poeta Rubén Darío. Con este pseudónimo pasó a la posteridad. Y  Rubén Darío fue el verdadero nombre de uno de sus hijos también escritor y poeta, además de embajador de Nicaragua en Gran Bretaña,  quien vivió y murió en nuestro país,  a quién conocí por ser el abuelo de mis primos hermanos. Y “Wakonda” fue el nombre de uno de sus libros de poesía primero y el nombre de su quinta en la zona de Castelar  después. Mantuvo esta quinta por unos pocos años hasta que fue adquirida por su yerno, mi tío Eduardo Schleh.  Rubén Darío (h) siguió yendo esporádicamente a fiestas y reuniones familiares.
Todo esto viene a cuento con el objeto de aclarar al público el origen de dicha quinta y quienes fueron realmente sus dueños y quienes la habitaron. Hoy funciona en ella  un refugio para chicos y jóvenes con discapacidad mental.
Hace unos cuantos años, antes de ahora y cuando funcionaba un asilo de ancianos, había un enorme cartel en la entrada que rezaba “Aquí vivió Rubén Darío el poeta de la Wakonda”. La creencia vulgar es que efectivamente allí vivió el famoso poeta renovador de las letras. Él no vivió, ni siquiera conoció esa quinta adquirida por su hijo y “bautizada” por una de sus nietas con el nombre de “Wakonda” que significa “Inspiración Divina” o “Deidad” en lenguaje americano nativo. Curiosamente Cherokee.


Alejandro Schleh


                                                                                                        


 Portada de Wakonda de Rubén Darío ( Hijo)
                                                                                                                       
















lunes, 13 de enero de 2014

POEMA







Autorretrato

Erica Jong













No se trata de una mujer esbelta,
pero su piel era leche
mezclada con mermelada de fresa,
y entre sus piernas había nacido la palabra púrpura,
y su cabello era del color del trigo y la mantequilla.

Sus ojos eran oscuros como el Atlántico Norte.

Aprendió las intraducibles palabras del alba.
Estudió sus propios miedos y escribió sus versos.
Utilizó el hueco de su corazón para hacer música de viento.
Edificó casas de libros sobre su sótano vacío.

Primero se alimentó de su musa,
luego se transformó en su propia madre.





















viernes, 10 de enero de 2014

MUROS


Contra la pared

Por:  


















Es probable que la noticia no llame mucho la atención: vecinos de una calle de Temperley, en el sur del Gran Buenos Aires, juntaron 18.000 pesos –unos 1.600 dólares reales– para construir un muro que cierre uno de sus extremos. La calle se llama Lavalle y, pasando la avenida Meeks, termina en las vías del tren: los vecinos dicen que esa vía de escape hacia el ferrocarril facilitaba demasiado el trabajo ladrón, y la zona se había vuelto un festival de robos. Así que decidieron cortarla. El muro tiene casi tres metros de alto y una corona de alambre de púas; por el momento, dicen los vecinos, no dio tanto resultado.
La pared es una tendencia global: el mundo se llena, tantos creen en ellas. Es, también, una antigüedad: durante milenios, las ciudades se rodeaban de murallas para imaginar que no las tomarían sus enemigos. Las murallas servían a veces: muchas ciudades caían de todos modos. Pero con el desarrollo de la artillería –hace tres siglos– esa mampostería se hizo del todo inútil y las ciudades dejaron de ser amurallladas. Fue un cambio radical: la coerción se hizo invisible, el poder no necesitaba mostrarse en el espacio porque ocupaba las conciencias de sus ciudadanos.
Así que los muros parecían un recuerdo de otros tiempos -que solo reaparecían en situaciones demasiado turbias, Varsovia, Auschwitz, Berlín. Hasta que, últimamente, el estado de guerra larvada que se vive en tantos sitios hizo que muchos estados supusieran otra vez que un muro podía conjurar las amenazas. Ya no eran ejércitos enemigos o campesinos peligrosos; es, en general, el otro por excelencia de estos tiempos, el inmigrante. Contra ellos, muros y más muros, coronados por esos alambres que ahora los definen.
Un trabajo excelente de The Guardian* recensa algunos de los más notorios:
–los 550 kilómetros de concreto y acero y lentes americanos que cierran el paso mexicano a los Estados Unidos, desde el Pacífico hasta después de Ciudad Juárez.
–los 2.700 kilómetros de arena, alambre y minas antipersonales marroquíes que intentan contener los movimientos de los pobladores saharuis en medio del desierto.
–los 4.000 kilómetros –todavía incompletos– de concreto y alambre indios que recorren la frontera entre India y Bangladesh para complicar la migración y el contrabando.
–los 500 kilómetros imponentes de cemento, hierro y alambre israelíes que impiden que los palestinos entren en su país.
–los 10 kilómetros de alambre griego que la aíslan de Turquía cerca del río Evros, la “frontera más permeable de Europa” para africanos y asiáticos.
–los 11 kilómetros de alambradas y sensores de movimientos españoles que impiden el paso desde Marruecos a la colonia hispanoafricana de Melilla.
Son ejemplos: hay muchos más. Lo que los une es esa tentativa desesperada de dejar afuera a otros, los temidos. Y la comprobación de un fracaso: el mito de la libre circulación de las personas –uno de los derechos humanos sancionados en 1948– derrumbándose ante las desigualdades. Pero también los une su carácter de emprendimientos estatales: países que deciden “defenderse”.
En la Argentina, en cambio, las paredes son iniciativas privadas. Hasta ahora, la mayoría era producto de la desilusión de ciertos ricos: creyeron que vivir en “barrios cerrados” –por muros– los inmunizaría contra los peligros de la sociedad que produjeron. Creyeron que podrían armarse ghettos invertidos, espacios donde supuestamente protegidos y solos, entre iguales. La modesta construcción de Temperley, en cambio, es una de las primeras con que ciudadanos más o menos pobres intentan cerrarle el camino a otros ciudadanos más pobres todavía. Son intentos tristes de un grupito que busca suplir con los instrumentos a su alcance las garantías que el Estado debería ofrecerle.Iniciativa privada: es lo que más abunda en estos días. Decíamos ayer: los generadores individuales para suplir la electricidad que los servicios públicos no generan. Pero también cada vez más escuelas privadas, hospitales privados, autopistas privadas, vigilantes privados para todos los que pueden pagarlo. Marcas del fracaso del Estado: más y más ciudadanos emprendiendo lo que deberían recibir –a cambio de sus impuestos crecientes, directos e indirectos– pero no.


Es curioso: el kirchnerismo se presentaba como el régimen que recuperaría la fuerza del Estado destruida por el levantamiento neoliberal de los noventas, y el resultado es el contrario. El proceso empezó a ser visible cuando decidieron entregar el monopolio de las estadísticas: cuando el Estado argentino resignó una de sus prerrogativas básicas –la de definir los datos que regulan la mayoría de sus actividades económicas– porque prefirió falsearlas y, entonces, esas actividades empezaron a regirse por datos privados. Mentir el país fue achicar el Estado.Desde entonces, la tendencia creció, encontró nuevos cauces, se confirmó en una imagen de manual: el Estado como una sociedad nónima de la que se beneficia un grupo de amigos, el Estado como un curro -que no consigue hacer con eficiencia nada de lo que debería, salvo mantener a millones de pobres lo suficientemente pobres como para precisar su tutela clientelista. Nos preguntamos más de una vez cuál sería; tarde descubrimos que la marca de la década, su síntesis habrá sido la destrucción decidida -no la crítica, la destrucción- del Estado argentino.
Los Kirchner lo hicieron. Y es un resultado que va más allá de su final en el poder: el Estado perdió tal legitimidad en estos años, su imagen está tan dañada, sus funciones tan cuestionadas que los vecinos andan levantando paredes: se va a hacer difícil defenderlo. Nada mejor podía esperar la derecha privatizadora: es otro servicio peronista que van a agradecer -y a pagar- durante mucho tiempo.




   *  http://www.theguardian.com/world/ng-interactive/2013/nov/walls#sahara




        Del blog Pampinas. Diario El País. España

































jueves, 9 de enero de 2014

EVOLUCIÓN



El color de un mundo perdido

JAVIER SAMPEDRO 

Reptiles fósiles contienen melanina, el pigmento que distingue a los humanos por su piel




Spielberg hizo un encomiable esfuerzo de documentación para caracterizar con cierta verosimilitud a los dinosaurios de Parque Jurásico y sus secuelas. Pero hubo un elemento esencial que no tuvo más remedio que inventarse: el color de aquellas bestias prehistóricas. ¿Tenían el color de un sapo, las irisaciones policromáticas de un lagarto, o incluso un arcoíris exuberante que pudiera competir con el de las actuales aves? Los pájaros, al fin y al cabo, evolucionaron a partir de los dinosaurios de aquel mundo perdido. ¿Por qué nos gusta imaginar a aquellos reptiles gigantes con ese color entre gris plomo y verde fango que estropea los escaparates de las jugueterías?
La cuestión ha dejado de ser un experimento mental con el trabajo que Johan Lindgren y sus colegas de la Universidad de Lund, en Suecia, presentan este jueves en Nature. Estos paleontólogos han descubierto los primeros fósiles de la era de los dinosaurios —datados entre 55 y 196 millones de años atrás— con una preservación tan buena que ha respetado incluso los pigmentos de la piel. Una tortuga, un mosasaurio y un ictiosaurio de aquel periodo tienen todavía en ciertas trazas oscuras de lo que fue su piel los inconfundibles restos de la melanina, el pigmento que todavía hoy genera la compleja variedad de colores de piel y de pelo que exhibe la especie humana. En cierto modo, una de las causas directas del racismo.
El hallazgo de la melanina en criaturas marinas fósiles tan lejanas en el tiempo y en la genealogía parece implicar —al menos así lo interpretan los autores de Lund— que las tortugas y los ictiosaurios no heredaron ese pigmento de un remoto ancestro común. Consideran más probable que la melanina evolucionara de forma independiente en cada uno de esos linajes. Sería un caso notorio de evolución convergente, como las alas de pájaros y murciélagos, que son similares pese a tener orígenes distintos.
La melanina, de hecho, es más que un pigmento. Cumple a menudo otra función como hormona, y en muchas especies actuales es el regulador esencial de la temperatura corporal. Esta es la clave, según Lindgren y sus colegas, de su evolución convergente: que sus variantes permitieron o facilitaron la adaptación de muy distintas criaturas a las latitudes más frías, o en los periodos más gélidos por los que ha pasado el planeta.
En biología, la belleza es rara vez un mero adorno.



Diario El País. España.