martes, 22 de julio de 2014

JONAS JONASSON





"No todos los suecos somos como Bergman o Larsson" *







La novela fue un éxito descomunal y ha vendido ya unos ocho millones de ejemplares. Ahora, Jonasson reincide y publica la segunda, 'La analfabeta que era un genio de los números' (Salamandra), no menos disparatada, con semejante ritmo acelerado, en la que una chica que limpia letrinas en Soweto acaba en Estocolmo intentando evitar un desastre nuclear junto al rey de Suecia. Un vodevil nuclear, con intervención de la CIA, el KGB y el Mosad, vendido ya a 30 países.
El endiablado clima que envuelve Estocolmo en invierno impide que el paseo de Jonasson con los periodistas del Magazine pueda ser muy amplio y, al final, junto a su hijo de seis años, el grupo se refugia en un piso franco, con muy pocos muebles, que su familia tiene en la capital. Jonasson y su hijo pasan el año en su granja en la isla de Gotland, a la que se desplazan en helicóptero y en la que cuidan de unos pocos cerdos y 25 ­gallinas.

¿Cómo se siente uno cuando vende su empresa por 12 millones de euros?

Desde ese momento, sabía que tenía suficiente dinero para vivir el resto de mi vida sin trabajar. Pero ¿quién quiere vivir sin hacer nada? Resulta hasta incómodo socialmente: “Tú a qué te dedicas?”, “no, yo vivo de rentas”, ¡queda fatal! La gente ya no te mira como si fueras una persona normal… De modo que, pensé, tal vez era un buen momento para escribir aquella novela que siempre había tenido en la cabeza. Aunque vendiera unos pocos centenares de ejemplares, en las reuniones sociales podría decir: “No, yo soy escritor, ¿sabes?”. Lo que no me esperaba es convertirme en el número uno en ventas en tantos países.




¿Y por qué cree que 'El abuelo…' triunfó tanto?

He confeccionado una teoría: si cada día vas en metro a un trabajo gris, que no te satisface, y al volver a casa encuentras cosas que tampoco te satisfacen, tal vez no seas muy feliz y pienses que estaría bien huir de todo lanzándote por la ventana a vivir otra vida. Lo piensas, pero luego recapacitas y no lo haces, porque está tu mujer o tu marido, y también los niños, a los que te gusta llevar a sus entrenos de hockey. Pero te consuelas leyendo el libro y largándote con el abuelo en su viaje. Te echas unas risas con él y luego vuelves a casa y te das cuenta de que, en el fondo, no todo es tan gris y que, si lo miras bien, tu pareja no está nada mal.

De entre todas las reacciones que ha recibido, ¿destaca ­alguna?


Una abuela de 99 años de Canadá que me escribió que ella también soñaba con escaparse de su residencia, pero que no podía… porque estaba en un cuarto piso, no en el primero, como mi personaje. Celebró sus 100 años con mis editores canadienses, y yo le envié una edición especial del libro, dedicada. También me ha escrito otra abuela italiana, esta de 89 años, diciéndome que no piensa morirse hasta leer por lo menos mi segunda novela. Espero que ahora quiera la tercera. Como ve, leer alarga la vida de la gente.
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Sí, está claro. ¿Cuál fue su primera idea de 'La analfabeta…'?

Mi escritura, aunque no lo parezca, tiende a criticar la sociedad y la condición humana. El abuelo… trata de ese confinamiento al que nuestra civilización somete a las personas mayores, a las que arrincona cuando ya no pueden producir y no les consulta jamás nada. En ese libro hay ya una referencia a Sudáfrica, cuando piensa en ir a conocer a Mandela y sacarlo de la cárcel. En Sudáfrica se han producido dos de las mayores estupideces de que ha sido capaz la raza humana: el régimen del apartheid, que es el racismo como norma política, y la proliferación nuclear, construir cuantas más armas de destrucción masiva mejor.

Las letrinas de Soweto ¿son como usted las describe?

No he estado nunca en Soweto, aunque voy mucho a Sudáfrica, donde vive mi mejor amigo, pero sí he visto letrinas públicas en otros barrios sudafricanos. Ahora, al hablar de ello, puedo notar el olor, ver el entorno, sé de qué lugares hablo. Es una descripción humorístico-apestosa, pero basada en los hechos, en este caso.

Usted describe situaciones que en la vida real serían muy duras con muchísimo sentido del humor, hasta el punto de que las transforma en divertidas.

Ese es el juego. Las cosas se pueden siempre explicar de dos modos: que provoquen efectos negativos o positivos. Yo soy un fan de la serie 'Hotel Fawlty' con John Cleese, y aquel camarero llamado Manuel, que en la versión original era de Barcelona. A primera vista, son situaciones cómicas, y uno sólo recuerda las carcajadas que le producía, pero en realidad tiene escondida una crítica, va más allá del chiste. Por ejemplo, cuando el chef Kurt se siente atraído por Manuel, vemos cómo reacciona la conservadora sociedad inglesa de los años setenta ante los gais. Para comprender el mundo, no hace falta que todos seamos como Bergman o como Larsson. No todos los suecos somos así.

Usa el humor absurdo de una manera muy poco sueca.

La sociedad sueca tiene un alto índice de depresiones, estrés y suicidios. Hace unos años, el programa de radio de más audiencia del país era conducido por un enfermo terminal que hablaba en antena al hijo que no había podido tener. ¿Qué le parece? Yo creo, en cambio, que los creadores no sólo deben imaginar espacios con mucho dolor, físico y mental, sino lugares donde se ría uno mucho. La risa como algo que te permite pensar, más allá del lamento. Introduzco luz en la literatura sueca.

Recuerda a la picaresca española: sus personajes son deshonestos y fraudulentos, pero divertidos y simpáticos. Usted estudió español…

…pero no puedo hablarlo, sí leo algunos textos antiguos. A principios de los ochenta leí 'Don Quijote', por ejemplo, pero no he estado conectado con el español contemporáneo. Pero algunos de mis autores favoritos son Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez o Federico García Lorca.

¿Y usted también es pesimista?

Yo soy un sueco característico. Pero a la vez tengo esperanza: pienso que cada día será mejor que el anterior… aunque un día bueno, eso jamás.

¿Puede definir a la prota­gonista, la joven Nombeko ­Mayeki?

Nació en 1961 –como yo– en el mayor gueto de Johannesburgo, y su destino es trabajar como una esclava toda su vida hasta la muerte, probablemente a una edad temprana. Pero, un día, la atropellan, y encima el juez la condena a trabajar gratis para el conductor, que es un blanco poderoso que trabaja en el programa nuclear sudafricano. Así que el azar lo cambia todo, y ella será propulsada a un extraño viaje que la conducirá hasta Suecia. Es analfabeta, al principio, pero con unas capacidades intelectuales extraordinarias, especialmente en el cálculo mental. Trabajo mucho en que mis personajes sean muy delgados, finos, algunos críticos se quejan, pero es que yo quiero que sean así, conseguirlo me cuesta muchos días de trabajo, me esfuerzo por que esto no sean novelas psicológicas. Es raro que yo describa un personaje con cierta extensión, o sus sentimientos. Soy breve, no uso apenas adjetivos. Mis personajes actúan, básicamente. Desempeñan un papel, pero no son alguien que puedas encontrarte en la calle. Al empezar a escribir, Nombeko me salió una víctima, muy dependiente, era una descripción demasiado realista de alguien atrapado en la sociedad sudafricana. Luego me di cuenta de que tenía que traérmela a Suecia y la fui haciendo más fuerte e independiente, y al final me ha salido parecida en eso al abuelo Allan Karlsson. De hecho, Karlsson se parece a mí de joven, cuando nada me preocupaba. O sea, que me parezco a ella también.

¿Y de los gemelos Holger, qué puede decir?

Son idénticos, pero, al nacer, sus padres sólo declaran a uno, así que tienen que compartir la misma identidad, lo cual les proporciona algunas ventajas y otros inconvenientes. No pueden tener un carácter más distinto. No se basa en ningún hecho real. Mi madre y mi abuelo me contaban historias, inventaban relatos fantásticos, por eso nunca he visto la necesidad de basarme en nada de la ­realidad.

No es exactamente una novela coral, pero los secundarios son muy importantes: la chica antisistema que lo convierte todo en un discurso político, el alfarero paranoico que se cree perseguido por la CIA, los agentes de los servicios secretos israelíes… ¿Cómo trabaja con todo ese grupo a la vez?

Al principio, con un programa informático especial para escritores. Pero era difícil usarlo y al final me fié más de mi cabeza. Situarlos en espacios físicos me ayuda, porque tenerlos instalados en una casa me hace visualizarlos, sé en qué habitación o lugar está cada uno.

Ya se ha estrenado en Suecia la película sobre 'El abuelo…' ¿Qué le parece?

Es ya la más vista en toda la historia de las películas suecas. No he participado en ella. Han cortado mucho del libro, al principio no lo entendí, pero luego el director, muy pedagógico, me hizo darme cuenta de que, tal como yo lo quería, duraba exactamente 19 horas. Nadie habría ido a verla... Él tuvo que tomar decisiones, y está bien así, ha mantenido lo esencial. Lo que me da un poco de rabia es que, en algún momento, ha encontrado una solución narrativa mejor que la del libro…, y yo ya no lo puedo cambiar.


¿Existió el programa nuclear sudafricano?

Sí, y el hecho histórico es que lo desmantelaron todo antes de que los negros llegaran al poder… ¡para que no tuvieran armas nucleares! ¡Increíble, pero cierto! Gracias a eso, se bajaron del carro atómico. Llegaron a tener seis bombas y estaba en marcha una séptima. Me sorprende que no se haya hablado de plutonio perdido o de residuos nucleares, porque no se desmantelan esas cosas así como así. Con la desin­tegración de la URSS se produjo un mercado negro de estos materiales, y seguro que en Sudáfrica también.

El rey de Suecia de su novela es campechano, poco trabajador, juerguista, pero cae muy simpático...

Soy muy respetuoso con mi rey, al suyo no lo conozco. Esto de los personajes históricos siempre trae cola… Cuando publiqué el primer libro tuve un problema porque inventé un hermano de Einstein, ficticio, para que el padre tuviera un 'affaire' con la canguro. La familia me acusó de calumnias. Todo es, obviamente, humor. El rey de verdad es una persona encantadora en sus apariciones públicas. Dejémosle ser como es. También salen Churchill, Mandela y otros muchos. Aquí salen los dos políticos más populares de Suecia, el rey y el primer ministro, y creo que ambos comprenden que eso forma parte de su sueldo, ser víctima de bromas, chistes y de la imaginación de novelistas descerebrados como yo.

¿Hay muchos republicanos en Suecia?

Sí. Es que si te preguntan, claro, intelectualmente, ¿cómo puedes ser otra cosa? Cerebralmente, la monarquía es una cosa estúpida, ceder el poder de forma hereditaria, por los genes, imponiéndoselo además a alguien. Pero, en la vida real, práctica, no tengo ningún problema con el rey y creo que realiza una buena labor.

En cada país cambia el título de su libro, ¿no?

Son matices, a veces serios. En castellano es “La analfabeta que era un genio de los números”. En catalán, “La analfabeta que salvó un país”. En Francia, “La analfabeta que sabía contar”. En el Reino Unido, “La chica que salvó al rey de Suecia”… Aunque en realidad no es ella quien salva al Rey, pero lo acepto porque supongo que los editores conocen sus respectivos países. Por ejemplo, hay quien me ha dicho que “analfabeta” es un término muy despectivo en según qué idioma, y no era esa mi intención.

¿Cómo le ha cambiado el éxito?

Siempre he disfrutado escribiendo, pero he disfrutado mucho más esta segunda novela porque ya no tenía dudas. Con la primera, sentía la incertidumbre de lo que iba a pensar la gente, no sabría si gustaría, piense que me la rechazaron cinco editoriales y eso hace mella en la autoestima. Ahora estaba seguro, y simplemente he escrito algo que a mí me gustaría leer, algo que me haría reír. Antes me angustiaba no saber escribir tan bien como Milan Kundera. Ahora he asumido que cada uno hace una cosa distinta.

¿Qué es lo último que ha leído?

Una biografía de Victoria, la heredera al trono sueco. Devoro muchas biografías y memorias, y también libros de historia. Me interesa la sociedad, la política, me fascina el hecho de que cometamos los mismos errores una y otra vez, si ves la historia te das cuenta de que está llena de paralelismos y que nunca aprendemos. La guerra de Vietnam empezó porque Estados Unidos inventó una provocación del otro lado, para responder con una guerra. Pasan los años y vuelve a suceder: el mismo Estados Unidos con Iraq, inventándose que tenían armas de destrucción masiva. Y ahora estamos con Siria...

 ¿Qué hay del 'sueño sueco'?

¿Qué sueño era ese? ¿El de Olof Palme, al que asesinaron en la calle en 1986, en un caso que aún no se ha esclarecido? Ese sueño nunca volvió, se quedó allí tendido, sobre un charco de sangre. Yo me siento perdido políticamente desde entonces. Perdido.





Portada del libro publicado en Taiwan

* Magazine. Diario La Vanguardia.

















2 comentarios:

  1. Genial ' El abuelo....', no se si es una sátira o la realidad atenuada . Santiago.

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  2. Bajo la ocurrente y divertida sátira ( en ciertos momentos un duro sarcasmo ) uno de los mejores retratos del siglo XX. L. López

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