miércoles, 3 de enero de 2018

ARTE




El arte se muda al Golfo Pérsico

Iker Seisdedos















El récord de 382 millones de euros pagados por el ‘Salvator Mundi’, de Leonardo Da Vinci, para el nuevo Louvre de Abu Dabi y los museos de Catar revelan un cambio de paradigma




Salvator Mundi, tabla atribuida a Leonardo da Vinci, se convirtió el 15 de noviembre en una histórica velada en la casa Christie’s de Nueva York en el cuadro más caro jamás vendido en una subasta: tras 20 minutos de tira y afloja, un comprador telefónico pagó 450 millones de dólares (382 millones de euros) por este retrato de Cristo con ropajes renacentistas y aspecto algo ajado tras seis siglos de dudosas restauraciones.

Luego vinieron las justificaciones: la eterna fascinación por el pintor y la escasez de su obra, lo extraordinario de que uno de los 21 dueños de un leonardo del mundo decidiese desprenderse del suyo, la gira internacional de cortejo de posibles compradores o la jugada maestra de colocar una pintura del XVI en mitad de la expectación de una subasta de arte contemporáneo.
Finalmente, se fue haciendo la luz sobre el cuadro completo: el misterioso comprador resultó ser un príncipe saudí, que en realidad actuó en nombre de otro príncipe saudí, el reformista Mohamed Bin Salmán. Aunque luego, confirmada por la propia casa de subastas, emergió la verdad: el cuadro, pagado por Departamento de Cultura y Turismo de Abu Dabi, formará parte de la colección de la sucursal del Louvre en el emirato, que había abierto sus puertas la semana anterior a la velada en Christie’s en medio de una unánime expectación internacional.


Y así, por arte de los maestros antiguos y los petrodólares, quedaron unidas dos de las noticias culturales más sonadas de 2017, año en el que también se alinearon los astros expositivos de una controvertida Documenta de Kassel (y Atenas), el Skulptur Projekte de Münster y la Bienal de Venecia, y en el que el “basta ya” a los abusos sexuales en Hollywood y en otros ámbitos culturales, políticos y empresariales alumbraron un cambio de paradigma.
La venta del leonardo y la apertura de la franquicia indican cierto desplazamiento económico del arte mundial hacia el Golfo Pérsico. Tras unos años en los que chinos y rusos dieron trabajo a los exégetas del mercado, la urgencia por llenar sin límite de precio fabulosos equipamientos culturales proyectados por los mejores arquitectos del mundo (Jean Nouvel en el caso del nuevo Louvre) parece haber alterado las reglas del juego.

El vecindario a medio terminar de la sucursal en Abu Dabi, la isla Al Saadiyat (de la felicidad), contará con un museo nacional (proyectado por Norman Foster), un centro para las artes escénicas (Zaha Hadid póstuma) y sucursales del Guggenheim (Frank Gehry) y la Universidad de Nueva York. Pero es que además, al otro lado del Golfo, la competencia de la Autoridad de los Museos de Qatar, dirigida por la jequesa Al-Mayassa. mejor conocida como la jequesa del arte, también reclama la atención global con museos (como el de arte islámico, de Ming Pei; o el nacional, que ultima Jean Nouvel) y generosas adquisiciones: Los jugadores de cartas, de Paul Cézanne, marcó en 2012 al venderse por 190 millones de euros el precio más alto nunca registrado en una venta privada.

Durante la apertura del Louvre de Abu Dabi, su director, el francés Manuel Rabaté, enmarcó, tanto desplazamiento al Este en el eterno movimiento del arte a lo largo de la historia. El friso del Partenón en Londres, las piezas egipcias que se llevó Napoleón de vuelta de su campaña en la región, a finales del siglo XVIII, y también las obras maestras que deslumbran en museos como el Prado, compradas o encargadas por quienes en la edad dorada del arte antiguo tenían el poderío de nuestros jeques.
“Puede que la mecánica de la relación arte y poder no haya cambiado desde entonces”, explica Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, que este mes viajó por primera vez a la región, para dictar una conferencia en Doha. “Cierto poder y cierta capacidad adquisitiva se han ido al Golfo Pérsico, sí, pero los grandes museos y las compras que están haciendo muestran más que nunca la separación de un mundo en el que lo importante es el valor económico del arte, que es lo que al final interesa a los medios, y otro en el que lo relevante es el trabajo creativo de base, la materia gris. Otra cosa que oculta todo eso es la creciente intolerancia hacia la cultura en general y en especial hacia posiciones (no tan) críticas. Véase el escrache que le hicieron a (la filósofa) Judith Butler en Brasil o la absurda petición de que se retire un balthus del Metropolitan de Nueva York”.

Este 2017 conmemoramos asimismo los 80 años de la creación del Guernica, los 25 de su llegada al museo Reina Sofía y los 36 del acto de generosidad del MoMA, que devolvió el mural en 1981, tal vez ignorante de la cantidad de entradas que el icono antibélico podía haberles hecho vender en la era del blockbuster dado el inagotable poder del Guernica para hablar de todas las guerras, también de la de Siria. El Reina Sofía celebró el aniversario picassiano con una exposición histórica comisariada por T. J. Clark y Anne M. Wagner.

No parece plausible, con todo, que el Guernica se mueva más del Reina Sofía. Como mucho, podría cruzar la calle para instalarse en el Prado, como deseaba Miguel Zugaza, cuyo 2017 también lo recordaremos porque fue cuando se materializó la decisión de dejar el cargo de director de la pinacoteca para dedicarse al Bellas Artes de Bilbao. O quién sabe. Estos días una obra de teatro de Ernesto Caballero fantasea en la cartelera madrileña con un futuro tan complicado para España como para que el Estado se plantee vender Las Meninas.

El precio sería incalculable. Y el comprador, árabe.











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