martes, 30 de enero de 2018

USURPADOS...




Invadidos o usurpados


Javier Marías

















A muchos que juzgaba “normales” y razonables los veo ahora anómalos e irracionales. Demasiadas actitudes me son inexplicables y ajenas.



Cada día me acuerdo más de aquella película de Donald Siegel, La invasión de los ladrones de cuerpos, de 1955, que además ha tenido por lo menos tres remakes (el último malo a rabiar, con Nicole Kidman). La original sigue siendo inigualable, con su modesto presupuesto en blanco y negro. En la localidad californiana de Santa Mira la gente empieza a sufrir una manía o alucinación colectiva: niños que aseguran que su madre no es su madre, sobrinas que niegan a su tío, pese a que la madre y el tío mantengan no sólo su apariencia física de siempre, sino todos sus recuerdos. 
A quienes denuncian la “suplantación” se los toma por trastornados, hasta que los personajes principales, encarnados por Kevin McCarthy y Dana Wynter, descubren que en efecto se está produciendo una usurpación masiva de los cuerpos: en unas extrañas vainas gigantes se van formando clones o réplicas exactas de todos los individuos, a los que sustituyen durante el sueño. Nadie cambia de aspecto, los clones heredan o se apropian de la memoria de cada ser humano “desplazado”, todo parece continuar como siempre. Lo que alerta a quienes aún no han sido “robados” es la ausencia de emociones, de pasiones, la mirada hosca o neutra de los ya duplicados. Son los de toda la vida y a la vez no lo son. Son inhumanos.


Si me acuerdo tan a menudo de esa película y de la novela de Jack Finney en que se inspiró, es porque desde hace tiempo —y la cosa me va en aumento— tengo la sensación de que se está produciendo en el mundo una invasión de ladrones de cuerpos y mentes. No se trata de que las nuevas generaciones me resulten marcianas (no es así), sino que percibo esos cambios incomprensibles en personas de todas las edades. A muchos que juzgaba “normales” y razonables los veo ahora anómalos e irracionales. Demasiadas actitudes me son inexplicables y ajenas, negadoras o deformadoras de la realidad. Es inexplicable que millones de americanos hayan elegido a Trump como Presidente, y que los rusos estén encantados con la eternización en el poder de un autócrata megalómano; que los filipinos hayan votado a un asesino confeso, y buena parte de los franceses a Le Pen la racista, y no pocos alemanes a una formación neonazi, como los húngaros y polacos a sus actuales gobernantes. También que decenas de millares (incluidas mujeres) se hayan unido voluntariamente al Daesh sanguinario (y brutalmente machista). A una porción de catalanes los veo también “invadidos”, sólo así se entiende que festejen los desafueros y mentiras constantes de los líderes independentistas. Pero mi extrañeza no se da sólo en política.

Algunas obras artísticas que me parecen muy buenas triunfan, pero cuanto me parece horroroso lo hace indefectiblemente. Si leo una novela o veo una película o una serie espantosas (según mi criterio, claro), no falla que las ensalce la crítica y reciban premios. Los cómicos de hoy los encuentro sin gracia en su mayoría, toscos y con mala leche, y a la vez me da la impresión de que el sentido del humor y la ironía han sido desterrados del universo. La gente que suelta las mayores barbaridades e insultos no tolera luego la más mínima crítica. La discrepancia es anatema: si cien francesas publican un manifiesto razonado y sensato, advirtiendo de una puritana ofensiva contra la sexualidad y las libertades, al instante se las tacha de “traidoras” y “cómplices del patriarcado”, a las que éste encarga “el trabajo sucio”. Sus congéneres frenético-feministas (más bien antifeministas disfrazadas) les niegan su capacidad de iniciativa y su autonomía de pensamiento, y las reducen a peleles, despreciando así a aquellas mujeres que no les dan la razón en todo, lo típico de los totalitarios. Yo escribo que los reiterativos textos y noticias sobre la proporción de mujeres en cualquier actividad no logran interesar a la mitad de la población (y dudo que a la otra mitad tampoco), y una articulista me acusa de pretender que las mujeres como ella se callen, nada menos. También a estas personas las veo “invadidas”, para mi congoja. O no razonarían de manera a la vez tan falaz y ramplona.

Leo que a unas cajeras que robaban en su supermercado dicta la justicia que se les paguen unos miles de euros por no habérseles advertido que serían observadas por las cámaras que han probado sus sustracciones. Son incontables los jueces que parecen asimismo “invadidos”: los que ponen en cuestión, por ejemplo, la conducta o la vestimenta de una mujer violada, o si se mostró o no desolada después de su sufrimiento. No soy tan ingenuo ni tan soberbio como para no preguntarme si no seré yo el “invadido”, si no soy yo a quien los ladrones han robado cuerpo y mente. Lo único que me impide darlo por seguro y concluir que soy el equivocado (que Trump es genial y beneficioso, etc), es que aún veo a muchos ciudadanos tan perplejos como yo, y tan escamados. El día que me quede solo admitiré mi grave anomalía. O el día en que venere a Putin, a Maduro, a Berlusconi y a Al Sisi y a Erdogan, a Orbán y al jefe del Daesh Al Baghdadi, todo me parecerá perfecto en el mundo y sabré que por fin he sido usurpado.



El País Semanal

















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