jueves, 25 de enero de 2018

" MENTIROSOS "






Así dijo el Papa a los abusados “mentirosos”

Leila Guerriero










El obispo Juan Barros saluda a los congregados durante una misa multitudinaria oficiada por el papa
 Francisco en Lobito Campos. Iquique. Chile.









En 2011, el cura chileno Fernando Karadima fue encontrado culpable de abusos sexuales cometidos durante los años ochenta y noventa. Su colega chileno Juan Barros, acusado por las víctimas de Karadima como encubridor de esos abusos, fue nombrado obispo de Osorno en 2015 por el papa Francisco. El 16 de enero, durante su visita a Chile, el Papa manifestó “dolor y vergüenza” en relación con los abusos cometidos por sacerdotes. Después, dio misa en el parque O’Higgins, donde el obispo Barros estuvo a su lado, y más tarde en Temuco, donde también. El jueves, en Iquique, el Papa avanzaba derramando bendiciones cuando una periodista le preguntó: “¿Usted le da todo el respaldo al obispo Barros?”. En cámara, el gesto de Francisco es impresionante. La cara súbitamente congelada, la sonrisa paralítica, dijo: “El día que me traigan una prueba contra el obispo Barros...”. Sobrevino una pausa amenazante, un aleteo oscuro, impropio, y con una voz menos simpática que la que utiliza para pedir a los jóvenes que “hagan lío”, dijo: “... ahí voy a ver. No hay una sola prueba en contra. Todo es calumnia”. Con el tono descalificador del que se lanza sobre el vulgo que osa pedirle explicaciones, terminó: “¿Está claro?”. Después, desenfundó una sonrisa de tubo de ensayo y se fue. Y así fue como el gran líder de una religión de Occidente les dijo a los abusados “mentirosos”. Después, en rueda de prensa, las víctimas de Karadima recordaron las pruebas presentadas contra Barros; hubo escándalo. Lo que no hubo fue novedad: el Papa dejó en claro que también para la Iglesia los principales sospechosos —aquellos a quienes se cuestiona por no haber hablado a tiempo, a quienes se reclaman más y más pruebas— son las víctimas. No hay derecho a pedirle al Papa ninguna prueba de la existencia del dios en el que cree. Pero sí de exigirle que ejerza la misericordia a la que su dogma obliga.






















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