miércoles, 7 de febrero de 2018

ACOSO



Vencimiento

Leila Guerriero














Las ondas expansivas de los escándalos por acosos y abusos sexuales en Hollywood producen discusiones interesantes —como el grupo de mujeres francesas que pide “no confundir el coqueteo torpe con el ataque sexual”—, pero también comentarios como aquel que reprocha a las víctimas no haber hablado a tiempo y desliza, así, dos ideas peligrosas: la primera, que no haberlo hecho las transforma en cómplices de lo que sucedió; la segunda, que los traumas tienen fecha de vencimiento y que, pasada esa fecha, no es adecuado mencionarlos. “En este libro mostraré que el primer acto del depredador consiste en paralizar a su víctima para que no se pueda defender. (...) Por mucho que la víctima intente comprender qué ocurre, no tiene las herramientas para hacerlo”, escribe Marie-France Hirigoyen en el "El acoso moral."

 En una relación de trabajo —pero no solo—, buena parte del gozo laberíntico del predador —aun cuando se trate de un igual en la cadena de mando— reside en el ejercicio del poder absoluto. Su enardecimiento ante la víctima se produce también —o sobre todo— por el hecho de haberla acorralado: si hablara, la víctima transformaría su vida en una pesadilla (porque perdería su empleo, porque no conseguiría otro, porque nadie le creería). Me gustaría entender si hay algo reprobable en tener miedo. Porque eso es lo que estamos diciendo cuando decimos que debieron haber hablado antes: “Ahora no pueden hacerlo, porque no cumplieron con su obligación de ser valientes”. Me gustaría entender si les estamos pidiendo un certificado de dignidad para otorgarles, a cambio, el derecho a decir. Creí que ya habíamos comprendido —gracias a sobrados ejemplos— que las huellas de la humillación y del trauma no tienen fecha de vencimiento. Y que no se habla cuando se quiere: se habla cuando se puede. A veces, incluso, no se puede nunca.




























CENSURA




Derecho y tecnología: Contra la censura


Borja Adsuara Varela









LUCY/SEATTLE/USA, Bolígrafo sobre papel.
       Juan Francisco Casas





La semana pasada conocíamos que Facebook e Instagram había cerrado las cuentas de Juan Francisco Casas, un artista, con una reconocida trayectoria, famoso por sus desnudos hiperrealistas a bolígrafo. También hemos visto esta semana cómo Facebook e Instagram han rechazado la difusión de la portada del último número de Interviú, al incluir el emblemático desnudo de Pepa Flores, publicado en 1976.
¿Hasta cuándo abusarán Facebook e Instagram de nuestra paciencia con su censura? ¿Quiénes son para limitar derechos fundamentales como la libertad de expresión, de creación artística, o el derecho de la información?

Condiciones de Uso

Las condiciones de uso de Instagram nos advierten desde el encabezamiento lo siguiente: “Estas condiciones de uso afectan a tus derechos y obligaciones legales. Si no aceptas cumplirlas, no accedas al Servicio ni lo utilices”.
¡Vaya si afectan a nuestros derechos! En este caso, a derechos fundamentales reconocidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos, en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea y en nuestra Constitución.

La pregunta es: ¿pueden hacerlo legalmente? ¿Pueden limitar unos derechos fundamentales que han costado muchos siglos conquistar? ¿Están las normas de una empresa por encima de los tratados internacionales y las leyes?
Y no parece muy válida la excusa de que “esta es mi casa y aquí pongo yo las reglas”, porque ninguna norma interna de ninguna empresa puede ir en contra de las leyes y los derechos fundamentales.
¿Se imaginan que Facebook e Instagram dijeran en sus condiciones de uso que está prohibido tener una cuenta a las mujeres o publicar fotos de una raza concreta? ¿Por qué nos escandalizan esas limitaciones de derechos y no otras?

Censura de contenidos

La condición básica 2 dice esto: “No puedes publicar fotos u otro tipo de contenido que muestre imágenes violentas, de desnudos íntegros o parciales, discriminatorias, ilegales, transgresoras, de mal gusto, pornográficas o con contenido sexual”.
En cuanto a la condición general 6, asevera que “podemos eliminar, editar, bloquear y/o supervisar el contenido o las cuentas que incluyan contenido que determinemos, a nuestra entera discreción, que infringe estas condiciones de uso”.
Y las normas comunitarias: “es posible que algunas personas quieran compartir imágenes de desnudos de carácter artístico o creativo; sin embargo, por diversos motivos, no permitimos que se publiquen desnudos en Instagram”.

Y sigue: “Esta restricción se aplica a fotos, vídeos y determinado contenido digital que muestren actos sexuales, genitales y primeros planos de nalgas totalmente al descubierto. También se aplica a algunas fotos de pezones femeninos”.

Pero, finalmente, abre la mano en algunos casos excepcionales: “Sin embargo, sí se permiten fotos de cicatrices de mastectomías y de lactancia materna. También se aceptan desnudos en fotos de cuadros y esculturas”.

¿Legalidad o moralidad?

En una plataforma digital de compartición de contenidos, que no es un medio de información con una línea editorial, el único criterio para suprimir un contenido o cerrar una cuenta debe ser el de legalidad.
Los contenidos que, siendo legales, pueden afectar negativamente al desarrollo psicológico de un menor o que pueden herir la sensibilidad de un mayor de edad no deben borrarse, sino que deben poderse etiquetar y filtrar. Pero, sobre todo, nadie puede reservarse el poder de editar y eliminar contenidos o bloquear cuentas a su entera discreción y sin necesidad de dar explicaciones, sino que tiene que someterse a las leyes y a los tribunales.
Las condiciones de uso de estas plataformas son contratos de adhesión, que los usuarios se limitan a firmar. Y, precisamente por eso, las autoridades deben vigilarlos para anular las cláusulas abusivas que vayan contra las leyes.
El Reglamento europeo de Protección de Datos ha conseguido, en esta materia, someter a las empresas de Internet a la legislación y a las autoridades europeas. Sería bueno que ocurriese lo mismo en otros temas.
















Por la libertad de expresión

Puede que alguno piense que el tema de los desnudos de Juan Francisco Casas o de Interviú no tienen que ver con la libertad de expresión, ni con la libertad de creación artística o el derecho de la información.
Pero en el caso de Juan Francisco Casas Instagram no ha cumplido siquiera sus propias normas (aceptar desnudos en fotos de cuadros), y en el caso de Interviú ha censurado una portada histórica, que significó mucho más que un desnudo.
Lo peor de todo es que detrás de esta censura no existe una ideología mojigata ni una intención moralizante (que ya sería malo), sino una motivación económica para no perder anunciantes.


La solución es más fácil y la indican en sus condiciones: “Puede que encuentres contenido que no te gusta pero que no infringe las normas comunitarias. Si este es el caso, puedes dejar de seguir o bloquear a la persona que lo ha publicado”.
Lo que no puede ser es que, a estas alturas del siglo XXI, con toda la tecnología disponible para elegir cada uno lo que quiere ver y lo que no quiere ver, estemos peor que en 1976, cuando en plena Transición se publicó la portada de Marisol.







Retina.




















martes, 6 de febrero de 2018

#DANTE2018



#Dante2018 o la utopía de las redes sociales

Jorge Carrión












Retrato de Dante Alighieri hecho por William Blake en 1800 Credit Manchester City Art Gallery   





Los caminos de las redes sociales son inescrutables. El 1 de enero un investigador argentino llamado Pablo Maurette, afincado en Chicago y experto en el sentido del tacto en la literatura renacentista, publicó un tuit. Un tuit que invitaba a leer los cien cantos de la Divina comedia en los primeros cien días del nuevo año. La etiqueta era #Dante2018. Contra todo pronóstico, rápidamente se volvió viral.

De una viralidad extraña: al mismo tiempo popular y muy especializada. Porque en Twitter encontramos fotos de la cabina de un avión con el libro abierto, mensajes de personas que se han conocido en una librería buscando la obra maestra de Dante y muchas transcripciones de versos punzantes o hermosos (como los que publican el poeta costarricense Luis Chaves, la profesora venezolana Diajanida Hernández o el periodista argentino Diego Fonseca).
Pero toda esa lectura entusiasta tiene su correlato de erudición dantista. El 2 de enero el escritor colombiano Humberto Ballesteros, doctor en literatura italiana, creó un tumblr en el que a diario analiza brillantemente un canto. Las actividades del escritor argentino Pablo Williams o del profesor de Harvard, Mariano Siskind también son felizmente incesantes.

En #Dante2018 encontramos de todo. Ilustraciones como las de Maru Ceballos o Leo Achilli, que se expanden hacia Instagram. Selfis de lectores en Florencia. Discusiones sobre las mejores traducciones (avanzo aquí que a finales de año se publicará en Acantilado la que ha ocupado al poeta y traductor José María Micó durante los últimos años). Y hasta confesiones sorprendentes, como la del crítico argentino Quintín que publicó: “7 de enero. Querido diario: hoy cumplo 67 años. Me desperté y leí el canto VII. Me da un poco de vergüenza leer la Divina comedia recién a esta edad. Pero más vale tarde que nunca. Gracias a #Dante2018″.

Son muchos los debates actuales en los que se inscribe este fenómeno. La discusión sobre la obligación moral de la Academia de encontrar vías de diálogo con el resto de ámbitos de la cultura y la sociedad. La conversación sobre por qué somos incapaces de imaginar pasados, presentes o futuros que no sean versiones del infierno (la oscuridad y la distopía predominan en las teleseries, los cómics y los videojuegos, sean o no de ciencia ficción).
El debate secular sobre la naturaleza de los clásicos, esos discursos que se adaptan al espíritu de cada época para ampliarlo y cuestionarlo (a principios de este siglo se publicó la edición de la Comedia imaginada por Miquel Barceló; en 2010 se lanzaron el videojuego y la película de animación Dante’s Inferno; en 2011 la editorial Herder adaptó la Divina comedia al manga; ahora Taschen resucita las ilustraciones de William Blake)
.
Pero la etiqueta #Dante2018 —que mientras lees estas líneas está generando decenas de citas, comentarios, dibujos, vínculos— sobre todo empuja a preguntarse, en este mes de enero de 2018, cuál es el sentido de las redes sociales en particular y de internet en general. Esa pregunta es neurálgica. Cada día que pasa la red es menos neutral. Cada día que pasa internet se aleja más de su espíritu fundacional y, por tanto, de la metáfora que mejor debería representarla, la de una “gran conversación”.
Twitter es lo más parecido que existe hoy en día a las grandes plazas de las ciudades europeas de los siglos más oscuros: aquellas plazas que tanto acogían al mercado de frutas, verduras y aves de corral como a la hoguera o la horca donde eran asesinados por igual los culpables de delitos de sangre que los de pensamiento.

En los mismos meses en que se multiplican las acusaciones más graves en las redes sociales —sin necesidad de burocracia ni pruebas ni justicia— y los insultos más salvajes ante las ideas contrarias, #Dante2018 nos recuerda que es posible trabajar colectivamente por otros usos y hábitos en esa dimensión pixelada que ya nos parece tan familiar e íntima como la física.
Formas en que las inteligencias colectivas, enjambres en sintonía, no avancen por autopistas oscuras, sino hacia ese camino que sale del infierno, para “ver las cosas bellas”, para que contemplemos de nuevo “las estrellas”.

Escribo ese párrafo intencionadamente ingenuo y veo el capítulo final de La peste, una serie que representa la Sevilla del siglo XVI con el mismo pesimismo que Dante usó con Florencia. Cuatro herejes protestantes arden en sendas hogueras: mientras sus pieles se abrasan, se descomponen, se deshacen, cientos de personas gritan, ríen, animan e incluso mean.





The New York Times











lunes, 5 de febrero de 2018

POEMA




Besos y cerillas

Nerea Delgado















No te besé
porque sabía que sería como comprobar
con la lengua
que la plancha está suficientemente caliente
como para quitarle las arrugas a mi camisa
y agujerearla por completo.



Soy un Ave Fénix
con la asignatura de resurgir suspendida
y no quiero que me recojan
como un cenicero que un perro ha tirado a la alfombra.

Un beso se convierte fácilmente
en una antorcha.
Un beso y una cerilla son gemelos,
adivina cuál es el hermano malo.

Tus labios son el asa de una taza de café
recién servida.
El asa no quema,
decían.
El vaso tampoco,
aseguraban tranquilos.
Mentían.

Estuve a punto de convertirme en leña
cuando te pusiste delante
pidiéndome que completara la chimenea.
Me invitaste a pasar
pero me tropecé con el felpudo,
y cuando aprendí a saltarlo
se me olvidó cómo se mira hacia adelante.

Me asustaron tus llamas,
pero ahora sé que el verdadero villano de esta novela
es  su ausencia.

Es mejor vivir calcinado
que dormidos y arrepentidos.
Pero eso lo pensé después
cuando ya no había tiempo,
que es cuando se piensa todo lo bueno.


















domingo, 4 de febrero de 2018

PABLO BERNASCONI




Pablo  Bernasconi
Ilustrador
















Pablo  Bernasconi se encuentra entre los seis finalistas del Premio Hans Christian Andersen, algo así como el Nobel de la literatura infantil, dentro de la categoría Ilustración, cuyo ganador se dará a conocer el 26 de marzo en la Feria Internacional del Libro Infantil de Bolonia, Italia. La Junta Internacional de Libros para Jóvenes (IBBY, por sus siglas en inglés) tuvo a cargo la selección.
Dibujante sin límites, pues también nada a sus anchas en el mundo de la escritura, el fuerte de Bernasconi es la experimentación. Lo que más le interesa al ilustrador es que su obra refleje el mundo conceptual que desarrolla.







-¿Qué define tu trabajo?

Diría que ​hay muchas capas de sentido que es con lo que trabajan los chicos. Hay algo superficial, pero por debajo se multiplican los significados. Eso provoca una sorpresa infinita en el lector, dado precisamente por esa arquitectura de capas que me gusta trabajar, siempre a partir del juego.
Pablo Bernasconi es lúdico hasta para ejemplificar: "Una caja de huevos con un palito puede ser una nave espacial y un bollo de papel, una pelota. Uno ve un objeto que, por vía de la imaginación, se convierte en otra cosa. Ayer, mi hijo Franco armaba una nave espacial con cajas de huevo. Y para él era superior a la de La guerra de las galaxias, porque esa es la autoridad de la imaginación".










El ilustrador postulado le da un espacio al lector, porque desde su mirada, eso facilita la aproximación a lo que construye en su imaginación.
"Ayudo al lector a completar lo que ha imaginado y lo agradece. No se lo puede tener en un rol pasivo, en una época en que hay una proliferación de estímulos dados en bandeja", subraya en diálogo con Clarín.
Y sigue con sus ejemplos didácticos: "Por ejemplo, la Barbie tiene un mundo propio y no hay nada que puedas hacer. Me parece un espanto. No deja nada librado a la imaginación. Y esto también pasa con los libros. Me gustan los libros que el lector completa".




















-¿Qué se le pide hoy a un ilustrador?

​A los que empiezan, que adapten su estilo a lo que el mercado exige: historias sencillas con pocas palabras. Pero como eso es parte de una época cortita, en tres o cuatro años queda viejo. Por eso definir un estilo es tan difícil. Pero me siento mucho más honesto, porque las cosas empiezan a desarrollarse y se vuelve natural.






-¿Y cuál es tu búsqueda?

Encontrar territorios nuevos en el campo de la experimentación. Me gusta cambiar el estilo plástico/estético, porque sobre ésto siempre hay un estilo conceptual que permanece. Yo hago las cosas muy a lo argentino. En mi casa ato con alambre si el plomero no vino o me cobra muy caro. Estoy seguro de que un yanki o un ruso no lo harían de este modo. Cuando ves la construcción de esas máquinas por ejemplo en mi libro Quetren Quetren, te das cuenta que funcionan casi por milagro. Bueno, como la Argentina.








Del hiperrealismo al barroco

Pablo Bernasconi dice que una tendencia actual es la ilustración hiperrealista tirando al barroco. "De pronto hay tantos ilustradores haciendo lo mismo, que dejás de reconocerlos. Una cosa era lo que hacía Rébecca Dautremer y otra cosa lo que se hace hoy. Todo es hoy muy diferente."








Respecto del premio, el ilustrador es optimista. Dice que le gusta haber llegado hasta la instancia final porque el Premio Andersen "reconoce la contribución a la literatura infantil y juvenil mundial. Ellos tienen dibujantes muchos más cerca. Lo mío es más local, pero lo bueno de los premios es capitalizar la atención que se hace más frecuente. Abre otras puertas".
El ilustrador postulado al Premio Andersen dice que eso le abre otras puertas para seguir haciendo lo que le gusta. "El mercado no está dispuesto a aceptar que algo falle. Esta postulación a uno le da más valor para perseverar en lo que me gusta: experimentar".














Texto: Diario Clarín. Buenos Aires
















viernes, 2 de febrero de 2018

AUTORRETRATO



Fotógrafo

Annie Leibovitz















"Odio la palabra 'celebridad'. Siempre he estado más interesada en lo que hace la gente que en quiénes son, y espero que mis fotografías lo reflejen. Tengo la oportunidad de trabajar con personas que son los mejores actores, escritores, atletas y bailarines: un amplio espectro. Siento que estoy fotografiando personas que importan, de una forma u otra. Estoy fotografiando mi tiempo. "

Annie Leibovitz, en una entrevista con Literal Magazine














jueves, 1 de febrero de 2018

VIETNAM, ALGO MÁS.




El autor de esta imagen de Vietnam siempre se arrepintió

Martín Caparrós


















A  veces, muy de vez en cuando, una imagen vale mil palabras. O quizá sean 836, cómo saberlo. Hay, en todo caso, imágenes que pesan como losas, que cambian situaciones, que engendran movimientos, que definen. Esta cumple en estos días medio siglo, y fue una de ellas.

El 1 de febrero de 1968 Eddie Adams tenía 34 años y llevaba tres cubriendo la guerra de Vietnam para Associated Press. El Vietcong, la guerrilla comunista que peleaba contra los ejércitos de Vietnam del Sur y Estados Unidos, acababa de lanzar una gran ofensiva —y en Saigón la violencia crecía. En su Barrio Chino, Adams seguía al jefe de la policía survietnamita, el general Nguyen Ngoc Loan, y sus custodios, que llevaban a un prisionero: un hombre bajo de camisa a cuadros. De pronto la comitiva se paró, el general sacó su revólver Smith & Wesson .38 Especial y lo apuntó a la sien del hombre. Adams diría después que pensó que quería asustarlo para interrogarlo pero no: el general disparó. Adams también.
Al día siguiente su foto inundó el planeta. Entonces, sin Internet, sin redes sociales, los diarios y revistas definían, y aquella foto se publicó en sus tapas. Es difícil contar una historia más simple y más tremenda: un hombre mata a un hombre. Y, también: un hombre de poder ejerce su poder de la manera más extrema. En la guerra de Vietnam hubo dos millones de muertes pero esta encarnó a todas —e hizo mucho para que uno de los bandos la perdiera. Al día siguiente muchos americanos habían cambiado de idea sobre la participación de su ejército en esa guerra, con gente como esa.


El general Nguyen intentó justificarse: “Estos tipos matan a muchos compatriotas nuestros; creo que Buda me perdonará”, dijo entonces. Su víctima se llamaba Nguyen Van Lem, tenía 36 años, dos hijas y uno por nacer, y era un guerrillero. El general fue herido meses más tarde: grave, lo atendieron en Washington, donde le amputaron una pierna. En 1975, poco antes de la derrota final, pidió asilo en Estados Unidos —que se lo negó. Viejos amigos lo ayudaron a entrar e instalar una pizzería en Dale, Virginia. De vez en cuando alguno de sus clientes sabía quién era, lo insultaba o lo felicitaba; cada tanto le dejaban amenazas pintadas en el baño. A veces Adams pasaba a saludarlo: lo respetaba y le dolía lo que su foto le había hecho.
El general se murió de cáncer en 1998, a sus 67. Entonces Adams escribió su necrológica en la revista Time: empezaba diciendo “Gané un Pulitzer en 1969 por la foto de un hombre que disparaba a otro. En esa foto murieron dos personas: el que recibió la bala y el general Nguyen Ngoc Loan. El general mató al vietcong; yo maté al general con mi cámara”. Y, después, que “las fotos son las armas más poderosas del mundo. La gente les cree, pero las fotos también mienten, aun cuando no están manipuladas. Son sólo medias verdades. Lo que la foto no decía es ‘¿Qué hubieras hecho tú si fueras el general en ese momento y ese lugar, en ese día caliente, y acabaras de agarrar al malo después de que matara a dos o tres soldados americanos?”.

 Hay dudas sobre lo que habría hecho Adams —que se murió de ELA pocos años después. En cualquier caso, parecía arrepentido de lo que sí había hecho. Su foto dijo mucho más que lo que él habría querido, y también es una lección: las personas manipulan a los medios mucho menos que los medios a las personas —y creer que uno controla lo que dice es soberbia cochina.