miércoles, 20 de mayo de 2015

AUSTRALIA ABORIGEN



La historia más antigua de la humanidad



Kungkarangkalpa. Obra contemporánea, realizada por un grupo de artistas en 2013, una de las canciones mágicas
que relató Bruce Chatwin en su libro 'Los trazos de la canción'

La presencia de los aborígenes en Australia es tal vez el mayor ejemplo de la capacidad de adaptación y de supervivencia de la especie humana. Primero, porque están en un lugar al que, en teoría, no podían llegar: los primeros pobladores humanos alcanzaron las costas de la inmensa isla continente por mar mucho antes de que, según los registros arqueológicos, la humanidad dominase el arte de la navegación. Sin embargo, Australia siempre ha sido una isla y sus habitantes primigenios tuvieron que subirse a alguna forma de embarcación para alcanzar sus costas. Tras colonizar un continente gigantesco, con una naturaleza inhóspita, los aborígenes se enfrentaron desde 1770 a un intento de genocidio tan brutal que el Gobierno australiano pidió perdón en 2008 no solo por las atrocidades cometidas en los siglos XVIII y XIX, cuando eran cazados como animales (literalmente), sino por los crímenes de los años sesenta del siglo pasado, como la generación robada (niños aborígenes entregados a familias blancas). Los problemas de alcoholismo, paro y marginación son muy superiores a los del resto de los australianos. Pero siguen ahí, dando sentido a la tierra que habitan, representantes vivos de la cultura continua más antigua de la humanidad, a la que desde el 23 de abril el British Museum de Londres dedica la exposición más importante que se ha celebrado sobre ellos fuera de Australia.




Pendiente de conchas. Pieza de Australia occidental, anterior a 1926.

La muestra, que podrá verse hasta agosto, reúne piezas de diferentes épocas, pero lo esencial es que se trata de un arte vivo, porque encarna una cultura que, en medio de inmensas dificultades, ha logrado mantenerse durante 50.000 años. Los visitantes pueden contemplar piezas nuevas y antiguas, pero para sus autores están unidas a través de una cultura en la que el tiempo es horizontal, no vertical como la nuestra. Los trazos de la canción, que Bruce Chatwin relató en su libro del mismo título, eran los caminos invisibles que los australianos originales utilizaban para moverse por ese inmenso territorio, pero también pueden servir como metáfora de los senderos que unen el pasado con el presente, una pintura rupestre con un lienzo que alcanza un precio desorbitado en una subasta. “La muestra es un intento de contar esta extraordinaria historia, la más antigua en la humanidad, desde un nuevo punto de vista”, ha dicho el director del British Museum, Neil McGregor.
El conservador de las galerías de Australia y Oceanía de este museo, Gary Sculthorpe, comisario de la exposición en la que ha estado trabajando durante cuatro años en coordinación con representantes aborígenes, explica el difícil equilibrio al que se ha enfrentado para organizar la muestra, entre lo viejo y lo nuevo, entre la tragedia y la belleza. “Algunos momentos de la historia de Australia son muy difíciles y creo que los australianos están intentando lidiar con ellos. Solo se puede seguir adelante si eres consciente de lo ocurrido. No es una historia simple. Hay muchos matices en los diferentes momentos de la historia de Australia y espero que la exposición sea capaz de explicarlos. Aunque es una muestra artística, es esencialmente una exposición sobre cultura e historia indígena”.
En su libro En las antípodas, el gran Bill Bryson resume así el principio de este fascinante relato: “Uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad tuvo lugar en una época que probablemente no se conocerá nunca, por razones que solo podemos imaginar y con medios que son difíciles de creer. Me refiero a la aparición del hombre en Australia”. El gran escritor de viajes explica que, a principios del siglo XX, se creía que llevaban unos 400 años en el continente y en los cincuenta se pensaba que unos 8.000. Hasta que, en 1969, un geólogo se topó en el lago Mungo con los restos de una mujer que databan de hace 23.000 años. Actualmente la mayoría de los científicos cree que la colonización humana de la isla empezó hace 50.000 años, incluso 60.000 (los bisontes de Altamira se pintaron hace unos 15.000). Algunas teorías indican que los pobladores humanos pudieron llegar a través de lenguas de tierra, en algún momento de aguas bajas durante periodos glaciales. Pero incluso cuando era un megacontinente unido a Papúa Nueva Guinea llamado Sahul, Australia siempre estuvo rodeada por agua. También se han hecho cálculos para demostrar que, con solo cinco o seis parejas que hubiesen llegado allí por casualidad, se podría haber poblado el continente a lo largo de los siglos. Lo que es cierto es que desarrollaron una cultura sin tradición escrita, que ha llegado hasta nosotros a través de la palabra oral y el arte, que aparece desde en los dibujos de sus bumeranes hasta en cuevas o lienzos.

Como ocurre en la actualidad, la mayoría de los habitantes originales de Australia (entre 300.000 y 1.000.000, una horquilla que demuestra nuestro pobre conocimiento de aquellos tiempos) se concentraban en la costa, aunque existían también poblaciones de cazadores recolectores en el desierto (la última tribu aislada fue contactada en 1984). Actualmente, los aborígenes representan menos del 3% de los 23 millones de australianos. La llegada de la expedición inglesa del capitán Cook en 1770 y la posterior colonización de la isla con convictos –llevar a presos, en su mayoría robamanzanas, al otro lado del mundo parece disparatado aunque tenía su lógica: librar a Inglaterra de los que entonces se consideraban indeseables– supuso un trauma de consecuencias inimaginables, como ocurrió con los habitantes originales de América. Sin embargo, ese cataclismo no rompió la línea del tiempo.
Bruce Chatwin narró esa unión mágica en su clásico de la literatura de viajes, Los trazos de la canción, un libro sobre el sueño que une a los primeros australianos con su tierra. Así describe Chatwin esa red de caminos, canciones y leyendas que en abril va a llegar hasta Londres: “Senderos invisibles discurren por toda Australia. Los europeos los llaman ‘huellas de ensueño’ o ‘trazos de la canción’, en tanto que los aborígenes los denominan ‘pisadas de los antepasados’ o ‘camino de la ley’. Los mitos aborígenes de la creación hablan de los seres totémicos legendarios que deambularon por el continente en el tiempo del ensueño, cantando el nombre de todo lo que se les cruzaba por delante y dando vida al mundo con su canción”.

BarramundiPintura sobre corcho anterior a 1961. Proviene de Arnhem, una región del norte de Australia conocida por su arte.

El hecho de que se trate de arte vivo convierte a esta muestra en un acontecimiento muy especial: el museo no alberga el pasado de Australia, sino esa mezcla de tiempos y espacios que los aborígenes han logrado mantener durante milenios. Pero esto también ha provocado cierta polémica en el país, ya que la exposición viajará luego al Museo Nacional de Australia (MNA), en Canberra, y, con ella, piezas que fueron recogidas por los primeros invasores británicos y que nunca han vuelto desde 1770. No se trata solo de su valor artístico y de su excepcionalidad –un incendio destruyó el primer MNA en 1882, con lo que la mayoría de los objetos anteriores a la conquista se perdieron–, sino de su valor real, de su conexión con el sueño y las canciones invisibles de los aborígenes. El director de este museo, Matthew Trinca, señaló al diario The Australian: “Se está produciendo un debate nacional sobre lo que esas piezas representan, qué significado tienen para los australianos y el papel que pueden tener para conectar a los diferentes pueblos con lo que son, en muchos casos, las primeras piezas originadas por sus comunidades”. La asesora del Museo Nacional de Australia Henrietta Fourmille Marrie, aborigen del pueblo de Yidinji, aseguró al mismo diario: “¿Por qué guarda el Museo Británico esas piezas? No tienen relevancia para ellos como pueblo, no tienen relevancia para su cultura”. Entre esas piezas polémicas se encuentra un escudo recogido por las huestes del capitán Cook en Botany Bay, el lugar del desembarco, actualmente en los suburbios de Sídney.

También podrá verse en Londres una de las obras maestras del arte aborigen contemporáneo (aunque esa palabra no tenga sentido en su cultura), Yumari, de Uta Uta Tjangala (1926-1990). Fue uno de los primeros artistas que comenzaron a trasladar las esculturas de arena, los dibujos en cuevas y la pintura corporal a lienzos en los años setenta en Papunya, un asentamiento a 240 kilómetros de Alice Springs, en el inmenso y vacío Territorio del Norte que ocupa gran parte del desierto que se extiende en el centro de la isla. Así empezó una revolución del arte aborigen que ha llevado sus creaciones a las galerías y museos de medio

Máscara de tortuga  Pieza proveniente de las islas del estrecho de Torres anterior a 1855.

 
YumariEsta pintura de Uta Uta Tjangala (1926-1990) es una obra fundamental del arte contemporáneo aborigen.
Es la marca de agua de los pasaportes australianos.


Yumari es, además, la marca de agua de los pasaportes australianos actuales, aunque este reconocimiento no puede camuflar una relación marcada por la brutalidad, la exterminación y la ignorancia hasta bien entrado el siglo XX. Antes de la llegada de los europeos, se hablaban entre 250 y 300 lenguas y unos 600 dialectos. Muchas de ellas se están perdiendo. Hasta 1967, los aborígenes no fueron incluidos en el censo, no existían como ciudadanos ni casi como seres humanos. Actualmente, la mitad vive en ciudades, muchas veces en condiciones terribles de marginación y con un desempleo muy superior al del resto de los australianos (en algunas comunidades es hasta cinco veces más). En muchos de los territorios cedidos por el Gobierno se ha implantado la ley seca ante los problemas de alcoholismo. Recuerdo una imagen en Adelaida, en el sur de Australia, cuando me topé con un grupo de aborígenes completamente alcoholizados, vagando por el centro de la ciudad, donde vivían como indigentes. Llovía torrencialmente y un contundente viento barría la noche al final del invierno austral. Las calles estaban desiertas, salvo ellos. Unas horas antes había visitado un importante centro cultural dedicado a las culturas primigenias y, por primera vez, había visto en directo, a través de varias piezas, esa unión entre el pasado y el presente. Al toparme poco después con el grupo, comprendí también hasta qué punto su destino había sido terrible desde la llegada de los blancos, un periodo que corresponde a menos del 1% del tiempo que llevan en Australia.
Durante las primeras décadas de la conquista las matanzas fueron constantes y, casi siempre, quedaron impunes. Miles de aborígenes murieron al contraer enfermedades frente a las que no tenían ninguna protección. En los años sesenta, comenzó a cambiar la percepción de los australianos primigenios y con ello las leyes. Sin embargo, hasta los setenta no se cerró uno de los capítulos más siniestros de la historia reciente de Australia: las generaciones robadas, niños arrancados por la fuerza a sus familias y que acabaron a veces en instituciones públicas en las que fueron sometidos a abusos. En 1997 se publicó un demoledor informe oficial, Bringing them home (devolviéndoles a casa), que reconocía que afectó a unos 100.000 niños, un número escalofriante. En 2008, ante el Parlamento de Canberra, el primer ministro australiano, Kevin Rudd, manifestó el perdón de toda una nación. “Hoy rendimos homenaje a los pueblos indígenas de esta tierra, las culturas continuas más antiguas de la tierra”, dijo Rudd, quien pidió expresamente disculpas “por el dolor, el sufrimiento y las heridas de esas generaciones robadas, sus descendientes y sus familias”.



Retrato del capitán Cook, el marino británico que llegó a las costas de Australia en 1770 por el joven artista aborigen
                                                                         Vincent Namatjira (Alice Springs, 1983).


Los aborígenes se instalaron y prosperaron en un territorio increíblemente inhóspito. Como no para de recordar Bill Bryson en su libro, Australia alberga más animales venenosos que ningún otro lugar en la tierra: serpientes taipán, pulpos de anillas azules, medusas de todos los tamaños y venenos… Aunque en tierra no hay grandes carnívoros, en el mar están los tiburones y, sobre todo, los cocodrilos de agua salada, unos feroces y gigantescos reptiles supervivientes de la era de los dinosaurios. Michael Finkel relata en un reportaje en National Geographic: “Cualquier criatura del bush(es como se conoce a las zonas de matorral bajo que ocupan gran parte de la isla) quiere envenenarte: serpientes, arañas. En el norte, están los cocodrilos de agua salada, conocidos como salties, que pueden alcanzar los diez metros. Durante mi estancia en el bush, dos niños fueron devorados por los salties. Expresé mi dolor, pero se mostraron impasibles: esas cosas pasan”. Esa reacción refleja una profunda unión con la tierra, para bien o para mal, es quizá la representación más extrema de esa canción que contó Bruce Chatwin. El arte aborigen se funde con su tierra, celebra la capacidad de resistencia de un pueblo a la vez que narra su tragedia. Pero es sobre todo una cultura sobre la vida, capaz de recorrer 50.000 años desde un pasado inexistente hasta un presente de lucha constante.











‘Indigenous Australia’. The British Museum, Londres, hasta el 2 de agosto. A finales de 2015, podrá verse en el Museo Nacional de Australia en Canberra.









martes, 19 de mayo de 2015

LA INSOPORTABLE REALIDAD


Un país que ya no tolera la realidad

 Enrique Valiente Noailles 




La Argentina ha roto su pacto con la significación. El evento más importante del año, y acaso de la década, la muerte de Nisman, ha quedado reducido a la insignificancia más absoluta. Convertido en cenizas, de él queda apenas un merodeo por cuentas corrientes y amantes, el eco de las discusiones entre la querella y la fiscal, y una investigación a su madre. Pero no sabemos siquiera a qué hora murió. Y menos sabremos ya el cómo o el porqué. Simultáneamente, los eventos que no significan nada se agigantan de manera curiosa y permanecen como globos de helio sobre nuestro firmamento. Alcanzan 35 puntos de rating, millones de espectadores y un interés generalizado. Se trata de dos caras de la misma moneda: habernos convertido en reducidores de cabeza de los hechos más graves nos libera para ejercer una macrocefalia de lo superficial.
En esto radica la brutalidad profunda de la Argentina: en la alteración del tamaño y valor de todos los eventos. Un vicepresidente procesado por quedarse presuntamente con la máquina de hacer billetes tiene valor anecdótico; la edad de un miembro de la Corte Suprema es un escándalo de Estado. Ahora bien, pensar que la escala de significaciones se encuentra alterada acaso sea engañoso. Tal vez sea la escala en la que queremos vivir.
Por eso sería inútil o anticuado escandalizarse con nuestros candidatos porque asisten a un programa de entretenimiento. Las censuras a los candidatos y a ShowMatch pertenecen a un paradigma perimido, a una época en la que todavía nos preocupaba la realidad. Ni siquiera Tinelli, más allá de su viveza, tiene la responsabilidad de haberse convertido en un factor de poder. Si de la semilla de lo irrelevante crece un baobab, hay que preguntarse por la fertilidad de la tierra en la que se la ha sembrado. La Argentina de estos tiempos, desacostumbrada a la realidad, quiere entretenerse. Por eso peregrinan a la meca de ShowMatch nuestros candidatos. Y seguramente por eso Tinelli tiene allanado el camino para convertirse en un dirigente de la Argentina.
No suman votos, en esta época, adagios similares al de Winston Churchill, que prometía sangre, sudor y lágrimas. Baile, risa y olvido son lo apropiado para nuestro juego. Es que ningún candidato de la Argentina puede ya prometer la verdad. La verdad no es un sillón en el que uno acomoda a la realidad para que se sienta confortable. Para eso tenemos el relato. A la verdad no le preocupa cómo caerá en el que la recibe. Tiene infinidad de filos y aristas que no encajan con lo que deseamos. Es que ya hemos perdido la costumbre de enfrentarla y, a ciencia cierta, no sabemos muy bien qué clase de animal es. Sólo estamos acostumbrados a este zoológico lingüístico en el que el todo puede ser dicho y tergiversado al punto de hacer desaparecer la noción de que hay algo cierto detrás.
Por eso hay que comprender a los candidatos, que ya no bailan al compás de la verdad, antigua señora que tampoco sabría cómo moverse entre nosotros, sino que han decidido moverse al compás de la apariencia. Nuestra realidad de hoy carece de densidad propia y en estos años ha quedado exclusivamente conformada por siliconas interpretativas. En efecto, ha adoptado tamaño variable, se ha buscado presentarla de la manera más atractiva posible, para excitar a nuestro electorado.
Existe por eso un temor en los candidatos de sacar a la Argentina de su ilusión y de enfrentarla consigo misma. Porque podrían obtener todo el rechazo de quien no quiere mirarse a sí mismo. Si obligáramos a alguien a ponerse frente a el espejo luego de años de no hacerlo, el susto sería grande y le costaría reconocer lo que ve enfrente. Éste es un efecto primario de la época que vivimos: a fuerza de ignorar, eludir y modificar la realidad, tal vez, nos hayamos convertido en seres intolerantes a ella.
A la vez, no deja de ser conmovedor el esfuerzo de los candidatos por ponerse a la altura del espectáculo -no estamos hablando de altas cumbres-, por encajar en el formato que les tenemos reservado, de entretenernos y no molestar demasiado. Y no deja de tener algo de malicioso colocarlos en esa escena. Caminan por la cuerda floja de un lenguaje que no manejan y cualquier paso en falso puede aquí ser fatal. Una respuesta desatinada, una reacción desajustada, irse por la puerta equivocada, como le ocurrió a De la Rúa, puede significar un rotundo pulgar hacia abajo en nuestro circo peculiar. Pisan un sitio minado, plagado de gestos no verbales y en el que en el fondo es más difícil esconderse.
No deja de ser un dato interesante que la mera escenificación, la mera aparición en un programa televisivo, tenga el poder alquímico de convertirse en votos. Que el ser visto por mucha gente, por sí solo, agregue valor a un político, habla de la densidad de la política en sí misma. Nuestra voluntad de voto no necesita ser mediada por una reflexión o por un cálculo: utiliza la transfusión sanguínea de la imagen. Los candidatos penetran en las masas sobre la base de su gracia escénica, y su grado de aceptación tal vez tenga que ver con que se los juzga para ver si son buenos actores para continuar con nuestra comedia. Por eso, si los candidatos no aceptan finalmente someterse a un debate presidencial, tal vez podamos comprometer a los actores que los parodian.
Porque la gente no tiene tanto interés en lo que piensa un candidato como en juzgar, precisamente, cómo baila al compás de la apariencia. Todo se juega ya en el reino de las apariencias. Todo lo que sucede está muy lejos de nuestra antigua imaginación representativa, que desearía creer que se eligen programas de gobierno. Las políticas de gobierno, las ideas, las propuestas de futuro han pasado a formar parte del mercado clandestino de la política. Hay que pensarlas y transarlas fuera de la vista. "Nadie va a perder lo que tiene", sugieren a su manera los tres candidatos, cuidadosos de no pisar involuntariamente algún callo, algún subsidio.
Tal vez tengamos que invertir definitivamente los polos del análisis. Y tal vez a un pueblo de espectadores le corresponda, justamente, una política del espectáculo. Los dislates que se dicen desde los micrófonos públicos, la corrupción rampante, el ataque a Fayt por ser viejo, la manipulación de la Justicia, la masiva ausencia de rendición de cuentas, la idea de que un gobierno tiene derecho a apropiarse y a devorar al Estado, toda esta inmensa disonancia con lo que debieran ser las cosas tiene posibilidad y existencia por la complaciente caja de resonancia y la restricción de conciencia colectiva en la que ocurre. Aquella que ofrece, aún con algunas islas de resistencia, la mayoría de la población. Tenemos que interrogarnos por la demanda -o ausencia de ella- y no tanto por la oferta, que es donde hemos puesto toda la atención y la energía, donde creemos que se deciden las cosas. Tal vez la verdadera metáfora que Tinelli está expresando sea ésta: al igual que Forrest Gump, seríamos protagonistas involuntarios y testigos de los eventos importantes de la historia, pero, en términos colectivos, con un retraso motriz y mental.
Además de emitir moneda sin respaldo, como si nada hubiéramos aprendido del pasado, y de emitir palabras sin respaldo, se emiten eventos graves que, como la muerte de Nisman y su denuncia, se volatilizan y se pierden al poco tiempo en el éter de la insignificancia. Vivimos, entonces, en plena emisión de significantes sin significado. Por eso, desde hace décadas que cualquier cosa puede ocurrir en el país, porque una vez que ocurre es vaciado inmediatamente de sentido. Y por eso, cualquiera que sea el próximo presidente, lo relevante es si querrá y querremos en conjunto restaurar -si es que ha existido- el pacto con la significación.


La Nación. Mayo 15 de 2015.






lunes, 18 de mayo de 2015

POEMA






Residencia

Alina  Kummerfeldt








            Fotografía: Anka Zhuravleva 








Te lo advierto
no va a ser difícil
conseguir el pasaporte
para estar conmigo
pero sí la residencia
para habitar en mí.
Este cuerpo es una metáfora del alma




























sábado, 16 de mayo de 2015

ARTE



Lo que es único y revolucionario tiene aura, pero no precio



Retrato de Alele Bloch-Bauer:  Gustav Klimt




 La semana que termina pasará a la historia de las subastas por los precios astronómicos pagados por Las mujeres de Argel, de Pablo Picaso, y el Hombre que señala, de Alberto Giacometti. Para comenzar, Picasso es el artista más caro entre los más caros. Un aura especial rodea su nombre como la gran marca del arte. Fue un renovador absoluto de la estética en la primeras décadas del siglo XX y encontró siempre la mejor manera de promocionarse: por sus escándalos amorosos o por su capacidad para romper una y otra vez las reglas y volver a empezar de cero. Picasso es muchos pintores en un solo pintor.
Jugó su parte en este récord la formidable donación de pintura cubista hecha por Ronald Lauder al Museo Metropolitano de Nueva York. Hijo de la emperatriz de la coméstica Estée Lauder, Ronald es un coleccionista extraodinario, que, años atrás, en una venta privada, compró el retrato de Alele Bloch-Bauer, por 135 millones de dólares. Récord absoluto guardado en la intimidad de los Lauder, aunque la pintura puede verse en la galería que el magnate tiene en Manhattan.

Obras de cuatro artistas integran la colección donada al Met: Picasso, Braque, Juan Gris y Léger. Sin embargo, el mejor representado es el malagueño con 34 obras. Aunque Picasso vivió muchos años y su producción fue prodigiosa, es obvio que cada día será más difícil encontrar un buen Picasso en las gateras de las rematadoras. Y esto explica que el rematador ofreciera el cuadro con un "piso" de 120 millones de dólares. El remate duró 11 minutos y se desconoce la identidad del comprador. Es así.
Los cuadros que integran el ranking de los más caros, salvo excepciones, no están en museos ni forman parte de colecciones públicas. Las mujeres de Argel tenía, además, la pequeña gran historia de los Ganz, del joyero y la ex vendedora de Macy's que formaron una pinacoteca en un departamento de la Quinta Avenida. Tanto es así que, cuando la hija de ambos, hoy dueña de un anticuario en Londres, invitaba a sus amigas, y éstas preguntaban por los cuadros, ella respondía que eran reproducciones baratas compradas por sus padres. Le aterraba contar que vivía en un museo.
La segunda razón del superprecio, y que vale también para el Giacometti, es que ambos lotes integraron una subasta "curada" por Loic Gouzer, de 34 años, experto en arte de la posguerra de Christie's. Loic eligió un lema nostálgico y reunió obras inspiradas en el pasado. Las mujeres de Argel está inspirada en la obra del mismo nombre que Eugène Delacroix pintó en 1934.
Giacometti en 1962 ganó el León de Oro de escultura en la Bienal de Venecia. Ese mismo año, Berni ganó el gran premio de grabado, y ambos se fotografiaron con Gyula Kosice, que era el comisario del envío de Berni. Una anécdota para ubicar en el mapa al artista suizo que cambió para siempre la manera de concebir la figura humana. Dejó el realismo y la academia, y se aventuró en un universo personal, que marca un punto de inflexión en la historia del arte. Eso lo sabía la coleccionista Lilly Safra que pagó más de 104,1 millones de dólares en 2010 por elHombre que camina, quizá su obra más famosa. Dato clave: Hombre que señala (1947) había estado 45 años en la misma colección privada. Su reaparición en la escena en una venta promocianada a los cuatro vientos puso en acción a los cazadores de récords: 141,3 millones de dólares.
Las cinco obras más caras:

1-US$ 179 MILLONES:Las mujeres de Argel (1955)

Pablo Picasso


2-US$ 142 MILLONES:Tres estudios de Lucian Freud (1969)

Francis Bacon




3-US$ 141,285 MILLONES: El hombre que señala (1947)

Alberto Giacometti





4-US$ 119,9 MILLONES:El grito (1895)

Edvard Munch

5-US$ 106,5 MILLONES: Desnudos con hojas y busto (1932)

Pablo Picasso



Alicia de Arteaga:   La Nación.  Buenos Aires






viernes, 15 de mayo de 2015

YO, ALEJANDRO




La batalla de Isos

Alejandro Insaurralde










El que obtiene una victoria sobre otros hombres es fuerte. Pero el que consigue vencerse a sí mismo, es todopoderoso. Lao-Tse


Las vías de ataque que nuestro inconsciente busca durante un conflicto interno son innúmeras. Una personalidad en crisis es un constante campo de batalla donde el consciente e inconsciente se disputan la hegemonía. Estas luchas se acentúan cuando la vida social nos empuja a ser partícipes de una vertiginosa carrera de ambición que termina convirtiéndonos en bombas de tiempo, nos obnubila, nos coarta la posibilidad de amar, e incluso nos hace más vulnerables y susceptibles, aunque después nos termine fortaleciendo.
Cuando reaccionamos frente a un espejo, por ejemplo, nos percatamos del tiempo que empleamos enfermando el cuerpo, la mente, en fin, nuestra entera humanidad. Un espejo puede ser un médico infalible que, pese a la necesidad de un paliativo, jamás ofrece un placebo o diagnóstico engañoso. La realidad que nos muestra asusta –aunque sea una revelación liberadora– como a un recluso lo asusta la libertad después de años de estar entre las sombras. A través de nuestros ojos en el espejo, nos habla el alma. Frente a sus advertencias, nos queda la elección de ponerlas a nuestro servicio, o ser indiferentes a ellas y seguir haciéndonos daño.
Después de una jornada intensa de labor, sentado frente a mi dresuar de mármol con espejo biselado, me instalé en este rincón de la habitación, un rincón cálido, acogedor, para desconectarme por un rato del alienado ritmo de vida que impera en la urbe. Divagaba en ambigüedades, entre ideas abstractas, intentando hallar respuestas a un problema que me invadía, un conflicto personal, complejo y de larga data, que eclosionaba de formas diversas. Los miedos, traumas, y ansias de realización, eran algunas de las diademas de este monstruo que me perturbaba el ánimo.
Aunque suene un contrasentido, ser un profesional de la psiquis no me eximió de esta situación. En ocasiones, los psiquiatras nos enfrentamos a pruebas comparables con las de nuestros pacientes, y la abstracción e impermeabilidad que requiere la profesión sin darnos cuenta, se quebrantan.
Por trabajar a diario con lo supuestamente absurdo, lo enajenado, con diversas manifestaciones humanas del contrasentido, a veces terminamos conviviendo con él. Consulté a otros colegas y amigos. Sus aportes me sirvieron de mucho, pero siento que estas semillas aún germinan, y tardarán un tiempo en dar sus frutos.
Mientras caía la tarde, mi vista carreteaba por los contornos biselados del espejo, esquivando mi certera mirada, como evadiendo un diálogo con ambages. Cuando nos miramos al espejo, ninguna mirada es tan perseguidora, tan indesviable como la nuestra. Es una señal inequívoca de que no existe mejor observador de nuestro mundo que nosotros mismos. Enfrenté por un momento mi propia mirada, y aquellos ojos me hablaban del vacío por donde se iban las horas y los días, como por un desván.
Mi imaginación, de pronto, comenzó a jugarme una extraña pasada. Unos destellos rondaban fugaces por uno de los ángulos superiores del espejo; algunos en forma oval, otro en cruces, otros zigzagueaban con intermitencias, otros que fulguraban y se desvanecían instantáneamente; parecían los peculiares destellos que el sol vierte sobre aguas calmas; los destellos se volvían más intensos mientras fijaba la vista en ellos; miré hacia todos los rincones de la habitación para averiguar de dónde provenían; los ventanales se ubican del lado Este, de modo que no eran reflejos del crepúsculo; además, no parecían ser originados por el sol ni por algún objeto metálico; ningún haz de luz atravesaba la habitación; era una anomalía de la física que me confundía; volví a fijar la mirada en el espejo, y el fulgor aumentaba hasta un nivel que dañaba mis ojos; aquel intenso resplandor parecía abrirse, y fraccionaba el espejo en porciones verdes y marrones.
No me equivoqué cuando supuse que la imaginación me jugaba una extraña pasada. Al instante me vi parado en una planicie, sobre un césped irregular, con partes terrosas; era un día soleado y caluroso; los destellos continuaban sus movimientos danzantes, pero ahora provenían desde el horizonte; el cuerpo me pesaba, y sentía varios kilos montados sobre mí.
En efecto, una imponente armadura de bronce me cubría el cuerpo; en la mano derecha empuñaba una espada y en la izquierda un escudo de Troya; un yelmo casi hermético cubría mi cabeza, y sólo mi rostro podía sentir la suave brisa; caminé unos metros y toda la pesada ferretería rechinaba en cada paso.
Mientras avanzaba me iba familiarizando con aquel ropaje militar, ya no sentía el peso de la armadura y podía sostener la espada con seguridad y firmeza. Al parecer, venía de tomarme un descanso, o bien, me habría bañado en algún arroyo o estanque porque me sentía fresco y renovado. Desde varios lugares aparecían soldados que se dirigían a mí con gran respeto. Me hablaban en un idioma desconocido, pero podía entender lo que me decían. Supe después que hablábamos en griego, y por alguna razón, esa lengua me resultó también familiar.
Los soldados cumplían sin titubeos cada orden que yo impartía. Comprendí que era como un general o alto comandante de un ejército. Unos civiles que acampaban en el lugar se postraron ante mi paso para rendir pleitesía. Además de militar, era algo así como un monarca o gran soberano.
Sobre el horizonte, se alzaba una multitud de siluetas doradas que fulguraban los mismos destellos que mi armadura cuando el sol la besaba. Eran cientos, miles de soldados dominando el paisaje. Aguardaban mi presencia para levantar campamento y marchar. Uno de los soldados, en apariencia con alto rango, me alcanzó un cántaro con agua y bebí. Mi rostro se reflejaba en el agua con el aplomo augusto de un gran conductor. Luego el soldado se dirigió a mí en griego:
—Gran Señor, Rey de Macedonia, estamos listos para ir contra Darío...
Yo era Alejandro, “El Magno”, rey de los macedonios, hijo de Filipo, que había lanzado su campaña de guerra contra el imperio persa y vengar la muerte de su padre. Como lo llaman los iraníes:
“Una bestia que salió de los mares con una fuerza ciclónica; un demonio de cabello alborotado nacido de la raza de la ira…”
Yo, Alejandro, dispuse el ordenamiento de las tropas antes de salir. El ejército contaba con: Varias falanges con unidades sintagmáticas, hoplitas, hipaspistas, peltastas, caballería con cuerpos de hetairoi, artillería de asedio, arqueros y miembros de la guardia real macedónica. La resistencia que ofrecieron los sátrapas de Darío no fue significativa, y la última victoria junto al río Gránico no demandó muchas bajas. Había, por lo tanto, suficientes hombres, armamento y víveres para continuar la campaña hasta el corazón de Persia: Persépolis.
El control en los desfiladeros del Tauro estaba asegurado; ordené a mi ejército descender hasta Cilicia y en la llanura de Isos atacamos a Darío III, “El Gran Rey” de Persia; el enemigo nos superaba ampliamente en número; Darío colocó gran parte de su caballería en el flanco derecho, cerca del mar, y en la izquierda, jinetes y arqueros; avanzamos lentamente y al acercarnos, cuando ya podíamos sentir el olor a carne enemiga, ordené un ataque pleno por el flanco derecho y por el centro; mi espada blandía en lo alto sedienta de sangre; era un espectáculo ver las armaduras, sarissas, espadas y adargas macedónicas iluminando la llanura, esta vez, con el fulgor de nuestra cólera; los tesalios arrasaban a los jinetes persas hundiendo sus espadas con odio visceral; era un festival de sangre que me henchía de orgullo, una hecatombe en la cual plasmaba una venganza personal.
Mi arnés fue apenas vulnerado, pero no me impidió ir en busca de Darío; ataqué con mi caballería por el flanco donde estaba “El Gran Rey”; me aproximé; mi guarnición lo rodeó, era una presa lista para ser capturada; el rostro de Darío no se veía claro; su fisonomía, nubosa e indefinida, se desdibujaba como una imagen fantasmal tras un fárrago de espadas que colisionaban; me abrí paso decapitando persas y allí lo vi; ¡Darío III era yo! ¡Tenía mi rostro también! Un
rostro entumecido, absorto de ver cómo su ejército era masacrado; sus ojos se fundían en un terror paralizante; aquellos ojos, que eran los míos, ¡tenían la misma expresión pasmosa del mosaico de Pompeya!
Darío montó en su caballo, enfundó su cimitarra y huyó. Abandonó en la llanura su manto púrpura y su yelmo. Junto con él, se iban su dominio del mundo, su poder, su tiránica amenaza.
Alcé mi escudo sagrado de Troya, mientras veía escapar una parte de mí. Darío se alejaba con algunos soldados hasta reducirse a pequeños puntos en la llanura inmensa. Más tarde sería vencido. Su vida vería pronto el ocaso, al igual que su imperio.
Sonó la trompeta de victoria, y me vi de pronto apoyado sobre el dresuar, adormecido, cansino. Mis manos sudaban. La potente trompeta no era más que el timbre de casa que sonaba insistente. Desperté de un sueño en el cual fui vencedor y vencido. Entre las sangrientas páginas de la historia mi crisis encontró un paralelo en esta dualidad onírica. Alejandro contra Darío no fue sino un capítulo más en la constante lucha conmigo mismo.


INSAURRALDE, Alejandro. “La batalla de Isos”, Entre vivencias y visiones, 2da.edición, Buenos Aires, Sabor artístico, 2013.








jueves, 14 de mayo de 2015

ESE GRANDE





Tato Bores




Parte de la historia política argentina fue narrada en la pantalla chica con una crítica sutil admirable. Humor y política fueron las palabras que Mauricio Borensztein, más conocido como Tato Bores, supo unir y hacer inseparables. Fue quien hizo reír a los argentinos con sus monólogos, condimentando la realidad con relatos y frases cómicas. Hombre multifacético, formó parte de la programación de la radio, participó en el cine, integró escenarios teatrales y se consagró con un frac, una peluca, anteojos de marco grueso y un habano, en la televisión.La sagacidad de sus comentarios hizo furor entre los televidentes, tanto que hasta el día de hoy se recuerdan sus famosas frases: "El que sabe, sabe y el que no es jefe", "Vivir se puede pero no te dejan" y "Así que mis queridos chichipíos, la neurona atenta, vermouth con papas fritas y ¡¡¡GOOD SHOW!!!...," entre otras.


No fue un chistoso más. Supo utilizar su inteligencia para construir un personaje que decía lo que nadie se animaba a expresar, ensamblando su viveza con la crítica dura hacia los políticos y la manera de ser de los argentinos. Expresiones que no murieron en el olvido, porque enunciaban ideas que trascendieron el tiempo. Una ironía inmortal vino de la mano de este cómico nacional que nació el 27 de abril de 1927.La televisión fue su fuerte y los televidentes signaron esa fortaleza cada vez que encendían el televisor. Fue un clásico de los domingos; por sus programas desfilaron famosos y políticos. Pocos se salvaron de ser mártires de las palabras de Tato y de las risas de los argentinos.
Grandes compañeros de Tato fueron la lluvia de papelitos, los patines y el famoso teléfono negro con el que dejaba en jaque con sus comentarios al presidente de turno.Son inolvidables también, el plato de fideos que convidaba a quienes serían víctimas de sus entrevistas, el champagne con el que brindaba, y sus tantos personajes, uno de los más famosos el arqueólogo Helmut Strasse.





Una mala pasada le jugó su propio humor. En varias oportunidades, Tato se vio atrapado, con su propia sátira, en procesos judiciales. El más conocido se produjo tras poner en el centro de uno de los pasajes de "Tato de América" a la jueza federal María Romilda Servini de Cubría. Ella se enteró antes de que saliera al aire y lo demandó. Por este motivo, parte del programa fue censurado previamente y, provisoriamente, no se difundió. Ese domingo de 1992, en lugar del fragmento en cuestión, se emitió un cuadro negro que decía: "Censura judicial". No sólo Mauricio Borensztein creyó errónea la medida, también muchos de sus colegas y miembros de la justicia estuvieron en desacuerdo. Tato presentó un recurso extraordinario ante la Corte Suprema de Justicia contra la medida cautelar que había adoptado la Cámara Federal de Apelaciones en lo Civil y Comercial. Finalmente, el fallo que prohibía la emisión del segmento fue revocado, y se autorizó su difusión.
El humorista político y actor gozó de popularidad televisiva con "Tato siempre en domingo", un éxito que emprendió en 1961; luego le siguieron los siempre recordados "Tato de América" (1992) y "Good Show" (1993), entre otros.
Sus tres hijos, Alejandro, Sebastián y Marina, que crió junto con su esposa Berta, no sólo conformaban su familia. Fueron también parte de su carrera. Dos de ellos, Alejandro y Sebastián, produjeron sus programas a partir de los ´80; y aún después de su muerte, el 11 de enero de 1996, los tres hermanos decidieron ponerlo nuevamente en pantalla. Ellos mismos se ocuparon de recolectar el material, y salió al aire "La Argentina de Tato" (1999).
Aunque recorrió la radio, el teatro y el cine, su presencia en la televisión dejó una huella insuperable de humor político en la pantalla chica. Fueron más de 30 años de risas, sketchs, críticas y buenos monólogos (tuvo grandes libretistas como Landrú, César Bruto, Aldo Camarotta, y Santiago Varela, entre otros), tiempo que utilizó para ganarse el respeto de todos los argentinos y ser recordado hasta el día de hoy como uno de los más grandes humoristas del país. El actor cómico de la Nación , como bien lo llamaron, se convirtió en un símbolo del humor político de la televisión argentina, difícil de olvidar...



https://youtu.be/r0Yvj68w2Zo
https://youtu.be/h3rc7ZWAN7U
https://youtu.be/X1rm8I2UT2Y




Paula María Martin: LA NACION LINE


miércoles, 13 de mayo de 2015

JACKSON POLLOCK: Y SU PASTEL...DE MANZANAS



El pastel de manzana de Pollock

Begoña Gómez Urzaiz











Jackson Pollock finaliza uno de sus drip paintings en el taller adjunto a su casa del pintoresco pueblo de Springs, (Long Island, Estado de Nueva Yok), y, para celebrarlo, entra a la cocina y empieza a trabajar la masa de su famoso pastel de manzana, el mismo que ha ganado el concurso de tartas de la localidad y que se ha hecho legendario entre sus amigos y vecinos.
No, la escena desde luego no aparece en Pollock, la película basada en una biografía que ganó el Pulitzer —Pollock: an American saga— y en la que Ed Harris cimentó la imagen que existe del pintor en la cultura popular, la del genio asilvestrado y alcoholizado al que algunos historiadores contemporáneos han diagnosticado póstumamente un trastorno bipolar. El pintor falleció en 1956, con tan sólo 44 años en un accidente de tráfico causado porque conducía borracho. Su amante, Ruth Kligman, que viajaba en el asiento del copiloto, sobrevivió.
Sin embargo, la idílica viñeta doméstica, con aroma a harina y a manzana caramelizada, responde a la perfección a la vida del pintor. O al menos eso reivindica el libro Dinner with Jackson Pollock (Assouline), un lujoso tomo que recupera las recetas que solían cocinar Pollock y su esposa, la artista Lee Krasner, en su casa de Springs. Su autora, Robyn Lea, trabajó mano a mano con la sobrina de ambos, Francesca Pollock, y tuvo acceso a la casa-museo del matrimonio, donde encontró decenas de recetas manuscritas cuya existencia se desconocía. Aparecieron, arrugadas y manchadas de comida, entre las páginas de sus libros de cocina y guardadas en un librito de gastronomía que publicó el New York Times en 1942. Algunas, como la de las cebollas rellenas o las albóndigas suecas, provenían de Stella Pollock, la formidable madre del pintor, que llegó a trabajar como cocinera en tiempos de escasez económica. Otras fueron prestadas de amigos, como la ensalada de fruta de Elaine de Kooning, la bullabesa de la artista Perle Fine o la salsa para los espaguetis de Rita Benton, la esposa de su profesor de pintura, Thomas Hart Benton, y una figura importante en la vida de Pollock. Dentro de un libro titulado Boston Cooking apareció un pequeño recetario, ideado por Krasner y un farmacéutico local, pensado para curar el alcoholismo del pintor con una dieta estricta a base de zumos, batidos y emulsión de soja.

Lea, que cocinó y fotografió muchos de los platos con los utensilios auténticos de la pareja, incluidas sus ollas de la marca Le Creuset, reconoce que la estampa que se desprende de su libro no cuadra a priori con la imagen de "salvaje que dispara pintura" que se tiene del adalid del expresionismo abstracto. "No negaré que fue un hombre complejo con un considerable problema de alcoholismo, pero preparando el libro pude imaginar sus esfuerzos por curarse, muchas veces mal aconsejado por profesionales bienintencionados pero equivocados, y tuve acceso a ese otro lado que describen sus amigos, el del hombre sensible y amable que amaba pescar, buscar almejas y preparar tortitas esponjosas para el desayuno", asegura.
Los Krasner-Pollock, cuenta, "tenían un sentido muy moderno de la gastronomía" y preferían cultivar sus propias verduras -al parecer, las berenjenas eran el orgullo del pintor- y salir a buscar almejas a la costa y setas salvajes a los bosques cercanos. En su casa, la comida era importante en el día a día pero también funcionaba como arma de seducción social. La pareja solía preparar elaborados banquetes regados por champán Bollinger a los que invitaban a personajes influyentes del mundo del arte como Peggy Guggengeim, que les concedió un préstamo para comprar la casa, el crítico Clement Greenberg y el artista y coleccionista Alfonso Ossorio. Con el tiempo, algunos de sus amigos neoyorquinos se instalaron en la zona, atraídos por ese estilo de vida entre sofisticado y rural.
Jackson Pollocky su esposa Lee Krasner. / © CORTESÍA POLLOCK‑KRASNER


Pollock cocinaba como pintaba, llega a asegurar Lea. Y no es extraño, cree, que su especialidad fuese hornear pasteles y panes, como su célebre barra de centeno, que preparaba los sábados, siguiendo la costumbre puritana de no cocinar los domingos. "Su aproximación a la pintura, que tenía una clara estructura visual, no es distinta al proceso de hacer pasteles, que requiere ser preciso y en el que nada es accidental. Trabajar la masa es algo muy rítmico, igual que lo era la forma en que él danzaba alrededor del lienzo cuando pintaba", defiende la autora. Pollock aprendió a hacer el pastel de manzana de su madre y lo consideraba su plato estrella, sobre todo cuando ganó con él el primer premio en la Feria de Pescadores de Springs. Los vecinos, a los que les divertía que el "mejor pintor vivo de Estados Unidos", como lo ungió ya en 1949 la revista Life, quisiese discutir con ellos sobre cuáles son las mejores almejas para preparar el chowder, apreciaban tanto aquella tarta que compraban las porciones por adelantado, antes de que llegase al bar del pueblo. Sólo los más rápidos se convertían en propietarios de efímeros y deliciosos pollocks.