jueves, 26 de octubre de 2017

HISTORIA Y EMOCIONES




Las emociones que mueven la historia


Margaret Macmillan*











Es posible que la influencia que ha tenido la economía sobre la historia, como sobre las demás ciencias sociales y las humanidades, sea la causa de que en ocasiones a los historiadores les incomode el papel que desempeñan la personalidad y las emociones en los sucesos. Yo soy de la opinión de que hay que prestar atención a ambos. Si en la década de 1930 hubiera estado al frente de Alemania otra persona que no fuera Hitler, ¿lo hubiera arriesgado todo ese hombre o mujer en una guerra contra Francia y Reino Unido, y luego contra la Unión Soviética y Estados Unidos? Si el militarismo japonés no hubiera estado tan obsesionado con que la amenaza de que Estados Unidos se volviera demasiado fuerte como para que ellos pudieran derrotarlo, ¿hubiera ido Japón a la guerra en 1941, cuando aún tenían posibilidades de salir vencedores? El miedo, el orgullo o la ira son emociones que crean actitudes y decisiones, tanto o quizá más que el cálcu­lo racional.

Y esto nos lleva a las preguntas del tipo “Y si…”. ¿Y si Hitler hubiera muerto en una trinchera durante la Primera Guerra Mundial? ¿Y si Winston Churchill hubiera resultado mortalmente herido cuando un vehículo lo atropelló en la Quinta Avenida neoyorquina en 1931? O ¿y si Stalin hubiera muerto durante la operación de apendicitis que sufrió en 1921? ¿Podemos de verdad analizar la historia del siglo XX sin colocar a ese tipo de personajes en algún lugar del relato? Llama la atención que algunos historiadores, como Ian Kershaw o Stephen Kotkin, que empezaron investigando y escribiendo sobre los nazis o sobre la sociedad soviética, hayan pasado a escribir biografías de los dos hombres que sirvieron de eje a esas sociedades. Los expertos en ciencia política nunca se han mostrado muy dispuestos a considerar el papel que desempeña el individuo, pero ya empiezan a aparecer artículos en sus revistas profesionales con títulos como “Elogiemos ahora a hombres famosos: que vuelva a escena otra vez el estadista”.

En cuanto tratamos de evaluar el impacto de los individuos o de los sucesos aislados en la historia estamos, aunque no nos demos cuenta, pensando en un desenlace alternativo a lo que ya sucedió. Imaginemos de qué otra forma podría haber salido todo en aquella mañana veraniega de junio de 1914 en Sarajevo. El heredero al trono austriaco, el archiduque Francisco Fernando, había cometido una tontería al visitar la ciudad bosnia. Muchos nacionalistas serbios, y entre ellos los que vivían en Bosnia, seguían aún indignados porque el imperio austrohúngaro se hubiera anexionado Bosnia, arrancándosela al imperio otomano, como había sucedido solo seis años antes. Su provincia, creían, pertenecía a Serbia. Y el 28 de junio era un día particularmente aciago para esa visita del archiduque, dado que era la fiesta nacional serbia, el día en que el país conmemoraba la gran derrota que sufrió en la batalla de Kosovo. Tampoco ayudaba el hecho de que la seguridad austriaca estuviera bastante descuidada, a pesar de las alertas sobre posibles conspiraciones de unas oscuras bandas terroristas. En aquella mañana, varios hombres jóvenes y decididos se habían apostado por toda la ciudad, armados con pistolas y bombas, esperando al archiduque. Uno de ellos incluso había conseguido arrojar un explosivo contra el cortejo a su llegada, pero sin acertarle a nadie. La policía, por su parte, había efectuado redadas de posibles asesinos, y los demás no se veían con valor para actuar. Solo uno —Gavrilo Princip— seguía lleno de energía, decidido a hacer algo. Princip estuvo primero dando vueltas por la calle principal, junto al río, esperando que le llegara la oportunidad de cumplir con su misión, y acabó sentándose a descansar junto a un famoso café de la ciudad. Sus oportunidades parecían escasas, hasta que de repente apareció el coche abierto del archiduque: el conductor se había equivocado de trayecto y fue a dar a la callejuela donde estaba apostado Princip, que se puso en pie y disparó a quemarropa contra la pareja imperial mientras el chófer trataba de dar marcha atrás. La muerte del archiduque se convirtió en la excusa que precisaba el Gobierno austriaco para actuar contra Serbia, sometiéndola o destruyéndola. Y eso, por su parte, precipitó la decisión alemana de respaldar al imperio austrohúngaro, mientras Rusia hacía lo propio con Serbia. Si no llega a cometerse aquel asesinato, hubiera sido muy poco probable que Europa fuera a la guerra en 1914. Podría no haberse desencadenado nunca una guerra mundial. Nunca lo sabremos, pero podemos imaginárnoslo.

Las cosas que no sucedieron, los contrafactuales, son herramientas muy útiles para la historia porque nos ayudan a entender que una sola decisión o acción produce consecuencias. Julio César se enfrentó a su propio Gobierno cuando decidió cruzar el Rubicón con sus tropas y dirigirse a Roma en el año 49 antes de Cristo. Ese río delimitaba la frontera entre la provincia que gobernaba él y los territorios italianos regidos directamente por Roma. Este acto de Julio César era traición y se castigaba con la muerte o con el exilio. Pero triunfó, y eso supuso la muerte de la República de Roma y el nacimiento de la Roma imperial. En 1519, Hernán Cortés corrió un riesgo casi inimaginable al adentrarse en México. Tenía 600 soldados, 15 jinetes y 15 cañones, y con eso iba a enfrentarse a los reinos poderosos y bien armados del país. ¿Y si aquellos hombres se hubieran unido contra la diminuta banda de invasores, en vez de dejarse dividir y conquistar? Podría haber sido muy posible que México sobreviviera como Estado independiente, igual que hizo Japón ante un reto parecido, la amenaza de invasión exterior de la década de 1860 y en el periodo de la Restauración Meiji, cuando consiguió reformarse para hacerles frente a los extranjeros. La historia de Norteamérica hubiera sido muy diferente de haber existido una potencia indígena fuerte e independiente.

Los contrafactuales nos sirven para tener presente que en la historia las contingencias y los accidentes pesan. Pero, dicho esto, también hay que manejarlos con precaución. Si al pasado le cambiamos demasiadas cosas, las versiones alternativas de la historia se van haciendo cada vez más implausibles. Y tampoco podemos esperar que ocurriera lo impensable, o siquiera lo improbable. Con la historia no podemos hacer aquello a lo que recurrían los antiguos dramaturgos griegos para resolver las situaciones imposibles, introducir el deus ex machina. Ni podemos contar con que los personajes del pasado piensen y reaccionen de una forma que no se corresponde con su carácter ni con su época. Por ejemplo, que la reina Isabel I de Inglaterra se hubiese comportado como una feminista del siglo XXI. Y cuando tratamos de entender por qué los personajes históricos hicieron lo que hicieran, tenemos el deber de evaluar siempre qué opciones plausibles, y propias de ellos, tenían ante sí.



Extracto del ensayo ‘Las personas de la historia. Sobre la persuasión y el arte del liderazgo’,  publicado por Turner el 18 de octubre.




*Margaret Macmillan es la rectora del St. Antony’s College de la universidad británica de Oxford y catedrática de Historia Internacional en la misma institución, tras haber dirigido el Trinity College en la universidad de Toronto. En el año 2002 ganó el premio Samuel Johnson por su libro París 1919: seis meses que cambiaron el mundo (publicado en español en 2005), y es también la autora de Juegos peligrosos. Usos y abusos de la Historia (2010). Es miembro de la Real Sociedad de Literatura y Senior Fellow del Massey College de la Universidad de Toronto, miembro honorario del St Hilda de la universidad de Oxford, y se sienta en los consejos de administración del Mosaic Institut y del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo y los consejos de redacción de la Historia Internacional y Primeros estudios sobre la guerra mundial. En 2006 fue investida como Oficial de la Orden de Canadá











miércoles, 25 de octubre de 2017

BIROME




Ladislao Biró y la historia de las palabras










Ladislao José Biró (1899-1985) nació en Hungría (László József Bíró) y terminó su vida en Argentina, huyendo del nazismo que asolaba Europa. Periodista, inventor, empresario…, El padre del bolígrafo (o birome en Argentina) era un hombre ávido de conocimiento y con múltiples intereses: desde la química o la pintura, a la organización social de las hormigas, a las que observaba durante horas, según su hija Mariana Biró, a cargo de la fundación creada en honor a su padre. Llegó a Argentina con su hermano Jorge (George) y su socio Juan Mayne, y poco después se les unirían su esposa Elsa y su hija. Argentina lo acogió con los brazos abiertos y hoy lo recuerda como toda una institución: el día del inventor es el día de su cumpleaños (29 de septiembre) y cada año se conceden unos importantes premios a nivel nacional que llevan su nombre.

“El problema de la escritura ya está resuelto”

Así contestaban a Ladislao cuando explicaba su invento, según relata Mariana Biró. En pleno periodo de entreguerras y con la imprenta a todo gas, las máquinas de escribir en pleno auge y la pluma estilográfica al alcance de muchos bolsillos, parecía que el inventor húngaro-argentino estaba “rizando el rizo”: había otras prioridades. Pero Biró estaba acostumbrado a tratar con las palabras, pues fueron su materia prima mientras ejerció como periodista: sabía bien lo que era lidiar con los borrones de tinta cuando la inspiración no permite prestar atención a detalles como el ritmo o el tiempo de secado.

El bolígrafo ni siquiera ha cumplido un siglo, mientras que sus “primas”, la pluma de ave y sus derivados, llevan más de un milenio entre nosotros; y otra “pariente”, la imprenta, más de 500 años. El bolígrafo es a primera vista un invento sencillo, casi obvio a los ojos del homo digitalis. Sin embargo, se trata de una herramienta que tardó en evolucionar desde su antecesor (la pluma) para empezar a convivir en muy poco tiempo con una legión de sucesores (los teclados, las pantallas táctiles…). Pero ese es precisamente el matiz que hace de Ladislao un inventor brillante: supo ver más allá de lo que muchos daban por hecho y nunca desistió en su afán por mejorar un proceso que el resto asumía había desarrollado ya todo su potencial. ¿Cómo pudo el ser humano desarrollar el teléfono antes que el boli? ¿o la máquina de escribir? El boli nació después que los primeros teclados (los de las máquinas de escribir) pero, quizás, el primero se utilizará siempre, mientras que los segundos, quién sabe cuándo y por qué serán reemplazados.

"Instrumento para escribir a punta esférica loca"

Así llamó Ladislao a su invento, que por cierto, funcionaba con un sistema que no ha evolucionado desde entonces. Biró, con la ayuda de su hermano Jorge (químico de formación), desarrolló un mecanismo para evitar que la tinta se amontonase y produjera borrones en el papel: una “bolita” en la punta del tubo que contenía la tinta. ¿De dónde sacó la idea? Hay varias versiones de la historia según las fuentes y quizás, detrás del momento eureka de Biró haya un poco de cada una. Según su fundación, Biró se inspiró en los mecanismos de las rotativas de los periódicos: un rodillo que imprimía la tinta en el papel, pero más pequeño, por lo que evolucionó hacia una forma esférica. Otras fuentes afirman que fue algo mucho más cotidiano lo que arrancó su idea: unos niños jugaban a las caninas en la calle y vio cómo una de las bolas de cristal salía rodando sobre un charco, dejando a su paso un perfecto y homogéneo reguero de agua.

Una startup y un garaje

El desarrollo empresarial del invento de Biró empezó en un garaje con 40 operarios, cual startup del Silicon Valley actual. El bolígrafo nació bajo el nombre comercial de Birome (Acrónimo formado por las sílabas iniciales de Biro y Meyne, socios principales). Para vender los beneficios del nuevo invento se destacaban características como el secado instantáneo, la tinta indeleble o sencillamente, que no requería ser cargado, al contrario que las estilográficas de la época.









Como buen emprendedor tecnológico, Ladislao también vendió su startup a una compañía más grande, la multinacional estadounidense Evershap Faber. Ladislao era un hombre pragmático y una mente inquieta, por lo que ideó distintos dispositivos, más allá del mundo de los inventos “periodísticos”, como una pionera máquina de lavar la ropa, que funcionaba con la energía producida por una cocina de uso casero y que se hizo popular en los años treinta, o un sistema de cambios automático (1932) cuya patente vendió después a la General Motors en Berlín, quienes lo compraron no para fabricarlo, sino para evitar que lo hiciera la competencia.
a figura de Ladislao no ha caído en el olvido, pues en su segunda patria los argentinos celebran el Día del Inventor el 29 de septiembre, en honor a su cumpleaños. El bolígrafo es pues, un invento nacido de un maestro de las palabras. Un invento joven pero de momento, sin rival, en cuanto a que no hay un mecanismo que supere o modifique su funcionamiento. Mariana Biró dice de su padre que siempre fue un pensador incansable, que siguió inventando y creando después o a pesar de su éxito comercial con la birome, y que tuvo siempre como mantra lo que el definía como la naturaleza de todo inventor: “ver las fallas como desafíos y conservar su imaginación personal como su propio incentivo”









Dory Gascueña para OpenMind















martes, 24 de octubre de 2017

TAL VEZ



ILUSTRADO

Pablo Bernasconi *





*  Pablo Bernasconi (n. Buenos Aires, Argentina6 de agosto de 1973) es diseñador gráfico. Ha colaborado en gran cantidad de revistas de gran renombre, entre sus clientes habituales se encuentran ClarínCaras y CaretasRolling StoneThe New York TimesPlayboy, entre otros. 
Bernasconi ha sabido crear un estilo propio en sus ilustraciones, que lo hacen altamente reconocible. Pablo Bernasconi, como describe con sus palabras, "crea un universo no lineal, con su imagen partitura, compone un mensaje incompleto, retazos de un discurso cargado de guiños e implicaturas que el lector, su cómplice, completa y reorganiza, introduciendo en la imagen lo que no está, lo que prolijamente el ilustrador ha ocultado." Wikipedia


De La Nación. Buenos Aires. Argentina














lunes, 23 de octubre de 2017

POEMA



Solo dame una razón


Loreto Sesma











Si nos da miedo el amor, 
es porque hubo una vez nos hicieron daño, 
o incluso dos. 
Y cuando a la tercera,
cuando en teoría va la vencida,
lo que ocurrió es que realmente nos dimos por vencidos. 

Así que no juzgues a alguien por lo que quiere
o deja de querer, 
porque a lo mejor tiene el corazón hecho añicos 
y unas cicatrices en su piel que no se irán,
por mucho tiempo que pase. 

El amor es ese tren que no es que no espere, 
sino que atropella. 
Pero es dirigido por alguien por quien te habrías tirado 
a las vías una y otra vez. 
Por eso no vuelve a pasar, 
porque cada amor mata. 
Y la ilusión del siguiente es lo que resucita, 
y por eso hay quien dice que si no has muerto por lo menos siete veces en vida
es que no has vivido nada.

Hay que tener un par de cojones 
y mucho
pero que mucho coraje para enamorarte,
porque aquel que te sonríe
es el mismo que una mañana te dejara las sabanas frías
y un hueco imposible de llenar en tu cama. 

Hay que ser valiente para querer enamorarte de alguien,
aún sabiendo que será el poema más bonito,
pero también el más jodido de escribir cuando todo se apague. 

Tienes que ser un jodido héroe 
para ser capaz de salvar la sonrisa de alguien
cuando esté naufragando en lágrimas 
y todo su mundo se haya reducido a un mar
de donde no hay posibilidad de rescate, 
pero llegues tú y le digas: 

Mira,
no se si ira todo bien, 
pero si te ahogas,
te prometo que lo haremos juntos. 

Imbécil es lo que eres si pones tu canción favorita
pensando en esa persona, 
porque luego cuando la escuches,
toda partitura, 
palabra, 
sílaba 
y sonido 
será un recuerdo llamando a tu puerta. 

Así que te pido que tengas mucho cuidado. 
Te dirán que el amor solo tiene un final posible 
y es el olvido. 
Pues olvídales tú a ellos. 
Verás a tu alrededor 
historias rotas y escritos como este. 
Qué te sirvan de motivo
para demostrarnos que todo es posible. 

Huye de quien te diga como vivir, 
porque ni el ni nadie
tenemos ni puta idea de como hacerlo. 

Y arriésgate, 
porque echar de menos 
es como si el corazón dijera: 
Oye, me rindo, 
a mí no me jodes más.

Y yo no es por joder, 
pero si ensuciamos tanto la palabra amor, 
si creemos que sabemos querer, 
es por gente como tú.








































jueves, 19 de octubre de 2017

LA OTRA CHINA III



Polución en China

Macarena Vidal Liy











Los valles alpinos de la provincia de Qinghai, en el oeste de China, parecen el paraíso. Las praderas se extienden hasta donde se extiende la vista. El aire es tan puro que dos hermanas acaban de abrir una tienda on line para venderlo en bolsas. En su suelo se encuentra la mayor planta de placas solares de China; durante una semana este verano, la región se abasteció exclusivamente de energías limpias. La meseta tibetana de la que forma parte, llamada el “tercer polo” del mundo, es el gran pulmón de una China asfixiada por la contaminación de su atmósfera.













Pero incluso en este paraíso hay zonas con veneno. “A nuestros animales se les han estado cayendo los dientes, por la contaminación”, se queja Dorjee, un granjero de 40 años de la etnia tibetana asentado en Daotanghe, una pequeña localidad a un centenar de kilómetros de Xining, capital y uno de los centros industriales de la provincia.
Dorjee atribuye los problemas de sus rebaños, y de otros de la zona, a la polución que llega de Xining, una ciudad que en los últimos años ha figurado entre las más contaminadas de China. Es difícil establecerlo con seguridad; en la zona operan también empresas mineras, y otros ganaderos apuntan a ellas. Aunque el granjero enfatiza que la salud de sus yaks ha mejorado en el último par de años, quizá porque han ido a "protestar muchas veces ante las autoridades locales”, dice.
La lucha contra la contaminación y el cambio climático son uno de los grandes problemas que han plagado China en los últimos años y que deberá abordar el presidente chino, Xi Jinping, cuando presente el balance de sus primeros cinco años de gestión en la inauguración del 19º Congreso del Partido Comunista (PCCh), la gran cita política quinquenal del país, que tendrá lugar el miércoles. El medioambiente ha pagado el precio de la rápida industrialización y crecimiento económico de China. No se trata solo del aire: dos tercios de los ríos del país están sucios, algunos tanto que beber el agua es peligroso para el ser humano y los animales. Cerca de un 20% del suelo cultivable contiene elementos dañinos.

Presa de Jishixia, sobre el río Amarillo, una de las obras de reciente construcción en Qinghai.


Pekín proclamó la “guerra a la contaminación” en 2014, después de que una serie de graves episodios de polución en Pekín hubiese dado la vuelta al mundo. Desde entonces ha adoptado medidas como el cierre de fábricas “sucias”, la imposición de duros estándares de emisiones e inspecciones estrictas. Ha adoptado planes de acción específicos para luchar contra la contaminación del aire, del suelo y del agua. El propio Xi ha asegurado que “aguas limpias y colinas verdes valen como montañas de oro y plata”. Pero, según la ONG Greenpeace, la pasada primavera un tercio de las ciudades chinas vio empeorar la calidad de su aire en comparación con el año anterior. De esa contaminación y ese cambio climático causados por la acción humana, no se libran ni las provincias menos industrializadas.
En julio, Pekín reprendió públicamente a un centenar de altos funcionarios por haber causado “graves daños ecológicos” en las montañas de Qilian, una reserva natural en la meseta tibetana, al haber aprobado la construcción de presas y minas y haber permitido que las compañías propietarias vertieran residuos tóxicos en ríos de la zona. También en esas montañas, en Muli, a 300 kilómetros del lago Qinghai, se encuentra una gigantesca mina de carbón, con un potencial extractivo de 23 millones de toneladas de carbón y denunciada en 2014 por Greenpeace como ilegal.

Un informe de la ONG Tibet Watch sostenía en 2015 que China explota los recursos minerales de este altiplano “con creciente intensidad”, desde cobre y oro hasta carbón o magnesio. “Las compañías chinas han trabajado tradicionalmente a pequeña escala, pero ahora ocurren extracciones en grande, principalmente por grandes compañías propiedad de, o que tienen vínculos estrechos con, el Gobierno”.


Un carro transporta heno en las zonas de pastoreo de Erdi, en Qinghai. El deterioro de los pastos ha obligado a los pastores 
a comprar forraje extra para alimentar a sus animales.



Los defensores del medioambiente han denunciado con regularidad los efectos nocivos de esta explotación para el ecosistema de una zona vital para China y el mundo, en donde nacen algunos de los principales ríos de Asia. Para la población tibetana, que se lamenta de los efectos sobre el agua o el daño a los pastos, la explotación minera constituye un asalto a sus valores religiosos y a una naturaleza con la que han vivido en armonía durante siglos. Algunos defensores del medioambiente tratan de conseguir que algunas áreas en Qinghai sean declaradas “lugares naturales sagrados”, bajo el control de la comunidad tibetana.

Es difícil establecer hasta qué punto el daño a los pastos deba atribuirse únicamente a la explotación de los recursos naturales. La meseta tibetana es uno de los lugares del mundo donde es más patente el cambio climático global. “Se está calentando tres veces más rápido que el resto de la tierra; sus glaciares se están derritiendo y su capa de hielo permanente desaparece”, recuerda la Campaña Internacional para el Tíbet.


Este calentamiento más rápido puede desestabilizar el delicado ecosistema, advierte un estudio publicado en mayo y encabezado por científicos de la Universidad de Pekín. Las plantas que mejor se adapten a las temperaturas más cálidas pueden crecer demasiado y extinguir a las especies con un crecimiento más lento. Es algo que puede tener un enorme impacto en los 14 millones de yaks y 40 millones de ovejas que crían los pastores en la meseta.
Otro informe paralelo de científicos chinos, publicado el mes pasado, encontró que la llegada de la primavera se ha adelantado una semana entera desde 1960 en el área de Sanheyuan, donde nacen el río Amarillo, el Yangtzé y el Mekong. De allí procede la mayor parte del agua de China, y de otros países de Asia.

“Si el deshielo anual se adelanta cada vez más, puede cambiar los patrones de inundaciones y sequías de estos grandes ríos y afectar a las vidas de mucha gente”, declaró Yan Zhongwei, del Instituto de Física Atmosférica de la Academia de Ciencias en Pekín y uno de los autores del estudio, en el periódico de Hong Kong South China Morning Post.
Como resultado de estos cambios, los lagos en la meseta se están expandiendo. Desde 1970, el número de estanques y lagos en la región ha crecido un 14%, según la Academia China de Ciencias. La superficie de Tíbet cubierta por agua creció en un 19%.
Tras décadas de pérdida de volumen, desde 2011 el lago Qinghai, el mayor de agua salada de China y una barrera natural contra la desertificación, ha visto crecer sus aguas más de un 10% (lo que equivale a 50 kilómetros cuadrados) debido a mayores lluvias y el aumento del deshielo.
Pero no es algo que perjudique a todos. La mayor humedad y el aumento de lluvias han hecho que las praderas en torno al lago sean más verdes y abundantes, algo que ha hecho las delicias de los pastores trashumantes que llevan allí sus rebaños a pastar.

Mientras prepara un té tradicional de mantequilla en sus pastos de verano, junto al lago Qinghai, la nómada Tsewang Zanmo lo reconoce: “Los yaks están ahora mejor alimentados. Pueden comer en abundancia y engordar”.












De El País. España








LA OTRA CHINA II



Minorías

Macarena Vidal Liy






Un grupo de mujeres de la etnia Salar se dirige hacia la mezquita en Xunhua, Qinghai (China)






Para entrar en la mezquita de Chotamba, una abigarrada mezcla de arte islámico y arquitectura clásica china, hay que pasar ante dos cámaras de seguridad de buen tamaño. Y de una enorme pancarta roja que, en mandarín, ordena a los fieles a “mantener la situación política de estabilidad y unidad, para el éxito del 19º Congreso del Partido Comunista”.
“No lleva mucho tiempo allí”, dice sobre el cartel Masudi, de 75 años; “Más o menos desde que ordenaron quitar los altavoces” para llamar a la oración, en agosto. De larga barba canosa y con el traje negro típico de su comunidad, es miembro de la etnia musulmana Salar, predominante en Xunhua, un apacible rincón en un valle a orillas del río Amarillo en Qinghai, en el noroeste de China.















Este miércoles se inaugura en Pekín, a 1.700 kilómetros, en la otra punta de China, el congreso del PCCh. . Es el gran cónclave político quinquenal en el que el presidente chino, Xi Jinping, renovará su mandato para otros cinco años y será aclamado como el líder con más poder desde Mao Zedong, fallecido en 1976. Durante su primer lustro, Xi ha hecho hincapié en la importancia de la “estabilidad social”. Y ha dejado claro que considera la religión, especialmente si es de origen “extranjero” como el islam o el cristianismo, una amenaza para esa estabilidad en un país nominalmente ateo y donde el Partido Comunista es la única autoridad suprema.
“La religión se percibe como una amenaza existencial al mandato del Partido Comunista, y Xi Jinping reclamó el achinamiento de las religiones extranjeras como el islam en 2015. A otros les gustaría ver una sociedad china completamente laica”, explica James Leibold, de la universidad australiana de Latrobe y experto en las minorías musulmanas en China.

Los fieles son relativamente pocos en ambos casos. Se calcula que, entre los 1.370 millones de chinos, practican el cristianismo unos 70 millones. Y el islam, aproximadamente 23 millones (el 2% de la población). Ambas son religiones añejas en suelo chino aunque de origen foráneo. El cristianismo está presente desde el siglo VII. El islam llegó con las caravanas de la Ruta de la Seda: el Corán más antiguo de China (del siglo XI) se custodia precisamente en otra mezquita de Xunhua.
Masudi reconoce que hay rachas en las que se intensifica el control. “Se nos insiste más en que tengamos cuidado”. Pero este musulmán, cuya familia ha vivido en el barrio hace 80 años, insiste en que jamás ha tenido un problema: “Gracias a la política de sociedad armoniosa del Gobierno, no hay animosidad. Todos nos llevamos bien”.
La situación es bien distinta en la vecina región autónoma de Xinjiang. Centenares de personas han muerto en ataques violentos desde 2009, cuando los enfrentamientos entre la etnia musulmana uigur y la mayoría Han dejaron más de 200 cadáveres.
El Gobierno chino ha respondido con mano muy dura, en lo que los defensores de los derechos humanos sostienen que genera un ciclo de represión y radicalización: ha aumentado en 30.000 sus efectivos en la zona, ha confiscado los pasaportes de los uigur que los tuvieran e incluso ha prohibido a los varones dejarse la barba larga. Nombres considerados demasiado islámicos, como Meca o Mohamed, han quedado vetados para los recién nacidos. Ante el inminente congreso comunista, los hoteles han recibido orden de no admitir huéspedes uigures, so pena de fuertes multas. Pekín alega que son medidas necesarias porque China afronta una grave amenaza de separatistas uigur vinculados con el Estado Islámico (el ISIS) o Al Qaeda.

La vigilancia, a todas luces, va a seguir aumentando. Las advertencias han llegado hasta los hui, la mayor etnia musulmana y bien integrada en China. En agosto, Pekín aprobó una reforma de sus normas sobre práctica religiosa, que entrará en vigor en febrero y que aumenta la supervisión del Estado para impedir, a su juicio, el extremismo.
Según el responsable del departamento de Asuntos Religiosos chino, Wang Zuoan, la revisión era urgente porque “el uso extranjero de la religión para infiltrar [el país] se intensifica cada día y el pensamiento extremista religioso se está extendiendo en algunas áreas”. La desconfianza no solo proviene de las altas esferas del régimen. La mayoría Han percibe un trato de favor hacia las etnias musulmanas, y sus quejas han ido a más, especialmente en Internet, desde los disturbios de 2009 en Xinjiang.

 “Hay una larga historia de resentimiento de los Han contra el trato preferente que las minorías étnicas como los Hui o los Uigur reciben según la ley china de Autonomía Regional Étnica”, apunta el profesor Leibold. “La revolución de Internet ha provisto de nuevas vías de expresión pública al nacionalismo racial Han, y la islamofobia es una expresión de su chauvinismo. Como en otros países, los ataques terroristas de inspiración yihadista han creado un miedo desproporcionado a ‘el otro musulmán’, y las redes sociales son formatos donde prolifera este tipo de discurso de odio irracional”.
Las decisiones que originan las quejas por discriminación pueden sonar un tanto fútiles pues incluyen la asignación de duchas individuales en una universidad a estudiantes musulmanes; el anuncio de que una empresa de reparto de comida a domicilio ofrecería platos halal en contenedores separados; o que la gala de Fin de Año en la televisión estatal evitara alusiones a la carne de cerdo, que el islam prohíbe. “China es un país laico, gobernado por un partido ateo, y debe boicotear con firmeza las leyes islámicas”, es un comentario típico en las redes sociales.

Hasta tal punto han llegado los denuestos que las autoridades han prohibido el uso de algunos de los términos islamófobos más frecuentes en las redes. “La religión verde” o “el cáncer verde”, por el color símbolo, están bloqueados por el bien de la “sociedad armoniosa” a la que aludía el fiel Masudi. Aunque ello no evita que continúe la polémica en Internet. El anuncio de una universidad en Pekín de que los pastelillos típicos que repartiría entre sus estudiantes para celebrar la fiesta del Medio Otoño, hace diez días, serían únicamente halal, volvió a encender los foros.
La prohibición, si se hace cumplir de manera uniforme, “no eliminará este resentimiento, pero quitará un poco de leña del fuego, y ojalá impida que este sentimiento degenere en violencia antimusulmana en las calles”, apunta el profesor Leibold. “La verdadera cuestión es por qué le ha llevado tanto tiempo a las autoridades chinas el reaccionar; parte de la razón es el apoyo entre altas esferas del Partido a este sentimiento antimusulmán”.
En Xunhua, las autoridades locales ordenaron retirar este agosto los altavoces de las mezquitas por los que se llamaba a la oración; un millar de ellos desapareció de 355 lugares de culto en tres días, según el diario Haidong Times. Los funcionarios alegaron que los vecinos habían protestado porque les molestaba el ruido.
“Echo de menos las llamadas a la oración. Podemos saber a qué hora ir a la mezquita mirando el reloj, claro”, contemporiza Masudi. “Pero no siempre la gente lleva el reloj en hora, y es fácil perderse algún rezo”.







De El País. España








miércoles, 18 de octubre de 2017

LA OTRA CHINA




Nómadas en verano

Macarena Vidal Liy





Paisaje sobre el lago Qinghai, el mayor de agua salada en China y a 3.300 metros de altura en la meseta tibetana




Tsewang Zanmo y su familia apuran los últimos días cálidos en su campamento sobre el lago Qinghai, el mayor de agua salada en China y a 3.300 metros de altura en la meseta tibetana. El frío empieza a notarse y sus yaks ya dan cada vez menos leche. En breve, desmontarán su gur, la tienda de campaña en la que han habitado durante el verano; su marido llevará su rebaño de yaks, la fuente de sustento familiar, hacia los pastos de invierno. Ella y su hija Pedma, de siete años, se instalarán en la vivienda en la que desde hace unos años pasan los meses fríos y se despedirán de su vida ancestral de nómadas hasta que vuelva la primavera.
La familia de Tsewang es una de las cientos de miles de nómadas tibetanos que intentan mantener su estilo de vida tradicional como pueden, al tiempo que se adaptan a una rápida modernización, una política de reasentamientos en muchos casos forzosos del Gobierno chino y un cambio climático palpable.
La de Qinghai es una de las provincias de mayor tamaño de China —la cuarta—, pero también una de las menos pobladas, con apenas cinco millones de habitantes en una nación de 1.370 millones de personas, y una de las más pobres: apenas contribuye el 0,35% al PIB anual de China. Como tal, ha sido uno de los focos preferentes de uno de los objetivos prioritarios del Gobierno en Pekín: la erradicación completa de la pobreza en el país para 2020. Un plan que será uno de los principales asuntos en el 19º Congreso del Partido Comunista de China, el gran cónclave político que celebra el país cada cinco años, a partir del día 18 de octubre.













El objetivo, anunciado en 2015, cuenta con el aval personal del presidente Xi Jinping. Aunque desde 1978 China ha desarrollado proyectos para la reducción de la pobreza y ha logrado sacar a 700 millones de personas de la miseria, eliminarla por completo permitiría al Partido Comunista enviar el mensaje a sus ciudadanos de que sus medidas benefician a absolutamente todos y solo el Partido ha logrado el bienestar generalizado que ningún otro régimen consiguió.
El plan, dotado de más de 30.000 millones de dólares, marca que cada año, desde 2015, China saque de la pobreza rural a 10 millones de personas —entendida como unos ingresos de menos de 2.300 yuanes, o 296 euros, al año—, que aún carecen de comunicaciones, agua corriente o electricidad mediante medidas como las inversiones en infraestructuras, el desarrollo de industrias específicas o el traslado. Según las autoridades, el año pasado en China 12,4 millones de personas salieron de la miseria. De ellas, 110.000 en Qinghai.
Aunque el proceso ha conllevado su lado oscuro. La administración de los programas específicos ha posibilitado sonados casos de corrupción en algunas provincias. La gestión desde arriba no siempre ha facilitado que los fondos se empleen de la manera más eficiente posible. Y, en el caso de Qinghai, donde el 90% de la población es de origen tibetano y buena parte procede de comunidades dedicadas tradicionalmente al pastoreo nómada, el desarrollismo ha traído —como ha ocurrido en otros lugares— sus propios problemas.


La nómada tibetana Tsewang Zanmo señala su rebaño de Yak



Aquí los cambios comenzaron en los años 90, cuando China se planteó desarrollar el oeste empobrecido del país y comenzó una fuerte inversión en infraestructuras: aeropuertos, líneas de tren de alta velocidad, presas, carreteras… Poco de lo que se ve tiene más de 15 años.
En 2003, el Gobierno en Pekín lanzó una nueva campaña, Tuimu Huancao  (Convertir los pastos en praderas), para reasentar a los nómadas con el argumento de que los rebaños causaban la desertificación de un área vital en la meseta tibetana de Qinghai, donde nacen tres de los principales ríos de Asia: el Yangtsé, el río Amarillo y el Mekong. En esta provincia, 530.000 personas, el 10% de la población, han sido objeto de esta política, según las cifras del periódico Qinghai Daily. En 15 años se han construido más de 80 asentamientos para alojarlos, con resultados mixtos.

El asentamiento facilita el disfrute a comodidades modernas, desde el agua corriente a la televisión, así como el acceso a la educación y a los servicios sanitarios. El Gobierno ofrece ventajosas condiciones, desde ayudas a la compra de vivienda a estipendios individuales durante los primeros años de adaptación.
Pero también el realojamiento “ha tenido enormes implicaciones en la inadaptación cultural y social”, explica Emily Yeh, de la Universidad de Colorado. Sin hablar mandarín en numerosos casos, y con escasa formación, “a menudo no han podido encontrar puestos de trabajo u otras fuentes de ingresos, mientras que los subsidios no se actualizan con la inflación. Ambas cosas son recetas para problemas sociales”.
“En esos casos, es frecuente que pierdan el ánimo. Que no le encuentran un sentido a asentarse. Quizás se empleen como conductores, o para reparar carreteras, o montan un pequeño negocio… Emborracharse o darse al juego es un comportamiento común”, explica Chamcuoji, una trabajadora social de 32 años, que hoy visita a su hermano en Yemaocun, una aldea de viviendas idénticas nuevas en el este del lago.
Es una situación especialmente difícil para aquellos que con el traslado, bien porque se les obligó o bien voluntariamente, se deshicieron de sus yaks y sus ovejas y han perdido esa fuente de ingresos. Una opción es el sector turístico, visible en la zona del lago, donde han proliferado los pequeños restaurantes o las ofertas de alojamiento en gurs tradicionales o no: “Con esto pago el colegio de los niños”, dice la nómada Lhamo Jamyang del negocio de alquiler de caballos a orillas del lago que inició hace dos años.
Otros, como Tsewang y su familia, optaron por la vía de en medio: conservar los rebaños y hacer vida nómada en verano, urbana en invierno. Los menos continuaron su vida errante, en la que solo los ancianos o los más pequeños habitan en construcciones tradicionales de adobe o ladrillo para escapar la crudeza de los meses fríos. Todos ellos, no obstante, han debido adaptarse a una nueva realidad.

Nómadas tibetanos venden hongo cordyceps en un mercado, en mayo de 2016

 “Durante el verano claro que prefiero vivir en el gur, explica esta mujer de 33 años y una sonrisa iluminada por dos dientes de oro. Aunque la del gur es una vida espartana: dentro de su tienda, apenas caben un colchón, algunos aperos de cocina, cajas con ropa y la estufa que ahora alimenta con estiércol de yak para preparar un té de leche y mantequilla a la manera tibetana. Y para ella supone mucho más trabajo: “Las hembras de yak solo tienen leche durante la temporada cálida. Cada día tengo que ordeñarlas, después batir la leche para hacerla mantequilla. Con lo que queda, toca hacer queso. Y hay sacar a los animales a pastar, y preparar las comidas para la familia”. En invierno, en cambio, “como los animales no dan leche, el único trabajo es llevarles a pastar”.

¿Merece la pena renunciar, aunque solo sea parcialmente, a las tradiciones para lograr un mejor bienestar? Chamcuoji se encoge de hombros, mientras echa un vistazo en torno al amplio salón de la vivienda de su hermano, donde un inmenso sofá de estilo rococó convive con decoraciones tibetanas y el mantra budista Om Mani Padme Hum. “A veces merece la pena perder un poco de tradición. Lo dice un refrán chino: en algunos casos, para ganar algo nuevo, es necesario perder algo viejo"









De El País España