martes, 16 de julio de 2013

CUENTO




Un Ruso

Alejandro Schleh







                                                                             IMAGEN:  Qi Baishi. Dmitry Polgar


Cuando partí de viaje por mar no sabía nada de barcos, de camarotes tapizados en roble con escritorito y bronces, y ojos de buey vista al horizonte. No conocía todavía la historia del ruso ni el cuentito de Svetlana. No me interesaban esas cosas, apenas tenía dieciocho años e iba para Brasil en transatlántico con mi pasaporte nuevo.

No sabía de vientos salados ni de rusos. De los últimos, aprendí más tarde, lo que luego transcribí en mis memorias, que no es mucho. Y el vuelo de pájaro de un sólo ruso fuera de lo común, deambulante por las dudosas huellas del tiempo y el devenir incierto de la historia humana. Caminador de la accidentada geografía de la Tierra escarpada en índoles diversas.
Lo que sí sabía de chico, es que esa gente no se denominaba cristiana sino atea. El mundo debía aceptarlo así. Se autodefinían revolucionarios y eso consistía en ser marxistas, materialistas y ateos. Sabía también que en Rusia había que estar de acuerdo con la revolución para no ser considerado enemigo conspirador; que el que era cristiano lo ocultaba: la religión era pecado y debía rezar escondido sus rosarios. Tenía pocos datos de aquel país exótico devenido Unión Soviética, el más grande del mundo, desaparecido hoy, hecho Rusia de nuevo. Era prejuicioso por ignorante y repetía algunas sandeces sin saber. Se decía que allí habían acabado con  las religiones en general  -al menos lo proclamaban- cerrando los templos del opio del pueblo, escupiendo las vírgenes y cortando sus cabezas; de paso, clausurado mercados y barrido los usureros que como la Biblia dice y ellos también decían, son una porquería de gente. Guardado para ellos algún Kerensky en el bolsillo que no es una moneda sonante sino un apellido. También de paso, mataron algunos judíos; que no sólo Hitler hizo esa cosa deleznable. Una limpieza a su manera.  Nunca se me ocurrió por nada del mundo pensar que fuesen ingenuos al fijar metas lejanas; no está escrito que soñar sea de ingenuos; como no está escrito que las metas lejanas sean inamovibles con el paso de los lustros. Ni que los revolucionarios no terminen siendo haraganes comilones como los monjes del espíritu y la cruz terminan siéndolo de la gula, parados sobre sandalias, paredes adentro del convento.

 Aunque sí sabía, sin que me lo dijesen, intuición pura de un niño candoroso, que no habían terminado con los vocablos prohibidos y debieron transigir y aceptar la supervivencia de algunos. Como no. Las palabras cielo y otras mágicas. Del infierno, se decía, nadie creía más en él. Ni en sus llamas y lenguas de fuego humeantes y sus brasas incandescentes. Ni en los ridículos diablos y sus angelillos traviesos. Siguieron nombrando, sin embargo, ése y otros vocablos.
Soportaron la supervivencia de la palabra pecado, tan arraigada en la religión como la culpa. Sería letras juntas, palabra vacía de contenido. O sería que es sin remedio que el hombre no cambia, y aunque sea revolucionario ateo es tentado siempre por el mal porque el Diablo es tan poderoso como la culpa y trabaja en todas partes, siempre está; inclusive en los escritorios de los pensadores del marxismo materialista, y sentado, cruzado de piernas, sobre los de los burócratas del estado. Y el mal para los religiosos panzones en sandalias habría sido uno, y para los fibrosos revolucionarios bolcheviques parados sobre botas otro; y otro para los burócratas envueltos en sobretodos de piel animal. A cada uno habrán  correspondido sus diablos merecidos. Se ve que estos ángeles maléficos más de algunas veces concordaron. Eran democráticos y consensuaban mejor ellos en el infierno que el hombre en esta Tierra. Por lo general hacían desear la riqueza y la mujer del prójimo. El poder por sobre todas las cosas, y por debajo, pocas más. Las suficientes para tener al mundo en movimiento.
Tuvieron mucha imaginación los astutos aprendices de Dios malo. Sonrientes derramaron capitalismo a manos llenas, como sembrando las semillas al voleo desde las épocas remotas para medir su evolución como sistema de intercambio de riqueza y derrame escaso entre los hombres. De curiosos. Cientos y cientos de miles  de egoístas y ladrones por millones multiplicándose como bacterias fermentando. Y a los más rebeldes, que quisieron no dejarse tentar por el intercambio de  los bienes terrenales, los conformaron con el egoísmo liso y llano de la autosuperación en la meditación eterna y la flor del loto como enigma. Como una clase sofisticada del egoísmo excelso esa casta; ensimismados, no miran al costado a ver miseria fea.
Y en los tiempos modernos de Chaplin, a los rusos les entregaron el comunismo servido en bandeja como experimento del hombre bueno con la forma de una idea nueva bien nacida, con pecado original incluido que se les pasó inadvertido a unos y a otros. No podía haber leudado en dirección alguna de manera diferente, sin motor.
A mi entender, nunca pudieron dejar de pertenecer a esta civilización. Por eso, nunca me cayó aquello de civilización Occidental y Cristiana. Veo al marxismo como el accidente de Occidente que debió soportar esa parte rusa del mundo. No se puede seguir usando la división de Diocleciano. El marxismo es ideología occidental y pudo con los más de cinco mil años de civilización china. Una invasión de las ideas que cruzó los Urales. Ellos lo adoptaron -cuánto pragmatismo- como puerta al capitalismo actual al que se encaminan incorporando miles y miles de campesinos diarios a sus factorías en la fundación del capitalismo, ni menos ni más salvaje, de principios del tercer milenio. Aunque debemos reconocer a los chinos -que eso sí es el Oriente- que planificaron su demografía de  manera nada pornográfica en los documentales ilustrativos y con preservativos a su medida para bien del mundo entero. Y con incentivos y castigos. Que adelantaron su futuro de manera no democrática pero muy ordenada, todo bien prolijo bajo el ala de los mandarines proletarios; que esto que hoy viven se ve como una deriva que los colocará a la cabeza del mundo en algunos años. Una más que se suma a las que estamos acostumbrados a repasar estudiando la historia de la humanidad. Nadie se propone fabricar civilizaciones ya, no creo que alguien se proponga cosa semejante. Es bien complejo, además, se hacen solas, con virtudes y defectos. Todas son derivas; mejores o peores, encaminadas a buen puerto o a abismos insondables más allá de horizonte alguno. Una forma del imperialismo occidental sobre el oriente verdadero fue la decadente, imposible ideología comunista que a algunos sirvió sin embargo. Que no sólo los jeans y la goma de mascar son imperialismo. Y al fin, todo esto está muy global, la civilización es una sola con su barbarie adentro.

(Continuará)

Un Ruso. Cuento.(Fragmento)

2 comentarios:

  1. Miss Musa, una vez más...publicar estos parrafos..ilustrar; todo lleva su tiempo así que: GRACIAS. Te habrás dado cuenta de la visión absolutamente subjetiva de quien escribe; esa tercera persona que habla en primera. Es rebatible todo. Pero raramente hay algunos puntos de vista que comparto. Digo, como si yo mismo lo hubiera escrito !! A Schleh

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  2. Así es, parece que ahí hablaras con letras...

    ¿ No te das cuenta que no es el tiempo el importante ? ¿ Quien, salvando las distancias editaría a Don Quijote entonces ?... Gracias por el texto y por tu muy buen comentario.

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