martes, 19 de agosto de 2014

ARTESANATA





Artesanata

Alejandro Schleh









 Subiendo las escaleras de lata que llevaban a la azotea de mi casa donde tenía mi taller de pintura y mesa de dibujo, pasando por el descanso que estaba a mitad de camino, pude ver a mi hermano y primo, instalados en uno de los cuartos de servicio, martillar sobre unos pilones de madera. Trabajaban sobre trozos de chapa de cobre, de aluminio o bronce, a los que daban forma de adornos para colgar del cuello, de pulseras, bijouterie en general, marcos de espejos, ceniceros, y los terminaban repujando a mano a los golpes. A veces, si eran de bronce, tallaban dibujos en relieve valiéndose de pintura asfáltica y un ácido carcomía la parte sin pintura. 
Era la época en que los Picacobres de la Galería del Este ya eran conocidos y aparecían en diversas publicaciones, revistas y diarios. Y Federico Peralta Ramos era paisaje común por esos sitios. Mediaba un otoño. Romero Brest con sus eternas sandalias renunciaba a su conducción  y en mayo de 1970 el Di Tella cerraba sus puertas para siempre.
El verano anterior, uno, dos meses antes, mi primo y hermano, se habían hecho amigos de Maggie Risdom; bastante mayor que ellos. Maggie trabajaba con Tony, uno de los famosos artesanos de Villa Gesell, dueño del concurrido taller El Principito. Con ella habían aprendido los rudimentos para poder largarse por su cuenta a trabajar con aquellos metales. Me contaron con entusiasmo que iban a fabricar toda clase de artesanías para vender.
 Yo estaba económicamente bien con mis lámparas, los globos, pero dos o tres días de persistencia bastaron para que me aceptaran como socio. Yo buscaba más. No podía estar quieto. Compraba en Casa Pardo documentos antiguos que vendía más tarde. Fabricaba marcos de espejos hechos en yeso que parecían antiguos objetos coloniales sacados de un convento jesuítico. Pintaba mis cuadros.
Atrás de mí, pronto llegaron a la flamante empresa Horacio y André, ambos compañeros de facultad.
Así fue que fundamos Artesanata que mudó su taller, escalones arriba, desde el cuarto de servicio al galpón de la terraza. Éramos cinco y una escalera de edades.


















 Cada uno de nosotros vivió de manera diferente esa experiencia de la artesanía que desde algún punto de vista puede ser recordada como una pérdida de tiempo o fracaso, ya que desde lo comercial, nada ganamos. En lo particular, creo haber aprendido unas cuantas cosas que me sirvieron años después; me divertí bastante y me dejó el buen recuerdo que deja un juego; fue eso para mí.
Era un girar permanente el de ese Winco. No faltaba la música clásica sedante, Vivaldi por ejemplo. José Larralde o Cafrune también sonaban sin cesar. Conocíamos de memoria los veinte minutos de “Herencia pa’un Hijo Gaucho” que recitábamos con cierta devoción nacionalista entre la humareda de los Particulares. Era mucho más argentino y criollo fumar negros que rubios. No puedo explicarme hoy de dónde sacamos el sentimiento ése. Varios años atrás, teniendo trece, yo había dejado los Filadelfia –rubios y cortos con filtro- y los antológicos Jockey –medianos con filtro- nacidos en la época de mis viajes a Wakonda, y pasado a los Monterrey que alternaba con los Directores –negros y cortos sin filtro- que eran fumados por los duros de Tacuara.



Nuestros clientes en su mayoría no eran comerciantes. Es decir, hacíamos venta directa al público en el mismo galpón en que trabajábamos. Las visitas eran arregladas con anticipación por teléfono así que sabíamos hasta la hora aproximada en que tocarían el timbre. Debían subir hasta el primer piso, el vestíbulo de mi casa, pasar por el patio, luego por la cocina, subir las escaleras de lata, atravesar la terraza para finalmente llegar al taller. Por lo general, contingentes de chicas que cursaban los últimos años del secundario o los primeros de la facultad. Venían de a dos o tres, a veces en grupos de hasta diez o quince. Compañeras nuestras, amigas o compañeras de Celine o de mi hermana, o directamente alguna que otra división casi entera de un colegio de monjas, chicas atraídas por la hermana de Horacio que trabajaba en la administración de uno de ellos y que tenía contacto con alumnas de todos los años. Además de ser clientas circunstanciales, nos hacían la publicidad boca a boca y repartían algunas tarjetas  hechas con un sello de goma y que con ese propósito les entregábamos. Decían artesanata en grande, todo con letras minúsculas de imprenta; abajo el teléfono y la dirección: Perú 1089, Azotea.




Para casi todas, la salida de compras a aquel taller de artesanía, significaba 
una excursión a San Telmo, la mayoría venía desde barrios del centro de la ciudad o desde algún punto de la provincia como Olivos o San Isidro.
 La venta directa no impidió que buscáramos y encontrásemos algún que otro cliente minorista. Nos relacionamos con “La Chusma” ubicado en la esquina de Estados Unidos y Balcarce, comercio que vendía algunas ropas de calidad y telas como barracanes que traían del norte y artesanía fina realizada en barro y alguna platería. Sus dueños, Iván, cuyo apellido ruso no recuerdo, y Ramón, salteño de origen y de refinados rasgos criollos y nariz recta, menudo y huesudo, flaco, de cachetes chupados y tez morena, que parecía dibujado por Castagnino quien vivía casualmente a cien metros escasos, en la esquina de Carlos Calvo y Balcarce, seguramente eran una pareja.
Estaban al lado de Hidrógeno. La Chusma con entrada por la ochava de la esquina, este último por la primer puerta sobre Estados Unidos hacia el bajo por escalera, un sótano. El primer boliche con música estridente y luz negra que funcionó en San Telmo. Era un cubo bajo nivel, de mediana superficie, cuyo techo era la losa que hacía el piso de La Chusma, bovedilla en realidad, tapada del lado de arriba, por la brillante, encerada y cuidadísima pinotea del negocio. Creo haber ido al menos dos veces al boliche ése.























Pero nuestro principal cliente, quien nos compró miles de flores de ocho centímetros de diámetro con pétalos de aluminio repujado y patinado, centro de cobre como un botón igualmente trabajado y envejecido artificialmente, fue un verdadero industrial de la marroquinería, el Sr. Schvartzman. Era movedizo, inquieto y disperso en algunos asuntos y nunca pudimos conseguir que nos llamara por nuestro nombre correctamente ni se concentrara en aprenderlo. Nos bautizó Artesanato con “o”, nombre al que irremediablemente adosaba un hippie y convertía en una sola palabra. Cuando nos llamaba por teléfono preguntaba si hablaba con Artesanatohippie, todo junto. Era un hombre grande de tamaño, pesado. Gracioso verlo aparecer por el galpón con su jadeo victorioso después de vencer las escaleras, con su panza y su traje, y su pelada incipiente bajo el canoso pelo enrulado, transpirado, y saludarnos con ese nombre con que nos bautizó: Hola Artesanatohippie! Así nos veía, en general, como una sola cosa monolítica, a su vez, cada uno de nosotros era un Artesanatohippie para él. Pienso que debemos haber sido una de las partes divertidas de su negocio. Habrá contado a más de uno que conocía unos hippies de San Telmo que trabajaban en una azotea dentro de un galpón pintarrajeado y adornado con fotos de caudillos federales y pósters de los Beatles. Con olores de trementina y aceite de lino. Con osamentas clavadas a la pared y húmeros y tabas por el piso. Con cintas expuestas de balas de ametralladoras antiaéreas y balas de cañón. Con una radio de 1925. Debió haber dicho que debía caminar entre los collares y los colgantes que pendían de las vigas del techo o de alambres extendidos ex profeso. Qué la música siempre estaba sonando y que el humo a cigarrillo formaba una atmósfera densa. Debe haber relatado que una vez se resbaló y casi se vino abajo subiendo unas escaleras de lata gastadas y de filosas aristas. 



 Casi todas las tardes, si habíamos cobrado algo, nos dirigíamos a lo de Don Jesús a tomar alguna cosa. Los cinco socios. Generalmente nos inclinábamos por la cerveza acompañada de maníes, papas fritas, quesitos y rodajas o cubitos de salame.

Lo de Don Jesús era un típico bar de San Telmo ubicado en la esquina de Carlos Calvo y Perú, con estaño, y no sé si con un muy pequeño almacén escondido por alguna parte, en una dependencia contigua que alguna vez tuvo salida a la calle. El asunto era que se realizaban algunas pequeñas ventas directamente por sobre el estaño del bar. Azúcar, yerba, fiambre, vino de litro.
Don Jesús era un típico exponente de los dibujados por Quino, un auténtico Manolito cejijunto ya maduro, padre de una hija despampanante de cuerpo y piernas inquietantes que a veces hacía lucir con medias negras de red con costura por detrás y altos tacos. Llevaba su pelo algo crespo y algo castaño claro ceniza atado bien tirante enrollado en un rodete. Su mujer se veía bastante poco, tan poco que alguna vez pensamos que sería separado o viudo. La hija de Don Jesús, de cachetes colorados que no parecía argentina sino española del sur con toque de gitana, tenía un novio que usaba esos pañuelos blancos en el cuello, como los de los malevos. Siempre con saco cruzado. Un día que no olvidaré, unos pocos años después de haber cerrado Artesanata, la noticia recorrió el barrio: la despampanante hija del buen gallego había sido asesinada de un tiro, por un asunto de celos se supone, en la puerta del bar de enfrente a su casa por aquel aprendiz de hombre malo. Porque frente al de su padre había otro, en la otra esquina, uno con fachada de piedritas vidriadas de colores, mesas de fórmica, y sillas de hierro cromado tapizadas con cuerina negra; un bar restaurante para los oficinistas de la zona. Muerta, tirada sobre un charco de sangre, en la puerta del bar americano, frente a su casa, yacía la infortunada.



* Del libro "Historias...." ( Aún sin título definitivo) de A. Schleh.  Fragmento. Fotografías del autor, el auténtico galpón de Artesanata.











2 comentarios:

  1. Muy bueno, tiene reminiscencia y color, ( no literal, aunque ese tambien valga) tiene el color de los buenos recuerdos recreados. Espero ver más y gracias. Felipe Valente.

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  2. Una grata sorpresa encontrar aqui publicados algunos de los pasajes de ARTESANATA. Es que hubo una corta época de mi vida en que me dedique a hacer artesanía. Era la época de los Picacobres en la Galeria del este. He aqui que algunos de los nombres los he cambiado. Esto es absolutamente autobiográfico. Gracias Miss Musa !! A. Schleh

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