lunes, 20 de noviembre de 2017

TINTÍN



Un dibujo Hergé con Tintín y Milú, adjudicado por 500.000 euros

La acuarela para El Cetro de Ottokar ha sido subastada en París







El dibujode Tintín subastado  en París. 








Un dibujo en colores de Tintín y Milú, realizado por Hergé para la publicación de El Cetro de Ottokar, ha sido vendido por más de medio millón de euros en una subasta este sábado en París, según ha informado a AFP la casa Artcurial, organizadora de una venta dedicada al "universo del creador de Tintin", que incluye álbumes raros, dibujos originales y objetos diversos como litografías, estatuillas o juguetes.

Este dibujo en acuarela con tinta china (20,50 centímetros por 21 centímetros) representa a Tintín y a Milú, escoltados por un mayordomo, en el palacio real de Sildavia, reino imaginario donde transcurre la acción de El Cetro de Ottokar. Se utilizó como ilustración para la portada del número Petit Vingtième del 14 de febrero de 1939. Además, dos tiras de La estrella misteriosa, publicadas en el diario belga Le Soir en 1941, fueron adjudicadas por 381.000 euros.
Para Eric Leroy, experto en cómics de Artcurial, "las obras originales de Tintín son cada vez más raras en las subastas, especialmente las de los años 1930 a 1940". Hergé posee la mayoría de los récords de ventas de originales de cómics. El dibujo de la portada doble de los álbumes de Tintín, por ejemplo, fue vendida por más de 2,6 millones de euros en mayo de 2014, también en Artcurial.


Tintín es un comic único no solo porque haya vendido 215 millones de ejemplares en 70 lenguas o porque, solo en Francia, siga vendiendo más de medio millón de tebeos cada año. Tampoco porque se paguen cantidades exorbitantes por cualquier original de Hergé que salga al mercado –el récord lo tienen los dibujos de las guardas de los álbumes entre 1937 y 1958, que alcanzaron 2,6 millones de euros en una subasta en 2014; aunque la misma semana se pagaron 24.800 euros por una edición original de La oreja rota (1937)–. Ni siquiera por la calidad de los dibujos o por la gigantesca influencia que la línea clara ha tenido sobre el cómic posterior y, en general, sobre las artes gráficas. Tintín no tiene equivalente por la relación única que establece con sus lectores.













viernes, 17 de noviembre de 2017

OTRA VEZ LEONARDO





‘Salvator Mundi’, de Leonardo da Vinci, la obra más cara de la historia

Sandro Pozzi











La última obra de Leonardo da Vinci en manos de un coleccionista privado, propiedad del oligarca ruso Dmitry Rybolovlev, se subastó este miércoles 15 en Christie´s por una cifra récord de 450,3 millones de dólares. Salvator Mundi es una obra excepcional, hasta el punto de que los especialistas se refieren a ella como el Santo Grial en el mundo del arte. No solo más que duplicó los casi 160,9 millones de euros desembolsados hace dos años por Mujeres de Argel, de Pablo Picasso, el récord hasta ahora en una subasta, sino que también superó ampliamente los cerca de 255 que pagó en privado el financiero Kenneth Griffin por Interchange, de Willem de Kooning y los 178 que le sirvieron a un emir de Catar para hacerse con Nafea Faa Ipoipo (¿Cuándo te casarás?) de Paul Gauguin.

El óleo que muestra a Jesucristo como salvador del mundo es el mayor redescubrimiento artístico del siglo XXI. Que se sepa, hay menos de 20 tablas creadas por el genio renacentista italiano que han sobrevivido al paso del tiempo. Esta emergió en 2005, tras un hiato de varias décadas. La obra data de 1500 y durante décadas se pensó que había sido destruida. “Es un testamento de la relevancia que sigue teniendo su pintura”, valora Loic Gouzer, de la casa de subastas Christie's.
La noche arrancó suave con una obra de Adam Pendleton. Al cuarto de hora llegó al lote 9B, en medio de una gran expectación. La puja del Da Vinci comenzó en 70 millones de dólares . Se tomó un pequeño respiro en los 100 millones, como si estuviera tomando fuerza antes de la remontada. En tres minutos llegó a los 200 millones. La puja se prolongó durante 19 minutos. La batalla la libraron dos compradores anónimos que hicieron sus apuestas por teléfono. El martillo cayó en los 400 millones a lo que hay que sumar la comisión.

Salvator Mundi se pintó en el mismo marco temporal que la Mona Lisa. La composición es muy similar y son un perfecto ejemplo del misterio que rodea su trabajo. Su historia también es extraordinaria. La pintura decoró la estancia privada de Henriqueta María de Francia, esposa del rey Carlos I de Inglaterra, en el palacio en Greenwich. Desapareció tras ser subastada en 1736. Sir Charles Robinson la compró en 1900 pensando que era un trabajo de un discípulo de Leonardo.
La obra maestra de Da Vinci quedó de nuevo en el olvido, perdida entre otros trabajos artísticos que integraban su colección. La pintura, que había sido manipulada, fue consignada a la casa de subastas Sotheby´s para su venta en 1958. Se pagaron por ella 50 millones de euros. Volvió a desaparecer hasta que re emergió en una pequeña subasta hace 12 años. El redescubrimiento movilizó a expertos en el trabajo de Leonardo, que certificaron su autenticidad.

Batalla legal

La pintura fue presentada al mundo en 2011, en el marco de una muestra dedicada al artista en la Galería Nacional de Londres. Su propiedad está rodeada de controversia. El magnate ruso Dmitry Rybolovlev, patrón del club de fútbol AS Mónaco, pagó 108,3 millones de euros cuando la adquirió en 2013. La obra es, además, una de las que protagoniza la pelea judicial entre el millonario ruso y el corredor de arte suizo Yves Bouvier: el primero acusa al segundo de estafarle inflando en hasta 1.000 millones los precios de unas 40 obras de arte que ha ido comprando a lo largo de muchos años.
El precio final pagado por Salvator Mundi puede, por tanto, tener implicaciones legales en el proceso que Rybolovlev libra con Bouvier. La casa de subastas evitó entrar a comentar sobre el litigio y se limitó a pedir que la atención se concentrara en su valor artístico excepcional. Para atraer la atención de los coleccionistas, viajó antes por Hong Kong, Londres y San Francisco.

Salvator Mundi es la gran estrella de la semana de subastas de otoño que se celebra en Nueva York. Inspirado en el genio del Renacimiento, salió a la venta una obra gigantesca de Andy Warhol en la que replica 60 veces la célebre La Última Cena de Leonardo da Vinci, que se subastó la misma noche. Christie's buscaba así acentuar el “efecto Vinci”.

Cultura popular

El monumental trabajo, que creó un año antes de morir y se ofrecía por primera vez en una subasta, es un ejemplo de la gran serie del período final del artista. Warhol, profundamente religioso, hizo más de un centenar de variaciones diferentes de la obra de Da Vinci. La Última Cena de Leonardo no solo se convirtió en un canon en la historia del arte, también forma parte de la cultura popular.
Christie´s y Sotheby´s buscan cerrar la semana con unas ventas combinadas por valor de 1.360 millones de dólares, con obras de Léger, Picasso, Monet, Miró o Degás. El lunes arrancó con el óleo Labourer dans un champ de Vincent van Gogh, vendido por 69 millones. Data de 1889, un año antes de su muerte. Se quedó muy cerca del récord de 70 millones que tiene el artista con su Portrait du Dr. Gachet.








Algo más de esta venta:


El arte de vender ‘leonardos’ como si fueran ‘jeff koons’

Miguel Ángel García Vega



El planeta Leonardo da Vinci es un cuerpo celeste que orbita ajeno a las leyes de la atracción gravitacional. Las verdaderas fuerzas que lo hacen rotar son impensables sumas de dinero y la persistencia del mito. La venta del Salvator mundi (1506-1513) del genio florentino en Nueva York, el pasado miércoles, por 382 millones de euros, retrata las singulares costuras que estos últimos años entretejen el mercado del arte.

Las estrategias de marketing, las redes sociales y la comunicación se han convertido en el verdadero bastidor que soporta el lienzo. La tabla de Leonardo ha viajado hasta Hong Kong, Londres y San Francisco. Un tour de miles de kilómetros en busca de compradores, sobre todo de Oriente Medio y Asia. Ha viajado, infatigable, como una estrella de rock. Poco importa la fragilidad del cuadro.

Después de 500 años y de restauraciones muy deficientes y repintes, la obra ha sufrido mucho. Se vio en su estreno en sociedad en la exposición monográfica que la National Gallery de Londres dedicó al genio en 2011. “La pintura está absolutamente muerta”, escribió Jerry Saltz, crítico de la revista New York Magazine. “Su superficie es inerte, lívida y repintada tantas veces que parece al mismo tiempo vieja y nueva”. Leonardo utilizó una tabla de nogal que tenía un nudo. En 1600, empezó a combarse. Además, fue atacada por gusanos que horadaron la madera. Solo las manos son aún soberbias. El orbe de cristal de roca que sostiene el Salvador, y que simboliza el cosmos, fue pintado con esmaltes y veladuras. Un efecto mágico hoy perdido. “Está en muy mal estado y tiene una presencia moderna. Yo no la hubiera comprado”, admite uno de los más prestigiosos conservadores de pintura antigua de España, que ha visto la obra.

Frente a las adversidades, Christie’s (la sala de subastas que remató el cuadro) jugó bien sus cartas. Hizo algo excepcional. Colocó la pintura, seguramente, por exigencias del vendedor, el magnate ruso Dmitry Rybovlev, en la puja de contemporáneo. “En una subasta de arte antiguo no hubiera alcanzado ese precio. Porque los coleccionistas miran de otra forma. Pero en contemporáneo hay mucho dinero nuevo para una tabla que en su día debió de ser maravillosa”, analiza Juan Várez, coleccionista y antiguo consejero delegado en España de Christie’s.

Pese a todo, el resultado ha sido el vértigo. Por primera vez un maestro antiguo superó los 100 millones de euros en subasta. Algo que sí han logrado 12 pinturas de otros períodos históricos.

Sometidos los genios del pasado a las mismas estrategias de marketing que los artistas contemporáneos, el mercado revive. “Ese precio es una buena noticia para nosotros”, reflexiona Jorge Coll, codirector de Colnaghi, uno de los principales marchantes de arte antiguo del mundo. “Si se logran esas cifras, volverán a salir al mercado obras como el leonardo y se repetirá lo que vivimos el miércoles”. El reto es conectar nuestro tiempo con las demandas de los coleccionistas. “En esta subasta hemos aprendido que quieren obras maestras, calidad excepcional e imágenes potentes”, desgrana Guillermo Cid, miembro de Christie’s. Eso sí, el comprador (pronto se sabrá quién es) tendrá muy difícil revender la tabla con beneficios.

La más rara

Da igual. La fuerza de atracción del maestro resulta muy poderosa. Salvator mundi es el último leonardo en manos privadas que se conoce. Aunque también es más cosas. “Es la más rara y la más importante pintura que ha aparecido en el mercado del arte en el último siglo”, apunta por correo electrónico Robert Simon, uno de los principales expertos en el artista. “Y si es un leonardo ¡desde luego vale 400 millones!”. Es tal la recompensa que varios presuntos leonardos pugnan por ser aceptados. Al menos dos consorcios, uno de ellos español, tienen obras, cobijadas en puertos francos (almacenes de alta seguridad donde se elude el pago de impuestos), que quieren atribuir al maestro. “Conozco un buen número de atribuciones. Algunas son piezas relativamente cercanas al genio otras son, simplemente, ridículas. Leonardo pintó unos 20 cuadros y pocos se han perdido. No creo que haya muchos ahí fuera esperando a ser descubiertos”, aventura Martin Kemp, quizá la principal autoridad en el artista del mundo. Pese a todo, sus propietarios tiran los dados. La diferencia que existe entre que la obra sea de uno de sus discípulos (Boltraffio, Marco d’Oggiono, Melzi) o de la mano del genio resulta inmensa. La que separa 40.000 euros de 400 millones; la que transcurre entre el aprendiz y el mito.




Más: https://elpais.com/cultura/2017/11/16/actualidad/1510837163_137740.html


     Otra mirada: https://www.nytimes.com/es/2017/11/17/ese-da-vinci-costo-450-millones-de-dolares-pero-no-es-la-mona-lisa/?





















jueves, 16 de noviembre de 2017

SALVAJES...



El punto de vista salvaje

Ariel Torres














Durante muchos años viví solo. Pero al llegar a casa me recibían siempre el desperezarse de varios gatos sinuosos y los ladridos eufóricos de mis fieles canes, todos ellos rescatados.
Los felinos me observaban de lejos, como amonestándome, mientras que los perros, cuando salía a la galería del viejo patio a saludarlos, saltaban intentando alcanzar mi cara con sus lengüetazos. Creemos que quieren darnos besos, pero no. Eso mismo hacen los lobeznos cuando la hembra regresa a la madriguera con una presa en la boca. Ese cariño desbordante es en realidad un milenario atavismo alimentario. Y es también cariño, pero de una clase que quizás, con nuestras conciencias tapizadas de símbolos, nunca entenderemos cabalmente.

Sé con certeza que los perros sienten emociones. En mi adolescencia adoptamos un pequinés que durante años había sufrido la agria soledad del perro que vive atado a un árbol. Su apego a las personas era proporcional a aquel aislamiento y, cuando volvíamos de vacaciones, se ponía tan contento que no le alcanzaba con saltar, ladrar y dar vueltas sobre sí. No. Lo primero que hacía era desmayarse.
Presa de una emoción abrumadora, caía patas para arriba, tieso y exánime, durante unos segundos, hasta que volvía en sí y, como si nada hubiera ocurrido, se ponía a saltar y ladrar de alegría.

Los gatos se expresan en otro idioma. Indiferentes a jerarquías y jefaturas, no vendrán cuando los llamemos, sino que se deslizarán como una brisa de vibrisas por nuestras piernas o nuestra cara, mientras intentamos leer o ver una película. Es, como el lengüetazo perruno, una forma de afecto, pero un afecto salvaje e indescifrable. Al refregarse nos marcan con sus feromonas y reclaman su potestad sobre nosotros. Así funciona con los gatos. Ellos nos adoptan, no al revés.

En nuestro incorregible egocentrismo, tendemos a la prosopopeya. Durante años sospeché que al irme a trabajar, mis perros y gatos pasarían horas aguardándome, expectantes, gimiendo apesadumbrados. Pero algo en esa escena no cerraba.
Perros y gatos, aunque de modos diferentes, son afilados detectores de patrones de comportamiento. Es una adaptación evolutiva. Si podés anticipar la conducta de tus presas, te resultará mucho más fácil capturarlas. Es la razón por la que todo gato sabe de antemano, incluso antes de que bajemos la valija grande del desván, que en breve saldremos de viaje. Un sinnúmero de pequeñas rutinas se alteran en los días previos y ellos lo advierten.
Se necesitan diez días para reprogramar un gato. Casi nunca tenemos tanta paciencia y el tenaz cuadrúpedo parece salirse siempre con la suya. Pero si insistimos en algo durante unos diez días -por ejemplo, en no dejarlo entrar al dormitorio-, dejará de gimotear y arañar la puerta.
En todo caso, ¿tenía sentido que, como temía, mis mascotas llorarán como si nunca fuera a volver? Estaba seguro de que hacía años que habían registrado mis rutinas de lunes a viernes. Bueno, todas ellas.
Para salir de dudas, puse un par de webcams y me fui a trabajar. Mientras me alejaba con el auto, seguí sus comportamientos por el celular. Dieron vueltas durante cinco minutos y luego se echaron a dormir. Todo el día. Los gatos ni siquiera me habían concedido una despedida; ya estaban dormidos desde antes. Al sol.

De nuevo, había proyectado mi humanidad sobre mis amigos peludos y eso me había impedido darme cuenta de una obviedad: el único que se quedaba solo al salir de casa cada mañana, aislado de la manada, era yo. Puntos de vista; ellos también los tienen.
El filósofo inglés Jeremy Bentham, pionero de la defensa de los derechos de los animales, escribió: "La pregunta no es ¿pueden razonar? ni ¿pueden hablar? La pregunta es ¿pueden sufrir?". Sí, claro que pueden, pero a menudo sus padecimientos tienen razones que la razón no entiende.





La Nación. Buenos Aires.









miércoles, 15 de noviembre de 2017

ETERNO BASQUIAT




La moda según Jean-Michel Basquiat


 Simon Chilvers 



Fue uno de los artistas más deslumbrantes de su generación, pero el enfoque ecléctico de vestirse de Jean-Michel Basquiat fue una obra de arte en sí misma. Simon Chilvers rinde su homenaje



Jean-Michel Basquiat wearing Giorgio Armani, seating in front of his work. Photograph:
 Lizzie Himmel/AP/Brooklyn Museum 





Esta es una imagen de Jean-Michel Basquiat en la portada de la revista New York Times de 1985. La foto es de Lizzie Himmel; el título New Art, New Money. El artista, vestido con un traje oscuro de Giorgio Armani, camisa blanca y corbata, se reclina en una silla, con un pie descalzo en el piso y el otro sobre una silla. La combinación del traje y los pies descalzos es típica de la forma en que Basquiat definió su propia imagen; siempre con una inclinación poco convencional.

Me obsesioné con su estilo desde 1983 trabajando en una serie donde las imágenes se relacionan con los estereotipos de los afroamericanos en el negocio del entretenimiento. Formará parte de Basquiat: Boom for Real, una apertura retrospectiva en el Barbican en Londres este mes.
Tengo un interés desde hace mucho tiempo en la forma en que los artistas se visten, desde Picasso a Hockney, Georgia O'Keeffe a Robert Rauschenberg, y creo que sus vestuarios ejercen una influencia tan poderosa en la moda como la de cualquier estrella de rock o Hollywood. Estos artistas crearon uniformes reconocibles al instante: prendas que simbolizan el mismo punto de vista singular como sus mejores obras, generalmente con la sensación de completa facilidad,  el santo grial del verdadero estilo.

El guardarropa de Basquiat era distintivo, ya sea que vestía un saco y pantalones desiguales con una camisa a rayas y una corbata que chocaba, o una camisa estampada con una chaqueta de cuero sobre sus hombros. El era quizás más reconocible en sus trajes Armani salpicados de pintura. "Me encantó el hecho de que eligió usar Armani. Y me encantó aún más que pintara con mis trajes ", dice Giorgio Armani. "Diseñé ropa para usar, para que las personas vivan, ¡y ciertamente lo hizo!"
En muchos sentidos, este enfoque 'bricolaje' de la ropa es similar a la forma en que creó su arte. "Su trabajo fue una misteriosa combinación de elementos: texto y color, referencia histórica, abstracción y técnicas figurativas", dice Armani. "En su vida, también mezcló actividades creativas: fue un artista de graffiti, músico, actor y creador de grandes obras de arte. Este eclecticismo lo convirtió en un hombre misterioso y poco convencional. Esa mezcla lo hizo sobresalir ".

Nacido en Brooklyn en 1960, Basquiat murió en 1988 con solo 27 años, pero todavía es considerado como uno de los pintores más influyentes de su generación. Una pintura de 1982, Sin título, se vendió este año por 85 millones de libras, colocándolo en un club único junto a Picasso en términos de ventas récord.
"Era un artista increíblemente elegante", dice la curadora del Barbican,  Eleanor Nairne. "Era muy juguetón con los aspectos performativos de la identidad". También era consciente de la "fijación renovada en la celebridad" que coincidió con el boom artístico de los 80, particularmente en Nueva York. Apareció en el video de Blondie's Rapture, salió con Madonna y se hizo amigo de Andy Warhol.


Andy Warhol and Jean-Michel Basquiat, September 1985. Photograph: Richard Drew/AP


Cathleen McGuigan, que escribió el artículo del New York Times de 1985, muestra a Basquiat en el moderno local de Chow's, en Manhattan, bebiendo kir royal y charlando con Keith Haring mientras Warhol cenaba con Nick Rhodes de Duran Duran en las cercanías. "Atrajo la atención de Warhol y Bowie, por lo que fue respaldado por aquellos que ya habían alcanzado ese raro estatus de icono de estilo", dice Armani. "Y tenía una apariencia única: tenía el pelo tan distintivo como el de Warhol y vestía trajes de una manera tan elegante y relajada como Bowie".

El interés de Basquiat por la ropa no era solo algo que él explorara o explotara en el apogeo de su fama. En Basquiat: A Quick Killing In Art, Phoebe Hoban  dice que la ropa es una parte importante de la historia de su vida. "En un momento dado, su madre se la había diseñado, mientras que uno de sus maestros notó que solía usar lápices que salían del cabello desde muy temprana edad. Él no tenía nada que ver con la cultura negra. Era una "Kraftwerkian technocreature"... Parecía un vagabundo de Bowery y una modelo de moda al mismo tiempo ".

Basquiat pasó a modelar en un show de Comme des Garçons en 1987 vistiendo un traje azul pálido, sandalias con hebilla negra, camisa blanca y pajarita blanca. Robert Johnston, director de estilo en British GQ, describe el estilo de Basquiat como "una obra de arte en sí mismo" y agrega: "Aunque no significa faltarle el respeto a su talento, es difícil imaginar que hubiera tomado a New York  por asalto si se hubiera parecido más a Francis Bacon".




Jean-Michel Basquiat, Untitled 1982, Museum Boijmans Van Beuningen, Rotterdam. 
On show at the Barbican in London in 2017. 




La influencia de Basquiat en la ropa masculina todavía se siente hoy en día. Mientras que otros íconos hacen referencia a su estilo: Kanye West lucía una camiseta con su retrato, Frank Ocean lo identificaba con la letra de Jay-Z, que lo vestía para una fiesta de Halloween, hay un efecto más directo en la moda. Ha habido colaboraciones a través de su patrimonio, con empresas como Reebok y Supreme. 
Y con el show de Barbican su influencia se extenderá. "La forma en que Basquiat mezcló la sastrería clásica con indiferencia se ajusta al estilo de la moda masculina", dice Jason Hughes, editor de moda de Wallpaper. "Un traje refinado que se usa con una camisa sin planchar, una corbata de seda y zapatillas de deporte maltratadas. El hecho de que pintó en esos trajes se siente ligeramente anárquico e inconformista. Quiero usar un traje así ".



Este artículo aparece en la edición otoño / invierno 2017 de The Fashion, The Guardian y The Observer's bianual fashion supplement







martes, 14 de noviembre de 2017

LA FRANCE




Francia, dos años bajo el estado de excepción

Marc Bassets










Un soldado francés patrulla en los alrededores de la Torre Eiffel, a principios de noviembre.






Francia supera los atentados de hace dos años en París a tropezones. Cuando parece que por fin puede pasar página, otro atentado deja un reguero de muertos, o estalla una alerta, o un ataque en un país vecino recuerda que el peligro no ha pasado. Y, sin embargo, como ocurrió tras los ataques de 2001 en Estados Unidos, o tras la matanza de Madrid, en 2004, la vida cotidiana acaba imponiéndose.
Si la idea de los terroristas, adscritos al llamado Estado Islámico o ISIS, era destruir el estilo de vida de una gran capital europea hedonista y diversa, el fracaso es palmario. Solo hace falta dar un paseo por los lugares del múltiple atentado del 13 de noviembre de 2015 —los alrededores del Stade de France en Saint-Denis, al norte de París; los cafés del distrito XI; la sala de conciertos Bataclan— para observar que siguen desbordando vitalidad.
“Sabemos, desde el punto de vista de la sociología, que, en general, tras un atentado tan importante, tan traumático, hace falta más o menos un año para volver a la normalidad”, explica Gérôme Truc, sociólogo en el CNRS (Centro Nacional de Investigaciones Científicas) y autor de Sidérations. Une sociologie des attentats. Truc recuerda el 11-S: la sociedad estadounidense necesitó unos nueve meses para que las señales que mostraban el impacto de los ataques, como las banderas en las casas o coches, empezaran a retirarse.

La particularidad de Francia es que el ciclo de nueve meses ha sido difícil de concluir. Los atentados de noviembre de 2015 se perpetraron menos de un año después que los del semanario Charlie Hebdo en París. Y nueve meses después un terrorista al volante de un camión mató a 86 personas en Niza. Es decir, justo cuando, según la “mecánica social” de la que habla Truc, había llegado el momento de la vuelva a la normalidad. “En Francia ha habido un efecto de acumulación [de atentados]: quizá por eso es necesario más de un año, año y medio, o dos años, para pasar a otra cosa”, añade el sociólogo.
El país empieza volver a la normalidad, pero nada es tan fácil. La sucesión de incidentes terroristas y pequeños atentados es otro recordatorio: en cualquier momento puedo repetirse la tragedia. Los soldados patrullando en las calles, o las leyes de excepción que han regido durante estos años, recuerdan que algo no encaja, que el país, como dijo el presidente François Hollande tras el 13-N, “está en guerra”.
"Es típicamente una declaración de alguien que jamás ha hecho ni visto la guerra. La idea de que, porque ha habido tres atentados, hay que considerar las garantías liberales como un lujo, es sorprendente", dice el abogado François Sureau, que ha litigado en tres ocasiones ante el Consejo Constitucional contra varias disposiciones legislativas del estado de excepción, instaurado tras los atentados de noviembre de 2015. El libro Pour la liberté recoge estos textos.
Sureau considera que las medidas de los últimos años —como el estado de excepción, ya anulado pero parcialmente convertido en una ley permanente— reflejan una tradición histórica de recelo hacia las libertades civiles en Francia. Pero también un endurecimiento de las leyes, incluso desde antes de los atentados, que en gran parte la población asumía mientras no invadiesen sus derechos individuales. A esto se une una tendencia a sobre reaccionar ante el terrorismo con la equívoca dicotomía entre libertad y seguridad.
El despliegue de 7.000 militares en el territorio nacional, en el marco de la llamada Operación Centinela, es otra anomalía francesa entre las democracias liberales. "Los franceses siguen pensando, en el plan histórico, que la salvación, en periodos difíciles, podría venir del ejército", dice Sureau. "Lo pensaron con los dos napoleones bonapartes, en la guerra del 14-18 al divinizar al mariscal Foch, en 1940 con el mariscal Pétain, y después con el general De Gaulle y los acontecimientos de Argelia".
La memoria es confusa, y engañosa a veces. El neuropsicólogo Francis Eustache ha puesto en marcha, junto al historiador Denis Peschanski, un proyecto para estudiar, durante 12 años, cómo se construye la memoria individual y colectiva de los atentados de noviembre de 2015. Es pronto para sacar conclusiones, avisa Eustache, pero los datos acumulados dos años después —sobre todo demoscópicos— permiten algunas observaciones. Por ejemplo, en la memoria colectiva se forman falsos recuerdos: muchas personas creen recordar que en noviembre hubo una gran manifestación en París, cuando la gran manifestación fue tras el atentado de Charlie Hebdo en enero. El recuerdo del 13-N toma la forma de los que llama un “recuerdo flash”, aquellos recuerdos en que las personas recuerdan qué hacían en aquel momento (el caso típico es el del asesinato de Kennedy o, en España, el 23-F). Al mismo tiempo, explica el profesor Eustache, un acontecimiento —en el caso de noviembre de 2015, el Bataclan, más que los ataques a las terrazas de los cafés o en Saint-Denis— se impone sobre otros.

“Hay un gran relato colectivo que se construirá y al lado se construirán muchas memorias individuales”, dice Eustache. Esto ocurrió en la Segunda Guerra Mundial, que Eustache y Peschanski han estudiado: la memoria traumática de los bombardeos aliados en Normandía quedó tapada por la gesta colectiva el desembarco.

El sábado por la tarde, en Saint-Denis, la selección francesa de rugby jugaba contra la neozelandesa. A siete kilómetros de ahí, pese a la lluvia había grupos tomando cervezas en la terraza de Le Carillon, uno de los cafés con terraza que los terroristas asaltaron, como en la terraza de La Bonne bière, otro de los locales golpeados por los terroristas, también lleno. En el Bataclan se anunciaba un concierto del grupo Rise Against: no quedaban entradas.














lunes, 13 de noviembre de 2017

MUNDO TRUMP




Inclinado ante el emperador

Lluis Bassets


















Justo un año después de su elección, Donald Trump ha paseado y cenado con Xi Jinping en la Ciudad Prohibida, el palacio imperial donde los emperadores chinos recibían el homenaje de sus súbditos y de los enviados extranjeros en la ceremonia compleja y humillante del kowtow.

El acto de sumisión ceremonial al emperador tenía muchas modalidades, con variaciones en el número de reverencias e incluso en su intensidad, hasta llegar a dar con la frente en el suelo. Nadie podía sustraerse a ella, ni siquiera los enviados de los monarcas europeos, vasallos del hijo del cielo en la imaginación mitológica del imperio del centro.
Donald Trump acaba de practicar con Xi Jinping una modalidad posmoderna y ligera del kowtow. Si hace un año acusaba a China de ladrona de puestos de trabajo estadounidense, y de manipuladora de su moneda para incrementar su superávit comercial con EE UU, ahora ha endosado a los presidentes que le precedieron la responsabilidad del enorme desequilibrio en la balanza comercial a favor de China. Además, ha reconocido que no podía descalificar a la superpotencia por aprovecharse de la mala política comercial de su país.

No le ha bastado la denigración de sus antecesores para disculpar al rival estratégico, sino que además se ha deshecho en elogios y lisonjas personales hacia Xi, “un hombre muy especial”, a quien ya piropeó hace unas semanas por la “gran victoria política” obtenida en su reelección como secretario general del Partido Comunista. Trump no ha recibido ni un solo gesto de reciprocidad por parte del líder chino, perfectamente consciente de lo que busca alguien tan sensible a los elogios como es el presidente estadounidense.
Nada se entendería de la política china de Trump sin la peligrosa crisis que se le ha abierto en la península de Corea, donde la escalada nuclear del régimen de Pyongyang está a punto de resolverse de forma muy adversa para Washington, pues se enfrenta al dilema de escoger entre la consolidación de una potencia atómica con capacidad de alcanzar territorio estadounidense o entrar directamente en una confrontación armada de altos costes en vidas y en inestabilidad geopolítica.

Obama ya se lo advirtió cuando llegó a la Casa Blanca: Corea del Norte era el problema más espinoso que le dejaba encima de la mesa. Trump apenas le hizo caso, como demuestra la frívola incontinencia verbal y tuitera con que se ha expresado durante todo su primer año presidencial, amenazas incluidas, respecto a Kim Jong-un, mofándose también de los esfuerzos diplomáticos de su secretario de Estado, Rex Tillerson.
La resolución del dilema deberá producirse en los próximos meses, según señala un sombrío informe del Congreso de EE UU del pasado 27 de octubre. En el documento, se analizan todos los escenarios bélicos para liquidar el arsenal norcoreano, desde bombardeos aéreos hasta la invasión terrestre, para evitar que alcance una capacidad nuclear disuasiva que obligue a su aceptación de facto y a un equilibrio del terror, como sucedió con la Unión Soviética al principio de la Guerra Fría.
Queda una oportunidad, pero está en manos de China, el único país que puede influir sobre Corea del Norte con una combinación de sanciones y presión política. Si esta vía fracasa, Trump se enfrentará a la obligación de tomar la gravísima decisión de ordenar la destrucción del arsenal nuclear norcoreano, operación que requiere una invasión terrestre, según el Pentágono, y que puede ocasionar decenas de miles de víctimas civiles solo en los primeros días.

Estamos en el umbral de lo impensable, en puertas de un peligro bélico de dimensiones desconocidas. También era impensable la elección de Trump hace un año, y este es el dato central del año transcurrido desde los comicios. El balance empieza en el momento mismo en que todos los aventureros del mundo reciben el mensaje estimulante de que la primera superpotencia ha caído en manos de uno de ellos, y de que cualquiera de las locuras políticas imaginables puede abrirse camino en el nuevo mundo trumpista, al menos en el territorio de los mundos paralelos o de las fake news(esas noticias falsas que tanto rendimiento dan a los movimientos populistas).

Trump no es consciente del acto de vasallaje que acaba de hacer en Pekín, entre otras razones porque cree que puede desmentirse inmediatamente. En su idea de la política, todo es instantáneo y se organiza en torno a la apariencia, como ocurre en los espectáculos televisivos. Gobernar es firmar decretos solemnemente en el Salón Oval o intercambiar sonrisas con Xi Jinping en la Ciudad Prohibida ante las cámaras. Lo que suceda luego con el decreto o lo que salga de las conversaciones tiene escasa importancia. Trump jamás se ruboriza por desmentirse y siempre lo resuelve descalificando a los otros. Su palabra va mucho más allá de las fake news. Es inconsistente, ajustada solo al instante. Solo Twitter le permite ser así. Él y la red social están hechos el uno para el otro.
Pero el kowtow de Trump no es un gesto volátil, sino una expresión del retroceso de Washington en la dirección de los asuntos mundiales desde hace un año y de la ventana de oportunidad que se le ha abierto a China, y en concreto a su presidente Xi Jinping, para acortar la distancia que les separa todavía, hasta conseguir, a mitad del siglo XXI, el relevo como superpotencia. Los lemas trumpistas America first (América primero) y America great again (América otra vez grande) significan, al parecer, ceder gentilmente el paso a China y hacerlo también en el plano de las ideas y de los valores, en el que EE UU consiguió sus victorias más resonantes en el siglo XX.

La elección de Trump hace un año es parte de la desoccidentalización del mundo. El mundo trumpista está más cerca de Putin, Erdogan, Xi Jinping y Mohamed bin Salman que de sus aliados occidentales, Merkel y Macron. Es autoritario y plutócrata, nacionalista y xenófobo, extremista y polarizado, inseguro y selvático. No se construye con alianzas y acuerdos basados en valores e intereses compartidos y guiados por una visión estratégica más o menos común, sino por los más brutales intereses inmediatos, los deals o contratos comerciales, auténticas transacciones entre negociantes poderosos.
Desde hace un año, el riesgo de guerra ha aumentado, en Oriente Próximo —donde ya es una realidad— y en Corea, con la eventualidad de un ataque nuclear, que sería el primero desde 1945. También ha aumentado el riesgo de proliferación, sobre todo por el boicoteo de Trump al acuerdo con Irán. Las alianzas de seguridad se han aflojado y el multilateralismo —madre de todos los avances en el último medio siglo— ha recibido un severo revés. Lo peor, sin embargo, es el mal ejemplo y el estímulo para aventureros, vigentes desde el 8 de noviembre de la elección presidencial e incluso antes, el 20 de julio de 2016, cuando fue nominado candidato del Partido Republicano, el viejo y gran partido de Abraham Lincoln.

The Washington Post ha contabilizado más de 1.300 mentiras o tergiversaciones de Trump desde su elección (un promedio de cuatro mentiras al día), en un país donde la mentira ha llevado a la apertura de procesos de destitución de dos presidentes. Que Trump ocupe el cargo todavía y no haya sido depuesto por el Congreso dice mucho y mal de la sociedad que le permitió llegar a la Casa Blanca y le ha mantenido hasta ahora en el poder. Pero esto tampoco dice mucho a favor del mundo que tiene en él a un líder y maestro de perversión política.


El País España