jueves, 9 de julio de 2015

ESE GENIO: MUNCH




Colores y brumas de Munch




El cuadro 'El grito', en el Museo Munch de Oslo. 


Lo primero que llama la atención a quienes visitan Oslo por primera vez son las nubes de bosques verdes salpicados del azul de los lagos, una impactante vista de la naturaleza que a un viajero del sur de Europa le certifica que va a aterrizar en un mundo muy diferente. El propio aeropuerto internacional de Gardemoen, revestido de madera por suelo y paredes en sus espacios de tránsito, es todo un símbolo del paisaje de fiordos, islotes, ríos y montañas en el que el viajero va a adentrarse. Se entiende que los noruegos, pese a la dureza del clima y de los largos y oscuros inviernos, acaben volviendo casi siempre a su lugar de origen por mucho que hayan viajado.


Ansiedad, óleo sobre tela,1894, Museo MunchOslo
Uno de sus más ilustres y admirados vecinos, Edvard Munch (Løten, 1863-Ekely, 1944), fue uno de tantos de los que salieron del país en su juventud para completar su preparación (París fue un destino repetido) y que eligieron Berlín para vivir sus años de bohemia y conectar con las vanguardias internacionales. Pero en los años de madurez personal y artística escogió su paisaje natal para vivir hasta el final de sus días.  Las huellas de Edvard Munch siguen más vivas que nunca en Oslo, ciudad a la que se trasladó su familia cuando solo tenía un año. Hijo de un médico militar y de una criada profundamente religiosos, segundo de cinco hermanos, la muerte de su madre a consecuencia de la tuberculosis cuando él tenía cinco años le produjo un pánico hacia la enfermedad que le marcaría toda su vida; un terror que se acrecentó con la muerte también de tuberculosis de su hermana Johanne Sophie, a los quince años. El propio Edvard fue un niño enfermizo que sufrió fiebre asmática crónica, ataques graves de fiebre reumática y, ya en la edad adulta, una crisis mental agudizada por el alcoholismo y el juego que le hizo ingresar durante ocho meses en un sanatorio mental en Copenha­gue. El terror a la enfermedad fue tal que desde muy joven decidió que jamás tendría hijos que heredaran sus genes enfermos; algo que influiría en su tormentosa relación con las mujeres. Todo ello se incorpora en los grandes temas que Munch desarrolló a lo largo de su vida en su amplísima producción, de la que el grueso fue donado por él a su ciudad: 1.106 pinturas, 15.391 grabados y 4.443 dibujos y acuarelas, propiedad del Museo Munch de Oslo, una visita imprescindible que se complementa con la veintena de obras maestras del artista que se conservan en el Museo Nacional.



Autorretrato con una botella de vino, 1906, óleo sobre lienzo, 110 x 120 cm, OsloMuseo Munch.
El Museo Munch, abierto en 1963, ahora un tanto alejado del centro y rodeado de espléndidos bosques, va a cambiar de emplazamiento. La necesidad de un lugar más seguro se planteó cuando en agosto de 2004 dos ladrones se llevaron a la vista de todo el mundo dos de sus obras más famosas: El grito y la Madonna,felizmente recuperadas dos años después. El nuevo hogar de Munch empezará a ser construido este verano por el arquitecto español Juan Herreros, en lo que se conoce como La Ciudad de los Fiordos, en pleno Oslo moderno, en la península de Bjorvika, junto al espectacular teatro de la ópera diseñado por el estudio Snøhetta, Premio Mies van der Rohe en 2009. La obra de Herreros, consensuada con las asociaciones ciudadanas locales desde que ganó el concurso internacional en 2009, ocupará 24.000 metros cuadrados repartidos en 13 plantas. La mitad está dedicada a espacio expositivo y el resto a biblioteca, auditorio, archivo, centros de reunión y, entre otras cosas, un taller de restauración que podrá ser visto por los visitantes a través de las paredes de cristal. En 2019 está prevista la inauguración del nuevo museo. Lo del taller de restauración a la vista no es un capricho del arquitecto.  Munch solía pintar al aire libre y dejar sus obras en cualquier sitio y de cualquier manera. Por ello, gran parte de la donación no estaba en condiciones óptimas cuando la recibió el Ayuntamiento, por lo que al taller no le falta trabajo.
La ciudad mantiene y cuida cada rincón relacionado con Munch. Uno muy especial es el lugar que adquirió y utilizó después de decidir que se instalaría definitivamente en Oslo. Es el estudio de EKely, ubicado en lo alto de una colina. Desde allí, dicen que oyó los alaridos de la mujer que pintó en El grito. 
Probable, si se piensa que había un centro psiquiátrico cerca, pero difícil de creer para los que opinan que su famosa obra es un compendio de sus angustias vitales y que la pintó en Berlín. Porque, como él mismo dijo: “No pinto lo que veo, sino lo que vi”.

El grito (1893), óleo, temple y pastel sobre cartón, 91 x 74 cm, Galería Nacional de Oslo.


Madonna, 1894-1895, óleo sobre lienzo, 91 x 70,5 cm, OsloGalería Nacional 






Texto: Angeles García. El Viajero. El País. España. 







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