viernes, 24 de julio de 2015

LINEA FRONTERIZA II




  Una Muerte 

   Alejandro Insaurralde

  










"Se acerca la noche y aún me inquieta pensar que no cuento con elementos suficientes para salvaguardar a esta mujer."


Mi reloj marca las once y media de la noche y ya es tiempo de tomar una buena ducha. Hoy es sábado, cualquiera optaría por salir a ganar la noche, pero lo cierto es que no me siento en condiciones de evadir la realidad. Este asunto me quitó motivaciones y fingir una diversión me demandaría ahora un colosal esfuerzo. Activé el contestador automático para filtrar llamadas, no deseo otra cosa en este momento que entregarme al sueño.
Inserto un CD en la compactera. Es ya medianoche y el confortable diván del living se prepara para recibirme. Opté dormir ahí esta noche debido al desorden que reina en el dormitorio. Un suavecito “clic” me indica que el CD de las Rapsodias Húngaras de Liszt acaba de terminar.

Logré dormir unas horas, no sin dificultad. El sueño se me interrumpía cuando, entre bostezos, levanté un párpado y miré hacia el departamento de la dama que, para mi sorpresa, se hallaba con luz en medio de la oscuridad. Sin encender la lámpara y tanteando con cautela tomé los binoculares.  Observo el living del departamento con varias luces encendidas y la puerta entreabierta. Alcanzo a ver las enigmáticas fotos y los documentos. Todo está sobre la mesa central.
Siendo las cinco y quince de la madrugada, irrumpe de súbito el esposo de la dama, quien denota cierta sorpresa por encontrar la puerta del departamento sin llaves ni cerrojo. Esta vez usaré mi cámara de fotos, me las tendré que ingeniar para usar alternadamente los binoculares y la cámara, sin perder detalles.
El hombre gesticula, tal vez estará llamando a su mujer, o bien lanzando su habitual batería de injurias; todo parece indicar que la dama no está allí, ya que no acude a su encuentro; de su portafolio extrae una considerable cantidad de papeles y los deja junto a las fotos y los documentos anteriores; se dirige hacia el bar empotrado en la pared y se sirve un whisky con dos hielos; toma los últimos papeles escogidos y comienza a hojearlos detenidamente; separa otro manojo y los enfunda en otra carpeta. Al parecer, el motivo de su regreso ha sido el ordenamiento de esta tramitación que, ocupado en propagar violencia, olvidó hacerlo ayer; después de beber de un solo trago su medida de whisky, se sienta en uno de los sillones  a leer el contenido del nuevo trámite.
Son las cinco y treinta. Estimo que algún malestar insospechado comenzó a invadirlo porque varias veces debió interrumpir su lectura para tomarse la cabeza con las manos. Quizás estaría sintiendo alguna jaqueca o mareo, pero es extraño dado que el sujeto daba muestras de estar en buenas condiciones hasta el momento.

Observo ahora una silueta,  del tamaño de una persona adulta, que deambula vagamente en la intersección del living y la cocina, una extensión de apenas dos metros, separado por un cerramiento de cerámica calada.  Ajusto el zoom al máximo y la silueta se hace más visible; con sus manos apoyadas sobre las caderas, en posición desafiante, el intruso se detiene en la mitad del pequeño pasillo; sus rasgos físicos – mejor visibles ahora – pertenecen a un sujeto de aproximadamente uno sesenta de estatura y unos sesenta kilogramos, teniendo en cuenta su envergadura corpórea; existe un elemento fundamental que no me permite huir del asombro: su vestidura me recuerda a esas películas de ninjas, con sus atuendos negros que les cubre el cuerpo casi por completo, con los ojos visibles únicamente; sólo que aquí el sujeto no porta ninja-to, katana, ni ningún tipo de arma blanca marcial; además lleva guantes y no es habitual usar guantes en el arte ninja; pero salvo estos detalles, se podría decir que su imagen representa a un auténtico ninja; sus movimientos son ágiles y astutos.
Atrapado bajo una influencia desconocida, el esposo de la dama se toma la frente, y al intentar levantarse, trastabilla y cae de bruces golpeando  sobre la mesita fumador; gateando alrededor de la mesa, eleva sus manos y comienza a sacudirlas con desesperación, como queriendo escoger alguna apoyatura, lo que permite suponer que ha sufrido una especie de ceguera; el sujeto de negro apaga las luces del living, excepto un pequeño spot ubicado en la entrada del departamento; el ambiente queda en penumbras; esto facilita su accionar,  se incorpora a la escena y observa complaciente desde un rincón del living con los brazos cruzados, deleitándose del infortunio de su víctima.
Con atónita expresión el hombre ve aproximar a su verdugo y, queriendo comunicarse con él, mueve desesperadamente la boca; de un recóndito bolsillo el sujeto de negro extrae un pequeño frasco y lo exhibe frente al rostro del hombre, a modo de cruel revelación; comienza a hablarle explicando, quizás, de qué manera adulteró el whisky con el letal veneno.
El rostro del hombre, desfigurado por el efecto devastador del tóxico, adopta un semblante patético; por la boca expulsa un fluido blanco, y los ojos parecen desorbitarse de sus cuencas; su cuerpo se retuerce en el suelo como si estuviese enmarañado en una telaraña, contrayéndose de forma tal que me estremece verlo; el veneno surtió efecto casi de inmediato, y dudo que demore en provocarle algún colapso o crisis cardíaca.
El ninja se dirige ahora a la cocina; al regresar, se ubica junto al cuerpo inerte y, en análoga situación al ataque de la dama, lo circunda esgrimiendo un facón de gaucho en su mano derecha; se sienta sobre el estómago de la víctima, desenvaina el facón y arroja a la luz su funda de cuero.
El cuerpo del hombre yacía paralizado hasta el instante fatal en que el facón penetra la carne, sacudiendo toda su humanidad de un solo movimiento; el arma, enterrada hasta la empuñadora, recorre con su frío metal el interior del cuerpo dilacerando trozos de vísceras que, una vez seccionadas, son expuestas a la superficie; el natural instinto de preservación impulsa a la víctima a lanzar manotazos en vano sobre el rostro del asesino, como no queriéndose resignar a un destino inexorable.
Después de limpiar su ropaje de las manchas de sangre, el asesino se pone de pie frente al cuerpo, y libera su boca de la ceñida máscara; se descubre de abajo hacia arriba, deja los labios visibles, y con una leve sonrisa contempla a su víctima.

Los primeros claros ya despuntan el alba. La muerte se abate implacable en esta noche, una noche que ya agoniza junto aquel hombre, cuyos estertores marcan sus últimos compases de vida.




Fragmento. (Continuará )




Adaptación del cuento del mismo nombre de 'De Entre vivencias y visiones' (cuentos, Marzo 2003) Ediciones AQL. 2da Edición (Abril 2013). Sabor Artístico.












2 comentarios:

  1. Y que pasó con la dama? Perdón, soy medio lerdo, o es que el Ninja era la dama. A ver Miss Musa, Ud., que es una luz, acláreme. Agustin

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  2. Hola Agustín ! Este cuento saldrá por entregas, la semana que viene aparece la tercera parte. Mientras tanto y para que no se sienta lerdo ( No lo es, créame ) le sugiero que lea la primera Línea Fronteriza, del 10 de Julio.

    Gracias por su comentario...se lo extrañaba en estas páginas.

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