miércoles, 24 de mayo de 2017

GEOGRAFÍA



La clave está en el mapa

Tim Marshall










Existen muchos factores que influyen de manera decisiva en las decisiones que toman los dirigentes de cada país. Y el factor más olvidado es la geografía. Tratar de entender los conflictos sin un mapa y una explicación geográfica es casi imposible.
Las palabras pueden decirnos qué ha pasado; el mapa nos ayuda a comprender por qué. Los ríos, montañas, desiertos, islas y mares son factores determinantes en la historia… Los líderes, las ideas y la economía son cruciales. Pero son temporales, y el macizo del Hindú Kush los sobrevivirá a todos. Esta teoría no es nueva, pero pocas veces se explica con el detalle que merece.

Empecé a reflexionar sobre este tema cuando trabajé como periodista en la guerra de Bosnia, en los años noventa. Una vez estaba en una colina observando un pueblo en llamas, y pregunté a quienes habían provocado el incendio por qué lo habían hecho. Los pistoleros respondieron que, si quemaban el pueblo, sus habitantes huirían al siguiente, y luego a la población de más allá, y eso les permitiría a ellos avanzar por el valle hacia la carretera a la que querían llegar por razones estratégicas. A partir de entonces, traté de no emplear el término “violencia sin sentido”. En esas situaciones tan terribles, la violencia suele guiarse por una lógica fría, dura y brutal.

Un ejemplo más reciente es el de Siria. La historia nos dice que la tribu alauí, la minoría a la que pertenece el presidente El Asad, procede de la región montañosa sobre la costa. Pues bien, si miramos el mapa y ciertos lugares en los que se han producido combates, es evidente que el bando de El Asad ha querido asegurarse la ruta que une Damasco con la costa por si tenía que refugiarse en la zona en la que se encuentran sus raíces históricas.

Los otomanos dividieron lo que hoy es Irak en tres áreas administrativas: Mosul, Bagdad y Basora. Después, los británicos unieron las tres en una sola, una imposibilidad lógica que los cristianos quizá resuelven recurriendo a la Santísima Trinidad, pero que, en Irak, ha desembocado en un caos muy poco santo y más bien nefasto, porque hoy los kurdos, los suníes y los chiíes se disputan el control de las regiones.

Rusia ofrece dos buenos ejemplos de la influencia de la geografía. Ha sufrido numerosas invasiones llegadas de las llanuras del norte de Europa, y por eso sus gobernantes han tratado de dominar la región para que les sirva de parachoques frente a nuevas incursiones.
En Rusia, la mayoría de los puertos se congelan en invierno. Por consiguiente, Sebastopol, en el mar Negro, tiene una importancia crucial. Cuando Ucrania “se pasó” a la esfera de influencia de la OTAN, Putin pensó que la geografía no le dejaba otra opción que invadir el país. Si dejamos aparte el aspecto moral, suele ser más fácil comprender un acontecimiento. No defiendo que haya que olvidar la ética en los asuntos humanos, solo subrayo que, como dijo el escritor especializado en geopolítica Nicholas Spykman, “la geografía no discute; se limita a ser”.
Lo que quería decir Spykman era que, para comprender mejor el mundo, debemos verlo, no como queremos que sea, sino tal y como es. La geografía nos ayuda a ello, y, una vez que lo hemos logrado, podemos saber mejor cómo cambiarlo. Por eso debemos empezar con un mapa; todo lo demás viene después.
¿Cuál es el tamaño de un país concreto? ¿Qué recursos naturales tiene? ¿Cuántos habitantes tiene? ¿Hay defensas naturales, por ejemplo montañas, o es vulnerable porque su frontera está en terreno llano?
Una vez que hemos averiguado todo esto, debemos añadir la historia para comprender mejor la psicología del país, y de ahí pasamos a la política. Y después llegamos a las personas.

En las relaciones internacionales existe un dicho: “Estados Unidos tiene unos intereses y unos presidentes. Los presidentes cambian; los intereses, no”. En el fondo, esta frase está hablando de la geopolítica y la geografía. Un ejemplo actual es Donald Trump. El presidente, como muchos otros de sus predecesores, llegó al poder diciendo que iba a mantener a EE UU al margen de los líos en el extranjero, pero las realidades de la geografía ya le han arrastrado a todo lo contrario. EE UU no quiere que Rusia domine Europa; por eso Trump ya ha empezado a enfrentarse a Moscú. La geografía del continente norteamericano explica cómo y por qué los vínculos comerciales entre Moscú, Canadá y EE UU son los que son; Trump ha descubierto que no puede cambiar esa geografía y ya está suavizando su postura sobre el Tratado de Libre Comercio.
La geografía y la historia son también las que hacen que EE UU se implique en la situación de Corea del Norte. Los estadounidenses tienen en Corea del Sur unas estructuras que albergan a 28.000 soldados norteamericanos, todos ellos al alcance del ejército del Norte. La tecnología puede doblar los barrotes de la prisión de la geografía, pero no romperlos. La tecnología ha permitido a Corea del Norte desarrollar unas armas de artillería convencional y situarlas en las colinas que dominan la zona desmilitarizada, desde donde podrían llegar a Seúl. Esa distancia, 56 kilómetros, es un factor relevante para cualquier decisión política y militar que tomen Corea del Norte, Corea del Sur y EE UU.

Las personas son fundamentales, sin duda. Da la impresión de que el presidente Trump está más dispuesto a emplear la fuerza militar que su predecesor, y ese es un dato que todo el mundo tiene en cuenta, pero que no resta importancia a los factores geográficos, también necesarios a la hora de tomar decisiones.
A veces me preguntan si los misiles balísticos intercontinentales (ICBM, por sus siglas en inglés) han roto los barrotes de la prisión geográfica. Yo respondo que no, lo único que han hecho es cambiar las ecuaciones. Lo que tienen que hacer ahora los vecinos de Corea del Norte y los estadounidenses es descubrir el alcance de los ICBM y buscar en el mapa hasta dónde pueden llegar. Las decisiones siguen dependiendo, en parte, de la geografía.
No es que los infinitos artículos sobre el carácter de Trump, Putin, Duterte y otros carezcan de sentido; de hecho, forman parte de nuestro discurso público. Pero, si no estudiamos el mapa, no podremos comprender por completo el entorno estructural en el que actúan esos personajes.

En definitiva, para entender como es debido los motivos de una situación, es necesario interpretar la política, conocer la historia, examinar las estadísticas y mirar el mapa. Sin esto último, es posible que se nos escapen las obviedades. Ya lo dijo el gran escritor británico George Orwell: “Para ver lo que tenemos delante de nuestros ojos hay que hacer un esfuerzo permanente”.





Tim Marshall, veterano corresponsal de guerra británico, es autor de ‘Prisioneros de la geografía’ (Península) y fundador de la web informativa TheWhatAndTheWhy.com

Traducción de M. L. Rodríguez Tapia.






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