martes, 16 de mayo de 2017

ROBAR LA LLUVIA




Robar la lluvia.

Daniel Santos Muñoz













Las sequías nos son un fenómeno nuevo. Afectan cíclicamente a zonas diversas del globo, y en algunas casi de forma permanente.   El cambio climático, debido al calentamiento global, parece que acentuará la desertificación y la frecuencia de los episodios de falta de precipitaciones. Por eso, es fácil que dada la situación de falta de lluvias, que afecta gravemente a la agricultura, no dejen de aparecer oportunistas sin ninguna clase de escrúpulos vendiendo milagros para atraer al maná del cielo o para robárselo a los vecinos.
El uso de aviones para "robar la lluvia" es otro de esos bulos, sin base científica, que aparecen en épocas de sequía e incluso han llegado a consolidarse como denuncias ante las autoridades. Sabiendo cómo se forma la lluvia y el tamaño del problema al que habría que enfrentarse para robarla, podemos establecer el sinsentido de esta afirmación.
El proceso de creación de lluvia no es simple. Dentro de una nube existen múltiples procesos físicos que tienen lugar a diferentes ritmos y que interaccionan entre todos ellos para dar lugar a la lluvia. De forma básica, la lluvia requiere de unos núcleos que actúan como semillas a partir de los cuales las gotas o cristales de hielo de la nube empiezan a crecer. Este crecimiento se produce envolviendo la semilla con gotículas de agua, lo cual ayuda a alcanzar un tamaño lo suficientemente grande para que las gotas pesen lo bastante para no poder flotar y caer. Estos núcleos, llamados núcleos de condensación nubosos, son en su mayor parte partículas de sales marinas o polvo.

La mayoría de los intentos de controlar el proceso de generación de lluvia, o robarla, desde el primer experimento en 1946, se han centrado en añadir más núcleos de forma artificial. Este método es conocido como siembra de nubes, y consiste en alterar el delicado equilibrio entre el número de núcleos y el agua disponible para envolverlos. Ninguno de los estudios o ensayos prácticos ha podido concluir cuál es el valor óptimo de siembra de núcleos. Tampoco ha podido establecer una clara relación causa-efecto entre la siembra y que se produzca o no precipitación.

Además de la dificultad de calcular cuantos núcleos habrían de sembrarse y el alto coste de disponer de aviones persiguiendo nubes, resulta importante conocer el tamaño del problema al que nos enfrentamos. Mediante satélite podemos estimar que, una pequeña nube que flota sobre nuestras cabezas puede contener entre 500 y 1.000 toneladas de agua, llegando a más de un millón de toneladas en las nubes de tormenta. Los últimos estudios indican que menos un 20% del agua de las nubes cae en forma de precipitación. Es decir, sobrevolando nubes y sembrando sales, deberíamos ser capaces de hacer desaparecer el agua de 80 piscinas olímpicas sin dejar rastro, algo que resulta cuanto menos mágico.





Del blog 'Tiempo al tiempo', de Daniel Santos Muñoz















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