miércoles, 31 de mayo de 2017

MIGRANTES



El volcán libio








Mientras las potencias del G7 reunidas en Taormina muestran su incapacidad para encontrar salidas a la crisis migratoria, miles de migrantes confluyen en Libia para intentar el salto a Europa sin saber que se adentran en un infierno. Libia se ha convertido en un peligroso factor de desestabilización y un pozo negro para los derechos humanos. El caos y la anarquía se han adueñado del país, convertido en el campo de operaciones de mafias cada vez más poderosas. En el quinto año tras la muerte de Gadafi hay tres Gobiernos que se disputan el control del país, uno de unidad apoyado por la ONU y otros dos que no reconocen el acuerdo de Skhirat de 2015, y un gran número de milicias y grupos armados. En medio de este desorden, el Estado Islámico trata de consolidar una nueva base territorial para convertirla en foco de terrorismo, como hemos visto en el atentado de Mánchester. A esta dinámica contribuye el apoyo desde Arabia Saudí a la penetración de la corriente más radical del islamismo, la wahabí.

Los informes de la ONU constatan condiciones insufribles en los lugares de concentración de inmigantes y prácticas deleznables como la compraventa de personas como fuerza de trabajo, esclavas sexuales o instrumento de chantaje para obtener dinero de sus familias. Ahora han ideado una nueva forma de operar para sacar provecho de los dispositivos de rescate en el Mediterráneo: sobrecargan las embarcaciones y cuando llegan a aguas internacionales les quitan el motor para reutilizarlo. Desde 2015 han llegado a las costas de Italia 385.000 migrantes desde Libia y en cuatro años 12.064 han muerto en el mar. Se desconoce cuántos migrantes mueren en territorio libio o en el desierto. La comunidad internacional no puede permitir esta espantosa deriva y no habrá forma de pararla sin una acción concertada para reparar el error que cometieron en 2011: no prever un plan para estabilizar el país tras la desaparición de Gadafi










Opinión. El País












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