martes, 22 de octubre de 2019

CUENTO



La mujer del subte *

Alejandro Insaurralde














                                                                       




El repiqueteo discontinuo de una llovizna gélida convierte a la estación Congreso en pista de aterrizaje para torpes y atolondrados. En esos días, la boca de acceso parece convocar a los transeúntes a una caída libre o deporte extremo donde las escaleras - con su barro achocolatado e insuficientes barandas - se suman a la lista de trampas urbanas que se activan siempre con los días lluviosos.
La húmeda tarde, de infinitos grises y encanto suicida, sorprendió al inefable Miguel en la estación Congreso, que subía a toda prisa con el tino de no resbalar los peldaños mortales que conducen a la calle. No le gustaba perder el tren de las dieciséis porque más tarde, en horas pico, se viaja incómodo y no llegaría a tiempo para dar de comer a sus mascotas.
A su regreso lo esperaban el sofá junto al hogar, el excremento de los perros y unas horas de zápping. Los efectos de una soltería monótona comenzaban a hacer estragos y en tardes así, soltaban una avalancha de añoranzas viejas que corroían como el ácido, tristezas arrumbadas en algún tugurio de la mente que se resistía al olvido.
Miguel era un tío primerizo que no sembraba méritos para contentar a su único sobrino, el pequeño Tomi. Trataba de evitar las salidas que demandaba el niño, por ejemplo, a los peloteros o parque de diversiones, allí donde los párvulos descargan su adrenalina y despliegan toda esa psicopatía inocente. Para la frágil tolerancia de Miguel esto era un Pandemónium de griterío y agitación, con madres que corren alocadas por algún brazo golpeado o labio sangrante. Demasiado para un solterón apacible.
Por la mañana, los primeros azotes de la rutina lo desolaban con su vuelta a la oficina del piso diez. Era un tedioso itinerario que une, subte mediante, su departamento de Congreso con el casco céntrico, un periplo que contaba sólo con un breve interludio: la parada de diarios. Compraba su matutino habitual en Corrientes y Florida y, si había tiempo, un café demoraba el ingreso al enfermizo claustro.
No bien cruzaba la puerta, el mal humor de su jefe y el humo de la cuarentona que fumaba sin parar ya advertían que el estrés acechaba. Con el tiempo, Miguel había desarrollado cierta inmunidad contra estos males y con la ayuda del tilo, el control en las dietas y un chequeo periódico mantenía a raya cualquier enfermedad. Con el único mal que no había podido, esa enemiga silenciosa y manipuladora, era con la melancolía. Ella le cincelaba su endurecido temple y lo empujaba hacia estados de permanente duelo, que hacían de él una frágil lámina a punto de resquebrajar.
El retraimiento lo protegía de ese entorno agobiante y aislarse era una opción práctica para que nadie lo invadiera. Pero una ilusión reverberaba en la cóncava soledad, como un antiguo reclamo; en ese vacío oscuro y distante, repiqueteaba una y otra vez la ilusión de una compañía que se embriagaba en un rincón del corazón y que, de tanto en tanto, le renovaba los suspiros; era una ilusión vaga y errante, como un holgazán que se emborracha en una esquina a la espera de otro que se sume a la velada.
La mujer que vio aquella tarde a la vuelta del trabajo, en la estación habitual, pareció renovar ese mundo ausente, ese mundo carente de expectativas. ¿Qué tenía de especial esa mujer? ¿Qué tenía para capturar la atención de un hombre abstraído en aquel vacío?
Era la sonrisa, la fresca sonrisa de aquella dama fue el artilugio seductor que lo atrapó de inmediato. Resultó ser un arma eficaz para un hombre que había olvidado cómo era sentirse feliz.  La atracción era mutua, ella le sonreía desde el andén opuesto y él le correspondía. Sólo el balasto y las durmientes los separaban de un romance inaugural que, sin embargo, parecía de toda la vida.
Se oyó un bramido desde la curva oscura. Era el subte que se aproximaba en dirección contraria. La dama tomó el tren y desapareció entre la multitud y los metales, como fundida en un tanque de mercurio. Ese maldito subte le arrebataba a Miguel la sonrisa que había iluminado su tarde más que el mismo sol.
Miguel era un hombre perseverante, virtud con la que a veces lograba apuntalar sus aflicciones. Cada tarde, como un ritual, la esperaba en el mismo punto y con el mismo entusiasmo. Allí estaba ella, con la sonrisa de siempre. Miguel no se animaba a hablarle, contemplaba aquella sonrisa hasta que el subte se la raptaba de nuevo. Durante varios días continuó este idilio, sólo interrumpido por esa máquina y noches de recuerdos.
Una tarde, la desazón se apoderó de él y volvía todo al punto de partida. Por algún motivo la mujer dejó de acudir a la estación Congreso y no se volvieron a ver. Otra desilusión le robaba el sosiego. Una nueva pena le agrietaba el dique que contenía esas lágrimas humectantes de su soledad. A partir de allí, sólo lágrimas se dieron cita, sólo lágrimas se encontraban ahora con Miguel en la “solitaria estación llena de gente”. De la situación buscó sacar algún aprendizaje, Miguel sabía que una lágrima atascada en la tristeza no lo mortificaría para siempre. Una lágrima cautiva en cuevas de resignación aquieta su curso, deja de agitarse, se enfría, y el tiempo la cristaliza en un diamante llamado madurez.  Sólo necesitaba tiempo para pulir aquel diamante.
En la semana siguiente, para sorpresa de Miguel, volvió la mujer con su sonrisa encantadora, volvía por aquella alma trémula que ansiaba ser rescatada. La mujer esta vez le sonreía con insistencia y le indicó con un gesto que bajara hasta las vías. Ella lucía un vestido negro transparente y arrastraba su larga cola, mientras meneaba su figura con suma gracia. Giraba el rostro y volvía a sonreír, una y otra vez. A Miguel le preocupó una súbita aparición del subte, y que una tragedia le arrancara a su tesoro preciado. Pero la mujer continuaba intrépida su caminata por las vías, como si nada le preocupase.
Decidido y sin más dilaciones, Miguel brincó por el andén y meditó la buena fortuna. Caminó por las gravas con una extraña mezcla de temor y ansiedad. Se acercó hasta ella para contemplarla mejor. Para Miguel era tan hermosa como en sus sueños, era como un ángel, como un ente idealizado, tan luminoso y perfecto que lo extasiaba de emoción. Pero cuando la tuvo cerca, tan cerca que sólo cabía una mano entre ambos, un olor pestífero lo invadió y una dentición prominente le sonrió más que nunca. Aquella terrible mujer venía a rescatarlo de sus pesares, a liberarlo de una vida sin mañanas, de una existencia sin ilusiones. Esa mujer venía a cumplir su labor y a confirmar los delirios tanáticos de Miguel, aquella tarde, en la estación Congreso.

Al instante, una luz blanca envolvió a Miguel. La potente locomotora puso fin al idilio y selló su destino.






* Cuento Mención de honor de la Unión Hispanomundial de escritores, sede Argentina.




















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