martes, 30 de octubre de 2012

PAPEL, PAPEL II






Psicología Social en el Conventillo de Lerma


Alejandro Schleh




El del papel higiénico es un negocio fácil para prolijos. De márgenes escasos, uno se puede fundir con facilidad. Como contrapartida del riesgo, es de mucha rotación y moviliza un gran capital; que si éste se obtiene del crédito de las papeleras y es manejado con prudencia permite a quienes poco tienen, como era mi caso, andar con mucha plata o cheques en el bolsillo todos los días, casi desde el primero del emprendimiento. A mí me atraía aquella idea de la venta masiva, la rotación del papel y de la plata en el bolsillo. Me fui zambullendo en el negocio en cámara lenta.Eran otras épocas; hoy sería distinto y no hubiera conseguido créditos con la facilidad aquella por más cara de angelito que hubiese practicado. En corto período llegué a ser un mediano y destacado, fiel distribuidor de aquella papelera pequeña que dio el gran salto cuando se decidió a industrializar el papel higiénico Bouquet para Ramón Chozas.Éste terminó viéndose en las góndolas de todos los más reconocidos súper e hipermercados. Yo no tenía capital, solo La Chata, vehículo con el que empecé a distribuir el papel. Por las noches sacaba cuentas. Si la progresión del aumento de las ventas continuaba siendo geométrica como venía siendo, podría comprarme una camioneta en muy poco tiempo usando más que mis ganancias, el dinero que pasaba por mis manos producto del crédito conseguido en la papelera y, si la venta no se venía para abajo, tranquilamente devolvería poco a poco aquel capital sustraído del giro comercial de un plumazo. Así fue. En sesenta días contados desde que comencé con aquel negocio del papel Tersura, compré a un amigo la pequeña camioneta Fiat Multicarga.




La idea de industrializar mi propio papel y tener una marca propia, me rondaba la cabeza.




En los momentos del ocio, se sumaban las anécdotas de la vida cotidiana a nuestras charlas prolongadas. Surgían de la misma actividad del papel y de la observación, que sin proponérnoslo, hacíamos de aquellas gentes simples que de la convivencia armoniosa pasaban a tener confrontaciones de fuerte tono en cuestión de segundos. Las tensiones  acumuladas, cualquiera fuera la causa, las solucionaban de manera imprevisible. Hay que ver qué cosas pasaban por sus mentes, y más, cuáles por las zonas mas recónditas de sus almas infantiles, puras, y subconscientes atávicos. Qué genes ancestrales venidos desde las zonas profundas, lejanas de la historia de la evolución, se habían llegado hasta ese conventillo de Villa Crespo corporizados en ellos. Quienes nos conocían y nunca habían pisado nuestra “planta” escuchaban con atención y divertidos nuestros relatos; nuestros cuentos sacados de las ratas de un laboratorio no tan convencional. No se detenían a medir las consecuencias de sus actos o palabras antes de producirlos. Como cuando Jovita, que anduvo mal con Ester en algún momento, le tiró el agua hirviendo que tenía a mano en una pequeña cacerola en un movimiento instintivo e in meditado y ésta debió ser hospitalizada en el Instituto del Quemado. O como cuando Ester en un rapto de locura revoleó por el aire todos los chinchulines que nuestra vecina de la casilla de enfrente cocinaba sobre una improvisada parrillita de alambre al calor de las brasas humeantes dentro de una lata de dulce de batata, de esas redondas, y se tiraron de los pelos y gritaron como gatas rabiosas y se arañaron y los rollitos de las pieles se les juntaron en las uñas. Una de las conclusiones fue que si bien es cierto que son los varones los que van a las guerras y se mueren, son las mujeres quienes las producen. Al menos, dentro de aquel conventillo la convivencia entre varones era por lejos mucho más fácil.
Nadie de nuestro entorno había pasado nunca por experiencias por el estilo y nadie había soñado tener una fábrica de papel higiénico ni afincarla en un conventillo. Nadie vivir en él, como era mi caso.  A veces había que dar explicaciones. Además de algo llamativas nuestras vidas, y de provocar cierta curiosidad, había quienes envidiaban nuestra libertad y perspectivas de progreso. Entre nuestros conocidos había quienes estudiaban para ser empleados alguna vez, estudiaban para trabajar para otro. Nosotros, los socios de la papelera Copos, trabajábamos para dar trabajo. Lo generábamos y esa no era capacidad de cualquiera. Estábamos llamados a fundar una gran empresa que podría cotizar en bolsa un día. Conocíamos algo de balances y números, precios del papel, de cómo se compraba por kilo y se vendía por metro, la incidencia de la mano de obra en los costos, ingresos brutos, impuesto a las ganancias, aportes patronales. Todo eso sabíamos.
La sociología iba más allá de los habitantes del conventillo y su estudio se extendía hacia nuestros proveedores y clientes que se convertían en su objeto.

Lejos estaban nuestros empleados varones –las mujeres no se dedicaban a “berreteras” en aquella época todavía tocada por el tango-, de las actividades a que se dedicaban algunos habitantes del barrio que se reunían en el confitería bar El Carioca de la esquina de Córdoba y Lavalleja y otros aledaños como el de Av. Córdoba y Canning. Ser “berretero” era un oficio totalmente masculino. 
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También estaba Sufra. Sufra vivía en una casa de bajos que era esquina en Lerma y Julián Álvarez; al lado de Jorge, mi mecánico. Una puerta de entrada al local en la ochava, cerrada, dos pequeñas vidrieras, una de cada lado de la misma con las persianas bajas. Sobre ambas calles, sendas vidrieras también cerradas y por fin, sobre Lerma, más allá de la vidriera, la puerta de acceso a su propiedad.
Sufra vestía siempre con saco, camisa y corbata, y cada tanto abría la puerta de su domicilio que daba sobre Lerma y miraba por un breve periodo de tiempo la calle arbolada de plátanos luego de lo cual se metía para adentro. Un sirio-libanés o algo parecido, alguien nacido en alguna parte de por allí, por medio oriente, comerciante de toda su vida que ya estaba jubilado. Cascarrabias. Se asomaba a la puerta en cada oportunidad en que una de las cortinas bajas de su comercio de la esquina, cerrado para siempre, recibía un pelotazo. Desde allí vociferaba contra la barra que se desternillaba de risa, frases que se le entendían bastante poco pues se ve que no había perdido el acento del idioma de su país natal. Le hacían pasar momentos de enorme tensión a este pobre hombre cuando los pelotazos se repetían uno tras otro de manera intencional. Irremediablemente salía una y otra vez a gritar las cosas inentendibles. A veces amenazaba a los agresores con un palo con un cepillo en la punta. Tendría unos setenta, setenta y cinco años, un poco grande ya para vivir en ese estado de excitación. Pobre Sufra. Fue bautizado de esa manera por los chicos que le tiraban cohetes, petardos y rompe portones, a escaso metro, metro y medio de los pies cuando abría su puerta y se asomaba a protestar. Sufra!, le gritaban. Sufra sufría de verdad. Y no sé si alguna vez su español le habrá permitido leer, entender lo que decían las innumerables leyendas que decoraban las paredes de su casa, graffitis y murales.

 De todos los tamaños y colores las leyendas. Todas decían en alguna parte la palabra “sufra”. O sólo el vocablo de referencia. A veces Sufra con mayúscula, otras con minúscula, según fuera que lo nombraran, o en modo imperativo le ordenasen sufrir.


(Continuará) 


 * De 'Un asunto de Papel Higiénico'. 

    

    Fragmento







4 comentarios:

  1. gracias Mis Musa Encantada...leer estas anecdotas de gente contemporánea a mí, me retrotrae en el tiempo y a mi barrio de infancia.... hay algo de un Buenos Aires, especificamente un Villa Crespo, que ya no vuelve más... era tan barrio todo eso, sus calles empredradas y su gente...Habia un cine en Cordoba y Lavalleja que ya no está...la confiteria Carioca en una de sus esquinas donde se juntaban los "berreteros" de referencia....Julian Alvarez, Cabrera, Jufré...habra sido un barrio como tantos otros pero es aquel en que me toco crecer. Y estos fabricantes del papel habran pasado por alli mas o menos para cuando yo andaba por los veinte años....J. A, Villanueva

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  2. Conmovedor tu mensaje, J.A. e interesantes esas referencias que se agregan a las del texto. Sé que muchos otros sentirán lo mismo, esa nostalgia por lo que ya no vemos.
    Muchas gracias !

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  3. ja ja jaj ja !! pobre Sr Sufra !! despues dicen algunos que el hombre nace bueno y luego se hace malo...jajajaj vienen combinadas desde la infancia más tierna la maldad con la bondad; pobre SUFRA ! Y se pusieron una fábrica de papel higienico justo frente a la casa de Sufra? jaja les debe haber salido para el cu.o el negocio !! jaja
    Anónimo Veneciano.

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  4. ¿ Conociste a Sufra ? ¿ Era tal como el autor lo describe ? Espero que me cuentes, debés tener tus años también y otros recuerdos de esa época.Acá estoy para leerte.

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