miércoles, 5 de julio de 2023

EL BORDADO COMO LENGUAJE

 

El bordado como lenguaje y expresión de identidad en el Wereldmuseum de Róterdam

Isabel Ferrer




Una imagen de la exposición 'Hilos en lugar de palabras' (en neerlandés, Geen woorden maar draden) en el Wereldmuseum (Museo del Mundo) de Róterdam




Una exposición en la ciudad portuaria holandesa propone un recorrido en torno a una técnica basada en 10 puntadas básicas, cuyos autores suelen ser anónimos y objeto, a veces, de apropiación cultural

El bordado es una forma de adornar tejidos con ayuda, sobre todo, de aguja e hilo. Una labor, en sentido amplio, asociada tradicionalmente a la mujer en el hogar. Cuando lo hace el hombre, suele ser en talleres fuera de casa y maneja piel o hebras metálicas. Bordar, sin embargo, es también una expresión cultural y de identidad transmitida entre generaciones y un documento histórico. Es un lenguaje que supera la belleza de lo cotidiano y refleja sobre un paño mucho más que el poderío del dueño de la prenda. Puede plasmar hechos traumáticos, como el sufrimiento padecido durante la II Guerra Mundial. Y puede ser objeto de apropiación cultural indebida en la industria de la moda. El  Wereldmuseum (Museo del Mundo) de Róterdam ha reunido por primera vez cerca de 200 piezas de su colección de bordaduras para trazar un recorrido por las distintas edades de una técnica que utiliza 10 puntadas básicas en las que se apoyan todas las demás. Hilos en lugar de palabras, que es el título de la muestra, abierta hasta el próximo 22 de octubre, en neerlandés: Geen woorden maar draden.


El bordado más antiguo que se conserva proviene de la tumba del faraón egipcio Tutankamón, fallecido alrededor de 1323 antes de Cristo. Griegos y romanos bordaban ya con hilo de oro, lo mismo que vikingos, chinos y japoneses. Según las investigaciones efectuadas por Gillian Vogelsang-Eastwood, que ha trabajado en la Enciclopedia Mundial del Bordado (Bloomsbury, Londres), hay 10 puntos esenciales para bordar que se repiten en todo el mundo. Son estos: cadeneta, relleno con volumen, partido, de cruz, atrás, tallo, de bastilla, de espigón, nudo (francés) y festón. Se han ido combinando y han aparecido variaciones para poder crear motivos de gran exigencia creativa y manual. Podría compararse a las notas musicales, con un número concreto y luego todas sus posibilidades.

“Se suele pensar que el bordado surgió en un solo lugar para luego esparcirse por el mundo. Es una teoría. Pero el hecho de que haya 10 puntadas básicas implica que pudieron haberse inventado simultáneamente en varios lugares”, asegura Daan van Dartel, conservadora de Cultura Popular y Moda del Wereldmuseum. La pieza más antigua que poseen es de Perú, fechada entre los años 1000 y 1400 después de Cristo, y está elaborada con cadeneta. El centro es etnográfico, y se ha propuesto abordar también la distinción entre arte y artesanía en este ámbito. “Es una visión occidental, porque apenas contamos con el nombre de los bordadores, que tampoco aparece en muchas colecciones privadas. Cuando la ejecución de los bordados destinados a uso familiar puede ser tan compleja como la de las creaciones de alta costura”.

El kimono de novia del siglo XIX que abre la exposición del Wereldmuseum (Róterdam), salpicado de aves fénix, grullas y tortugas, considerados símbolos de una vida larga y feliz.


El anonimato de los bordadores se ha mantenido, con excepciones, hasta hoy. ¿Quién conoce a las bordadoras de los talleres de diseñadores famosos, o de las cadenas de la denominada moda rápida? ¿Cómo se llamaban las que bordaron el kimono de novia del siglo XIX que abre la exposición? Salpicado de aves fénix, grullas y tortugas, considerados símbolos de una vida larga y feliz, cuelga junto a una dalmática de 1890-1900. Esta vestimenta litúrgica, destinada al diácono, tiene por delante a Santa Marta, la hermana de Lázaro. Por detrás, asoma un obispo. En ambas piezas predomina el oro, y la riqueza y reverencia de su hechura contrasta con otra casulla, esta vez reciclada y trabajada en 2018 por la artista holandesa Alexandra Drenth. Con una combinación textil que abarca desde el punto de cruz a las aplicaciones de pequeñas piezas del patchwork (almazuela, es el sinónimo utilizado en español) crea un paisaje con flores y plantas que mezcla la sostenibilidad de sus materiales reciclados con los motivos reflejados en otros siglos y continentes.


Un pantalón masculino de lucha iraní, cosido por hombres con un cordón áspero, data de 1972.


Un antiguo refrán tunecino citado en una cartela dice que “cada hilo tiene un alma”, y en el recorrido por ropajes, gorros y túnicas hay momentos conmovedores y otros muy dolorosos. Ocurre con una túnica de Saida Bennoude Azzabi, nacida en 1952 en Marruecos y que emigró a los Países Bajos. Bordada en Tarz Fassi, unos patrones geométricos que son patrimonio textil marroquí, ha compartido por primera vez su archivo con el museo porque no vende sus prendas. 

Dejan también sin aliento unos zapatos chinos de seda bordados por las propias usuarias. Son de 1886-1890 y diminutos, porque la costumbre era vendar los pies de las niñas de clase alta para que no crecieran: el pie de loto. Las mujeres más pobres no lo hacían porque así no podían andar y trabajar. También se expone una cazadora de raso de estilo aviador (bomber jacket, en inglés) de Mohammed Khoja, que resalta en dorado el 24 de junio de 2018. A partir de ese día, las mujeres podían conducir en su país, Arabia Saudita. “La chaqueta marca un momento señalado que no oculta la discrepancia resultante de que el hombre autorice a las mujeres a conducir un coche”, señala la conservadora. La distinción de género puede verse a su vez en un pantalón masculino de lucha, de 1972. Es originario de Irán y está hecho por hombres con un cordón áspero. “Aunque en las perneras hay escritos mensajes sobre la humildad con que deben comportarse en el combate, el roce puede dañar la piel del rival”. Humildes, pero no ingenuos, estos luchadores.



Una túnica de Saida Bennoude Azzabi, bordada en Tarz Fassi, unos patrones geométricos que son patrimonio textil marroquí.

Todas las piezas están colgadas en vitrinas para evitar su deterioro, y el dolor llega en un pasillo donde se ha dispuesto un banco para que el visitante pueda sentarse y meditar. Rodeadas de tejidos esplendorosos de distintos estilos, culturas y religiones, aquí cuelgan unas arpilleras chilenas que ilustran la desaparición de ciudadanos durante la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990). En primer plano, el arresto. Al fondo, luce el sol en un día cualquiera marcado por la tragedia. Enfrente, un corte de lino y algodón de 1944-1945 recoge la vida durante la ocupación alemana de los Países Bajos en la II Guerra Mundial. Presenta una iglesia de Róterdam destruida por las bombas y las colas del hambre, así como la liberación por parte de los Aliados. Aquí sí hay autores conocidos: lo hizo María van Hemert sobre un diseño de Jan Kamman. Al lado, un trozo de algodón recuerda el campo japonés de internamiento de Muntilan, en Indonesia, durante la misma contienda. “Hay historias de mujeres que cambiaron su comida por hilos para bordar, porque allí la tarea las sostenía emocionalmente”, apunta Van Dartel.



El traje de chaqueta Artemisa, de la diseñadora Zyanya Keizer, que trabaja con una versión de los bordados otomíes tradicionales del mismo pueblo del altiplano central mexicano.

Se puede bordar sobre plástico, piel o corteza de árbol. Y hay agujas inesperadas, como las púas de puercoespín, que pueden ser al mismo tiempo hebra. Uno de los problemas del anonimato de los autores es la apropiación cultural, fenómeno al que no han escapado algunos diseñadores de moda. En 2015, la francesa Isabel Marant utilizó bordados originarios de la comunidad mixe de Santa María de Tlahuitoltepec, en Oaxaca (México), y fue demandada por plagio. En 2018, Zara presentó una chamarra con un dibujo similar a un bordado de las mujeres de Aguacatenango, en el municipio Venustiano Carranza, de Chiapas. Y en 2019, la casa Carolina Herrera fue señalada por inspirarse en bordados propios de comunidades indígenas mexicanas. El Wereldmuseum ha optado por incluir el traje de chaqueta Artemisa, de la diseñadora Zyanya Keizer, que trabaja con una versión de los bordados otomíes tradicionales del mismo pueblo del altiplano central mexicano. Hay una forma simplificada, llamada tenango, y Keizer elaboró su ropaje con ellos. Les pagó y dio visibilidad. Lo bordaron Artemisa y Sandra Pérez Basilio.

Al final del viaje, estalla el colorido del huipil, prenda de tradición indígena del pueblo Mazateco, en Oaxaca. Es una vestimenta usada también en Centroamérica, y el museo tiene la mejor colección de su clase fuera de suelo mexicano. Antes de salir, queda un apunte sobre el uso que la artista Frida Kahlo hizo de los bordados de Tijuana. “Las mujeres de esta zona fueron presentadas como un símbolo de fuerza durante la revolución”, explica la conservadora holandesa. En su opinión, Kahlo no solo lo llevaba para reivindicar la cultura indígena, sino para presentarse como feminista.
























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