domingo, 15 de octubre de 2017

UNA DE ESPÍAS



Mata Hari, la espía que lo perdió todo

En el centenario de su fusilamiento en Francia, durante la Primera Guerra Mundial


Isabel Ferrer







 Mata Hari, en un retrato sin datar.  EFE







Mata Hari,  espía por excelencia y  mujer oscurecida por su fama de femme fatale ¿Cómo hacer justicia a la joven holandesa de buena familia casada con un marido alcohólico que le contagio la sífilis, a ella y a los dos hijos de ambos, y le arrebató a la niña? En el centenario del fusilamiento en Francia de Margaretha Geertruida Zelle (1876-1917), su nombre real, una muestra en el Museo de Frisia, abierto en Leeuwarden, su ciudad natal, trata de devolver su rostro a una chica de provincias que arrasó en la Belle Époque con sus bailes exóticos, y fue encarnada en el cine por las actrices Greta Garbo, Marlene Dietrich, Jeanne Moreau o su compatriota Sylvia Kristel.

Quedan muy pocos objetos personales de Mata-Hari a los que acudir. Apenas un broche, sus tarjetas de visita, como bailarina oriental y como Margaretha MacLeod, el apellido de su marido, un militar destacado en la actual Indonesia, entonces colonia holandesa. También el álbum de recortes de su carrera y los sonajeros de sus hijos, Norman y Louise, apodada Non. El museo los ha dispuesto de forma casi teatral, acompañados de una mesa que semeja la del interrogatorio de su consejo de guerra por espionaje en Francia. Pero hay algo más valioso en la sala en Mata Hari, el mito y la muchacha es mucho más valioso: su correspondencia personal y los informes del juicio. Un conjunto epistolar que es la guía desesperanzada de un ser humano que se había reinventado.

Llegó a París en 1903 con 27 años, divorciada y arruinada, y pasó de los salones privados a los teatros de moda: del Olympia al Folies-Bergère, interpretando a su manera las danzas de Java que había visto durante su matrimonio. “Su trayectoria guarda un paralelismo inesperado con el escándalo que rodea hoy al productor de Hollywood Harvey Weinstein. Ella tenía gran éxito entre los hombres y a los 15 años perdió un trabajo en una escuela local por acoso sexual. Luego fue maltratada por su marido y acabó prostituyéndose para sobrevivir”, dice Julie Wheelwright, autora de La amante desgraciada: Mata Hari y el mito de la mujer en el espionaje. La estudiosa despeja rauda las dudas sobre la vida de la holandesa. “Sí, se acostó con hombres por dinero, pero después de que su ex marido se negara a pagar la manutención de su hija, y ella perdiera la custodia. Fue reclutada -y luego traicionada- por los alemanes bajo el código H21, y trabajó también para los franceses. Uno de sus mensajes más valiosos fue descartado, pero resultó cierto. El uso de tinta invisible era muy importante durante la Primera Guerra Mundial, y le dijo a sus contactos en Francia que los germanos la llevaban en las uñas. No la creyeron”.

Foto policial de Mata-Hari cuando fue detenida por militares franceses y acusada de doble espionaje.

El problema es que Mata Hari, (ojo del día en malayo, amanecer ) ya mantenía relaciones con militares de ambos bandos antes de la contienda y estaba endeudada. “Me gustan los oficiales. Prefiero ser la amante de uno pobre que la de un banquero rico”, dijo durante el proceso. Los servicios secretos germanos se aprovecharon de su situación, aunque también le dieron un adelanto de 20.000 francos (37.000 euros de hoy). Y ella, que jugó al exotismo y el desnudo en París, Montecarlo, Viena o Milán, no vio que ambos bandos la vigilaban. Con su pasaporte holandés, país neutral durante la guerra, cruzaba fronteras sin problemas, y no apreció a tiempo el cambio de mentalidad generado por la lucha. De golpe, desaparecieron los mismos varones que pagaron por verla entre 1905 y 1914.



El broche que Mata-Hari dejó para su hija Louise.MUSEO DE FRISIA (EFE)








Antes de acabar en la prisión parisina de Saint-Lazare, y luego frente a un pelotón de fusilamiento en Vincennes el 15 de octubre de 1917, Margaretha Zelle fue una niña cualquiera. Su progenitor tenía una buena tienda de sombreros, pero se arruinó. A los 18 años, ella contestó a un anuncio en busca de esposa firmado por el capitán Rudolph John MacLeod, 20 años mayor, bebedor y autoritario. Se casaron en 1895. Él le contagió la sífilis y sus dos hijos la heredaron. Norman, el niño, murió a los dos años intoxicado por el mercurio usado para tratarla. Non, falleció a los 21 por un aneurisma cerebral, “pero creemos que pudo ser por lo mismo”, dice Weelwright. Una tragedia con un fogonazo casi redentor al final. “Se enamoró del oficial ruso Vadim Masloff y quería empezar de nuevo”. Vadim nunca recibió las cartas que su amada le escribió desde la cárcel. Tampoco su hija, que murió sin volver a verla.



Envuelta en una nube de seda, pólvora y misterio


Jacinto Antón





Como Lawrence de Arabia, con el que tiene mucho en común, y el Barón Rojo, Mata Hari es uno de esos pocos privilegiados personajes que se alzan sobre el anónimo matadero embarrado de las trincheras de la Primera Guerra Mundial para cautivar nuestra imaginación. Al igual que el coronel Lawrence, la holandesa Margaretha Geertruida Zelle devino una leyenda trascendiendo sus limitaciones físicas y complejos, en su caso ser altísima para la época (1,75m) y carecer prácticamente de pecho: de ahí el uso del famoso cache-seins metálico del que no se despojaba ni para hacer el amor, pretextando que un amante enardecido le había arrancado a mordiscos los pezones, que ya es daño.

















En ambos casos, el emir dinamita y la bailarina cortesana, encontramos el mismo afán por reinventarse y un gusto casi patológico por el disfraz. Si Lawrence tomó la identidad de hombre de acción y los ropajes de la élite beduina para acaudillar la revuelta árabe (y cumplir sus anhelos de soñador de día), la holandesa hija de un sombrerero de provincias se forjó una personalidad postiza como danzarina hindú sagrada dedicada desde la pubertad a Siva (dispuesta a hacer streptease, eso sí), aprovechando la experiencia de haber vivido en Indonesia casada con un oficial del ejército colonial.





















Bajo el nombre de Mata Hari, bailó provocadoramente por toda Europa cautivando y escandalizando a la Belle Époque. Paralelamente, cosechó una larga lista de amantes y patrones que la mantenían en las horas bajas. Su habilidad para fantasear con sus orígenes, su internacionalismo, sus amistades en todos los países y sin duda su libertad, promiscuidad y fama de femme fatale–y también su ingenuidad- la pusieron en el centro de la psicosis de espionitis que se vivió durante la Primera Guerra Mundial. Parece claro que, para conseguir dinero (a fin de vivir con su joven amante, el oficial ruso tuerto Vadim Masloff), se enredó en un juego que la superaba (la ficharon los franceses y luego la acusaron de ser agente doble); y que pagó por la necesidad de Francia de encontrar otros culpables a los que achacar la muerte de millones de poilus que no fueran los incompetentes generales.
Murió con una entereza que no tuvo su homóloga aliada, Edith Cavell, a la que los alemanes hubieron de fusilar desvanecida en el suelo. Mata Hari, toda valor y dignidad –“¡Parbleu!, ¡esta dama sabe morir!”, exclamó uno de los que la ejecutaron- , no se amilanó ante los 12 zuavos del pelotón (hasta les lanzó un beso), y fue uno de ellos el que cayó desmayado. Las 11 balas restantes la alcanzaron y luego un sargento de dragones le pegó el brutal tiro de gracia en la sien. El cuerpo fue llevado a la facultad de Medicina: se cuenta que su cabeza fue conservada aunque se desconoce su paradero actual. Como Lawrence de Arabia, su ascenso al reino de los mitos fue imparable. Por mucho que se la humanice y explique, la bailarina exótica, irresistible amante y espía letal sigue ahí, envuelta en una niebla de seda, cigarrillos egipcios, humo del Oriente Express, pólvora y misterio. ¡Mata Hari!















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