viernes, 4 de junio de 2021

NOSOTROS Y LOS OTROS

 

El lenguaje de la arrogancia

Carmen Pacheco












No tenemos término medio: o pensamos que los árboles son objetos que “nos sirven” o acabamos abrazados a ellos creyendo que “sienten” como nosotros. Si queremos entender el mundo, tenemos que dejar de considerarnos la medida de todas las cosas.

Pocas veces en mi vida me han fallado las palabras. A fuerza de trabajar con ellas, las tengo siempre a mano y, si alguna vez no alcanzan a expresar lo que yo quería, es culpa mía, no de ellas. Por eso, me sentí casi atacada personalmente cuando leí a Merlin Sheldrake, en La red oculta de la vida, afirmar que el lenguaje no nos permite entender bien a los seres vivos no humanos, especialmente a los que menos se parecen a nosotros. Pongamos un ejemplo: uno de los descubrimientos botánicos más importantes de las últimas décadas es que los árboles se comunican. Ha sido probado que los árboles comparten información por medio de señales químicas que viajan de unas raíces a otras a través del micelio de las redes fúngicas. Gracias a esta “Wood Wide Web” que forman los hongos, un grupo de árboles puede prevenir a otro sobre una plaga de manera que estos se preparen para afrontarla. Lo que he dicho es cierto, pero sé que muchos científicos se me echarían encima, como ocurre cada vez que un periodista escribe un artículo sobre el tema. Por la forma como lo he enunciado podría parecer que los árboles se “ayudan” entre sí o que hay una intención consciente en los mensajes que intercambian. ¿Cómo decirlo entonces? Si escribo que los árboles transmiten información de una forma ciega, robótica, los estoy cosificando otra vez, al igual que cuando decimos que “han talado el árbol que tapaba la fachada”. Como si el árbol no fuera más que mobiliario urbano y no un ser vivo capaz de cosas que aún no hemos llegado ni a entender.

Nos pasa con absolutamente todo lo que nos rodea. No tenemos término medio: o cosificamos o antropomorfizamos. O pensamos que los árboles son simplemente objetos que nos sirven o acabamos abrazados a ellos, creyendo que “sienten” como nosotros. Ambas actitudes son ridículamente antropocéntricas. Si queremos entender el mundo en el que vivimos, tenemos que dejar de considerarnos la medida de todas las cosas.

Otra trampa de nuestro lenguaje la encontramos en la palabra “inteligencia”. Según el diccionario, el término describe la facultad de la mente que “permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones”. Es una facultad humana, así que el problema viene cuando la aplicamos a otros seres. Decimos que perros, monos o delfines son inteligentes en la medida que su sistema nervioso se parece al nuestro y podemos incluso comunicarnos con ellos. Pero también decimos que alguien es “más tonto que una ameba” y resulta que científicos japoneses están demostrando que las amebas pueden resolver problemas computacionales. Por supuesto, no “razonan”, pero lo hacen. Si especificamos enton- ces que cuando decimos “seres inteligentes” nos referimos a una mayor complejidad, a un sistema nervioso “evolucionado”, nos encontramos con otra palabra que usamos fatal. La empleamos para definir “algo mejor” y, como especie, nos creemos la novedad más sofisticada. Pero la evolución no es un departamento de I+D. 

Nuestro cerebro complejo nos proporcionó en su momento una ventaja evolutiva ante los depredadores. Sin embargo, si en la actualidad tenemos más posibilidades de extinguirnos que las amebas, es que quizá no estamos a la cabeza de nada.




Carmen Pacheco es escritora, publicista y ferviente admiradora de los árboles. Nunca se ha encadenado a ninguno, pero no descarta tener que hacerlo.

 









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