sábado, 13 de marzo de 2021

OTRA CRISIS GLOBAL...

 

¿Estamos frente a una crisis demográfica global sin precedente?

 Sergio Berensztein











“Viejo es todo aquel que tiene la edad de uno, o menos”, intentó tranquilizarme hace tres décadas George Rabinovich, un genial profesor de estadística que tuve en la Universidad de Carolina del Norte. Por entonces, los demógrafos comenzaban a debatir la problemática del envejecimiento poblacional, con las innumerables consecuencias que produciría en múltiples dimensiones: problemas con los sistemas jubilatorios (habría un número creciente de trabajadores pasivos por sobre los activos que hacen aportes), mayor demanda de servicios de salud, nuevos hábitos de consumo (incluso de bienes culturales) o potencial transformación de las ciudades (las poblaciones de mayor edad no tendrían necesidad de vivir cerca de sus antiguos lugares de trabajo y podrían relocalizarse en sitios más tranquilos y baratos). Esto tendría también un efecto significativo en términos políticos. Hipótesis: las demandas y los intereses de una población más avejentada serían muy distintos.

Leímos varios trabajos en ese sentido. Me impactaron dos conceptos que, viniendo de un país que había vivido una ola espantosa de violencia política y que salía de la hiperinflación, me generaron especial interés. El primero, que los países con poblaciones más jóvenes suelen ser los más conflictivos, en especial cuando se combina con altos niveles de pobreza: guerras civiles, terrorismo, aumento de la criminalidad… El segundo, que los países que arrastraban desequilibrios fiscales agudos eran más vulnerables al envejecimiento de la población. Al respecto, Rabinovich sentenció: “Mi sugerencia es sencilla pero difícil de lograr: tanto los países como las personas deben tratar de ahorrar mucho, idealmente hacerse ricos, antes de volverse viejos”. Debería haberle prestado más atención. En nuestro medio, Sebastián Campanario publicó recientemente un libro imprescindible: La revolución senior (Sudamericana).

Un par de décadas antes, las principales preocupaciones sobre la dinámica demográfica global giraban en torno a una potencial escasez de recursos fundamentales, incluidos alimentos, para satisfacer una demanda que parecía no tener techo. Ese fue el caso del famoso reporte del Club de Roma a comienzos de los 70, que tuvo millones de reproducciones y fue determinante en el debate de ideas y en la política pública. China instauró el programa de “un niño por familia” precisamente para evitar un crecimiento geométrico de su población, con las tensiones y los conflictos que eso hubiera potencialmente generado.

Por el contrario, la evidencia empírica respecto del envejecimiento poblacional fue claramente confirmada con otro dato preocupante: no solo vivimos muchos más años, sino que están naciendo muchísimos menos niños. Aumenta la esperanza de vida, disminuyen los niveles de natalidad. A este ritmo, calculan los expertos, podríamos estar a las puertas de una crisis sin precedente: el riesgo de extinción no se limitaría a especies extrañas o a simpáticos osos koala, sino a nosotros mismos. En 2020, el número de habitantes mayores de 65 años alcanzó los 727 millones, de acuerdo con los datos de la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas. Y la tendencia no parece detenerse: la ONU proyecta que esa cifra más que se duplique al cabo de las próximas tres décadas. En términos proporcionales, el incremento será significativo: de un 9,3% de mayores de 65 en el año que acaba de terminar a 16% cuando estemos promediando el siglo.

Este cambio demográfico se produce en paralelo con otras modificaciones sociales y económicas más amplias y profundas: desarrollo económico en el mundo emergente, continua migración del campo a la ciudad, cambios en las pautas de matrimonio, cohabitación y divorcio y aumento de los niveles de educación femenina entre las generaciones más jóvenes. El fenómeno tiene, además, una arista de género: como las mujeres viven en promedio más que los hombres, su representatividad en el grupo de personas de más de 65 años es mayoritaria.

Los riesgos asociados a esta inédita situación se manifiestan de diferentes maneras en distintas geografías y magnifican vulnerabilidades preexistentes en cada una de ellas. En el caso de Japón, que ya posee la población más anciana del mundo y la mayor tasa de personas que cumplieron más de 100 años, se espera que el número de habitantes entre en franca reducción para llegar a menos de la mitad del máximo alcanzado en 2017: los 128 millones de entonces disminuirían a 53 millones para el final de esta centuria. Pero, además, se estima que en 2040 las personas mayores representarán más del 35% del total, lo que generará una enorme presión sobre las finanzas públicas de ese país y forzará a repensar los sistemas de seguridad social.

Algo similar ocurrirá en China: el máximo de 1400 millones que se espera para dentro de cuatro años se replegará hasta los 732 millones en 2100. Los primeros síntomas de preocupación por esta situación fueron expresados por el gobierno chino en 2015, cuando se decidió poner fin a la política de hijo único y permitir a las parejas tener un segundo descendiente. Se provocó un breve aumento en la tasa de natalidad, pero no logró revertir la tendencia de largo plazo. ¿Qué impacto podría tener en la economía mundial que su locomotora fuese una “bomba de tiempo demográfica”, con una población en edad de trabajar cada vez más pequeña con la obligación de mantener a un conjunto de habitantes jubilados cada vez más grande? De hecho, se calcula que para el final del siglo XXI China habrá dejado el primer puesto como el país más poblado del mundo: ese lugar será ocupado por la India.

No se trata de un fenómeno meramente asiático. En Europa, Italia también cuenta con una población altamente envejecida: datos del Banco Mundial informan que en 2019 un 23% de los italianos tenía más de 65 años. Esto explica en parte que durante 2020 el Covid-19 se cobrara más de dos millones de vidas. Nuestro principal socio estratégico y comercial, Brasil, experimentó una caída drástica en las tasas de fertilidad durante los últimos 40 años. De aproximadamente 6,3 nacimientos por mujer en 1960 a 1,7 en las estimaciones más recientes, lo que determina una proyección en descenso, de 211 millones (2017) a menos de 164 millones (2100).

La tasa mundial de fertilidad, es decir, el número de nacimientos por mujer, cayó de 5,06 en 1964 a 2,4 en 2018. Aproximadamente la mitad de los países del mundo, incluido EE.UU., están hoy por debajo del nivel de reemplazo de la población, que se sitúa en 2,1 nacimientos. Shanna Swan, epidemióloga de la Escuela de Medicina del Hospital Mount Sinai, señala que el recuento total de espermatozoides en el mundo occidental tuvo una disminución de un 59% entre 1973 y 2011. Junto con la baja de los niveles de testosterona y las tasas crecientes de cáncer testicular y disfunción eréctil, eso se tradujo en un aumento del 1% por año de cambios reproductivos adversos para los hombres. Swan asegura que la curva en el recuento de espermatozoides proyectada al futuro muestra un riesgoso descenso a cero en 2045. Dicho en otras palabras: para dentro de apenas treinta y cinco años, el hombre medio no tendría espermatozoides viables. Probablemente la ciencia contribuya a mitigar ese problema. Pero la tendencia es sumamente preocupante.




Este artículo fue publicado el 12 de marzo de 2021 en el diario La Nacion. República Argentina



























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