miércoles, 4 de abril de 2018

VIRUS



El virus de la mentira

Javier Sampedro




















Los datos de Twitter demuestran que la falsedad se propaga mucho más deprisa que la verdad. Y que los bots somos nosotros




Antes se coge a un mentiroso que a un cojo, dice el acervo popular, y así lo ratifica el proverbio italiano le bugie hanno le gambe corte, las mentiras tienen las patas cortas. Qué error más garrafal. Las mentiras no solo corren como un demonio, sino que se propagan como el virus más pernicioso que haya inventado la ficción (quizá el de 12 monos, de Terry Gilliam, ya un poco anticuado). Las redes sociales son un buen medio de propagación para este nuevo virus de la mentira, pero no el principal, que sigue siendo la estupidez humana, esa cualidad tan nuestra, tan de siempre, tan predigital, preindustrial y prehistórica. Lee lo último sobre la ciencia de la mentira en Materia: te ayudará a entender el mundo informativo en que vivimos, las fake news y un tipo emergente de manipulación política. Te advierto que son malas noticias, pero al menos no son falsas.

Tendemos a pensar en la difusión de falsedades por Internet como un fenómeno de alta tecnología, un atisbo del futuro automatizado que se nos viene encima, una conspiración de ingenieros computacionales y sus malditos robots. Pero esto ha resultado ser un mito urbano. Los robots (llamados bots en este contexto) tienen en verdad un efecto multiplicativo en la difusión de los mensajes, pero de todos los mensajes: los falsos y los verdaderos. No son ellos los culpables de que la mentira sea un virus mucho más infeccioso que la verdad: los culpables somos los usuarios humanos, que usamos las redes sociales como hemos usado cualquier otra cosa en nuestro pasado, con una mezcla explosiva de prejuicio, ignorancia y ceguera selectiva. Los bots somos nosotros.

Uno de los efectos más dañinos de las redes sociales viene llamándose echo chamber, cámara de eco, o habitación insonorizada. La gente solo lee lo que le recomiendan sus contactos en Twitter, sus amigos en Facebook o sus admiradores en Instagram, y por tanto solo se entera de la porción del mundo que coincide con sus prejuicios, se pasa el día escuchando las resonancias de su propia voz y se vuelve incapaz de inclinar la cabeza en el ángulo adecuado para entender las razones del otro. El otro, ese enemigo que está fuera de la cámara de eco.

De hecho, este efecto endogámico e identitario es una de las principales razones del carácter viral de la mentira. Aunque no el único, desde luego, puesto que hay varias otras formas de estupidez humana, ese lastre que arrastramos desde nuestros ancestros cazadores-recolectores, y tal vez desde que éramos australopitecos. Contra ella hay que dirigir los esfuerzos.






Más sobre este tema: 


La posverdad está en tu cerebro

Javier Salas. ( Diciembre de 2016 )







Los sesgos cognitivos nos dejan a merced de las mentiras de los políticos a los que votamos


En octubre de 1924, la Casa Blanca vivió un acontecimiento revolucionario: el presidente Calvin Coolidge invitó a desayunar a lo más vistoso del star-systemdel cine de la época. Esa convocatoria pionera, que fascinó a los periodistas, se hizo para combatir la imagen de “taciturno” que los votantes tenían de Coolidge, que se enfrentaba a la reelección en unas semanas. La idea fue de Edward Bernays, pionero de las relaciones públicas y sobrino de Sigmund Freud. Bernays había comprendido gracias al trabajo de su tío la decisiva influencia de determinados procesos psicológicos: hay emociones que calan en las masas mucho mejor que la información. Había probado que funcionaba para la publicidad consumista y también, por qué no, podía funcionar en los procesos electorales. Coolidge ganó. Y hoy sabemos que hay innumerables prejuicios instintivos, los llamados sesgos cognitivos, que nos influyen inconscientemente cuando procesamos información política.
No es una simple percepción, lo hemos visto en nuestros cerebros. Durante las elecciones presidenciales de 2004, sometieron a unos cuantos votantes de EE UU a una pequeña tortura en la camilla de una máquina de resonancia magnética que leía sus cerebros. A votantes demócratas les presentaban unas frases contradictorias de su candidato, John Kerry, que mostraban que estaba siendo deshonesto. Y a votantes republicanos lo mismo, pero con George W. Bush. Preguntados por esas contradicciones, los votantes partidistas activaban las partes de su cerebro asociadas a la regulación de las emociones, no al razonamiento. Su respuesta venía de las entrañas, no del frío análisis de las oraciones.
Preferimos que las noticias nos den la razón y en caso contrario ya nos encargamos de que los datos encajen en nuestros esquemas mentales. En la década de 1990, la psicóloga social Ziva Kunda consolidó el concepto del razonamiento motivado: “Existen pruebas considerables de que es más probable que las personas lleguen a las conclusiones a las que desean llegar”, escribió. Esto es algo que hacemos constantemente en política: ante una corruptela del partido que votamos, pensamos en cómo limitar su importancia; si es del partido rival, convertiremos de inmediato la anécdota en categoría.

El `fact-checking´ no sirve

En los últimos años han surgido numerosos experimentos de fact-checking o verificación de las afirmaciones de los políticos. En la campaña de 2012, Barack Obama dijo falsedades en el 25% de sus afirmaciones, según Politifact. Su rival, Mitt Romney, llegó al 40%. Donald Trump ha alcanzado el 70%, pero eso no le ha importado a los votantes republicanos, aunque le hayan pillado en casi todas las mentiras. La mayoría reconoce que si un medio da noticia de una falsedad de su líder, prefieren creerle a él antes que la noticia, según una encuesta de YouGov 

Los sesgos cognitivos nos empujan a analizar más duramente los renuncios del grupo rival y a justificar los del nuestro, para no tener que poner en entredicho nuestr
o esquema de valores. “Lo que estamos descubriendo es que la mentira es una dinámica social, y es en ese marco en el que se decide lo que es aceptable o no”, explica a Materia Dan Ariely, investigador de la Universidad de Duke y uno de los mayores expertos en los condicionantes psicológicos de las mentiras.
En uno de sus experimentos, Ariely sometía a los estudiantes de la Universidad de Cornell a una prueba de matemáticas en la que podían hacer trampas, mintiendo sobre sus respuestas acertadas, para conseguir más dinero del merecido. En esta prueba, casi todos los sujetos mienten un poquito, lo que consideran aceptable. Luego se analizó qué pasaría cuando los estudiantes observaban a un compañero mintiendo descarada e impunemente para conseguir mucho más premio. El resultado es que todos mintieron más; el grupo había aumentado su nivel de tolerancia a la deshonestidad. Más adelante se repitió este escenario, pero vistiendo al supermentiroso con la sudadera de la universidad rival, la de Pittsburgh. La consecuencia fue que el grupo redujo su tolerancia a la mentira y dejó de hacer trampas, aun sabiendo que perdían dinero.
En nuestra tribu consentimos cierto nivel de mentiras e incluso nos dejamos contagiar; pero al atribuir la mentira a la tribu rival (la Universidad de Pittsburgh), la falta de honestidad se convierte en un acto deleznable con el que no queremos que se nos relacione. Da igual que a los demócratas les indignen las mentiras de Trump si los republicanos están dispuestos a consentirlas en virtud de un objetivo más importante: que los suyos lleguen a la Casa Blanca. En un entorno cada vez más polarizado, estos sesgos tienen mucha más fuerza.
Además, existe un problema añadido: aportar más información puede resultar contraproducente. Brendan Nyhan, politólogo de la Universidad de Darmouth, lleva mucho tiempo estudiando cómo vencer los sesgos de la gente, como con los antivacunas. Sus hallazgos muestran que en muchos casos se refuerza la posición del sujeto cuando se trata de corregir a alguien ofreciendo más datos para sacarle de su error. Paradójicamente, otro de sus estudios mostró que cuanto más conocimientos políticos tenían los ciudadanos más sesgada era su lectura de la realidad en favor de sus posiciones.

La pendiente resbaladiza de las mentiras

“Tenemos que agravar las consecuencias para la reputación y hacer que cambien los incentivos para hacer declaraciones falsas. En este momento, vale la pena ser escandaloso, pero no ser sincero”, aseguraba Nyhan en The Economist.

Ariely —autor de Por qué mentimos, de Ariel— coincide en el análisis: “Lo que ha pasado en las recientes elecciones en EE UU es que ha cambiado drásticamente lo que es aceptable”. Y se muestra pesimista por lo que ha aprendido de sus estudios. “Lo que me preocupa es que no hay marcha atrás. Una de las cosas que sabemos sobre la deshonestidad es que es una pendiente resbaladiza y una vez que entras en una mala situación no hay salida. Creo que va a ir a peor y peor”, asegura.
En mayo de este año, Ariely publicó junto con un grupo de especialistas un llamativo estudio sobre cómo el cerebro se adapta a nuestras mentiras. Publicado en Nature Neuroscience, el experimento mostraba cómo la reacción de la amígdala, muy sensible ante el comportamiento deshonesto, iba reduciéndose con la repetición de esa conducta. El cerebro es flexible por definición y termina acostumbrándose a cualquier novedad, por incómoda que sea, si se reitera. De ahí la famosa pendiente resbaladiza de las mentiras: “Lo que comienza con pequeños actos de deshonestidad puede convertirse en transgresiones más grandes”, concluía el estudio. Un gran mentiroso patológico comenzó a domesticar su cerebro con una pequeña mentirita.

Todo esto no supone que seamos incapaces de denunciar las mentiras de los nuestros, solo que hace falta ser consciente de que los sesgos y los prejuicios también nos influyen en cuestiones políticas. Como en el fútbol, nos cuesta más reconocer que nuestro jugador ha cometido un penal. Esta semana, Donald Trump aplazó sine díe, por falta de tiempo, una decisiva rueda de prensa en la que iba a explicar sus conflictos de intereses como empresario y presidente. Unas horas después recibía al cantante Kanye West y se hacía unas fotos con él, para alegría de los medios.






El País. España






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