viernes, 15 de mayo de 2020

ARTE : MODIGLIANI, EL PRÍNCIPE MALDITO


Modigliani, el ángel caído  de Montparnasse















El artista italiano bajó a los infiernos en el París de la bohemia antes de reinar en el paraíso del arte. 

Modigliani vivió deprisa, murió joven y el mito oscureció al artista. ¿Fue un buen pintor Modigliani? La calidad del legado artístico de Modigliani es una de las más discutidas del siglo XX. Sin embargo, su enorme popularidad entre el público se debe, en gran modo, a su desaforada vida. Un cóctel explosivo de pobreza, absenta, drogas y tempestuosas relaciones sentimentales.


The Blue-eyed .  Amedeo Modigliani



Amedeo Modigliani nació en Livorno, Italia, en 1884, en el seno de una familia de banqueros judíos sefardíes arruinados. Su padre se fugó siendo él un niño y su madre se encargó de criar a los cuatro hijos. El ambiente doméstico era liberal y progresista. Eugenia, la madre, no puso reparos a que el joven Amedeo estudiara arte en Florencia y Venecia. En 1906, con 22 años, Amedeo se mudó a París y alquiló un estudio en Montmartre.







Amedeo Modigliani.  Alice














Allí le conocerían como Modi, abreviatura de su apellido que en francés se pronuncia prácticamente como maudit, maldito. El futuro, escrito en un apodo. La lista de sus amistades y conocidos es hoy la envidia de cualquier mitómano: Brancusi, Picasso, Soutine, Kisling, Diego Rivera, Jean Cocteau, Utrillo. Era de baja estatura (media apenas 1.65 m) y enfermizo. De pequeño había sufrido pleuresía y fiebre tifoidea, y padecía tuberculosis crónica.


'Nu Couché' (Desnudo acostado) del italiano Amedeo Modigliani alcanzó los 158 millones de euros 
(170,4 millones de dólares), en Christie's.


El bello Amedeo, siempre fiel a su traje de pana, es uno de los dioses del olimpo artístico. Era  encantador y, pese a las estrecheces económicas, extremadamente elegante. Un auténtico imán para hombres y mujeres. Modigliani se paseó desde el principio por el bulevar de los sueños rotos. Expuso sus pinturas en el Salón de Otoño en 1907 y en el Salón de los Independientes un año después, sin repercusión. Después lo intentó con la escultura, bajo el tutelaje del genio rumano Constantine Brancusi.







"Tête" (Cabeza)  Amedeo Modigliani 
















El público tampoco apreció este giro en su carrera y el artista tiró algunas de sus obras al río. De todas formas, esculpir, dado el contacto permanente con el polvo, no era la profesión más adecuada para un tuberculoso. Llegó la desesperación. Todo el mundo triunfaba menos él. Tenía que existir una explicación. “Soy una más de las víctimas de Picasso”, dijo. En 1907 el pintor malagueño presentó Las señoritas de Aviñón. Había nacido el Cubismo.





Picasso:  Amedeo Modigliani
















La deconstrucción de las formas se convirtió en el credo absoluto de la escena artística parisina, pero Modigliani no estaba de acuerdo: “No me creo ninguna de estas triquiñuelas”. Aunque simplificadas, sus figuras estaban lejos de ser abstractas, y no exhibían más de una cara a la vez al espectador.

La enemistad entre ambos era ciertamente extraña. Una vez Picasso se quedó sin lienzos en blanco y repintó un cuadro de Modigliani que había comprado. Sin embargo, no dudó en posar para que el italiano pintara su retrato.


El descenso a los infiernos

Habría podido regresar a casa, ganarse la vida de otra forma. Pero optó por apurar la copa de la autodestrucción hasta el final. Su madre le enviaba un estipendio desde Italia, pero Amedeo era un manirroto. Consumía hachís, cocaína y mominette (una variedad de absenta altamente tóxica, hoy ilegal) en cantidades industriales. El estallido de la Primera Guerra Mundial cortó el flujo del dinero materno. Modigliani descendió otro peldaño hacia el infierno.

Cambió más de treinta veces de domicilio y llegó a dormir en parques. Se paseaba por los cafés robando las copas de los clientes. Se volvió huraño, solitario, marrullero. Su vida era la de un auténtico bohemio, no una mera pose, como la de muchos otros artistas que recalaron en París. Su sex appeal, sin embargo, se mantuvo intacto. O quizá incluso se incrementó: el irresistible encanto del maldito.
Anna Akhmatova, Beatrice Hastings, Simone Thiroux y Jeanne Hébuterne fueron las cuatro grandes amantes del último trayecto de su vida. Cuatro tragedias. Thiroux, por ejemplo, era una joven canadiense que llegó a París a pasarlo en grande. Ávida consumidora de psicotrópicos, en una de sus “fiestas” con Amedeo, él le cortó la cara con un cristal. La joven se quedó embarazada, el artista negó ser el padre.
Cuando el niño nació parece que no había lugar a dudas: era idéntico al italiano. Simone, en cualquier caso, lo dio en adopción. Cuando el pequeño Serge se convirtió en adulto, tomó los hábitos y jamás aceptó ser el hijo de Modigliani.

Pese a sus fracasos, Modigliani siguió pintando hasta su muerte. Sus amigos y amantes fueron su tema favorito. Retratos que han dado la vuelta al mundo gracias a sus característicos rostros ovalados, a semejanza de las máscaras africanas que tanto admiraba el artista.

Hoy en día algunos críticos creen que se trata de cuadros sobrevalorados, aburridos y monótonos. Otros, sin embargo, opinan que esta monotonía tiene una explicación intelectual: Modigliani, judío e italiano, homogeneizaba a toda aquella pléyade de nacionalidades y etnias que confluyeron en el París de la época.
La mala vida pasó factura a su ya deteriorada salud. En enero de 1920, antes de cumplir los 36 años, enfermó de la muy dolorosa tuberculosis meningítica. Su amante por aquel entonces, Jeanne Hébuterne, embarazada de nueve meses, cayó en una especie de trance y solo se le ocurrió sentarse a su lado.
Así transcurrieron siete días, hasta que el pintor Manuel Ortiz de Zárate llegó casualmente al estudio y se llevó a Modigliani al hospital. Allí falleció tres días más tarde, el 24 de enero. 
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Catálogo dudoso

La desordenada vida de Modigliani se expandió por su legado. Sin prácticamente documentación acerca de qué pintó y con muchos de sus lienzos en manos privadas, elaborar su catálogo oficial es una auténtica pesadilla (aún sigue incompleto). Para empeorar las cosas, su estilo, sobre todo sus dibujos, ha resultado sumamente fácil de imitar.



Una de las supuestas obras de Modigliani que colgaron en 2017 en el Palacio Ducal de Génova



El húngaro Elmyr de Hory –uno de los pioneros de la jet set ibicenca– infestó el mercado con innumerables modiglianis falsos en las décadas de los cincuenta y los sesenta. Falsificaciones por las que se pagó mucho dinero y cuyos propietarios, por no ver reducido su patrimonio, no están dispuestos a aceptar como tales. En 2002, la revista Forbes denunció que varios expertos en el pintor italiano habían recibido desde propuestas de soborno hasta amenazas de muerte.

Las dos mujeres más importantes de su vida

De todas las mujeres que pasaron por su vida (y su cama) solo dos dejaron huella. Ambas "hicieron posible la obra imperecedera de Modigliani."






 Beatrice Hastings

















"Una despertó su genio, la otra le dio fuerza mediante la fe". Son Beatrice Hastings y Jeanne Hébuterne. La primera, que compartía nombre con la musa de su adorado Dante, era una poeta británica que viajó a París en busca de aventuras. Lo suyo no fue un flechazo, pero vivieron un tórrido romance. El whisky y los celos fueron malos compañeros de un viaje al infierno que acabó en frecuentes y violentas peleas. Llegaron incluso a las manos. Beatrice le abandonó y regresó a Inglaterra.





Jeanne Hébuterne 



















Pero, según André Salmon en su libro El vagabundo de Montparnasse: vida y muerte del pintor A. Modigliani el primer y último amor de su vida fue Jeanne Hébuterne (la llamaban Noix de Coco), una jovencita angelical de ojos claros y largas trenzas rubias, que hacía sus pinitos como pintora en una academia de París. 




"Parecía una virgen de Colonia perdida en Montparnasse", advierte Salmon. Pero, justo cuando Amedeo empezaba a ser feliz, la vida se le esfumaba. Tampoco Jeanne escapó a su furia. Tuvieron una hija, que se crió lejos de ellos, y Jeanne volvió a quedarse embarazada. Una meningitis cerebral de naturaleza tuberculosa, que no entiende de genios, acabó con la vida de Modigliani. 

Dicen que en su lecho de muerte susurró: "¡Cara Italia!" Su hermano Emanuele, diputado socialista italiano, mandó un telegrama: "Enterradlo como a un príncipe". Jeanne, a punto de dar a luz, no pudo soportar el dolor y se tiró por la ventana en casa de sus padres. Ambos reposan juntos en el cementerio Père Lachaise de París.

























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