sábado, 31 de octubre de 2020

IN MEMORIAN

 

Gracias por todo, señor Connery

Carlos Boyero*










Su pinta, su personalidad, su expresión, su voz, sus andares, su gestualidad, la mitología que arrastraba después de tantas interpretaciones inolvidables.... Qué grande era el escocés


Solo le vi y escuché de cerca una vez. En la rueda de prensa que dio en el festival de Berlín después de proyectarse Descubriendo a Forrester. Impresionaba. Su pinta, su personalidad, su expresión, su magnetismo, su voz, sus andares, su gestualidad, la mitología que arrastraba después de tantas interpretaciones inolvidables. Era Sean Connery, un icono con causa, un fulano del que se enamoraría la cámara aunque estuviera rodeado en el plano de un montón de gente. Y asistí a dos reacciones espontáneas y entusiastas del público que había en la sala, aplaudiendo y coreando su nombre, cuando aparecía por sorpresa en los minutos finales del Robin Hood que protagonizaba Kevin Costner, donde encarnaba a Ricardo Corazón de León. También se montaba un revuelo en la sala y era capaz de oscurecer a la megaestrella que era Harrison Ford cuando entraba en escena dando vida al irónico, templado e improbable padre de Indiana Jones en La última cruzada. Los espectadores le admiraban, le reconocían como uno de los últimos reyes del cine. Y sospecho que fascinaba a todas las mujeres en posesión de buen gusto. Qué tío, qué presencia, qué actor.

Fue extraordinario siempre, aunque en su primera época algunos críticos miopes creyeran bobamente que solo era eficiente actuando como el cínico y libertino James Bond, que su talento no daba para más. Hitchcock, que era tan listo como intuitivo, le ofreció protagonizar Marnie, la ladrona. Y por supuesto, no ha existido mejor Bond que el suyo, pero su carrera posterior, en películas magistrales y en otras convencionales y olvidables, lleva el sello del clasicismo. Era imposible desentenderse de su presencia, incluso cuando las cosas que tenía que hacer y que decir en la pantalla, fueran mediocres o previsibles. Sin embargo, él siempre desprendió hipnosis, poderío, humor, vida, sensualidad, seducción. Nos compensaba pagar la entrada para verle exclusivamente a él. Hace poco que se largó al otro barrio el gran Kirk Douglas. Connery lo ha hecho a los 90 años. Gene Hackman está muy viejecito y retirado del cine. Les estamos diciendo adiós a los auténticamente grandes. Que otros espectadores sigan disfrutando con el torturado Joaquin Phoenix, con los profesionales del psicologismo, con actores de ese tipo. Cada espectador a lo suyo.

Connery protagonizó películas legendarias. Fue mi último héroe del cine de aventuras. Tengo en un altar tres títulos de los años setenta interpretadas por él. Son El hombre que pudo reinar, Robin y Marian y El viento y el león. Son épicas, líricas, divertidas, tristes. Hablan de gente que conoció el esplendor y que acaba fracasando. En la primera, un militar masónico y muy bribón va buscando fortuna en compañía de su entrañable colega a través de países exóticos y le acaban confundiendo con el dios que los monjes y el pueblo llevaban esperando tanto tiempo. Lo malo es que este pragmático desvergonzado termina creyéndose su condición divina y el afrodisiaco que supone el poder absoluto. En la segunda, Connery es un Robin Hood viejo y cascado que regresa de las Cruzadas para encontrarse con Lady Marian, la esposa a la que abandonó sin explicaciones, ahora monja y retirada del mundo. Ella lo envenena por piedad y llena de amor, asegurándole al estupefacto moribundo: “Te amo más que a la plegaria de la mañana, más que a los niños, te amo más que a Dios”. Es la maravillosa Audrey Hepburn la que recita esta preciosa declaración de amor. Siempre se me saltan las lágrimas. En la tercera interpreta a Raisuli, señor del Rif, último pirata berberisco. A lomos de su caballo y ante los ojos hipnotizados de un crío, se despide de la mujer que ama diciéndole: “Nos veremos en el cielo, señora Pedecaris, cuando seamos dos gotas de lluvia flotando entre nubes”. Reviso estas tres joyas frecuentemente. Cuando estoy arriba y cuando estoy abajo. Y me siguen conmoviendo.

Connery también dejó para el mejor recuerdo al monje Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa. Buscaba la luz, la tolerancia y la verdad en un monasterio medieval lleno de tinieblas, mentiras, crímenes e inquisidores. Y cómo olvidar al viejo y sabio policía, ataviado con gorra y chaqueta de pana, que ejerce de tutor de Eliot Ness en el volcánico y corrupto Chicago de Los intocables. Solo consiguió un Oscar al mejor actor secundario. No le hacía falta. Su imagen va a permanecer imborrable para espectadores de toda condición. Porque le queríamos, porque las mujeres flipaban lógicamente con su elegancia y su morbo, porque a todos los tíos con paladar nos gustaría parecernos a él, ser como Sean Connery.

 


*El País. España













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