martes, 3 de octubre de 2023

UNA LECCION DE JAVIER CALLEJA

 

Javier Calleja, el artista pop malagueño que conquista el mundo

Alberto Moreno
















En tan solo siete años Javier Calleja ha pasado de esculpir figuritas en miniatura a vender piezas de cinco metros valoradas en más de un millón de euros.Paseamos con el artista por su ciudad natal y nos descubre, entre otras confidencias, cómo es su proceso creativo


Javier Calleja (Málaga, 1971) tiene 52 años y está en paz consigo mismo. Se pasea por Málaga casi como hijo predilecto. El trayecto que nos lleva desde su gigantesca escultura Heads v2 (cinco cabezas de bronce en vivos colores que, superpuestas, alcanzan los cinco metros de alto y pesan 5.700 kilos) en la calle Molina Lario, en pleno centro de la capital, hasta la muestra, titulada Mr. Günter, The Cat Show, en honor a uno de sus gatos, a poco más de 200 metros, parece un paseo triunfal donde sonríe y le sonríen.

Organizada por la Fundación Unicaja y comisariada por su galerista, Shinji Minamizuka, y su esposa, Alicia Gutiérrez Mármol, la exposición ha recibido desde su apertura a principios de marzo a más de 60.000 visitantes. Su propuesta polivalente entre pintura y escultura se ancla en el cartoon y recuerda al kawaii japonés (variante del arte nipón centrada en la exaltación de los sentimientos positivos), donde personajes infantiles de ojos extragrandes generan atmósferas de gran ternura aunque el título que anuncia la camiseta de alguno de ellos sea Fuck You All. Se mueve así entre lo cuqui y la paradoja, entre la provocación y la calma.

En la vida de Javier Calleja buscar un camino que siga los cauces tradicionales es inútil. Este artista figurativo, cuya obra destila ternura y acidez a partes iguales, nunca elige la ruta más fácil ni tampoco la más previsible. Por eso llegó al mundo del arte “supuestamente tarde”, con 30 años, pero con las ideas tan claras que poco a poco se fue ganando el respeto y la admiración internacional. “Yo venía del mundo del deporte, justo había acabado la carrera de Educación Física cuando me di cuenta de que quería ser artista. Era algo que se me daba bien de pequeño, pero que nunca me había planteado como nada serio. Sin embargo, al acabar mi primera carrera, con mi padre recién fallecido y con ciertas dificultades económicas, decidí empezar de cero. Justo cuando se suponía que era el momento de establecerse y buscar estabilidad, yo me decanté por la locura de empezar Bellas Artes”.

“Antes de Bellas Artes yo era muy fan, no del manga pero sí del cartoon. Mientras estudiaba hacía personajes con las cabezas cuadradas como negación del rostro, pero hay un momento en que a uno le pongo dos gotas de agua encima de los ojitos y vi que ahí había algo. Desde siempre he estado enamorado de (el pintor Joan) Hernández Pijua (famoso entre otras cosas por sus icónicas nubes) y andaba obsesionado con el concepto de unas gotas saliendo de una nube, así que se lo robo directamente. De las nubes sale el pelo y de las gotas salen los ojos, y hay una parte en que te das cuenta de que se funden. Hay personajes míos muy característicos que son exactamente eso, así que ese fue mi eureka, una revelación desde la que partir. Sabía que a la gente le iba a extrañar el cambio desde las miniaturas con las que empecé, pero ahí es donde Alicia me dice: ‘Tira pa’lante, que esto está bien’. Y ahí es donde me atrevo”, relata.

Desde que hace siete años consiguiera despegar definitivamente en cuanto a cotización y relevancia internacional, Calleja se maneja con ayuda de sus dos socios mencionados como un secreto bien guardado (cada vez menos) en constante efervescencia. Sin el gran respaldo aún de museos de postín, su cotización al alza y el sold out permanente de sus miniaturas y pinturas lo presentan como uno de nuestros valores a seguir (el diario Expansión lo situó junto a Edgar Plans y Rafael Macarrón como uno de los tres artistas españoles en los que invertir este año), siendo uno de los iconoclastas más estimulantes del panorama pop contemporáneo. Tanto, que ha llamado la atención de marcas como Disney, Rolls Royce, Vans y Uniqlo para colaborar con ellos. Sin embargo, eso no deja tranquila aún a su octogenaria madre, Concha, que aún le dice: “Javi, ¿por qué no te sacas unas oposiciones?”. “Las madres de nuestra generación siempre quieren algo seguro. Nada más graduarme (en Bellas Artes, en 2002) fui profesor interino de plástica por toda Andalucía y lo echa de menos. Ella piensa que nunca sabes cómo te va a ir en la vida, pero yo la tranquilizo: “Mamá, pero si a mí un plato de sopa nunca me va a faltar”.

—Le parecerán obscenas las cifras en que lo cotizan ahora (sus esculturas han rebasado el millón de euros y sus pinturas los 400.000 en el mercado primario).
—Sí, pero en nuestro trabajo un día estás arriba y otro abajo, eso es cierto.
—¿Qué siente ella con el feedback que los paisanos le dan?
Está superorgullosa, claro. Tiene esa cosa de que los vecinos le dan la enhorabuena que la hace muy feliz, y entonces ella se da cuenta de lo que está pasando. Sin mi madre nunca me habría atrevido a hacer Bellas Artes a los 25 años. Mi padre acababa de morir y de repente el niño quería ser artista. Pudo pensar que se me había ido la pinza, pero hizo un gran esfuerzo económico y me apoyó.
—¿Ha entendido su arte?
—Ahora sí le encanta, pero es verdad que hubo una época, en cuanto acabas la carrera, y más yo, que vengo de esta generación neoconceptual de los noventa en que piensas que tienes que hacer algo raro, donde ella me decía: “Pero, hijo mío, con lo bien que tú dibujabas”... Pero ahora sí me ve. Piensa: “Este es Javi”, y está contentísima.


El gato Günther, que da nombre a la exposición de Javier Calleja

—¿Cuándo empieza el boom de su cotización?
—Hay un punto de inflexión, que es la exposición en la galería Aishonanzuka de Hong Kong en 2017. Dos semanas antes de inaugurar vemos que está todo vendido y Aisho me pregunta entonces si acepto trabajos por encargo. Yo le respondo: “Claro, soy artista español, tengo que aceptar”, pero a la semana siguiente teníamos entre 170 y 200 encargos y fue mi galerista, Shinji Minamizuka, quien dijo que yo ya no haría encargos, que no iba a estar cinco años pintando. En el avión de vuelta Alicia me dijo que venía algo grande y que íbamos a tener que trabajar mucho, que necesitábamos ayuda y que habría que organizarse. No soy surfista, pero sabía que venía una ola, solo que no imaginaba que sería tan grande.

El artista junto a su mujer, Alicia Gutiérrez Mármol, en el balcón de su casa.

Días antes de aquella exposición, Calleja decidió pintar unos 50 bocetos originales flanqueando una escultura de fibra de vidrio que se titularía Pencil Boy, donde un niño de enormes ojos verdes, camiseta azul celeste, pantalón mostaza y un lápiz de color amarillo, una chancla puesta y otra quitada se enfrenta a un cuaderno lleno de páginas reales. ¿Cuándo se le ocurre llenar el cuaderno de bocetos originales suyos? ¿Cree que aquella audacia fue diferencial para que compraran aquellas tres primeras esculturas?



Javier Calleja en su taller

—Japón es muy exigente y si no vendía mi primera obra, era muy difícil que quisieran una segunda, así que hice un gran esfuerzo que no volveré a hacer. Pensé: “¿Cómo hago yo para que cada escultura sea original y que sea imposible no venderla?”. Y se me ocurrió aquella libreta con 50 dibujos hechos a mano. Dije: “Es que la compro hasta yo”, y se vendieron las tres piezas muy deprisa. Ahí es cuando decidimos apostar por esculturas. Sabíamos que habría demanda, y caí en que no habría hecho falta la libreta. Sin embargo, es un proceso durísimo. En hacer un dibujo tardas una mañana, para un cuadro necesitas tres o cuatro días, pero una escultura te lleva un año.

La escultura Heads v1 de Javier Calleja


—¿Qué aprendió de su etapa como gimnasta?
—A los ocho años, en la Málaga de los ochenta, empiezo a hacer gimnasia deportiva, y a los 12, mi padre, que era un genio, me manda a Barcelona con mi tío Salvador, donde me quedo hasta los 19. Eran 18 horas de distancia en tren porque el avión no se lo podía permitir nadie, y llamaba a mi familia una vez al mes porque era el año 1984 y una conferencia Barcelona-Málaga valía un dineral. Solo iba a verlos en Navidad y una vez en verano. No alcancé grandes hitos porque no era un gran gimnasta. Tenía mucha pasión pero era muy miedoso; y tenía estilo, pero solo eso, así que me planté, porque con 19 o te profesionalizas o abandonas. Tardé tiempo en aprender que en la vida o ganas o aprendes, pero que no hay fracaso. Se llama resiliencia cuando tienes mucho estrés pero lo aceptas como parte de este proceso de vida. Aprendí a caerme y a levantarme, es el deporte en el que más te caes.

—Se ha encontrado con gente a la que admiraba (como Alaska) que ahora lo admira a usted. ¿Qué se siente al haber alcanzado ese estatus?

—Nunca me he considerado una persona superinteligente, pero la cosa más inteligente que he hecho en mi vida ha sido rodearme de gente superinteligente. Y tengo la suerte de que a esas personas les he caído bien y me quieren, por ingenuo o por lo que sea. Hay una parte de mi carácter de decir “este soy yo y así soy” y lo que menos soporta la gente inteligente es la falsedad. Nunca pensé que iba a llegar a este reconocimiento, pero si algo no me esperaba era la admiración de una persona como Alaska. Aquello se certificó cuando me llamó para hacerme una foto con ella por su 60º cumpleaños en la portada que le hicisteis en la revista. Muchas veces habíamos coincidido, pero yo no quería pedirle que se hiciera una foto conmigo. Sabía que tarde o temprano la iba a conocer pero prefería dos minutos con ella que una foto.

La icónica escultura de Javier Calleja titulada No Art Here, presente en la muestra Mr. Günter
The Cat Show de Málaga

—Seguro que hay mucha gente que es muy buena y no llega a la élite. Cuál es el secreto de esa alquimia. ¿Suerte? ¿Oportunidad?

Siempre he creído más en el trabajo que en el genio. La gimnasia te enseña lo importante que es la fórmula “trabajo y paciencia”, pero tampoco es eso exactamente. No tengo problemas en hacer que mi trabajo guste más o menos, pero es que a lo mejor lo comercial también me gusta más a mí. A pesar de que cuando salimos de la carrera todos queríamos llegar al MoMa, mi ambición era pagar las facturas y vivir del arte. Cambio de rumbo en mi obra según me gusta a mí, y si luego le gusta a la gente, pues mejor. Pero si lo hiciera al revés sería una mentira. Parece que es muy fácil hacer dos ojos y una boca y venderlo. Yo los invito a que lo intenten, porque vender una obra no es tan fácil. Puedes engañar a unos cuantos un rato pero no a todos todo el tiempo. Después de siete años ya no tengo complejo de impostor.



























































































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